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Uso de objeto: entre el dominio y la desposesión subjetiva
Sobre la noción winnicottiana de "uso" de objeto

Por Daniel C. Ripesi

Pintura: Martín Riwnyj


Un ser humano solo puede "usar" aquello de lo cual pudo apropiarse; pero -es necesario consignar este detalle- esta conquista del objeto supone siempre el precio subjetivo de una desposesión y el establecimiento de una dependencia respecto del objeto sobre el que se adquiere posesión. "Usar" un objeto implica soportar cierto estado de vulnerabilidad y fragilidad: Toda conquista se paga con un exilio… afirma Pontalis, y agrega a título de ejemplo que la dificultad de aprender un nuevo idioma no pasa tanto por incorporar la gramática del idioma extranjero como la de poner en olvido la propia lengua. Las resistencias no son sólo externas sino -también- internas: "usar" un objeto implica cierto grado de vulnerabilidad, de resignación de la omnipotencia y de aceptación de las intransigencias que impone el objeto en la experiencia de ser usado.

Es decir que "usar" a un objeto depende de no ahogarlo en la manipulación cerrada que impone la propia subjetividad. Queda fuera de la capacidad de uso todo intento de control o dominio del mismo; en todo caso, el uso de un objeto debe permitir que se abran significaciones inéditas en él, y es esperable que las inesperadas resonancias que despierta el uso del objeto repercutan y conmociones la propia subjetividad de quien se ha embarcado en esa experiencia de uso. El uso de un objeto puede "hacer aparecer" al propio sujeto en un lugar que no se creía poder habitar.

De modo que "usar" un objeto no propone un acto de sometimiento sino la alternativa de abrir en la propia subjetividad el riesgo de una transformación posible. En este sentido "usar" implica su correlato necesario: "ser usado". "Usar" un objeto de manera instrumental -por así decir-, evitando ser arrastrado por la economía ambigua que abre el intercambio con él (1), eludiendo el inesperado campo de significación que sensibiliza la propia experiencia de "usar" al objeto ("ser usado"), supone un aferramiento a la manipulación de objetos al servicio de reconfirmar posiciones subjetivas de base muy frágil.

En este sentido (y ante la imposibilidad de abrir con los objetos las alternativas de un Usar-ser usado), es sabido que hay hombres que no soportan otro comercio sexual que el que pueden establecer con putas. Hay sin embargo en algunos de ellos una leve esperanza de que los gemidos que ellas exhalan en tales circunstancias no sean totalmente "profesionales". Esa imaginaria cuota de placer que creen arrancarles y que escapa al contrato de intercambio convenido es para ellos una ganancia extra: no solo entregarían ellas su cuerpo sino también algo de sus almas… Anima a este tipo de hombres más una ambición de dominio y manipulación del objeto que una exacerbación paroxística del placer en juego.

Sin embargo, para otros de estos hombres, ese presunto gemido de placer puede ser el origen de un profundo temor: es la inquietante evidencia de que han sido ellos mismos quienes trabajaron para ellas. La experiencia de prostitución se ha invertido y estos hombres sienten con indignación que han sido manipulados. El menor gemido rompe la escena que solo pueden habitar dos seres desalmados. (2) Tampoco una puta puede besar a su cliente en la boca para evitar enamorarse de él o para no advertir que eso está sucediendo.

De un modo menos radical podemos pensar también en cierta manipulación erótica del amante -a quien no se puede usar de otro modo- al solo efecto de aliviar un estado de tensión pulsional que le impide entrar en el dormir (3), cuando lo que verdaderamente se teme no es tanto a emergencia de pesadillas como ser arrasado por una angustia insoportable de desintegración (por pérdida de la integración que favorece el estado de vigilia).

Dicho esto (la enumeración de ciertas paradojas que sustentan la capacidad de uso de los objetos: apropiación-desposesión; conquista-fragilidad; usar-ser usado); digamos que la apropiación de un objeto implica actos. La raíz última de estos actos es probablemente lo que Winnicott llama gesto espontáneo. Los actos sacan a los objetos del control omnipotente del individuo. De lo contrario éstos quedan confinados a una manipulación psíquica delirante en donde: se los puede "matar" o "revivir" -cuando es necesario-, o se los pone en "suspenso", o se los anula o disocia, según los casos, etc. (4) "Usar" implica reconocerlos como algo no-yo (es decir como ajenos y exteriores a la manipulación fantasmática del propio sujeto). Sin embargo (nueva paradoja), es la propia experiencia de usar un objeto lo que le otorga peso de realidad "no-yo".

