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Comentario de Daniel César Ripesi del trabajo Encuentros con un niño que sueña de Silvana C. Balian, relato clínico presentado en el Ciclo: “La posición del analista en la clínica con niños”, organizado por la Lic. Marisa Dominguez en la Sociedad Porteña de Psicoanálisis

Pintura: Roberto Matta

 

En principio quiero destacar especialmente la estructura narrativa del texto-clínico sobre el que vamos a reflexionar. No es habitual encontrar un texto como el que se nos propone en esta oportunidad. Para mi esta consideración no es un asunto menor tomando en cuenta lo difícil que es trasmitir a otros lo que sucede en los distintos encuentros con un paciente. ¿Cómo participar a otros de lo que se va desarrollando en esa atmósfera íntima que se establece entre paciente y analista (atmósfera que por momentos sentimos demasiado densa y por momentos demasiado ligera)? ¿Cómo dar cuenta a los demás de la economía que nutre el contacto con un analizante, incluso a veces -lo que contiene una economía más violenta- el “no-contacto” con muchos de ellos?

¿Cómo trasmitir, entonces, algo de esa experiencia sin formalizarla de un modo tan exagerado que termine diluyendo el peso que tiene en todo tratamiento lo que podemos llamar la “presencia del analista”? (Y, del otro extremo) ¿Cómo evitar un relato cuya textura solo permita entrever –y desde muy lejos- una experiencia de carácter absolutamente privada, casi inefable y de exclusiva y particularísima propiedad de quien la vivó? Se daría de este modo la impresión de no poder compartir con otros nada de lo sucedido en el encuentro. Algo así como lo que sucede con algunos sueños que se narran en análisis pero sin ser “entregados” en absoluto, sueños que aunque referidos al analista permanecen atesorados como objeto de una experiencia inefable que no debe ser profanada por interpretación alguna. O bien, lo que es otra modalidad de no “entregarlo” (aunque con una estrategia un poco más engañosa), ofrecerlo a la más penetrante de las disecciones analíticas: lo que en este último caso falta, lo que se sustrae en la narración, es lo que con Pontalis podríamos llamar la “experiencia del sueño” en beneficio de lo que él llama el “sueño-texto”…

La narración que nos presenta la colega escapa a estos dos peligros, encuentra un rigor que no necesita el despliegue de una ostentación erudita ni tampoco nos deja afuera de la experiencia que se nos narra por pretenderla infranqueable a los intrusos. Este texto produce algo que podemos llamar, sin temor a equivocarnos, emoción. Quiero decir que nos pone sensibles a algo. Creo que –en lo esencial- nos pone en contacto -y de un modo muy intenso y palmario- con eso que algunos llaman (de modo algo solemne) “fin de análisis” y que en rigor es –como se lo hace notar tan sensiblemente (insisto con la palabra) en este caso- una simple despedida. Claro está que el asunto es precisamente hacer “simple” una despedida, incluso poder construirla, es decir, habilitarla en el curso de un tratamiento como opción para el paciente. Radmila Zigouris (una analista formada con Lacan, analizante de S. Leclaire, con quien “Espacio potencial” tuvo oportunidad de charlar el año pasado –para participar de ese encuentro hacer clic aquí-) plantea la transferencia como un vínculo de amor que tiene la particularidad de sostenerse en una promesa de separación (por parte del analista), en vez de ofertar (como se anhela en la empresa amorosa) la continuidad del vínculo “hasta que la muerte separe”, en un tratamiento psicoanalítico –según esta autora- se promete “dejar ir” al paciente en algún momento.

El paciente tiene que, tarde o temprano, como diría Winnicott, decidirse a ir a vivir la vida misma que es la terapia que tiene real y verdadero sentido Y ¿qué más real y emocionante que ir a jugar a la pelota con los amigos? Porque hay que tener verdadero coraje para abordar -y salir más o menos bien parado- esa geografía habitada por habilidosos y torpes, debiluchos y, prepotentes y timoratos, maricones y valientes. Donde hay que marcar territorio y no dejarse “mojar la oreja”. En fin, después de un partido de futbol con los amigos y del modo en que. Pero esa experiencia templa el alma y el carácter, los demás desafíos que plantea la vida son seguramente más sencillos si uno no tiene un sueño a mano, como por ejemplo hacer un gol que haga historia, esa experiencia se torna imposible o insoportable.

