I.
A través de la historia del pensamiento psicoanalítico,
una de las tantas cuestiones que ha despertado controversias
fue la pregunta por el lugar que ocupan los padres en el
tratamiento psicoanalítico de un chico y por la función
que un analista les adjudica en dicho tratamiento. Distintas
teorías han debatido y tomado posición respecto
de este tema que está sostenido por una pregunta
más abarcativa: ¿cómo se forma un sujeto,
como se constituye un aparato psíquico?. Al respecto,
en otras entregas
(2) propuse que el sujeto se constituye en una tópica
intersubjetiva, es decir que se va construyendo en interdependencia
con los otros integrantes de la estructura familiar. Así,
el funcionamiento de un aparato psíquico se da en
el encuentro entre lo inter y lo intrasubjetivo, lo cual
derivará de un modo particular de pensar la inclusión
de los padres en los tratamientos que piden para sus niños.
II.
Propongo así un recorrido en el que la primera referencia
que propongo es la famosa polémica entre Anna Freud
y Melanie Klein sobre la clínica de niños,
discusión que dividió a la Sociedad Psicoanalítica
de Londres en los años 30, en base a la pregunta
por si era pertinente o no analizar psicoanalíticamente
a un chico.
Anna consideraba que los chicos no podían desarrollar
una neurosis de transferencia, ya que -decía- sus
objetos primarios -sus padres- eran aún objetos de
amor en la vida real (y no en la imaginación como
en los adultos). Había tomado de su precedesora y
maestra , Hermine von Hug-Hellmuth, la idea de que era imposible
psicoanalizar a un niño, dado que "...el niño
se halla inmerso en experiencias reales que están
provocando su neurosis...". De esto deriva que, si
no es posible analizar a un chico, por la presencia actual
de sus padres en tanto objetos primarios de amor, los padres
eran para Anna la dificultad misma para el trabajo analítico
con sus chicos.
Por otra parte Anna había heredado de su padre la
idea de un superyó -como instancia del psiquismo-
formado recién a posteriori del tránsito por
el Complejo de Edipo, que se despliega entre los 3 y 5 años.
Esto incidiría negativamente en la posibilidad de
llevar a cabo un tratamiento con los niños, ya que
estos aún tenían un superyó debil,
lo cual la inducía a pensar que si se exploraba a
fondo el complejo de Edipo y se estimulaban las pulsiones
reprimidas, estas quedarían indomeniadas cuando el
chico se liberara de la neurosis y como consecuencia, ese
niño no se adaptaría satisfactoriamente a
las exigencias educacionales y a las de las personas que
lo rodeaban.
Asimismo -y consecuente con lo planteado- ella pensaba que
el análisis de los sentimientos hostiles del chico
con respecto a sus padres arruinaba la relación entre
ellos y finalmente, al estar éste vinculado emocionalmente
tanto al analista como a los padres, se convertía
en objeto de una disputa.
Para
Melanie Klein, en cambio, un chico analizado psicoanalíticamente
se adaptaba mejor a su medio y dicho análisis ejercía
una influencia favorable en las relaciones padres-chicos,
aliviando y resolviendo los sentimientos negativos entre
los chicos y padres, hermanos, etc.
Melanie le respondería a Anna que los chicos sí
podrían establecer una transferencia con el terapeuta,
del mismo modo que los adultos, toda vez que se utilizara
el método analítico, es decir, que se evitara
toda medida educacional y que también se tuviera
en cuenta los impulsos hostiles dirigidos al analista.
Sin embargo en su práctica, MK intentaba mantener
a los padres alejados del análisis de sus hijos,
ya que -sostenía- aquellos poseían sus propios
complejos que los podían llevar a perturbar el tratamiento.
Este modo de pensar la clínica psicoanalítica
es solidario con pensar a un aparato psíquico constituido
desde los orígenes, un sujeto funcionando con un
aparato rudimentario en el que los padres son, desde el
vamos, imagos de objetos buenos o malos, que el bebé
proyecta e introyecta, más allá de que frustren
o gratifiquen "de hecho", ya que lo que cuenta
es el bagaje genético.
En resumen: Con Anna, el peso de la teoría estará
puesto del lado de la realidad, habrá casi un esceso
de realidad (podríamos preguntarnos la realidad de
quién?). Con Melanie, a su vez, el acento estará
puesto en las fantasías ya que el análisis
de dirigirá a los contenidos de la fantasía.
En ambos casos, en los tratamientos de chicos, los padres
quedarán fuera del consultorio.
III.
