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Un familiar tan extraño


(Sobre "el lugar" de los padres en el tratamiento de niños).


Por Daniel Ripesi


En una primera aproximación, podría decirse que el lugar de los padres en el tratamiento con niños es -casi sin lugar a dudas- el de quienes encarnan la demanda misma del tratamiento. Sin embargo, y lo sabemos, porque no resulta ser un hecho demasiado infrecuente-, hay padres que sólo traen a sus hijos a la consulta a pedido -a menudo por exigencia- del colegio al que dicho niño asiste. También puede suceder que sea una tía, un hermano, una suegra, etc., quien (o quienes) motorizan o directamente traen al chico a la entrevista. Así sucede que hay padres que, con disgusto o desconcierto, con indiferencia o curiosidad ingenua, traen a sus chicos ("Qué sé yo..., me dijeron del colegio que el "pibe" últimamente me estaba un poco distraído...") Así, un modo de preguntarse por el "lugar de los padres" en la consulta sería verificar si realmente poseen uno, o mejor aún, preguntarse qué tipo de circunstancias son las que, justamente, los fuerzan a tener que ocupar alguno -porque, a pesar de la eventual colaboración voluntaria de los padres, nunca deja de jugar un rol fundamental en la demanda del tratamiento, cierto forzamiento en el "tener que" traerlo-. Por otra parte, con frecuencia también sucede que son los niños "traídos" los que en rigor "traen" a sus padres al psicólogo, aunque esto suceda de la mano de sus propios sufrimientos... Con relación a esto último, un forzamiento habitual en los padres para llevar a sus hijos a la consulta es un insoportable sentimiento de "culpa". De un modo u otro, queda claro que al encarnar la demanda del tratamiento (aún tras la más completa o aparente indiferencia en la disposición de los padres) dicha demanda deviene por presión de una motivación inconsciente y, como tal, como resultado de deseos contradictorios. Algo de la consulta que los padres realizan al psicólogo, aún cuando ese pedido surja del aspecto más maduro y sano de sus compromisos, es un movimiento "a pesar" de ellos mismos. Los padres siempre se sentirán, de un modo u otro, incómodamente obligados a la consulta. El lugar de los padres está signado por la confusión y contrariedad, en fin, por la angustia que provoca en ellos cierto comportamiento "extraño" del niño. En función de tal episodio extraño "en" el niño, lo más probable es que -paradójicamente- lo hayan traído porque sienten que han "perdido" su lugar de padres, ya no pueden manejar a ese niño, ni retarlo, ni comprenderlo, ni contenerlo, etc. Como sea, si este es el caso, y casi siempre lo es, han perdido ese lugar porque ese hijo ya no es el "que creían", o ha cambiado de golpe", o "está irreconocible", etc. Los padres demandan tratamiento muchas veces para que el analista les ayude a "recuperar un lugar" (otras veces, también es cierto, para delegar por completo dicho lugar, por ejemplo para ponerlos a salvo de ellos mismos.) La consulta surge entonces porque se ha generado para ellos cierto punto de opacidad en su "hijo-problema", una dimensión impensada en el niño que los cuestiona, algo en él que no puede ser abarcado por ellos. Demasiado "inquieto", demasiado "retraído", demasiado "impulsivo", etc. Y ese "demasiado" denuncia una extrañeza por parte de los padres, un exceso o un desmedro respecto de un hijo que se comporta de pronto como un ser ajeno, peligroso por momentos. Algo amenazante se presenta en ese hijo ¿qué es lo que pone en jaque ese chico? A veces, cuando uno pregunta a los padres a quién se parece el hijo por el cual consultan, ellos sitúan la referencia indentificatoria con la que estos padres podrían "apropiarse" de ese niño, hacerlo suyo, incluirlo en la familia que han formado, etc., en relación a algún pariente -no necesariamente cercano-. En fin, la historia del pariente en cuestión podrá, o no, ser significativa como para entender la amenaza que ese chico representa, pero lo que deseo destacar es, ante todo, que más allá de toda significación posible, habita en los padres un agudo sentimiento de ajenidad respecto del niño objeto de la consulta. Y esto cuando la pregunta aludida no sume a los padres en la más completa perplejidad, no permitiéndoles aportar el menor dato filiatorio respecto de ese "extraño-niño" (...no sé, para mí que no se parece a nadie...") He aquí una tensión recurrente en el pedido de tratamiento de niños por parte de sus padres: esa extrañeza por el niño, esa posición subjetiva que de pronto el chico ha asumido (a menudo "de pronto" es situable en el pasaje a la pubertad, a la adolescencia, a la muerte de cierto familiar o amigo de la familia, al empezar a salir de noche, al haber conocido a cierto amigo o cierta chica...), esa emergencia que desconcierta, sume en la mayor de las perplejidades a los padres, ese ser extraño que es ahora el hijo, saca de su lugar a los padres (que quedan desorientados, "de pronto" no reconocidos como tales, desoídos, desobedecidos, etc.) Si los padres insisten en conservar su lugar "de padres", obstinados entonces en amputar esa "rara-nueva" conducta-tendencia, esa excéntrica "nueva-afición", esa nueva "descabellada" vocación, etc, del niño, que los hace vacilar en su función, los que pierden su lugar son sus hijos que no se sienten "enteramente" reconocidos. Hay padres que piden ayuda para reencontrar su lugar, pero les cuesta admitir que eso no puede suceder al precio de "derrotar" al extraño hijo por el cual consultan, de desalojarlo de su lugar-problema. También es cierto que la emergencia sintomática del hijo en cuestión, tampoco puede (por el carácter empobrecedor y/o peligroso que supone para el propio niño) esperar una actitud meramente contemplativa por parte de los padres (otra forma de intentar sostener el lugar de los padres, "comprensivos" en este caso, para no entrar en conflicto alguno con el niño ni con sus funciones parentales) Cualquiera sea la extrañeza que transforma a ese hijo, sea por el desprendimiento desde cierto ideal de los padres (demasiado "masculino" para ser una niña, pero incluso demasiado masculino para ser un "niño..." -en este último caso, quizás, estos padres, con el otro hijo varón, evidentemente pasivo y afeminado, no se angustiaron en absoluto-), o por verlo -alguno de los padres- demasiado "atrapado" en las costumbres de su familia política (heredero entonces de un odio angustiante para el propio padre, por sentirlo "en el otro bando"), o por ser sentido por alguno de los padres como demasiado parecido a sí mismo, tanto que hay que ponerlo a distancia haciéndolo un completo extraño, etc. cualquiera sea la extrañeza, entonces, los padres deben encontrar un "lugar", en el tratamiento de sus hijos, para un trabajo analítico que los ayude a religar, resignificar, interpretar, ese extraño que vino a pedir un reconocimiento en sus hijos. Con frecuencia el tratamiento no exige demasiadas "interpretaciones" hechas al niño, solo esta ayuda a los padres para que ellos mismos abarquen significativamente la extrañeza que el hijo les impone con sus síntomas, y puedan darle lugar a lo que éstos están forzando como respuesta en ellos. Sobre todo en las psicosis infantiles en las que lo extraño no admite "interpretaciones" tanto como "respuestas" parentales. Ese extraño, finalmente, no les ha sacado un lugar, los está forzando -por el contrario- a ocupar uno seguramente impensado en sus experiencias de padres, ese extraño les está dando la oportunidad de "encontrar" de una vez por todas a su hijo, al verdadero (aunque para ello los padres tengan que hacerse un poco extraños para sí mismos, violentar cierta estabilidad fantasmática en lo que hace a ser "padre" o "madre".)
Alguna vez acompañé a unos padres en esa búsqueda de nueva comprensión para reinscribir a ese hijo que de un día para el otro se les hizo "desconocido". Ni ellos ni yo sabía muy bien qué hacer con ese niño de nueve años que "de pronto" empezó a acumular objetos diversos, todos aquellos objetos que habían tenido algún tipo de contacto con él (botellas vacías, mocos, papeles, caca, etc.) Imposible desprenderlo de estos sin que entrara en estado de pánico y despersonalización. Después de algún tiempo en que juntos construíamos diversas estrategias para dar lugar y nombre al "extraño", el padre empezó a fotografiar los objetos que el niño acumulaba por todo su cuarto. Así, el niño pudo empezar a tirar algunos de ellos para "conservarlos" ahora en las fotografías. Más tarde, en las fotos, junto a los objetos, empezaron a aparecer diversos personajes sosteniéndolos, haciendo morisquetas, sosteniendo cuadritos con frases, etc. Se hizo un álbum con estas postales: "recuerdo de tal objeto sostenido por tal". Se buscaba enriquecer a las fotos, para que tomaran cierta distancia de los objetos -del que, por otra parte, la foto ya se había hecho representativa-, en fin, para que los objetos se hicieran evocativos, se transformaran en recuerdos... Que los objetos tuvieran un lugar, que conservaran una atmósfera, que permitieran recordar-olvidar, en fin, a veces lo más elemental y perentorio se torna demasiado... extraño.

Finalmente entonces, es bueno indagar en la consulta del tratamiento de niños, el "lugar perdido o imposible" de los padres, en función de la emergencia sintomática que los ha desalojado de sus referencias más firmes y desde donde ellos creían poder criar a ese niño. Ayudar a los padres a comprender cómo y por qué esa extrañeza del niño impone un reconocimiento para que la función parental se restituya según una nueva experiencia de ellos con su hijo. La figura del analista sostiene esa crisis como nuevo extraño que irrumpe en la economía familiar cerrada, siendo un incómodo testigo que impide que esa extrañeza se asimile dando lugar a un nuevo funcionamiento familiar mórbido. O tratando de impedir la exclusión del niño por parte de los padres -o de uno de ellos-, o la de los padres -o la uno de ellos- por parte del niño. Mi idea es que si alguno de los padres o responsable afectivo del niño -o en el extremo, alguna instancia institucional de amparo de la infancia- no puede trabajar así con el analista en el tratamiento del niño dicho tratamiento se torna casi imposible o se ve excesivamente limitado.

 

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