Así, el acto de pintar produce una obra que -en mayor o menor medida- resulta extraña y ajena al propio artista que intenta producirla. Sólo por este detalle de inevitable desequilibrio entre lo yo y lo no-yo que la pintura encarna para él, el cuadro cobra la realidad necesaria como para ser compartida y cedida a otras miradas. Si expresara cabalmente y sin tapujos al artista un incómodo pudor le impediría mostrarla. Pero si la obra fuera demasiado extranjera a sus anhelos y temores tampoco valdría la pena para él compartirla con otros. El acto que llevó a cabo la obra permite el descubrimiento de algo inédito y ajeno a la intención del propio artista que lo ejecuta, pero también ilustra -al mismo tiempo- algo que se reconoce como profundamente íntimo y personal.

Lo yo y lo no-yo -si pueden convivir sin demasiada hostilidad- en el cuadro otorgan a la obra una economía tensa y vital que lo sostiene verdaderamente significante. El acto dio realidad a un objeto que puede ser entonces usado, y agreguemos que para producir este acto fundante de lo real se debió tener la capacidad de usar al propio cuerpo (5) . Sólo así con la primer pincelada algo del cuadro se torna ya -para el propio artista- el cuadro de otro…

Es el propio uso del objeto lo que hace real a la "cosa", es decir que no se trata de que haya que esperar un proceso subjetivo de constitución de la realidad para sólo después habilitar el uso de dicha realidad. Quizás una aclaración pueda facilitar la comprensión de la noción de uso de objeto: no es la oposición realidad-fantasía lo que deba asociarse a la capacidad de uso sino la oposición real-fútil. El uso es el acto que permite confrontar con algún aspecto de la realidad para hacerlo "real" en la experiencia de un ser humano. El problema de la realidad no es que sea confundida con la fantasía sino que se torne "irreal", "superficial", "inconsistente".

La realidad -como diría Juan José Saer (6) - es el soporte de la artificialidad universal. El concepto de realidad se basa en una supuesta universalidad de las percepciones humanas y de cierta existencia constante de referencia objetiva de esas percepciones. Pero es más difícil admitir que "realidad" designa más bien nuestras convicciones que una serie de atributos objetivos y precisos del mundo. El acto podría hacer caer a la realidad del nivel de futilidad que le confiere una significación burocratizada para adscribirle una nueva significación que no estaba demasiado prevista con anterioridad.

El acto que deriva en uso de objeto desembaraza a la cosa de su significación inicial que generalmente es una significación saturada de sentido, una significación que sostiene cierta idealización del objeto. Es poco lo que se puede tomar -por poner un ejemplo- de un maestro idealizado, el discípulo deberá poder cuestionar su omnisciencia, confrontar sus argumentos, interrogar su saber (diversas formas de uso (7)) para poder nutrirse de él, para hacerlo real (claro está un verdadero Maestro debería poder dejarse usar). La posición del discípulo se debate entre la obsecuencia y la rivalidad narcisista (el acto pone límite a ambos deslizamientos), y a la tentación del maestro que es -generalmente- asesinar al discípulo (según "La lección" de Ionesco), en este punto el acto también pone límite a esta seducción mortífera que tienta al Maestro.

Tornar real la realidad podría querer decir, para volver al pensamiento de Saer, lograr el estado que se verifica en todo objeto o presencia en el mundo, físico o no, desembarazado de su signo (en este caso, cuando el Maestro deja de significar para el discípulo "Tesoro de todo saber"; podría argumentarse que lo que está en juego aquí es admitir la castración en el Otro, pero Winnicott está estudiando la capacidad de uso -o más bien su ausencia- cuando dominan angustias psicóticas). En este sentido, frente a tales pacientes, el analista encarna actos (8). Con ellos intenta ordenar una experiencia en el encuentro clínico que amenaza no tanto desbordarse como aniquilar con su sinsentido, estos actos intentan situar el inicio o el final del intercambio clínico, de delimitar -de un modo que no teme ser incluso algo artificial- las fronteras del espacio analítico y, en algunos casos, el estricto modo en que ellos (paciente y analista) serán capaces de habitarlo. (9)

Cuando el acto de un sujeto da defunción a un cierto ordenamiento del mundo (e inaugura otro orden significante sobre sus cenizas) el uso del objeto en este nuevo mundo tiende a estabilizar a la larga -una vez más- un determinado sentido en él. El uso "gasta" poco a poco los nuevos recursos significantes despertados en el objeto y debe preparar un nuevo acto para abrir nuevas posibilidades significantes en el mundo (Hablamos de un movimiento vinculado a la dialéctica "verdadero-falso self, o -más específicamente, al movimiento subjetivo de "integración/no-integración"-).