En los años 50 y 60 respectivamente, Francoise Dolto
y Maud Mannoni -las dos, discípulas de Lacan- , pondrán
el acento en la importancia de tomar en cuenta el discurso
familiar en los tratamientos psicoanalíticos con
niños. Habíamos visto anteriormente que en
tanto Anna se proponía como educadora de sus pacientes,
Melanie, atenta a las producciones fantasmáticas
de sus pacientes, casi no se ocupaba de los efectos del
discurso familiar sobre los mismos. El proceder de F. Dolto,
en cambio, se ordena alrededor del contexto cotidiano que
el niño expresa a través del dibujo y del
propio discurso. Es por esto que recupera la lengua hablada
por los pequeños, dirigiéndose a ellos desde
el universo simbólico que proponen, en contraposición
a la ráfaga interpretativa kleiniana.
Francoise no tratará al niño aislado, sino
que interrogará ante todo la dinámica familiar.
A partir de esta corriente de pensamiento se abonará
la idea de que el niño es síntoma de sus padres,
y en tal sentido se propondrá escuchar a los padres
y al niño. Tampoco dudará en dar consejos
a los padres y hasta a los maestros; sin embargo -a pesar
de mantenerse atenta a una situación global- Doltó
no se ubicará como terapeuta familiar sino como analista
del joven paciente, es decir que tratará al niño
como sujeto autónomo, posicionado en relación
a un deseo propio que lo habita.
Maud
Manonni, por su parte, nos indica que el síntoma
por el que los padres consultan siempre recubre otra motivación
que permanece oculta. El analista, entonces, no debe tomar
al pie de la letra la demanda de los padres, para poder
develar la neurosis familiar de la que el niño con
su síntoma es el soporte.
Ella sostiene que muchos padres utilizan las consultas de
sus hijos para ir al analista. En definitiva, va a ocuparse
de la palabra de los padres y en particular de la madre,
ya que piensa que la posición que el padre tenga
para el niño, dependerá del lugar que aquel
ocupe en el discurso materno.
IV.
Hasta aquí, entonces, se considera que la teoría
kleiniana, tomando lo intrapsíquico y lo filogenético
como base de la constitución subjetiva, deja fuera
de consideración el papel del Otro en la fundación
del Inconciente del sujeto-infans y en la estructuracion
de la fantasía. De este modo cabría preguntarse
cómo incluir la historia del sujeto.
Por su parte, la teoría lacaniana y lo intersubjetivo:
La fundación de la subjetividad adviene del campo
del Otro, es decir que el sujeto a devenir está ya
determinado por el el lugar que ocupe en el deseo de la
madre y por la forma en que el padre ejerza la castración
sobre ambos.
Dos teorías opuestas, el riesgo de dos condenas similares:
el fatalismo de lo innato y el fatalismo de la preexistencia
del orden simbólico. ¿Cómo salir de
estos impasses?
Un intento es el de Jean Laplanche, que, a partir de su
ruptura con Lacan cuestiona la legalidad del discurso materno
en la fundación del inconciente del niño.
Para él existen entrecruzamientos en el proceso de
constitución del aparato psíquico: "El
deseo de la madre incide en el campo del niño, pero
se modifica, se metaboliza. Lo que funda el Inconciente
es un resto no metabolizado."
(3)
De este modo existiría una superposición entre
la dinámica psíquica del niño y la
de sus padres.
V.
Para Winnicott, la incipiente vida de un sujeto se va desplegando
en relación estrecha con aquellos que lo cuidan,
en principio la madre o quien cumple su función,
le proporciona un soporte que posibilita la constitución
de su aparato psíquico. Por esto DWW concedió
mucho valor a esta relación madre-infans. Y propuso
que un niño atraviesa un proceso de maduración
propia que el medio ambiente debe facilitar. Así,
a cada etapa del desarrollo anímico del niño,
corresponderá un cierto aporte del medio que lo sostiene.
Cuando un chico era llevado a una consulta psicoterapéutica,
DWW pensaba que ese desarrollo emocional se hallaba obstaculizado
por alguna razón. Como no consideraba al niño
un ser aislado -sino más bien en relación
a un núcleo familiar-, entonces esperaba de la familia
la ayuda necesaria tanto para encontrar las posibles razones
del obstáculo a dicho desarrollo, como para armar
una estrategia para que el proceso siguiera su curso. Asimismo,
los cambios que se produjeran -como consecuencia del tratamiento-
no serían eficaces si el medio no acompañara
dichos cambios.
Es por esto que DWW destacó la necesidad de contar
con padres sensibles y confiables y que a su vez, depositen
su confianza en el terapeuta.
Asimismo observó que, en algunos casos, el síntoma
del niño reflejaba la problemática de alguno
de los padres o de ambos y en otros casos el niño
era de hecho el miembro enfermo del grupo y quien necesitaba
tratamiento.
VI.
Se plantea entonces un modelo de consultas terapéuticas
en la que el rol de los padres es el de posibilitar, en
definitiva, la tarea del psicoanalista, en el sentido de
un trabajo en común. Así, entre Freud y el
padre de Hans, llevaron a cabo la primera psicoterapia psicoanalítica
infantil, el famoso caso Hans, en los arbores del pricoanálisis.
