Un ser humano solo puede "usar"
aquello de lo cual pudo apropiarse; pero -es necesario
consignar este detalle- esta conquista del objeto supone
siempre el precio subjetivo de una desposesión y
el establecimiento de una dependencia respecto del objeto
sobre el que se adquiere posesión. "Usar"
un objeto implica soportar cierto estado de vulnerabilidad
y fragilidad: Toda conquista se paga con un exilio
afirma Pontalis, y agrega a título de ejemplo que
la dificultad de aprender un nuevo idioma no pasa tanto
por incorporar la gramática del idioma extranjero
como la de poner en olvido la propia lengua. Las resistencias
no son sólo externas sino -también- internas:
"usar" un objeto implica cierto grado de vulnerabilidad,
de resignación de la omnipotencia y de aceptación
de las intransigencias que impone el objeto en la experiencia
de ser usado.
Es decir que "usar" a un objeto
depende de no ahogarlo en la manipulación cerrada
que impone la propia subjetividad. Queda fuera de la capacidad
de uso todo intento de control o dominio del mismo; en todo
caso, el uso de un objeto debe permitir que se abran significaciones
inéditas en él, y es esperable que las inesperadas
resonancias que despierta el uso del objeto repercutan y
conmociones la propia subjetividad de quien se ha embarcado
en esa experiencia de uso. El uso de un objeto puede "hacer
aparecer" al propio sujeto en un lugar que no se creía
poder habitar.
De modo que "usar" un objeto no
propone un acto de sometimiento sino la alternativa de abrir
en la propia subjetividad el riesgo de una transformación
posible. En este sentido "usar" implica su correlato
necesario: "ser usado". "Usar" un objeto
de manera instrumental -por así decir-, evitando
ser arrastrado por la economía ambigua que abre el
intercambio con él (1),
eludiendo el inesperado campo de significación que
sensibiliza la propia experiencia de "usar" al
objeto ("ser usado"), supone un aferramiento a
la manipulación de objetos al servicio de
reconfirmar posiciones subjetivas de base muy frágil.
En este sentido (y ante la imposibilidad
de abrir con los objetos las alternativas de un Usar-ser
usado), es sabido que hay hombres que no soportan otro comercio
sexual que el que pueden establecer con putas. Hay sin embargo
en algunos de ellos una leve esperanza de que los gemidos
que ellas exhalan en tales circunstancias no sean totalmente
"profesionales". Esa imaginaria cuota de placer
que creen arrancarles y que escapa al contrato de intercambio
convenido es para ellos una ganancia extra: no solo entregarían
ellas su cuerpo sino también algo de sus almas
Anima a este tipo de hombres más una ambición
de dominio y manipulación del objeto que una exacerbación
paroxística del placer en juego.
Sin embargo, para otros de estos hombres,
ese presunto gemido de placer puede ser el origen de un
profundo temor: es la inquietante evidencia de que han sido
ellos mismos quienes trabajaron para ellas. La experiencia
de prostitución se ha invertido y estos hombres sienten
con indignación que han sido manipulados.
El menor gemido rompe la escena que solo pueden habitar
dos seres desalmados. (2)
Tampoco una puta puede besar a su cliente en la boca para
evitar enamorarse de él o para no advertir que eso
está sucediendo.
De un modo menos radical podemos pensar
también en cierta manipulación erótica
del amante -a quien no se puede usar de otro modo- al solo
efecto de aliviar un estado de tensión pulsional
que le impide entrar en el dormir (3),
cuando lo que verdaderamente se teme no es tanto a emergencia
de pesadillas como ser arrasado por una angustia insoportable
de desintegración (por pérdida de la integración
que favorece el estado de vigilia).
Dicho esto (la enumeración de ciertas
paradojas que sustentan la capacidad de uso de los objetos:
apropiación-desposesión; conquista-fragilidad;
usar-ser usado); digamos que la apropiación de un
objeto implica actos. La raíz última de estos
actos es probablemente lo que Winnicott llama gesto espontáneo.