Nos ayudaría pensar en un "acto" cualquiera: Saer nos habla del "acto narrativo" como un modo de inventar lo real (y no meramente de expresarlo). Nos comenta del "acto puro de expresarse", de exteriorizarse y no de exteriorizar. En este modo de usar al lenguaje no hay nada anterior al acto mismo de escribir, algo "que deba decirse", el problema del escritor no es "qué decir" sino "cómo decir": La teoría de la expresión procedería de un vicio capital: la creencia en un algo a ser dicho, anterior al acto de escribir, preverbal; un sentido preexistente al lenguaje.

Por supuesto una pulsionalidad empuja al escritor en la ilusión de "algo" por decir, pero la realidad de lo finalmente escrito abre otra dimensión, en lo escrito está el verdadero descubrimiento del escritor, y en especial, el verdadero descubrimiento que de sí mismo realiza el propio escritor. Después del acto de la escritura la tentación es volver una y otra vez sobre el texto, corregirlo, ampliarlo, esclarecerlo, para ofrecerlo como un objeto que pueda ser "adecuadamente" usado por otros. El uso que el escritor se tienta de hacer de su propia producción amenaza diluir el acto inicial y comprometer una compulsión repetitiva que borre las presuntas diferencias con "lo que se quiso decir" o -lo que es lo mismo- con un "texto ideal" (10). Estaríamos frente a un escritor que no se deja usar.

Pero en el escrito ese material privado de signo (que construyó más el acto que la voluntad) cobra forma y puede ser usado sobre todo para estimular un trabajo de lectura. El uso debería provocar una significación "entre" el escritor y el lector, una realidad no prexistente sino consumada por ambos en el cruce de dos actos (lectura y escritura). E incluso de los dos actos simultáneos. (Porque existe otra comprensible pero vana convicción en el propio lector: que lo que está leyendo le precede, se angustia quizás pensado que la lectura de otros obtendría de un modo más afortunado el sentido íntimo de lo que allí se expresa, o que es sólo él quien ha podido arrancarle su esencia, también están aquellos que pueden decir mejor lo que el autor apenas pudo esbozar)

Es posible que el pensamiento winnicottiano, basado en la articulación de diversas paradojas, sea un intento de romper con una comprensión de los hechos basado en la hipótesis ingenua de "representación". Los pilares epistemológicos del edificio teórico del psicoanálisis se basan, efectivamente, en las nociones de "representación" y "afecto", pero en Winnicott la subjetividad se funda en la posibilidad de vivir la experiencia de una paradoja esencial: "crear lo dado" (que es una experiencia de continuidad que no supone la concordancia -aún con eventuales desfasajes- de una representación con una cosa) (11).

Pero, como de todos modos la paradoja es frágil y esas "dos cosas que se ponen en contacto" nunca lo hacen del todo, la representación se constituye como una hipótesis subjetiva destinada a medir lo imposible: la falla de esa experiencia (y hacen de el no-contacto una no-coincidencia). La representación no es el correlato de nada positivamente dado, es una construcción subjetiva "a posteriori" que necesita una ilusión previa que la habilite: la ilusión de "que dos cosas coinciden". Se trata de un mítico gesto espontáneo del infans en continuidad -sin interrupción en tiempo y espacio- de la presencia de la madre recibiendo ese gesto.

La falla de la experiencia es una discontinuidad en los cuidados maternos que se inscribe en el aparato psíquico del bebé como "diferencia" (12), aunque -en rigor- es la evidencia de una no-unión. La dialéctica unido-separado (si las experiencias de maternaje han sido medianamente buenas) se reemplaza por un intento -por parte del bebé- de hacer pensable las diferencias generadas entre su gesto espontáneo y el mundo que este gesto encuentra y crea al mismo tiempo (¿es el objeto subjetivo-objetivo? ¿propio-ajeno? ¿familiar-extraño?).
El objeto transicional permite una experiencia con el mundo que atenúa la necesidad de pensar con representaciones (que establecen un modo de vincularse a los objetos según una lógica comparativa basada en los dualismos mencionados).

Cuando el infans cae en el exilio que impone el lenguaje, se "parlotea" para subsanar las fallas de la paradoja (que supone estar unido y separado del otro al mismo tiempo). A veces el silencio parece atenuar la falla, pero la amenaza es caer en el mutismo y verificar un estado de soledad absoluta. Sin embargo, se habla verdaderamente, es decir, se encuentra la palabra que entra en diálogo con los demás, cuando se soporta la paradoja (Lo que se dice Es, y solo después de hablar se conjetura un "antes" y un "después" de lo dicho, se supone un pasado de la palabra y se sueña un futuro para ella.)

A modo de resumen:

Winnicott introduce, entonces, la idea de un límite, de un ritmo en el lazo que vincula la subjetividad con los objetos. Reformula, así, la noción de objeto y altera, en consecuencia, la noción de sujeto, para pensar su relación por fuera del frenesí pasional que caracteriza a la teoría de las "relaciones de objeto" (de M. Klein). Así puede entenderse, entonces, a Winnicott, cuando dice que el uso, "...depende de colocar al objeto fuera de la zona de su control omnipotente".

