En el presente trabajo me interesa desarrollar algunas ideas
acerca de la supervisión como función que
se produce (si ocurre).
Si fuera posible demostrar esta afirmación, la misma
palabra supervisión en su captación imaginaria,
quedaría cuestionada (como "súper"-"visión",
como "control").
Empecemos entonces por considerar la idea de función.
La entrevista de supervisión puede caracterizarse
como el encuentro entre dos analistas, uno de ellos demanda
supervisión, el otro es demandado (por una oferta
consciente o inconsciente que ha hecho). Que se encuentren
dos analistas no significa que estén en posición
de tales. Entre ambos se establecerá cierto lazo
transferencial causado por una pregunta acerca de un obstáculo
en la conducción de un tratamiento. Esto último
es lo que denomino (cuando se me solicita supervisión)
motivo de la supervisión. Siempre es un obstáculo,
y siempre es transferencial .Una de las posibilidades de
producción de la función-supervisión
es determinar el orden predominante del obstáculo
en alguna de las vertientes de la transferencia ::imaginaria,
simbólica, real.
Lo paradojal del caso es que si el obstáculo es perceptible
y removible es en función de otra transferencia que
se establece (si se establece) en la entrevista de supervisión.
En mi experiencia la condición de posibilidad para
que se cumpla la función de supervisión depende
de la posición del analista que esté en función
de supervisor. Un itinerario relativamente prolongado y
sostenido en la función me ha ido forjando una posición
que podría resumir sencillamente de esta forma: en
una supervisiòn no se trata tanto de señalar
(como si esto fuera posible!) qué se debe hacer,
sino de crear las condiciones para inscribir qué
pasó, qué es lo que está haciendo esa
otra transferencia por la que el supervisor es consultado,
qué se puede anticipar relativamente de sus efectos.
Me parece un corrimiento análogo al que se verifica
en la experiencia de la escucha en la clínica, donde
el eje va virando desde la preocupación inevitable
por "Qué le digo" al "Qué escuché"
de lo que dijo. Este corrimiento no se produce solamente
en el eje diacrónico de la experiencia de un analista
y su itinerario por años de sostén de transferencias.
También se verifica en el eje sincrónico de
cada caso nuevo al que se ofrece la escucha, y aun más,
en cada sesión.
Por eso, un motivo frecuente de supervisión es '
qué hice', y ahora 'qué hago', que puede presentar
matices de vergüenza, culpa o desazón pero que
recorta de ese modo el fondo angustioso y solitario del
analista frente a su acto . Lo que se aísla la mayoría
de las veces es la aparición o el desfallecimiento
de la función deseo del analista.
En
un espacio de supervisión grupal del hospital a donde
asistía como concurrente de segundo año aparecí
un día con la desesperación de haberle dicho
a una paciente, levantándome bruscamente de mi silla
y golpeando el escritorio: "Pero usted, ¿qué
está esperando?, que su hijo la mate? Va a llamar
ahora mismo al padre de su hijo para que venga a su casa
y le saque el arma!! " El mismo escritorio, la misma
silla desde donde tranquilamente antes habré escuchado
a la paciente con su tono monocorde, quien ese día,
(con el mismo tono) había relatado que al ir a despertar
a su hijo a la mañana, él había sacado
un arma de abajo del la almohada y le había apuntado
con la misma alevosía con que impunemente manejaba
una ambulancia por las noches, con sirena aun sin enfermo
a trasladar, por el solo gusto de probar el poder que eso
le confería..
Otro
recuerdo vívido se me presenta de un colega que iniciaba
su práctica en el hospital y descerraja su pregunta
en la supervisión: "¿Uno es responsable
de la vida del paciente?". Esa pregunta, que me ha
atenaceado por años , se había desencadenado
a partir de que la paciente había prendiera fuego
al taller en el que trabajaba, con ella adentro. Y si bien
había , como se dice, "vivido para contarlo"
(y descerrajarlo a su analista) eso no alcanzaba para tranquilizar
a nadie. La angustia que se produce cuando cesa la posibilidad
del sujeto de ser representado entre significantes era dramáticamente
transferida al analista, y del analista a la supervisión.
