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Suéltele la mano

Por Fabiana Sayago

En estos años de trabajo con niños "subjetivamente frágiles" con dificultades en su constitución, pude constatar el "impedimento" que muchas veces habían impuesto al trabajo, ciertas lecturas acerca de la necesidad de "separar" al niño de una supuesta "relación simbiótica" con su madre. Manteníamos acaloradas discusiones acerca de, según mi modo de ver, malas interpretaciones de la operación fundamental de alineación-separación, entendiéndolas no solo separadamente, sino en un tiempo pensado casi en forma lineal y algunas veces apresurado.

 

Quiero decir que se invitaba a la madre a retirarse de un "lugar" al cual nunca había ingresado todavía, tratando de instalar una espera para un reencuentro imposible. En muchas oportunidades he discutido acerca de este intento de separar lo que todavía no estaba "unido" .Fue mucho lo que aprendí cuando me animé a invitar a las madres a compartir la sesión. A lo largo del trabajo se fueron instalando importantes procesos de sostén de la función materna , sostén que posibilita , cuando la cosa marcha, no la derivación a un saber hacer del profesional, sino una experiencia compartida quizá en muchos casos por primera vez. Por primera vez una mamá podía ir descubriendo lo que considero la diferencia fundamental en el ejercicio de dicha función y por lo tanto en la crianza del niño, entre colmar al niño y calmar al niño. A partir de ir juntas desmenuzando esta diferencia comenzaba a ser posible ese duelo, también fundamental, que es la caía del cuerpo del niño como órgano. En una de esas situaciones que llamo "la cocina", una mamá tratando de soportar la ira que le producía que su hijo, nuevamente, sacara la rejilla y metiera sus manos en el resumidero, sostenía violentamente sus manos intentando lavárselas, en un forcejeo que llevaba años y que la había llevado hasta atar al niño para poder hacer determinadas tareas hogareñas. En esa situación le digo firmemente -Esto no es posible. Ella me mira enfurecida y me dice -¡quiero que aprenda a lavarse las manos él solo!. Le digo - sí pero así no es posible . ¿Y entonces cómo? Me gritó. Dije -¡suéltele las manos!!!
Esto no sería más que un anécdota si no estuviera enmarcado en ese "espacio de confianza" que hace diferencia con la complicidad y que nutre esa "atmósfera" en el espacio- tiempo transferencial.
Este caso sigue en curso gracias a la riqueza de su "atmósfera", y los continuos replanteos teóricos y clínicos a los que me lleva cada vez.
Por supuesto no siempre resulta, muchas veces las madres me han mirado con desconfianza cuando les hablo a un niño que no ha desarrollado el lenguaje, o cuando cansadas de ser testigos de las perseveraciones que el niño trae y que en sesión tomo para darles una vuelta más (en lugar de detenerlas, corregirlas etc) y así intentar junto con el niño, transformarlas en esbozos de juego, quizá como dirían los Rodulfo, en un más acá del carretel. Es decir cuando me arriesgo a algún riesgo apostando allí a un sujeto.

 

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