De modo que la capacidad de uso de un objeto queda asociada a la pérdida de la omnipotencia, a dejar de lado un intento de dominio o control del objeto. Más bien, la posibilidad de uso, queda del lado de una desposesión subjetiva y de un no control y del encuentro de un límite. "La magia -comentaba Winnicott- es maravillosa, salvo por un detalle, no tiene límites". El uso saca, entonces, de la magia, de la desmesura de los mecanismos omnipotentes de defensa de la posición esquizo-paranoide y de la potencia ilimitada de los objetos que habitan esa fase según el desarrollo emocional descrito por M. Klein.

Con la introducción del objeto transicional, encontramos un objeto que se puede usar, es decir, puede ser entramado en una experiencia de jugar compartido con otros. En la medida que el objeto transicional es un objeto limitado en sus poderes, abierto a una significación que no es unívoca porque no se cierra sobre un sentido único y pleno (ideal o terrorífico), en la medida que hay que asumirlo como inacabado -escapando a todo intento de control subjetivo (introyección, proyección)-, los individuos pueden intercambiar unos con otros -apoyándose en ellos y en el marco de una experiencia abierta, donde nadie tendrá la "última palabra", pero todos tendrán algo que decir…-

"Nadie tendrá la última palabra" porque nadie se arrogará el derecho de poseer el sentido último y dogmático de ese objeto que regula el intercambio, intentado someter -en consecuencia- a los demás al juego que él decide se debe jugar con "ese" objeto. Y "todos tendrán algo que decir" como para configurar un acuerdo posible -siempre frágil- respecto de ese punto opaco del objeto que no termina de definir y regular de modo exacto la naturaleza última del encuentro que los sujetos sostienen entre sí.

Octavio Paz comenta que en cierto encuentro que mantuvo en Méjico con Borges, éste le preguntó "¿A qué sabe la Chía (13)? Él, después de vacilar unos instantes (14), contestó "..tiene un sabor terrestre?" Borges -comenta O. Paz- meneó la cabeza, era demasiado y demasiado poco. En rigor Borges quería saber de antemano que sabor tenía esa bebida típicamente mejicana, quería que Paz lo definiera acabadamente ("amarga", "dulce", "fuerte", etc.) Con certezas anticipadas evitaba vivir una "experiencia de Méjico", se quedaba sin poder entramar en su subjetividad una tierra extraña (a partir de ese objeto transicional, es decir, de una bebida que alguien confiable (15) le ofrecía), no deseaba correr un riesgo que le permitiera volver de su viaje con algo más que fotografías y souvenires… Pero Borges prefería, en este caso, someterse a un saber ajeno que sorprenderse construyendo uno propio.

Para jugar, y enriquecerse con esa experiencia, para lograr una sorpresa de sí mismo en un territorio algo desconocido, hay que asumir cierto estado de no-saber. Dura poco, rápidamente uno termina creyendo que sabe y acotando el valor potencial de los objetos y las experiencias. Entonces, los juegos empiezan a aburrir.

(1) Que en M. Klein se agota en un conflicto de ambivalencia.
(2) Por supuesto hay otras posibilidades en el intercambio con "putas" pero aquí sólo nos interesan éstas.
(3) Porque ningún trabajo onírico podría articular dicha tensión
(4) En una actividad psíquica compulsiva que Winnicott llama "fantaseo" para diferenciar de la fantasía propiamente inconsciente.
(5) Sin sacar de ello demasiado rédito de placer erótico.
(6) En El concepto como ficción, Ed. Planeta, Bs. As., 1997
(7) Actos asociados a cierta economía agresiva, pero no estrictamente erótica.
(8) Lo que Winnicott llama "management".
(9) M. Khan, en su libro "Cuando llegue la primavera" ilustra este proceder del analista en el intercambio intenso de ciertas experiencias clínicas que nos narra allí.
(10) Se publica -dice Borges- para dejar de corregir…
(11) Aún cuando confunda bastante expresiones winnicottianas como "objeto subjetivo" y "objeto objetivamente percibido".
(12) Freud lo trabaja como diferencia entre el placer buscado y el efectivamente obtenido.
(13) Una bebida típica de Méjico.
(14) Vacilación que se produce cuando a uno lo interrogan respecto de aquello con lo cual se está en una comunión no meditada, en acuerdo silencioso con el objeto. En ese caso, la pregunta obliga a tomar una distancia que supone un esfuerzo y un duelo.
(15) Y esta es una condición imprescindible para correr el riesgo de jugar con otro.

 



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