Pero para llegar a la despedida-desenlace de este análisis, el paciente debió primero hacer un uso intenso de su analista, la usó precisamente hasta “gastarla” como dice Winnicott, luego entonces, sí, pudo despedirse. Y, un día, el niño decide que será la última vez que jugará con Alicia y con su analista.

El proyecto terapéutico que se propone en este tratamiento es una paradoja: ayudar a que un niño recupere su niñez. El recorrido y la estrategia –como no podía ser de otro modo- lo propone el propio niño, y se hará de la mano, o mejor aún, se hará enhebrando la travesía en una serie de sueños. “Estos sueños quieren decir algo” repite a menudo este niño con una convicción que envidiaría más de un analista. Ajeno a su infancia este niño sueña su niñez para poder recuperarla (una de las canciones que escribe Maxi poco antes de “despedirse” de su analista se titula “El sueño de nacer”). Esta empresa me recuerda un bello mito de nuestro litoral, lo refiero brevemente: el primer hombre y la primer mujer esperan ser creados, pero Dios no se decide a soñarlos (porque era a partir de ser soñados por Dios que ellos podrían tomar realidad), de modo que un día –ya cansados de esperar- son ellos mismos se deciden soñar a Dios soñándolos… Así, para nuestros hermanos del litoral chaqueño, son creados el primer hombre y la primera mujer. Hermosa fantasía de auto engendramiento.

Al final de este recorrido de recuperación de la infancia a partir de sus sueños, el niño podrá jugar a la pelota con unos amigos que lo esperan (quién sabe desde cuándo) Precisamente, este paciente usó a su analista para poder jugar a la pelota lo cual no significa dejar de soñar, porque bien se puede (y la mayoría de las veces estamos en eso) jugar a la pelota absolutamente despiertos, en vigilia atenta y extenuante –lo cual, por supuesto, no es nada divertido-, todo lo contrario, en este caso el paciente usó a su analista para poder construir una realidad (digamos un partido de futbol) un poco más acorde con sus sueños. Lo que quiero expresar es que eran sus sueños los que debían corregir y sostener la realidad y no lo inverso… En cierto sentido es la propia analista en este caso quien favorece los sueños de este niño, no sólo son “para ella” también son por causa ella.

(Más allá de la “bruja metapsicología”) cada sueño tuvo su función, el primero de ellos –pero también en alguna medida todos los que le siguieron- anticipa a los encuentros para organizar la experiencia y para hacer soportable a la presencia de ese extraño al que se tenía que enfrentar, la analista y él mismo. Cada uno de sus sueños preparó y organizó la experiencia de cada encuentro y el de una búsqueda y un contacto difícil consigo mismo. Sueños para soportar, para otorgar medida, para dar forma, forma de enigma incluso, a un enigma: la infancia. Estos sueños arman a la larga una escenografía para habitar, sobre todo con los juegos. Hay en estos encuentros un trayecto que va de los sueños al juego, es decir, de los sueños al hacer, del enigma al acto.

Tenemos entonces los sueños del propio niño y los documentos aportados por Gladis para reconstruir una historia. Sueños leídos en voz alta, escritos, depositados en una hoja de papel… y luego dibujados. Dibujados mientras se escucha su relato viniendo desde el exterior de sí mismo, con una materialidad incontrastable, como si fueran de otro. Sueños que buscan un lugar “extra psíquico” por así decir. Sueños que ayudan a dar integración en el espacio y en el tiempo a la propia subjetividad, es decir que ayudan a hacer del espacio y del tiempo algo personal, se los cuenta y dibuja para salir de la magia de lo innombrable.

