Los diversos analistas que dejaron su marca
en la teoría psicoanalítica comenzaron por
forjar algo así como un mito de los orígenes.
Cada uno de ellos construyó la conjetura que juzgó
más convincente para caracterizar el fundamento y
el origen de toda subjetividad. Así, con Freud se
podrá decir que “en el principio fue la pérdida
de los objetos primordiales”; exilio y nostalgia,
desarraigo y desamparo son –para él- el
punto de partida de cada ser humano. Con Lacan -en una versión
más cercana a la sentencia bíblica que a la
tragedia griega-, se puede enunciar que “en el principio
era el verbo”; es decir el Logos que anticipa y determina
a cada individuo, en fin, la conocida anterioridad del orden
simbólico. En Melanie Klein hay una invocación
al dominio inquietante de las tinieblas, el imperio tenebroso
de un caos mortífero que todo lo invade y todo lo
impregna, con ella podríamos decir que “en
el principio era el sadismo(1)”.
En Winnicott, lisa y llanamente, “en el principio
el infans no existe(2)
(”; lo reemplaza también un caos, pero
en su caso, un caos regulado por un impulso de vida, por
cierta anarquía vital de movimientos motores y sensoriales
puros a los que una madre sostiene y da forma(3).
Esos movimientos no-integrados del bebé son
lo que Winnicott llama “gesto espontáneo”,
de modo que corrigiendo un poco las cosas, con él
será más preciso decir que: “...en el
principio era el gesto espontáneo (y una madre dispuesta
a recibirlo)”.
La raíz más arcaica de la
subjetividad –en el pensamiento winnicottiano- la
constituye un gesto que “encuentra” al mundo.
Para ser más exactos deberíamos decir que
el gesto “se prolonga en el mundo”. Porque el
mundo y el gesto no se recortan en principio como momentos
o sustancias distintas y separadas, el mundo no se da como
“efecto” del gesto, ni éste como “causa”
de aquel, hay entre ellos consustancialidad, continuidad
sin rupturas, no se confirma entre ellos –en un mítico
primer contacto- un antes y un después. El
mundo es la consumación del gesto, su “realización”
si se quiere, pero no su resultado o consecuencia. Y el
gesto es espontáneo porque no conlleva intención:
no “busca” al mundo, “choca” –dice
Winnicott- con él. Es un gesto inocente, como lo
sería el primer llanto de un bebé al que sólo
moviliza un malestar orgánico, una elevación
insoportable de la tensión interna que aún
no ha sido ligada por el aparato psíquico, sin duda
un “segundo” llanto ya no será enteramente
ingenuo, ya busca algo, ya intenta eludir algo.
Pero mantengámonos en el primero
de los gestos humanos, en ese gesto espontáneo que
parece ser –en un mismo movimiento- el primer acto
de una aceptación y de un rechazo absolutos del mundo.
Aceptación “pura” porque recibe al mundo
sin tapujos ni premeditación. El gesto no toma prevenciones,
pero por efecto de esa desprevención asimila al mundo
a una masa indiferenciada, sin jerarquías ni relieves.
Nada se evita ni se anhela especialmente. El mundo es una
masa indiferenciada, y –para empezar- indiferenciada
del propio gesto. Hay una capilaridad fluida gesto-mundo
que no ofrece resistencias: ¿dónde termina
el gesto y dónde empieza el mundo? La pregunta no
se formula. Pero, por otro lado –y al mismo tiempo-,
el gesto supone un rechazo absoluto del mundo puesto que
el mundo es demasiado heterogéneo a la sensibilidad
del gesto; desborda su capacidad receptiva, resulta inasimilable.
Es la madre quien pone máximo esfuerzo en armonizar
el contacto gesto-mundo, poniendo cuidado en restringir
excesos y estimular exploraciones. La madre –dice
Winnicott- presenta el mundo al bebé “en pequeñas
dosis”.
Para simplificar Winnicott sitúa
las circunstancias que inauguran la experiencia subjetiva
de empezar a ser y habitar un lugar en el mundo en lo que
llama una “primer mamada hipotética”.
