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Los historiales clínicos de Freud, hoy
(los analizantes fundamentales)
por Raúl A. Yafar
PINTURA:
Noemí Spadaro
Creo
que hay una relación directa entre la operación
"fundacional" implícita en la función
del padre y el lugar que se le puede asignar aún
hoy a los historiales clínicos de Freud. Por eso
me parece oportuno retomar ese modo de conjunción
---- sin pensar por ello que sea el único ---- en
este breve texto.
Partiré de una pregunta: ¿por qué
seguimos leyendo esos historiales? Teóricos del
psicoanálisis hay muy pocos, especialmente fecundos,
y es lógico que a los textos de Freud recurramos
de continuo.
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Pero ¿por qué a los historiales en lo que
estos tienen de específicamente ligado, eslabonado,
trenzado con la perspectiva clínica, en lo que tienen
de más abismado, sumergido, incorporado en la
práctica misma?
Me refiero, por supuesto, a los historiales que implican
un nombre propio, es decir, el "pequeño Hans",
"Dora" o seudónimos como el "Hombre
de las Ratas" y "de los Lobos", así
como el nombre verdadero del Presidente Schreber. Podríamos
agregar el sueño de la "Inyección de
Irma", o los nombres de las histéricas de los
Estudios. Vuelvo a aclarar que no se trata de los fragmentos
donde, dentro de estos artículos, Freud teoriza sobre
la neurosis, sino sobre los materiales clínicos en
sí, sobre las historias, sobre los minuciosos
argumentos de los "dramas" de esos pacientes que
allí se relatan.
Quiero con esta pregunta ir más allá de las
respuestas obvias, que sobran, pues no se trata de la búsqueda
usual, obligatoria, generada por una lectura universitaria
estricta y, por lo tanto, obsesivizada/obsesivizante. El
tema es por qué siguen produciéndose genuinas
operaciones de lectura, a qué se debe su inagotable
valor de historias que causan pensamiento.
En general, en todos ellos, se presenta claramente una pregunta
--- y recordemos que Lacan definió al neurótico
estructuralmente como una pregunta---. Ella se refiere
claramente a la función paterna, al valor, entonces,
del significante del Nombre-del-Padre. Tomemos mejor un
ejemplo. Si pensamos en el "pequeño Hans"
(o "Juanito"), esa interrogación está
directamente imbricada al momento en que se desencadena
su síntoma fóbico, que opera como una respuesta,
de este modo, a esa pregunta.
Es decir, en la secuencia en que el mundo maternizado de
Hans se quiebra sin hallar sostén, cuando su narcisismo
claudica --- es decir, cuando se presenta su crisis---,
es donde aparece un tibio, tímido intento de su padre
por hacerse presente. Leyendo con profundidad el
historial podemos colegir que este intento no alcanzará
a los fines de la normativización, es decir, de la
sexuación plena de este niño, pero, al menos,
nos permitirá pensar que Hans se las ha arreglado
para atraer la atención de su padre.
¡Pero no sólo a su padre, sino también
al "Padre del Psicoanálisis", es decir,
Freud! Tal es, al decir de Lacan, "la intensidad de
su drama". Ahora bien, cuando aceptamos esta frase
que alude a lo intenso de su padecer, podemos agregar, intentando
no caer en un imaginario patetismo: ¿Qué real
se con-vocó en ese momento?
El hecho es que Hans, como los otros analizantes de los
historiales de Freud, no sólo moviliza a éste
a producirlos como tales, sino que sacude algo en
nosotros, en todos nosotros, que seguimos comentándolos,
estudiándolos en sus más mínimos detalles,
intentando transmitirlos, aún después de cien
años o más. Si nos avocamos a la tarea
de profundizar y enriquecer cada texto, tenemos la responsabilidad
ética de preguntarnos por qué lo hacemos,
ya que el lugar mismo del analista exige una reflexión
sobre aquellos supuestos implícitos en los que se
sostiene, siempre en pos de una caída, una disolución
(Untergang) posterior de los mismos.