Los actos sacan a los objetos del control omnipotente del
individuo. De lo contrario éstos quedan confinados
a una manipulación psíquica delirante en donde:
se los puede "matar" o "revivir" -cuando
es necesario-, o se los pone en "suspenso", o
se los anula o disocia, según los casos, etc. (4)
"Usar" implica reconocerlos como algo no-yo
(es decir como ajenos y exteriores a la manipulación
fantasmática del propio sujeto). Sin embargo (nueva
paradoja), es la propia experiencia de usar un objeto lo
que le otorga peso de realidad "no-yo".
Así, el acto de pintar produce una
obra que -en mayor o menor medida- resulta extraña
y ajena al propio artista que intenta producirla. Sólo
por este detalle de inevitable desequilibrio entre lo yo
y lo no-yo que la pintura encarna para él, el cuadro
cobra la realidad necesaria como para ser compartida y cedida
a otras miradas. Si expresara cabalmente y sin tapujos al
artista un incómodo pudor le impediría mostrarla.
Pero si la obra fuera demasiado extranjera a sus anhelos
y temores tampoco valdría la pena para él
compartirla con otros. El acto que llevó a cabo la
obra permite el descubrimiento de algo inédito y
ajeno a la intención del propio artista que lo ejecuta,
pero también ilustra -al mismo tiempo- algo que se
reconoce como profundamente íntimo y personal.
Lo yo y lo no-yo -si pueden convivir sin
demasiada hostilidad- en el cuadro otorgan a la obra una
economía tensa y vital que lo sostiene verdaderamente
significante. El acto dio realidad a un objeto que puede
ser entonces usado, y agreguemos que para producir este
acto fundante de lo real se debió tener la capacidad
de usar al propio cuerpo (5)
. Sólo así con la primer pincelada algo del
cuadro se torna ya -para el propio artista- el cuadro
de otro
Es el propio uso del objeto lo que hace
real a la "cosa", es decir que no se trata de
que haya que esperar un proceso subjetivo de constitución
de la realidad para sólo después habilitar
el uso de dicha realidad. Quizás una aclaración
pueda facilitar la comprensión de la noción
de uso de objeto: no es la oposición realidad-fantasía
lo que deba asociarse a la capacidad de uso sino la oposición
real-fútil. El uso es el acto que permite confrontar
con algún aspecto de la realidad para hacerlo "real"
en la experiencia de un ser humano. El problema de la realidad
no es que sea confundida con la fantasía sino que
se torne "irreal", "superficial", "inconsistente".
La realidad -como diría Juan José
Saer (6) -
es el soporte de la artificialidad universal. El concepto
de realidad se basa en una supuesta universalidad de las
percepciones humanas y de cierta existencia constante de
referencia objetiva de esas percepciones. Pero es más
difícil admitir que "realidad" designa
más bien nuestras convicciones que una serie de atributos
objetivos y precisos del mundo. El acto podría
hacer caer a la realidad del nivel de futilidad que le confiere
una significación burocratizada para adscribirle
una nueva significación que no estaba demasiado prevista
con anterioridad.
El acto que deriva en uso de objeto desembaraza
a la cosa de su significación inicial que generalmente
es una significación saturada de sentido, una significación
que sostiene cierta idealización del objeto. Es poco
lo que se puede tomar -por poner un ejemplo- de un maestro
idealizado, el discípulo deberá poder cuestionar
su omnisciencia, confrontar sus argumentos, interrogar su
saber (diversas formas de uso (7))
para poder nutrirse de él, para hacerlo real (claro
está un verdadero Maestro debería poder dejarse
usar). La posición del discípulo se debate
entre la obsecuencia y la rivalidad narcisista (el acto
pone límite a ambos deslizamientos), y a la tentación
del maestro que es -generalmente- asesinar al discípulo
(según "La lección" de Ionesco),
en este punto el acto también pone límite
a esta seducción mortífera que tienta al Maestro.