Ahora bien, a partir de estas ideas, derivan otros interrogantes:
¿Qué autoriza a tomar a un chico en un tratamiento?¿Cuándo,
en qué momento incluirlo? ¿Es suficiente la
angustia de los padres para iniciar un tratamiento con un
chico? ¿El pedido de un colegio es lo justo? ¿Se
debe tomar en consulta a un chico sin el consentimiento
de uno de los padres?...Recibimos los más variados
pedidos de tratamiento, sea que el chico está celoso
de su hermanito, o que está disperso en el colegio,
etc. Y creo que más allá de la pregunta por
la pertinencia, me parece que habría que cuestionarse
si un tratamiento es util para un chico, sobre la base de
este tipo de demandas.
Por mi parte suelo tomar a los padres en entrevistas, la
cantidad que sea necesario para que funcionen como un tiempo
lógico de comprender lo que puede estar sucediendo
con su hijo. Si tal sucede, intento buscar con la ayuda
de ellos las estrategias para encontrar la solución
del conflicto. En los casos en los que decido incluir al
niño, lo hago al modo Winnicott de consultas terapéuticas:
entrevistas de "contacto" con el paciente y con
su sufrimiento, que posibilitan -en el mejor de los casos-
un diagnóstico y una estrategia posible a ser compartida
con los padres, quienes serán los que llevaran a
cabo el posterior trabajo. Considero que sin la ayuda de
los padres, no hay tratamiento posible para el niño
y que -como decía DWW- si el niño debe volver
a insertarse en un medio enfermo, no se debería iniciar
un tratamiento.
VII
Hace un tiempo, una pareja me consultó por su única
hija de 3 años, Eugenia. La pequeña se había
chupado el dedo pulgar desde que ellos podían recordarlo.
Sin embargo, de a poco se le habían ido sumando algunos
otros hechos que hicieron que finalmente, estos padres muy
angustiados, se acercaran a mi consultorio.
A principio de ese mismo año, cierto día a
la hora del baño, la madre le encontró a Eugenia
la vagina muy irritada, le preguntó a la nena qué
le había sucedido y ésta le respondió
que en el jardín de infantes, un compañerito
le había "metido un palo". A partir de
esto, la madre acude al colegio, expone el problema, espera
durante unos días una respuesta de la directora,
pasan los días, nadie le sabe decir qué ha
sucedido...finalmente, deciden cambiarla de jardín.
Sigue sobrevolando la duda, me preguntan: "¿es
posible que haya sido solo una fantasía de
la nena?".
La madre relata que desde bebe, Eugenia, al tiempo que le
chupaba la teta, se incorporaba y buscaba una posición
más erguida para refregarse contra sus piernas, conducta
que aún mantiene, "como un perrito", habiéndose
agregado un toqueteo de sus propias tetillas. Al tiempo
de la consulta, Eugenia se masturba compulsivamente, delante
de cualquiera y de todos, pero sobre todo, delante de la
madre, a la que -en tono provocativo- le pide: "mirame",
cuando lo hace. Parece estar dedicado a ella. En efecto,
la relación madre-hija es de una economía
afectiva muy densa. Relatan que los caprichos más
tontos pueden terminar en escándalo solo si la madre
está presente, escándalos que -en la intimidad
o bien en la calle- tienen la característica que
nadie los puede parar, pueden durar horas de llantos y gritos
y se aplacan cuando finalmente Eugenia somete a su madre,
la doblega en su intención.
Por las noches, Eugenia no consigue dormir de corrido en
su cama, una y otra vez se pasa a la cama de los padres.
La sóla idea de implementar estrategias un poco más
efectivas para que esto deje de suceder, como cerrar la
puerta con llave, es rechazada por insoportable... por violenta.
Así fue esta primera entrevista, conmovedora, intensa.
Ellos se quedaron avergonzados, yo no supe qué decir.
Nadie se dio cuenta de que se iban sin pagar.
Ya en la segunda entrevista relatan algunas situaciones
que ponen a Eugenia ansiosa, excitada. Y el papá
comenta que considera que su esposa, la mamá de la
niña, no debería mostrarle a su hijita
que casi siempre le duele la cabeza o la espalda "o
alguna otra parte, casi todos los días...",
porque le parece que esto pone nerviosa a la pequeña.
Sin entender aún de qué se trataba, digo algo
parecido a: "Eugenia muestra aquello que debería
hacer en la intimidad (refiriéndome a la masturbación)
y vos (dirigiéndome a la madre) también mostrás
algo que deberías ocultar...(Les pregunto a ambos):
¿qué se les ocurre con mostrar y ocultar?."