Es decir, circunscribir un intento sostenido y reiterado
de trazar una lectura-en-acto, intentando este ejercicio
psicoanalítico en cada ocasión, aunque implique
un trabajo abierto. Seguimos entonces leyendo y releyendo
sin agotar cada historial, movilizados por él, pues
cada uno de sus protagonistas nos obliga a contestar a través
de los años a su pregunta, nos conmina a responderle,
nos causa a pensar.
Incansablemente averiguamos no sólo datos íntimos
de la vida de esos analizantes de Freud ----- sus verdaderos
nombres, su ocupación y su destino ----, sino que
los utilizamos continuamente como referencias clínicas;
así como enseñamos, además, sobre ellos
a tantos otros que se inician en el psicoanálisis.
¿Por qué no pensar entonces que esos casos
son llamadas? ¿Por qué no e-vocaciones,
tal que ecos, del alarido de ese padre imposible de recuperar,
padre de la horda, padre perdido, mítico, retumbando
interminablemente en el oído de sus hijos, obligados
al parricidio ante la falla estructural de la constitución
subjetiva y de la sexuación? ¿No serán
llamadas tan fuertes, tan doloridas, tan angustiosas, que
despertaron a Freud y continúan despertándonos
a nosotros mismos que lo seguimos? Es decir, ¿no
se tratará de la fuerza del grito de las neurosis
causándonos a través de la fundamental
(y fundacional) palabra clínica freudiana?
Recordemos el sueño del padre que se despierta porque
su hijo, muerto, le dice: ¿No ves que estoy ardiendo?,
sueño relatado en el capítulo séptimo
de "La Interpretación de los Sueños".
Este sueño lo cuenta una paciente que lo había
escuchado en una conferencia de otra persona, que a su vez
lo refirió a una tercera. Pese a ello, la pregnancia
de su breve texto captura al que lo escucha de tal modo
que Freud no puede dejar de retransmitirlo, y esto, pese
a no tener casi material asociativo para analizarlo.
Volvemos sobre él, fascinados y aterrados por su
"frase-tea", como la nombra Lacan ¿No
será que en ella se transmite un verdadero grito,
el grito ígneo de una voz que, atravesando esa frase
incendiaria, no cesa de despertarnos también a nosotros
y a todos los que la han escuchado?
En el caso de los historiales, entonces, no se jugaría
una cuestión sobre los Ideales del Yo, tal que ellos
fuesen los historiales... "ideales" para estudiar
o pensar. "Dora" no necesitaría ser el
ejemplo más arquetípico de sueños o
de neurosis histérica, ni el "Hombre de las
Ratas" el cuadro obsesivo más rotundo y llamativo,
como tampoco el de la "inyección de Irma"
el sueño más delineado para describir los
mecanismos de la elaboración onírica. Se trataría
de algo más, ubicable en un más
allá, algo más Real que todo Ideal, algo
ligado a lo inaugural. Se trataría, entonces,
allí, de lo que me gusta llamar los historiales
de los analizantes .... fundamentales.
Es esto lo que hace que, allende la utilidad teórica
o formativa de esos materiales, o de lo interesante que
contengan como casos clínicos --- Freud atendió,
tal vez, otros pacientes antes o después, tan notables
o llamativos----, sigamos tras ellos, como Acteón
tras la verdad de la castración, hasta que ellos
mismos nos devoren, nos consuman en la vorágine de
nuestro deseo: ¿una vida de pensamiento "gastada"
en explorarlos?
Seguimos, casi un siglo después, tras esos escritos,
tras esa fundación inscripta, con sus nombres propios
que los distinguen, como abrochaduras entre el valor simbólico
que poseen y ese real originario del sufrimiento que los
rozó.
Si la clínica psicoanalítica es la "clínica
de lo real", que es lo imposible de soportar,
¿no habrá algo de ese real en juego en esos
"nombres propios" contenido? Por ello, la joven
homosexual no tiene nombre y no es considerado un historial,
y en plena correspondencia con su historia personal, es
un aborto de historial clínico.
