En una primera aproximación, podría decirse
que el lugar de los padres en el tratamiento con niños
es -casi sin lugar a dudas- el de quienes encarnan
la demanda misma del tratamiento. Sin embargo, y lo sabemos,
porque no resulta ser un hecho demasiado infrecuente-, hay
padres que sólo traen a sus hijos a la consulta a
pedido -a menudo por exigencia- del colegio al que dicho
niño asiste. También puede suceder que sea
una tía, un hermano, una suegra, etc., quien (o quienes)
motorizan o directamente traen al chico a la entrevista.
Así sucede que hay padres que, con disgusto o desconcierto,
con indiferencia o curiosidad ingenua, traen a sus chicos
("Qué sé yo..., me dijeron del colegio
que el "pibe" últimamente me estaba un
poco distraído...") Así, un modo de preguntarse
por el "lugar de los padres" en la consulta sería
verificar si realmente poseen uno, o mejor aún, preguntarse
qué tipo de circunstancias son las que, justamente,
los fuerzan a tener que ocupar alguno -porque, a pesar de
la eventual colaboración voluntaria de los padres,
nunca deja de jugar un rol fundamental en la demanda del
tratamiento, cierto forzamiento en el "tener que"
traerlo-. Por otra parte, con frecuencia también
sucede que son los niños "traídos"
los que en rigor "traen" a sus padres al psicólogo,
aunque esto suceda de la mano de sus propios sufrimientos...
Con relación a esto último, un forzamiento
habitual en los padres para llevar a sus hijos a la consulta
es un insoportable sentimiento de "culpa". De
un modo u otro, queda claro que al encarnar la demanda
del tratamiento (aún tras la más completa
o aparente indiferencia en la disposición de los
padres) dicha demanda deviene por presión de una
motivación inconsciente y, como tal, como resultado
de deseos contradictorios. Algo de la consulta que los padres
realizan al psicólogo, aún cuando ese pedido
surja del aspecto más maduro y sano de sus compromisos,
es un movimiento "a pesar" de ellos mismos. Los
padres siempre se sentirán, de un modo u otro, incómodamente
obligados a la consulta. El lugar de los padres está
signado por la confusión y contrariedad, en fin,
por la angustia que provoca en ellos cierto comportamiento
"extraño" del niño. En función
de tal episodio extraño "en" el niño,
lo más probable es que -paradójicamente- lo
hayan traído porque sienten que han "perdido"
su lugar de padres, ya no pueden manejar a ese niño,
ni retarlo, ni comprenderlo, ni contenerlo, etc. Como sea,
si este es el caso, y casi siempre lo es, han perdido ese
lugar porque ese hijo ya no es el "que creían",
o ha cambiado de golpe", o "está irreconocible",
etc. Los padres demandan tratamiento muchas veces para que
el analista les ayude a "recuperar un lugar" (otras
veces, también es cierto, para delegar por completo
dicho lugar, por ejemplo para ponerlos a salvo de ellos
mismos.) La consulta surge entonces porque se ha generado
para ellos cierto punto de opacidad en su "hijo-problema",
una dimensión impensada en el niño que los
cuestiona, algo en él que no puede ser abarcado por
ellos. Demasiado "inquieto", demasiado "retraído",
demasiado "impulsivo", etc. Y ese "demasiado"
denuncia una extrañeza por parte de los padres, un
exceso o un desmedro respecto de un hijo que se comporta
de pronto como un ser ajeno, peligroso por momentos. Algo
amenazante se presenta en ese hijo ¿qué es
lo que pone en jaque ese chico? A veces, cuando uno pregunta
a los padres a quién se parece el hijo por el cual
consultan, ellos sitúan la referencia indentificatoria
con la que estos padres podrían "apropiarse"
de ese niño, hacerlo suyo, incluirlo en la familia
que han formado, etc., en relación a algún
pariente -no necesariamente cercano-. En fin, la historia
del pariente en cuestión podrá, o no, ser
significativa como para entender la amenaza que ese chico
representa, pero lo que deseo destacar es, ante todo, que
más allá de toda significación posible,
habita en los padres un agudo sentimiento de ajenidad respecto
del niño objeto de la consulta. Y esto cuando la
pregunta aludida no sume a los padres en la más completa
perplejidad, no permitiéndoles aportar el menor dato
filiatorio respecto de ese "extraño-niño"
(...no sé, para mí que no se parece a nadie...")