En esa simplificación el primer fragmento del mundo
que la madre presenta al infans es su propio pecho. Nos
comenta entonces que dado el mítico primer gesto
espontáneo del infans, la madre “pone el pecho
en el momento y lugar en que el bebé puede crearlo”.
La madre –completa Winnicott- permite así que
el bebé viva una breve experiencia de omnipotencia:
“crear lo dado”. Crear lo dado supone
una paradoja(4),
es la paradoja que da fundamento al funcionamiento psíquico.
“Crear lo dado” es un acto –entonces-
que oscila entre la máxima aceptación y el
más radical de los rechazos; el objeto que presenta
la madre se asimila al gesto espontáneo que también
lo resiste. Entre lo propio indiferenciado y lo ajeno y
extraño, el pecho empieza a inscribir ínfimas
pero insidiosas dudas: ¿es mío o ajeno? ¿Es
producto de mi creación o me fue dado por otro? ¿Es
un hecho objetivo o subjetivo? De todos modos la madre se
esmera en que el pecho esté en continuidad existencial
con el gesto del bebé, promoviendo esa capilaridad
gesto-mundo de la que un poco más arriba hablábamos.
Para un “observador externo” –de la experiencia
de amamantamiento- dos cosas coinciden (la teta con la intención
del niño), pero desde la perspectiva del niño
nada hay “fuera de su gesto” como realidad existente
(aunque es cierto que la experiencia del encuentro con “algo”
confirmará la realidad del gesto y del mundo a un
mismo tiempo). Lo que simplemente sucede es que se establece
un contacto entre dos cosas. La experiencia para
el infans es más la de un “contacto”
que la de una “coincidencia”. “No
hay material mnémico” –comenta Winnicott-
que oriente la búsqueda del infans ni con la cual
comparar lo encontrado…
Sin embargo, el gesto que en un principio
irrumpe espontáneo, y cuyo paradigma sería
el primer grito del bebé en desamparo, grito que
desgarra al silencio (un silencio que en rigor se descubre
sin que el grito pudiera anticiparlo y que asimila para
fecundar sus inflexiones y sonoridades varias) ese gesto
en principio espontáneo, construye un sentido que
lo atrapa y normativiza. La madre responde, sale a su encuentro
y también se “deja atrapar” por el gesto-grito
del niño. La madre se hace prolongación de
un grito y a la larga lo modela y organiza con él
una experiencia, la experiencia de un primer y elemental
diálogo. El gesto se sitúa así “entre”
dos y pierde su inocencia inicial, se hace acto y asume
una suerte de potencia segunda: invoca y abre una distancia
con los demás. En el grito “segundo”
el bebé ya empieza a reconocer la madre de quien
depende y la madre reconoce la necesidad imperiosa de un
“alguien” que se afirma tras el llanto. Ese
grito ordena la escena y asegura lugares subjetivos a ocupar.
El grito segundo, ese acto movilizado por
cierta consciencia que el bebé adquiere de su propio
desamparo, es ya un gesto organizado, integrado en una experiencia
significante: un poco busca y un poco (en lo que le queda
de “espontáneo”) explora. Pero los gestos
del bebé se van empeñando cada vez más
en “encontrar” que en “descubrir”,
en estabilizar las alternativas de su experiencia con el
otro, va coagulando un determinado punto de vista respecto
de la madre, consolida una perspectiva que figura en ella
un territorio (geográfico y anímico) familiar
y previsible. El bebé forja así un punto de
acción subjetiva desde donde poder controlar sus
movimientos. Se afirma para él la permanencia de
un mundo y la estabilidad de un yo. Ambas certidumbres tienden
a encerrar en un juego esquemático el jugar abierto
del gesto. El margen de azar que animó al gesto espontáneo
deviene “regla” y afirma procedimientos que
se enderezan a objetivos.
En el gesto espontáneo el azar sostiene
al movimiento (del jugar), en el acto consumado que ya ha
organizado más o menos sus intenciones, el azar debe
ser controlado (el juego)(5).