Por lo tanto, cuando nosotros queremos saber, curiosos,
algunos datos más sobre las "vidas" y/o
vivencias concretas de estos pacientes de Freud, creemos
que se aplaca, con la anécdota empírica, ese
real candente que en ellos se e-voca. Humanizar esos casos,
mediante el recurso de "husmear" datos irrelevantes
es intentar que sean analizantes cualesquiera. Bajada al
llano de una tierra donde los gritos sean, tan sólo,
murmullos estadísticos o jerga para consumo de fisgones.
Sentimos intuitivamente que estos casos, fetiches o excepciones,
emblemas tortuosos o remanencias interminables para los
neuróticos que los analistas también somos,
funcionan como causa de angustia para todos, por
lo que se intenta aplacarlos con un Saber. Pero, lamentablemente,
de este modo se trata de un "saber" ajeno a todo
efecto de la verdad del inconciente.
Creo que además de los síntomas que ellos
pro-vocan, y de la represión eventual que
sufren ---- con el consecuente retorno sintomático
de lo reprimido ---- se juega en ellos un padecer para todos
nosotros. Por ello es que hay algo de la repetición
superada, en este encuentro con su lectura, si ésta
concluye en un acto. Trabajo de sublimación, tal
vez. Y conjuración feliz de la angustia en la creación,
valdría la pena agregar.
Podemos pensar que estos casos entonces angustian, veladamente,
tal vez demasiado veladamente, pues evocan el real de
la neurosis universal ---- y de algún modo, entonces,
de nuestra neurosis particular ----, real que, por lo tanto,
está convocado en esa letra escrita, fundada, establecida
en la historia como fecha e hito de inauguración.
Leerles ---- sólo hay letra, si es que hay lectura
---- es un dolor, ellos levantan y e-vocan nuestra
falta, silenciada por dar una clase, por estudiar concienzudamente,
por hurgar en sus datos vitales, por producir, en suma,
todos los síntomas que nos alejen de esa angustia
radical. Pero, ¿no son esa angustia, nuestro desamparo,
este sufrimiento o aquel dolor, las únicas motivaciones
del psicoanálisis?
Repetición viva en lo real, fango y vísceras
de la clínica, al fin y al cabo, vuelven siempre
al mismo lugar. Un real constante, como la energía
pulsional, un "drang" esforzante que se
sigue con continuidad, no por habitar el terreno del Ideal,
sino por constituir, debo insistir, nuestra clínica
tan fundamental como fundacional.
Leer textos psicoanalíticos, dar clases o hacer público
el hecho de atender analizantes no significa en sí
otro acontecimiento más que el de obtener el
reconocimiento menor o mayor del "Otro psicoanalítico",
en el seno de nuestra comunidad de trabajo. En cambio, la
práctica psicoanalítica se sostiene en si
misma, si localiza, si roza, si conjuga el sujeto al real
al que apunta. Si se constituye como operación de
lectura, si se supera el temor por asumir el contenido de
cada "fragmento" e-vocador de un real
de dolor. Ella no "tiene" fundamento externo
porque se fundamenta, cada vez, en el acaecer mismo de su
praxis-como-acto.
Tal vez sea esto lo que hace atractivo al psicoanálisis
para tantos, tal vez sea esto lo que les facilita alejarse,
y de múltiples modos, a algunos de esos tantos, en
un lento y confortable descenso, angustiados por la práctica
misma. Hay un punto enigmático del propio deseo que
sostiene aquellos momentos sin los cuales el psicoanálisis
no es tal. Un deseo irreductible que, sin connotación
alguna, llamamos "del Analista", y por el cual
debo continuamente interrogarme, en especial a partir de
mí mismo.
Por ello terminaré preguntándonos algo
que debe ser sostenido diaria y constantemente en su estatuto
de interpelación. Eso oscuro y enigmático
en cada uno, ¿estuvo, está, estará
todavía marcando nuevos surcos, nuevas inscripciones,
nuevos efectos de sentido en algún lugar?
Versión corregida y ampliada de un fragmento del
libro "FOBIA en la enseñanza de Lacan",
de Raúl A. Yafar (Editorial Letra Viva, 352 páginas,
editado en Julio del 2004).
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