Fue para mí un ejercicio interesante, para construir la historia de este niño, leer este relato prescindiendo de los datos aportados por Gladis, leyendo simplemente los sueños del niño en la sucesión que su analista los refiere en el trabajo. Si así lo hacemos surge una historia que pierde sus coordenadas temporales según un “antes” y un “después”, que no progresa según antecedentes que aporten justificación al presente. Los sueños de Maxi cuentan una historia que ya no pretende “justificar” o “ilustrar nada, y es así como es necesario leerlos sin la pretensión de justificar nada, ni siquiera a la teoría psicoanalítica. Los documentos de Gladis reconstruyen la vida de un niño, los sueños de Maxi –hasta cierto punto- la inaugura como posibilidad.

En ese contexto, el primero de los que se refiere, el que Maxi llama “Mi sueño”, no sea exactamente de él, quizás el título es tan explícito como encubridor. Prefiero pensar que este es más bien un sueño de su bisabuela, uno que quizás ella misma no pudo soñar y le encargó a su nieto. En definitiva un sueño enteramente ajeno, un sueño inoculado en él. Ese sueño pone en boca de Maxi un “perdón” que él no tiene el menor deseo de ofrecer… Es necesario expurgar este sueño extraño y ajeno para que aparezcan sus propios sueños.

El segundo sueño ya le pertenece (en el sentido de que está menos controlado, posesión –en psicoanálisis- es todo lo contrario de dominio). Si el primer sueño sirvió para dar marco a unas disculpas ajenas, éste da lugar a algo tan propio como indecible, este sueño da marco a la experiencia de una caída. Es un sueño que sirve para recordar algo que sucedió cuando él no estaba (no estaba como para articular psíquicamente ciertas caídas como abandonos, muertes, castigos.) Este sueño articula una angustia sin nombre y abre a una pregunta por la muerte-pérdida-abandono de seres queridos.

Luego, el sueño del auto-Alicia que choca al auto-Maxi deriva del modo más espontáneo en el acto de dibujar. De pronto Alicia tiene muchas caras… El soporte representativo del mal se diversifica, y el del bien también, toma carne en diversos personajes. En los siguientes sueños Maxi parece tomar una posición más activa, se defiende y lucha. Estos últimos sueños lo ayudan a recordar: “Cuando era chico tenía ganas de llorar”. Es ahora cuando estaría listo para soñar su primer sueño, el despliegue de su agresividad, su posición más activa respecto de su agresora no se realiza sin insuflar en él cierto sentimiento de culpa, cierta aflicción. Los psicoanalistas ingleses suelen pensar el compromiso subjetivo de un ser humano, la toma de posición subjetiva no tanto en relación al deseo como en relación al dolor. Si así fuera, esta frase señala como Maxi tomo su lugar en la transferencia, está listo para partir, para una despedida, para un duelo.

Con anterioridad a ese sueño, es la propia analista quien ya había tomado su lugar frente a Maxi en el tratamiento (un lugar que prepara la capacidad de duelo que implica una despedida), y este lugar está tomado en lo vivo de su presencia: Cuando Maxi le arrebata la tarjeta con su testamento, ella podría haber dicho “Bueno, está bien, cuando tengas ganas o estés preparado para mostrarme esa tarjeta, quizás, quieras decirme de qué se trata…” , sin embargo, ella prefirió decir (parafraseo): “Está bien, no me la muestres, pero me quedo intrigadísima, me dan muchísimas ganas de saber de qué se trata.!!” Muy bien –plantea Maxi- te lo cuento pero necesito tu silencio. Y el silencio consolida cierto movimiento transferencial, tanto que es posible pensar en el final de estos encuentros. La analista no solo guarda dibujos y sueños, puede guardar ahora secretos, no como mero índice de una complicidad sino –sobre todo- como señal de una intimidad compartida. En esa intimidad (confiar el contenido de su testamento) no tendrá injerencia Gladis.

Y sobreviene el último juego (“Hoy va a ser la última vez que juego con vos”) y –al mismo tiempo, al mismo tiempo “psíquico”, por así decirlo- sobreviene la última sesión (“no quiero venir más”), una cosa no puede ser sin la otra: El niño se despide de Alicia y de su analista en el mismo acto, como si una se hubiesen impregnado de la economía afectiva que le correspondía exclusivamente a la otra, cada una ha tomado medida, mueren y sobreviven, pueden ser abandonadas, fin de una disociación y de un control excesivo del amor y del odio. Los sueños han escrito una historia…

 



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