Tornar real la realidad podría querer
decir, para volver al pensamiento de Saer, lograr el estado
que se verifica en todo objeto o presencia en el mundo,
físico o no, desembarazado de su signo (en este
caso, cuando el Maestro deja de significar para el discípulo
"Tesoro de todo saber"; podría argumentarse
que lo que está en juego aquí es admitir la
castración en el Otro, pero Winnicott está
estudiando la capacidad de uso -o más bien su ausencia-
cuando dominan angustias psicóticas). En este sentido,
frente a tales pacientes, el analista encarna actos
(8). Con ellos intenta ordenar una
experiencia en el encuentro clínico que amenaza no
tanto desbordarse como aniquilar con su sinsentido, estos
actos intentan situar el inicio o el final del intercambio
clínico, de delimitar -de un modo que no teme ser
incluso algo artificial- las fronteras del espacio analítico
y, en algunos casos, el estricto modo en que ellos (paciente
y analista) serán capaces de habitarlo.
(9)
Cuando el acto de un sujeto da defunción
a un cierto ordenamiento del mundo (e inaugura otro orden
significante sobre sus cenizas) el uso del objeto en este
nuevo mundo tiende a estabilizar a la larga -una vez más-
un determinado sentido en él. El uso "gasta"
poco a poco los nuevos recursos significantes despertados
en el objeto y debe preparar un nuevo acto para abrir nuevas
posibilidades significantes en el mundo (Hablamos de un
movimiento vinculado a la dialéctica "verdadero-falso
self, o -más específicamente, al movimiento
subjetivo de "integración/no-integración"-).
Nos ayudaría pensar en un "acto"
cualquiera: Saer nos habla del "acto narrativo"
como un modo de inventar lo real (y no meramente de expresarlo).
Nos comenta del "acto puro de expresarse", de
exteriorizarse y no de exteriorizar. En este modo de usar
al lenguaje no hay nada anterior al acto mismo de escribir,
algo "que deba decirse", el problema del escritor
no es "qué decir" sino "cómo
decir": La teoría de la expresión
procedería de un vicio capital: la creencia en un
algo a ser dicho, anterior al acto de escribir, preverbal;
un sentido preexistente al lenguaje.
Por supuesto una pulsionalidad empuja al
escritor en la ilusión de "algo" por decir,
pero la realidad de lo finalmente escrito abre otra dimensión,
en lo escrito está el verdadero descubrimiento del
escritor, y en especial, el verdadero descubrimiento que
de sí mismo realiza el propio escritor. Después
del acto de la escritura la tentación es volver una
y otra vez sobre el texto, corregirlo, ampliarlo, esclarecerlo,
para ofrecerlo como un objeto que pueda ser "adecuadamente"
usado por otros. El uso que el escritor se tienta de hacer
de su propia producción amenaza diluir el acto inicial
y comprometer una compulsión repetitiva que borre
las presuntas diferencias con "lo que se quiso decir"
o -lo que es lo mismo- con un "texto ideal"
(10). Estaríamos frente
a un escritor que no se deja usar.
Pero en el escrito ese material privado
de signo (que construyó más el acto que la
voluntad) cobra forma y puede ser usado sobre todo para
estimular un trabajo de lectura. El uso debería provocar
una significación "entre" el escritor y
el lector, una realidad no prexistente sino consumada por
ambos en el cruce de dos actos (lectura y escritura). E
incluso de los dos actos simultáneos. (Porque existe
otra comprensible pero vana convicción en el propio
lector: que lo que está leyendo le precede, se angustia
quizás pensado que la lectura de otros obtendría
de un modo más afortunado el sentido íntimo
de lo que allí se expresa, o que es sólo él
quien ha podido arrancarle su esencia, también están
aquellos que pueden decir mejor lo que el autor apenas pudo
esbozar)
Es posible que el pensamiento winnicottiano,
basado en la articulación de diversas paradojas,
sea un intento de romper con una comprensión de los
hechos basado en la hipótesis ingenua de "representación".