Para Deleuze, por ejemplo, los que saben jugar(6)
pueden afirmar y ramificar al azar, en lugar de dividirlo
para dominarlo, para apostar, para ganar. Este juego que
solo está en el pensamiento, y que no tiene otro
resultado que la obra de arte, es también lo que
hace que el pensamiento y el arte sean reales y transformen
la realidad, la moralidad y la economía del mundo.
En el contacto con el mundo, “abrir
el juego” con nuevos gestos espontáneos es
perderse a uno mismo como unidad en el jugar y admitir una
pérdida de todo intento de control y dominio sobre
el mundo. Entonces el juego se abre un poco permitiendo
confrontar una verdad desconocida en uno mismo y en el mundo
y vuelve a cerrarse poco a poco. El gesto, que acontece
como singularidad se hace pronto procedimiento
ordinario. Planteamos aquí la singularidad
tal como lo propone Deleuze, como puntos de fusión,
de condensación, de ebullición, etc.;
puntos de lágrimas y de alegría, de enfermedad
y de salud, de esperanza y de nostalgia, puntos llamados
sensibles. Tales singularidades no se confunden con la personalidad
de quien se expresa en un discurso, ni con la individualidad
de un estado de cosas designado por una proposición,
ni con la generalidad o universalidad de un concepto…
(…) …la singularidad es esencialmente pre
individual, no personal, a-conceptual (…) El punto
singular se opone a lo ordinario.
El gesto espontáneo es el margen
de subjetividad que Winnicott reserva al movimiento no significante
de un individuo. Algo que no se deja atrapar aún
enteramente por la estructura organizada de un sentido,
ya esté éste marcado por un anhelo, un temor,
alguna nostalgia. El gesto espontáneo conmueve el
juego significante establecido: con él el sujeto
no medita al mundo, no afina una posición ni define
mejor a los objetos, con el gesto espontáneo el sujeto
“desaprende”, pone en cuestión al esquema
de representaciones mentales y a la lógica que las
asocia para “pensar y ordenar” al mundo.
Recordemos que Winnicott confronta con el
pensamiento kleiniano según el cual el bebé
hace pensable al mundo (sin pérdida alguna de significación)
a partir de representaciones psíquicas que operan
siempre en términos binarios: “bueno”-“malo”;
“adentro”-“afuera”; terrorífico”-“ideal”,
y –en el extremo, cuando la actividad psíquica
se complejiza en la posición depresiva- según
el par “realidad”-“fantasía. En
cambio, para Winnicott, la realidad solo adquiere sentido
para el bebé en el marco de una paradoja y la paradoja
supone un movimiento psíquico que no opera con una
lógica binaria. Frente al par de oposición
“interno”-“externo” en los que M.
Klein sitúa los lugares en que se desarrollan las
diversas experiencias de un sujeto, Winnicott dice: “Yo
afirmo que así como hace falta esta doble exposición,
también es necesaria una triple, la tercera parte
de la vida de un ser humano, una parte de la cual no podemos
hacer caso omiso, es una tercera zona del experienciar a
la cual contribuyen la realidad interior y la vida exterior…”
Lo psíquico en Melanie Klein trabaja
desde el mismo nacimiento del bebé por inscripción
de dos significantes: “bueno-malo”. Estos dos
objetos se alternan en el espacio psíquico, siempre
saturándolo con sus presencias que apaciguan o inquietan
al bebé según sus experiencias de gratificación
o frustración oral.
La oscilación presencia-ausencia
del objeto, entonces, da valoración a los objetos
en tanto gratifiquen o frustren. Pero -en el pensamiento
de M. Klein- la sola ausencia (frustración) del objeto
lo instituye como “malo”, independientemente
de que después se presente como objeto gratificante
(el objeto gratificante no es la presencia de un objeto
que antes estuvo ausente –frustrando-, y que “tardó
demasiado en llegar”… En el esquema kleiniano,
el objeto “bueno” y el “malo” son
dos objetos diferentes y que llevan vidas paralelas e independientes.
El objeto bueno es distinto del objeto malo)
De modo que el eventual movimiento presencia-ausencia de
un solo objeto se cristaliza en dos presencias que se alternan
en el aparato psíquico.