He aquí una tensión recurrente en el pedido
de tratamiento de niños por parte de sus padres:
esa extrañeza por el niño, esa posición
subjetiva que de pronto el chico ha asumido (a menudo "de
pronto" es situable en el pasaje a la pubertad, a la
adolescencia, a la muerte de cierto familiar o amigo de
la familia, al empezar a salir de noche, al haber conocido
a cierto amigo o cierta chica...), esa emergencia que desconcierta,
sume en la mayor de las perplejidades a los padres, ese
ser extraño que es ahora el hijo, saca de su lugar
a los padres (que quedan desorientados, "de pronto"
no reconocidos como tales, desoídos, desobedecidos,
etc.) Si los padres insisten en conservar su lugar "de
padres", obstinados entonces en amputar esa "rara-nueva"
conducta-tendencia, esa excéntrica "nueva-afición",
esa nueva "descabellada" vocación, etc,
del niño, que los hace vacilar en su función,
los que pierden su lugar son sus hijos que no se sienten
"enteramente" reconocidos. Hay padres que piden
ayuda para reencontrar su lugar, pero les cuesta admitir
que eso no puede suceder al precio de "derrotar"
al extraño hijo por el cual consultan, de desalojarlo
de su lugar-problema. También es cierto que la emergencia
sintomática del hijo en cuestión, tampoco
puede (por el carácter empobrecedor y/o peligroso
que supone para el propio niño) esperar una actitud
meramente contemplativa por parte de los padres (otra forma
de intentar sostener el lugar de los padres, "comprensivos"
en este caso, para no entrar en conflicto alguno con el
niño ni con sus funciones parentales) Cualquiera
sea la extrañeza que transforma a ese hijo, sea por
el desprendimiento desde cierto ideal de los padres (demasiado
"masculino" para ser una niña, pero incluso
demasiado masculino para ser un "niño..."
-en este último caso, quizás, estos padres,
con el otro hijo varón, evidentemente pasivo y afeminado,
no se angustiaron en absoluto-), o por verlo -alguno de
los padres- demasiado "atrapado" en las costumbres
de su familia política (heredero entonces de un odio
angustiante para el propio padre, por sentirlo "en
el otro bando"), o por ser sentido por alguno de los
padres como demasiado parecido a sí mismo, tanto
que hay que ponerlo a distancia haciéndolo un completo
extraño, etc. cualquiera sea la extrañeza,
entonces, los padres deben encontrar un "lugar",
en el tratamiento de sus hijos, para un trabajo analítico
que los ayude a religar, resignificar, interpretar, ese
extraño que vino a pedir un reconocimiento en sus
hijos. Con frecuencia el tratamiento no exige demasiadas
"interpretaciones" hechas al niño, solo
esta ayuda a los padres para que ellos mismos abarquen significativamente
la extrañeza que el hijo les impone con sus síntomas,
y puedan darle lugar a lo que éstos están
forzando como respuesta en ellos. Sobre todo en las psicosis
infantiles en las que lo extraño no admite "interpretaciones"
tanto como "respuestas" parentales. Ese extraño,
finalmente, no les ha sacado un lugar, los está forzando
-por el contrario- a ocupar uno seguramente impensado en
sus experiencias de padres, ese extraño les está
dando la oportunidad de "encontrar" de una vez
por todas a su hijo, al verdadero (aunque para ello los
padres tengan que hacerse un poco extraños para sí
mismos, violentar cierta estabilidad fantasmática
en lo que hace a ser "padre" o "madre".)
Alguna vez acompañé a unos padres en esa búsqueda
de nueva comprensión para reinscribir a ese hijo
que de un día para el otro se les hizo "desconocido".
Ni ellos ni yo sabía muy bien qué hacer con
ese niño de nueve años que "de pronto"
empezó a acumular objetos diversos, todos aquellos
objetos que habían tenido algún tipo de contacto
con él (botellas vacías, mocos, papeles, caca,
etc.) Imposible desprenderlo de estos sin que entrara en
estado de pánico y despersonalización. Después
de algún tiempo en que juntos construíamos
diversas estrategias para dar lugar y nombre al "extraño",
el padre empezó a fotografiar los objetos que el
niño acumulaba por todo su cuarto. Así, el
niño pudo empezar a tirar algunos de ellos para "conservarlos"
ahora en las fotografías. Más tarde, en las
fotos, junto a los objetos, empezaron a aparecer diversos
personajes sosteniéndolos, haciendo morisquetas,
sosteniendo cuadritos con frases, etc. Se hizo un álbum
con estas postales: "recuerdo de tal objeto sostenido
por tal". Se buscaba enriquecer a las fotos, para que
tomaran cierta distancia de los objetos -del que, por otra
parte, la foto ya se había hecho representativa-,
en fin, para que los objetos se hicieran evocativos, se
transformaran en recuerdos... Que los objetos tuvieran un
lugar, que conservaran una atmósfera, que permitieran
recordar-olvidar, en fin, a veces lo más elemental
y perentorio se torna demasiado... extraño.
Finalmente
entonces, es bueno indagar en la consulta del tratamiento
de niños, el "lugar perdido o imposible"
de los padres, en función de la emergencia sintomática
que los ha desalojado de sus referencias más firmes
y desde donde ellos creían poder criar a ese niño.
Ayudar a los padres a comprender cómo y por qué
esa extrañeza del niño impone un reconocimiento
para que la función parental se restituya según
una nueva experiencia de ellos con su hijo. La figura del
analista sostiene esa crisis como nuevo extraño que
irrumpe en la economía familiar cerrada, siendo un
incómodo testigo que impide que esa extrañeza
se asimile dando lugar a un nuevo funcionamiento familiar
mórbido. O tratando de impedir la exclusión
del niño por parte de los padres -o de uno de ellos-,
o la de los padres -o la uno de ellos- por parte del niño.
Mi idea es que si alguno de los padres o responsable afectivo
del niño -o en el extremo, alguna instancia institucional
de amparo de la infancia- no puede trabajar así con
el analista en el tratamiento del niño dicho tratamiento
se torna casi imposible o se ve excesivamente limitado.