Los pilares epistemológicos del edificio teórico
del psicoanálisis se basan, efectivamente, en las
nociones de "representación" y "afecto",
pero en Winnicott la subjetividad se funda en la posibilidad
de vivir la experiencia de una paradoja esencial: "crear
lo dado" (que es una experiencia de continuidad que
no supone la concordancia -aún con eventuales
desfasajes- de una representación con una cosa) (11).
Pero, como de todos modos la paradoja es
frágil y esas "dos cosas que se ponen en contacto"
nunca lo hacen del todo, la representación se constituye
como una hipótesis subjetiva destinada a medir lo
imposible: la falla de esa experiencia (y hacen de el no-contacto
una no-coincidencia). La representación no es el
correlato de nada positivamente dado, es una construcción
subjetiva "a posteriori" que necesita una ilusión
previa que la habilite: la ilusión de "que dos
cosas coinciden". Se trata de un mítico gesto
espontáneo del infans en continuidad -sin interrupción
en tiempo y espacio- de la presencia de la madre recibiendo
ese gesto.
La falla de la experiencia es una discontinuidad
en los cuidados maternos que se inscribe en el aparato psíquico
del bebé como "diferencia"
(12), aunque -en rigor- es la evidencia
de una no-unión. La dialéctica unido-separado
(si las experiencias de maternaje han sido medianamente
buenas) se reemplaza por un intento -por parte del bebé-
de hacer pensable las diferencias generadas entre su gesto
espontáneo y el mundo que este gesto encuentra y
crea al mismo tiempo (¿es el objeto subjetivo-objetivo?
¿propio-ajeno? ¿familiar-extraño?).
El objeto transicional permite una experiencia con el mundo
que atenúa la necesidad de pensar con representaciones
(que establecen un modo de vincularse a los objetos según
una lógica comparativa basada en los dualismos mencionados).
Cuando el infans cae en el exilio que impone
el lenguaje, se "parlotea" para subsanar las fallas
de la paradoja (que supone estar unido y separado del otro
al mismo tiempo). A veces el silencio parece atenuar la
falla, pero la amenaza es caer en el mutismo y verificar
un estado de soledad absoluta. Sin embargo, se habla
verdaderamente, es decir, se encuentra la palabra que entra
en diálogo con los demás, cuando se soporta
la paradoja (Lo que se dice Es, y solo después de
hablar se conjetura un "antes" y un "después"
de lo dicho, se supone un pasado de la palabra y se sueña
un futuro para ella.)
A modo de resumen:
Winnicott introduce, entonces, la idea de
un límite, de un ritmo en el lazo que vincula la
subjetividad con los objetos. Reformula, así, la
noción de objeto y altera, en consecuencia,
la noción de sujeto, para pensar su relación
por fuera del frenesí pasional que caracteriza a
la teoría de las "relaciones de objeto"
(de M. Klein). Así puede entenderse, entonces, a
Winnicott, cuando dice que el uso, "...depende de
colocar al objeto fuera de la zona de su control omnipotente".
De modo que la capacidad de uso de un objeto
queda asociada a la pérdida de la omnipotencia, a
dejar de lado un intento de dominio o control del objeto.
Más bien, la posibilidad de uso, queda del lado de
una desposesión subjetiva y de un no control y del
encuentro de un límite. "La magia -comentaba
Winnicott- es maravillosa, salvo por un detalle, no tiene
límites". El uso saca, entonces, de la magia,
de la desmesura de los mecanismos omnipotentes de defensa
de la posición esquizo-paranoide y de la potencia
ilimitada de los objetos que habitan esa fase según
el desarrollo emocional descrito por M. Klein.
