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De la quimera a la ilusión

Por Miguel Adre

Un relato que nos hace sensibles a una diferencia conceptual entre “autonomía” y “autosuficiencia”


«A menudo oímos hablar de las frustraciones reales impuestas por la realidad externa, pero no tan a menudo oímos referencias al alivio y a la satisfacción que da dicha realidad» (El desarrollo emocional primitivo, D.W.Winnicott, 1945)

 

Pintura: Jean Michel Basquiat

 

 

Desde hace muchos años alterno mi actividad en el consultorio con entrevistas psicológicas en una clínica de nutrición. Dichas entrevistas están destinadas a ofrecer una orientación al médico a partir de determinar ciertas características diagnósticas del paciente. En su mayoría se trata de personas con un simple sobre peso, hasta obesos o con diferentes trastornos alimenticios. Su motivación para el tratamiento suele estar originada en problemas de salud, inquietudes estéticas y en algunos casos, ambos. A veces no hay una motivación concreta sino enojo o molestia, ya sea porque son traídos a la clínica por familiares, enviados por su médico o porque ya pasaron por varios tratamientos con resultados negativos.

Recientemente, una entrevista con una mujer discapacitada me despertó algunas ideas que hacen eco de lecturas winnicottianas.

La paciente recorrió el largo pasillo por el cual se llega a mi consultorio sobre su silla de ruedas. Mientras la esperaba en la puerta del consultorio, pensaba de qué manera acomodar los muebles para que su silla quedara en posición cómoda, frente al escritorio como lo hace cualquier otro paciente. Ingresó y al verme mover sillas y escritorio comentó «...cada vez que llego a un lugar deben mover la cosas». La mujer de mediana edad, amable y sonriente me cuenta que debe bajar de peso porque debe operarse de vesícula y como quiere hacerlo con la técnica del láser, su médico le indicó perder grasa para que esta operación fuera posible. «Imagínese», agregó. «Además si peso menos sería mucho más fácil desplazarme o subir y bajar del auto, ya que esto lo hago sola.... bueno, vivo sola y muchas tareas serían más cómodas si estuviera liviana».

Su discurso era sereno y sin ninguna pátina melancólica. No había queja ni pedía compasión. Si acaso hubiera una escena adecuada para el despliegue de las ventajas secundarias del síntoma era este. Y sin embargo, no había tal despliegue; sólo pragmatismo. Podría haber dicho «...disculpe las molestias que le causo», pero había una serena confianza en aceptar que el otro se acomodaba a sus necesidades. Su vida diaria era esforzada y aún con sus limitaciones de movilidad, era autónoma y lograr su peso adecuado iba a acentuar su autonomía. Autonomía. No autosuficiencia herida por límites. «Una de las cosas que suceden a la aceptación de la realidad externa es la ventaja que de ella puede sacarse».

Tuve centenares de entrevistas en las que el discurso está centrado en la imposibilidad de aceptar alguna renuncia que implique límites. El paciente, amparado en algún carácter de excepción, presenta excusas y la queja ante la realidad donde su omnipotencia es transformada en impotencia para el médico que guía su tratamiento

«Se verá que la fantasía no es algo que el individuo crea para hacer frente a las frustraciones de la realidad externa. Esto solo puede decirse de las quimeras. La fantasía es más primaria que la realidad y el enriquecimiento de la fantasía con las riquezas del mundo depende de la experiencia de la ilusión».

Pensaba que la frase que despertó esta reflexión está en el lado opuesto a la quimera, opuesto a un «whishfull thinking», una pura expresión de deseos. La paciente opera sobre su realidad con una aceptación de sus límites que le permiten paradójicamente, moverse con mayor libertad. Cuando el cuerpo le marca una vez más un escollo, busca ayuda para seguir ayudándose.

Por el contrario, el discurso de la mayoría de los pacientes que fracasan reiteradamente en sus intentos de lograr una relación saludable con la comida (sea porque lograron un peso adecuado o porque aceptan ya sin quejas y sin deudas su modo de comer) están con una motivación superficial y precaria, más del lado del deber y lo deseable para sí y para lo otros. Un discurso «políticamente correcto» por un lado y una práctica ligada a lo mágico, lo disociado, a la quimera que no es resultado de la frustración sino un refugio ante la realidad. Así aparecen la negación, la subestimación de lo ingerido, el aburrimiento, la genética, el destino, la denigración del tratamiento... y del médico, por supuesto.

Esta entrevista acentuó el interés en seguir profundizando la lectura de ciertos conceptos de Winnicott que dan vida y creatividad a la clínica; experiencia de ilusión, desilusión, experiencia de omnipotencia, creación de la realidad, fenómenos transicionales y otros temas centrales. Y también generó especulaciones en torno al crecimiento de esta mujer discapacitada. ¿Qué posibilitó su actitud positiva ante los obstáculos de la vida? Quizás una madre apenas o lo suficientemente «buena» que superó la herida narcisista que implicaba su hija y pudo así dedicarse con «devoción» a atender sus necesidades tan especiales. Quizás esta madre y el «ambiente facilitador» le permitió atravesar las experiencias de ilusión necesarias para tener un contacto con la realidad creativo y maleable y alejarse así de una retracción libidinal ante la frustración -las quimeras, el fantaseo- que detiene el movimiento y estabiliza al paciente en una queja melancólica o agresiva.

 


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