En la “posición esquizo-paranoide”
la no-presencia del pecho se positiviza en la prevalencia
insoportable para el bebé de un “no-pecho”
presente y hostil. Este no-pecho
es “leído” e inscripto psíquicamente
como “pecho-malo”, es decir que el no-pecho
termina siendo un hecho positivo, un pecho frustranteºmaloºpersecutorioºvengativo,
etc. Metonimia significante que empieza a abarcar diversos
objetos de carácter persecutorio, poniendo en marcha
un primer patrón de simbolización del mundo.
Cuanto más se distribuye la ansiedad persecutoria,
más amplio el mundo y menos arrasador es para el
sujeto el desarrollo de angustia.
Por carácter metonímico, todo
aquello que sea sentido como gratificante es puesto en equivalencia
y se hace idéntico en su calidad de “bueno”,
lo mismo con todo aquello que se torna frustrante, generando,
en este caso, un universo de lo “malo”. Dentro
del universo de lo malo no hay diferencias significativas
que especifiquen cierto grado de maldad, tampoco un objeto
podría tornarse bueno en forma diferente de otro,
que también resulte bueno. La diferencia que divide
los dos grupos homogeiniza las diferencias particulares
de los objetos en beneficio de dos amplias abstracciones.
El “apres coup” kleiniano, cuando
la disociación del objeto en bueno y malo disminuye
-dando lugar a la relación con un objeto “total”
(en la segunda posición que ella describe como “depresiva”)-,
es descubrir retroactivamente que se ha odiado y atacado
al objeto que también era, “en otros momentos”
–descubrimiento tardío y penoso para el infans-
“bueno”. Pero he aquí que, aún
con la complejidad metabólica que inaugura la posición
depresiva desde el punto de vista de la capacidad simbólica
del aparato psíquico del bebé (al poder asumir
la ambivalencia), se instaura una nueva dualidad de representaciones
psíquicas para poder pensar la realidad (que ahora
está poblada de objetos “totales”): el
doble polo conflictivo pasa a ser ahora “fantasía”-“realidad”.
Esta nueva dualidad permite al bebé
ir corrigiendo sus temores -por el daño fantaseado
a la madre a partir del propio sadismo que escarbó
sus experiencias de frustración-. Se contrasta la
fantasía de una madre dañada con el comportamiento
de la madre real (a la que –a pesar de los ataques
fantaseados- se ve retornar una y otra vez a pesar de los
impulsos sádicos que despierta la inevitable frustración
al que ella lo somete en cada alimentación.)
En
otro lugar expresaba que:
Es posible que el pensamiento winnicottiano,
basado en la articulación de diversas paradojas,
sea un intento de romper con una comprensión de los
hechos basado en la hipótesis ingenua de “representación”.
Los pilares epistemológicos del edificio teórico
del psicoanálisis se basan, efectivamente, en las
nociones de “representación” y “afecto”,
pero en Winnicott la subjetividad se funda en la posibilidad
de vivir la experiencia de una paradoja esencial: “crear
lo dado” (que es una experiencia de continuidad que
no supone la concordancia -aún
con eventuales desfazajes- de una representación
con una cosa)(7).
Pero, como de todos modos la paradoja
es frágil y esas “dos cosas que se ponen en
contacto” nunca lo hacen del todo, la representación
se constituye como una hipótesis subjetiva destinada
a medir lo imposible: la falla de esa experiencia (y hacen
de el no-contacto una no-coincidencia). La representación
no es el correlato de nada positivamente dado, es una construcción
subjetiva “a posteriori” que necesita una ilusión
previa que la habilite: la ilusión de “que
dos cosas coinciden”. Se trata de un mítico
gesto espontáneo del infans en continuidad -sin interrupción
en tiempo y espacio- de la presencia de la madre recibiendo
ese gesto.
La falla de la experiencia es una discontinuidad
en los cuidados maternos que se inscribe en el aparato psíquico
del bebé como “diferencia”(8),
aunque –en rigor- es la evidencia de una no-unión.