Con la introducción del objeto transicional,
encontramos un objeto que se puede usar, es decir, puede
ser entramado en una experiencia de jugar compartido con
otros. En la medida que el objeto transicional es un objeto
limitado en sus poderes, abierto a una significación
que no es unívoca porque no se cierra sobre un sentido
único y pleno (ideal o terrorífico), en la
medida que hay que asumirlo como inacabado -escapando a
todo intento de control subjetivo (introyección,
proyección)-, los individuos pueden intercambiar
unos con otros -apoyándose en ellos y en el marco
de una experiencia abierta, donde nadie tendrá la
"última palabra", pero todos tendrán
algo que decir
-
"Nadie tendrá la última
palabra" porque nadie se arrogará el derecho
de poseer el sentido último y dogmático de
ese objeto que regula el intercambio, intentado someter
-en consecuencia- a los demás al juego que él
decide se debe jugar con "ese" objeto. Y "todos
tendrán algo que decir" como para configurar
un acuerdo posible -siempre frágil- respecto de ese
punto opaco del objeto que no termina de definir y regular
de modo exacto la naturaleza última del encuentro
que los sujetos sostienen entre sí.
Octavio Paz comenta que en cierto encuentro
que mantuvo en Méjico con Borges, éste le
preguntó "¿A qué sabe la Chía
(13)? Él,
después de vacilar unos instantes (14),
contestó "..tiene un sabor terrestre?"
Borges -comenta O. Paz- meneó la cabeza, era demasiado
y demasiado poco. En rigor Borges quería saber de
antemano que sabor tenía esa bebida típicamente
mejicana, quería que Paz lo definiera acabadamente
("amarga", "dulce", "fuerte",
etc.) Con certezas anticipadas evitaba vivir una "experiencia
de Méjico", se quedaba sin poder entramar en
su subjetividad una tierra extraña (a partir de ese
objeto transicional, es decir, de una bebida que alguien
confiable (15)
le ofrecía), no deseaba correr un riesgo que le permitiera
volver de su viaje con algo más que fotografías
y souvenires
Pero Borges prefería, en este
caso, someterse a un saber ajeno que sorprenderse construyendo
uno propio.
Para jugar, y enriquecerse con esa
experiencia, para lograr una sorpresa de sí mismo
en un territorio algo desconocido, hay que asumir cierto
estado de no-saber. Dura poco, rápidamente uno termina
creyendo que sabe y acotando el valor potencial de
los objetos y las experiencias. Entonces, los juegos empiezan
a aburrir.
(1)
Que en M. Klein se agota en un conflicto de ambivalencia.
(2) Por supuesto hay otras posibilidades
en el intercambio con "putas" pero aquí
sólo nos interesan éstas.
(3) Porque ningún trabajo onírico
podría articular dicha tensión
(4) En una actividad psíquica compulsiva
que Winnicott llama "fantaseo" para diferenciar
de la fantasía propiamente inconsciente.
(5) Sin sacar de ello demasiado rédito
de placer erótico.
(6) En El concepto como ficción,
Ed. Planeta, Bs. As., 1997
(7) Actos asociados a cierta economía
agresiva, pero no estrictamente erótica.
(8) Lo que Winnicott llama "management".
(9) M. Khan, en su libro "Cuando llegue
la primavera" ilustra este proceder del analista en
el intercambio intenso de ciertas experiencias clínicas
que nos narra allí.
(10) Se publica -dice Borges- para dejar
de corregir
(11) Aún cuando confunda bastante
expresiones winnicottianas como "objeto subjetivo"
y "objeto objetivamente percibido".
(12) Freud lo trabaja como diferencia entre
el placer buscado y el efectivamente obtenido.
(13) Una bebida típica de Méjico.
(14) Vacilación que se produce cuando
a uno lo interrogan respecto de aquello con lo cual se está
en una comunión no meditada, en acuerdo silencioso
con el objeto. En ese caso, la pregunta obliga a tomar una
distancia que supone un esfuerzo y un duelo.
(15) Y esta es una condición imprescindible
para correr el riesgo de jugar con otro.