Ambos se miraron y comenzaron a hablar con tono de confesión
y alivio: Eugenia había sido concebida la única
vez que esta pareja había tenido relaciones sexuales
luego que se casaron, hacía cinco años. Seguían
juntos -según dijeron- por esta hija, y porque aún
se querían y respetaban, sin embargo, ella no quiso
ni quería tener más acercamientos sexuales,
ni con él ni con nadie. Durante este tiempo él
tampoco había estado con otra mujer, se masturbaba.
De esto, que ni siquiera entendían, no habían
hablado nunca hasta este momento, ni entre ellos mismos,
ni con otra persona.
Esta segunda entrevista no fue menos conmovedora e intensa
que la anterior. Se despidieron agradeciendo profundamente.
Las pocas entrevistas que siguieron estuvieron destinadas
a armar juntos una estrategia que incluyó la decisión
de comenzar un tratamiento individual para cada uno, la
posibilidad de una separación, y mi indicación
de que sólo cuando ellos hubieran ordenado esta situación,
si fuera necesario, volverían a consultarme por Eugenia.
VIII
Me parece que preguntarnos por el lugar de los padres es
aludir a una tópica, a un espacio... Winnicott decía
que un análisis se daba en la superposición
de dos áreas de juego, dos zonas virtuales, dos espacios
psíquicos que debían superponerse: analista
y paciente compartiendo el juego del análisis. Creo
que en la clínica con chicos se superponen tres areas
de juego: analista, padres y chico, lo cual es solidario
de la asunción -por parte de los adultos- de una
posición de no-saber: en el caso de los padres, para
no pretender educar en vez de criar a sus hijos; en el caso
del analista, para no culpabilizar a los padres de aquello
por lo que son simplemente responsables. En fin, para que
todos puedan jugar, como hacen los chicos...
paularot@datamarkets.com.ar
(1)
Por ejemplo
su paradigmático caso Piggle: una niña de
2 años y medio al momento de la consulta. Este tratamiento
se desarrollaba bajo el método "on demand",
es decir, las entrevistas se sucedían a pedido de
Piggle, esta familia no vivía en Londres, por lo
que a menudo Piggle le envía dibujos a Winnicott
y sus padres le informan acerca de la salud de la pequeña.
En la primera carta, la madre le informa : "(Piggle)
Fue amamantada hasta los nueve meses. Tenía un gran
sentido del equilibrio: rara vez se cayó....desde
los primero tiempos evidenció sentimientos muy apasionados
hacia su padre....tuvo una hermanita a los veintiun meses,
yo consideraba que era demasiado pronto. Y tanto esto como
nuestra ansiedad al respecto, parece haber dado lugar a
un gran cambio en ella..." (Aquí DWW hace una
llamada y acota "no supe hasta mucho mas tarde que
la propia madre había pasado por la experiencia de
tener un hermano a esa misma edad")
(2) Propongo la lectura de: "Winnicott en el espejo"
y "Siendo tiene que empezar a ser", en la cocina
de espaciopotencial.com.ar
(3) Laplanche, J., El inconciente y el Ello.... "El
deseo de la madre está presente en la manera en que
se ocupa del niño; pero este deseo no está
allí develado, sino vehiculizado y oculto a la vez
en los cuidados, las maniobras, las actitudes. De manera
mas esquemática, está simbolizado por el pecho,
o al menos será retomado en el inconciente en la
forma de cierto número de elementos representativos,
como lo es el pecho. Pueden ver ustedes en qué sentido
es demasiado fácil y se va demasiado rápido
cuando se dice que el inconciente es el discurso del Otro.
El inconciente del niño no es directamente el discurso
del Otro, ni tampoco el deseo del Otro. Entre el comportamiento
significante, cargado de sexualidad (lo que se pretende
olvidar), entre este comportamiento-discurso-deseo de la
madre y la representación inconciente del sujeto,
no hay continuidad ni tampoco pura y simple interiorización.
El niño no interioriza el deseo de la madre. Él
no conoce el fantasma materno (...) el niño no se
desliza del mismo modo en el fantasma parental. Entre estos
dos "fenómenos de sentido" (empleo aquí
el término en su acepción más amplia)
que son, por un lado, el comportamiento significativo del
adulto y en especial de la madre, y el inconciente en vías
de constitución, del niño, hay un momento
esencial que se debe llamar de descualificación.
El inconciente no es el discurso-deseo del Otro, es el resultado
de un metabolismo extraño que, como todo metabolismo,
lleva consigo descomposición y recomposición;
y no por nada hablamos aquí, frecuentemente, de incorporación,
porque la incorporación se asemeja a su modelo metabólico
mas de lo que piensa habitualmente. En la incorporación
existe, del mismo modo, esta descomposición-recomposición
(...) el "mensaje" descualificado no vehiculiza
nada salvo su energía."