La dialéctica unido-separado (si las experiencias
de maternaje han sido medianamente buenas) se reemplaza
por un intento –por parte del bebé- de hacer
pensable las diferencias generadas entre su gesto espontáneo
y el mundo que este gesto encuentra y crea al mismo tiempo
(¿es el objeto subjetivo-objetivo? ¿propio-ajeno?
¿familiar-extraño?).
El objeto transicional permite una experiencia con el
mundo que atenúa la necesidad de pensar con representaciones
(que establecen un modo de vincularse a los objetos según
una lógica comparativa basada en los dualismos
mencionados).
Ahora agrego que:
Los de M. Klein y el de Winnicott, serían
dos modos de entender cómo lo psíquico inscribe
lo “diferente”. Con Klein, el mundo se ordena
según un patrón básico que hace de
toda diferencia una oposición. El supuesto bagaje
innato “pulsión de vida”-“pulsión
de muerte” se proyecta provocando una lectura bipolar
de la realidad. En Winnicott la experiencia de una diferencia
en el contacto con el mundo es un dato segundo, la diferencia
se inscribe –para empezar- en una paradoja, es decir,
la diferencia es y nutre un “modo de ver al mundo”
(que, de todos modos, se comparte con otros). Este “modo
de ver” establece una perspectiva que no se suma a
otras (para aportar un consenso objetivo de la
realidad) no pueden sumarse las diversas perspectivas porque
cada perspectiva es –también- la creación
de un mundo único y absolutamente personal.
Para decirlo de otro modo, el mundo no es
la sumatoria de diversas perspectivas posibles que buscan
dar con un mundo objetivo sino un entrecruzamiento
de diferentes perspectivas, entrecruzamiento que necesariamente
supone un “mundo común” en donde apoyar
esas miradas. Aunque nadie dudaría respecto de que
un mundo pre-existe al gesto para el bebé es su gesto
el que inventa al mundo. Cada gesto, de cada individuo,
crea al mundo: lo que hace vacilar la propia mirada es esa
diversidad de miradas no la presunción de una “única”
mirada que podría discriminar lo “objetivo”
de lo “subjetivo”. La cultura es –para
Winnicott- la superposición de las diversas ilusiones
y no el sometimiento a una realidad absoluta (que a menudo
es el intento de someter a los demás a la ilusión
de uno solo).
Agreguemos para concluir que el margen habitual
de no-contacto que hay en cada encuentro con los otros,
con el mundo, con uno mismo, afirma un estado esencial de
soledad en todo ser humano. Si la madre ha permitido una
experiencia aceptable de encuentro con el pecho, si perdura
una breve experiencia de omnipotencia de continuidad existencial
con los objetos, esa soledad es tolerada y permite la construcción
de diversos objetos transicionales. Finalmente, el universo
de representaciones que afirman para el sujeto una estructura
de significación para dialogar con el mundo tiende
a negar o bien, en el mejor de los casos, a trabajar aceptando
el estado de soledad que hay en la base existencial de cada
ser humano.
(1) Se ha observado
también que su mito concidía con la convicción
cristiana del pecado original.
(2)Frase que Winnicott
–para gran escándalo de éstos- le
espetó al grupo de analistas kleinianos en 1941.
(3) Sólo
a partir de ese sostén materno algo podrá
llamarse “infans”
(4)Es una paradoja
porque si algo está dado no es necesario crearlo
y si es necesario crearlo es porque no está dado,
lo que Winnicott plantea que la realidad está
dada y necesita además –al mismo tiempo-
que un sujeto pueda crearla, por lo menos para que tenga
algún sentido para ese mismo sujeto.
(5) Winnicott distingue
el juego como producto de una experiencia y el jugar
como el movimiento mismo de la experiencia, el “durante”
y no el producto final de un encuentro.
(6)Winnicott diría
los que “pueden” jugar, ya que no es una
capacidad que dependa de atributos intelectuales.
(7) Aún
cuando confunda bastante expresiones winnicottianas
como “objeto subjetivo” y “objeto
objetivamente percibido”.
(8)Freud lo trabaja
como diferencia entre el placer buscado y el efectivamente
obtenido.