La angustia como arma, más que como señal
de alarma, produjo en aquel caso una secuencia diaria de
entrevistas de supervisión, más el rastreo
bibliográfico más exhaustivo que me ha causado
una supervisión. Y tal vez, incluso, quince años
después, este trabajo. Todo para seguir sin poder
responder a ciencia cierta, esa pregunta. En todo caso,
sí la conciencia imprescindible de la responsabilidad
que atañe a ese particular modo de deseo que es el
del analista. Que alguien ante tamaño desafío
transferencial formule semejante pregunta en otra transferencia,
por pura propulsión a angustia, es sin duda una respuesta
en acto. Podría haber huido, o derivado el caso,
o internado a la paciente sin demora con tal de no formularse
semejante pregunta. (por supuesto que ,a veces ,ante un
intento de suicidio hay que derivar o internar al paciente
, actos que pueden ser también la resultante de una
supervisión)
Ante el recuerdo de estas escenas no puedo evitar la ironía
de pensar cuánta letra muerta se amontona acerca
del sublime "acto analítico" cuando el
mismo está hecho de la materia de esas desesperaciones,
esos desfallecimientos, de todos esos agujeros negros que
quedan cuando no quedan más recursos y sólo
queda , si queda, un deseo.
Quisiera
señalar por último que la experiencia transferencial
de supervisión cuando se produce como función
, se verifica en la revelación brusca de algo que
permite dar alguna respuesta al problema planteado en el
motivo de supervisión. Eso que se produce no
necesariamente proviene del supervisor ni del supervisando,
sino que se construye de golpe, como una evidencia. Por
un problema de estilo, didáctico, digamos, a mí
me interesa explicitar que ahí hay una respuesta.
Otros supervisores prefieren que eso se decante solo, sin
más subrayado. En un caso que se me presenta a supervisión,
la analista se plantea como algo desorientada, con la sensación
de que el paciente es "engañoso". Varias
circunstancias avalan esa percepción, la más
evidente es que el paciente es "mandado" a tratamiento
y que necesita obtener una habilitación como chofer
de taxi. Con una historia de adicciones para las que el
taxi y la mujer le funcionan como control, aparece un contagio
de hepatitis detectada al presentarse el paciente como donante
de sangre. Eso produce dudas en la mujer del paciente, y
una intervención de la analista: "su mujer tiene
bases para dudar de usted", intervenciòn que
es escuchada en el curso de la supervisiòn como un
corte y a la vez una continuidad con el motivo de la supervisión,
como una puesta en transferencia de algo que representa
al paciente. Subrayado este producto, la analista arma la
hipótesis de que es el paciente tal vez el que se
ha engañado, creyendo que el taxi o la mujer lo controlarían
y que es esa "solución" la que está
cuestionada y cuestiona al sujeto, dividiéndolo y
trayéndolo a la consulta.
Otro
eje que se puede seguir desde la supervisión como
función es el diacrónico, que consiste en
el raro privilegio para el supervisor de asistir, o acompañar
a la construcción de un estilo. Cuando la experiencia
de supervisión del mismo analista con el mismo supervisor
se repite y se renueva en un lapso prolongado, es posible
inscribir, (y a veces, devolver para que sea perceptible,
y utilizable como recurso para el analista) algo del orden
del estilo. El estilo es la marca singular, aquello que
imprime al enunciado la marca de la enunciación,
aquello que en cada analista
se construye como modos de decir, modos de hacer, la singular
forma de maniobrar con la transferencia, un quehacer artesanal,
propio y distintivo de cada analista, en su propia clínica
y a la vez, en cada caso. Por eso es que la supervisión
como espacio ve reducida su posibilidad de indicar qué
hacer o qué decir, y mucho menos, cómo. El
qué surge de la evidencia instantánea como
respuesta, el propio mensaje (del supervisando) retorna
en forma invertida, desde el "se produce" de la
entrevista de supervisión. El cómo, el estilo
, creo que en parte está marcado por el deseo del
analista, su presencia y la angustia ante su acto, y a la
vez por algo de su división como sujeto y los atravesamientos
que el propio análisis le hayan propiciado. En esa
tensión se articula el estilo, se articula en que
aunque para el paciente lo que escucha o registra le vuelve
del Otro de la transferencia, es en el estilo de su analista
donde se filtran las diferencias, por eso la repetición
en transferencia nunca será un repetir lo mismo.
e-mail: dgolluscio@hotmail.com