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Robar Ideas
por
Eduardo Smalinsky


Sugerimos -sobre este tema- la lectura del concepto Deleuziano de agenciamiento (tal como propone la Sobremesa con Osvaldo Saidon)

Pintura: Palacio de aguas corrientes -- Ariel Mlynarzewicz


Eduardo Galeano relata sobre una ceremonia indígena en que un alfarero viejo elegía su mejor pieza para dársela a un joven, al mismo tiempo que este preparaba su propia arcilla para sus futuros trabajos.
El joven tomaba la pieza y la estrellaba contra el suelo, haciéndola polvo para incorporarla a su propia arcilla.
Esta es una forma de concebir la transmisión, algo que se da o se recibe, pero que necesita ser destruido para ser incorporado al propio pensamiento y mantener vivo su espíritu.

En una carta de Freud a Ferenczi de 1926, le dice: "Los analistas dóciles no percibieron la elasticidad de las reglas que yo les había impuesto. Se sometieron a ellas, como si fueran tabúes. Todo esto tendrá que ser revisado alguna vez, claro que sin apartarse de las obligaciones que mencioné.

Dice: "No sean dóciles"
"No se sometan"
"No se aparten de sus obligaciones"

Es un problema para los analistas, la necesidad de pertenencia identificatoria a una teoría como sostén de la identidad profesional.
Pero esto requiere enfrentar el conflicto entre la pura adhesión a una teoría como enclave narcisista y un puro empirismo clínico que desconozca el esfuerzo teórico de nuestros predecesores.
Esto supone un trabajo de metabolización
Siempre es tentador suponer que existe una teoría que ha dicho todo de manera definitiva, es tentador pero también aburrido ya que no queda nada por descubrir

Solo el trabajo que cada analista realice digiriendo lo que ha recibido de sus maestros, y elaborando, historizando, descomponiendo y recomponiendo, podrá tender a resolver la paradoja de la alineación dogmática en la que se funda.

Avemburg en 1985 escribía:
Para poder producir en psicoanálisis tengo que matar a Freud en tanto tótem, desacralizarlo, perderle el respeto, manipularlo, jugar con el un juego homosexual. Solo restableciendo ese dialogo con Freud, podré no solo identificarme con él, sino también trascenderlo, en la medida en que mis límites y posibilidades me lo permitan.

En su artículo "Desarrollo emocional primitivo" de 1945 Winnicott escribe: "...no comenzaré mi exposición con un panorama histórico, para presentar el desarrollo de mis ideas a partir de las teorías ajenas, porque no es la modalidad de mi pensamiento. Lo que ocurre es que voy recogiendo cosas de aquí para allá; me aboco a la experiencia clínica a partir de mis propias teorías, y luego, por último, me intereso en descubrir de donde robe cada cosa. Tal vez sea un método como cualquier otro". El interés de esta referencia está en el verbo "robar", término que tiene lugar en su teoría de la delincuencia. El niño roba, de modo simbólico, sólo lo que alguna vez le perteneció por derecho. El robo es un regreso a buscar de dónde provenía lo que no tiene, un regreso a sus propios vacíos.
La trasmisión camina siempre por los bordes de lo que no se tiene, de lo que no se sabe, tiene por efecto -cuando es digna de ese nombre- evocar la falta.
Winnicott se autoriza a volver sobre la doxa psicoanalítica, y sacar de allí según sus propias necesidades. "No tengo el hábito de citar, dice, un saber es mío cuando conseguí decirlo con mis propias palabras".

Al respecto Eric Laurent escribe que la novedad y la alegría son necesarias para combatir el aburrimiento y la repetición de lo mismo. En este sentido la referencia que hace Lacan al maestro zen al comienzo de sus seminarios "interrumpe el silencio con cualquier cosa, un sarcasmo, una patada." Apunta no a interpretar a las patadas sino a romper el silencio producido por el conformismo, la homogeneidad y la mortificación del pensamiento. Se trata de que la enseñanza llegue a ser viva y enseñe lo vivo.
Miller al respecto ha dicho que no se puede enseñar lo que uno sabe, de la misma manera que uno no ama dando lo que tiene. Si el enseñante quiere transmitir todo lo que sabe lo que produce es aburrimiento, odio, rechazo. Lacan aconsejaba "enseñar a partir de lo que no se sabe.
Qué más pesado y odioso que un padre maestro obsesivo, que somete con prolongadas lecciones que duermen y aplastan al hijo alumno. A la inversa qué más estimulante que un padre deseante, que contagia algo de su propio deseo, de lo que no tiene, de lo que busca.

¿Por qué robar ideas?, no es que se trate de hacer apología del delito, pero si es importante subrayar que nada se adquiere sin alguna cuota de violencia y destructividad. El jugar no es sentarse expectante para recibir algo valioso del otro, el jugar como la transmisión es una experiencia, es un hacer. El que transmite pondrá en juego su deseo, como el contador de cuentos, se trata del enunciado pero sobre todo se trata del deseo que conlleva la enunciación.
Cuando le contamos reiteradamente un cuento a un niño, nos engañamos y creemos contarle siempre el mismo cuento, ese es por lo general su pedido, sin embargo si sostenemos esa práctica lo suficiente, nos encontramos con que hemos sido sorprendidos en nuestra buena fe. Un día nos informan que ya no más, que otro cuento y allí advertimos no sin sorpresa que el niño ya no es el mismo, es otro. Se ha sustraido inadvertidamente de nosotros, distrayéndonos con la lectura del cuento.
Tengo que reconocer que tanto mis hijos como muchos de los colegas que han sido circunstancialmente alumnos, supervisantes e incluso pacientes, me han usado para hacer su propio camino, creo que no está tan mal. Yo mismo también aproveché el contacto con ellos para robarles, es decir para apropiarme de muchas de las ideas que intercambiamos.

Intentaré transmitir una experiencia de mis comienzos analíticos, considerando a ese tiempo un tanto mítico, el de los orígenes, que así constituiría una buena protección para suponer que estamos menos expuestos a un fracaso en el presente, como si el fracaso fuera sólo parte del pasado, de la ignorancia o de la falta de experiencia, aunque también sabemos que eso es una ilusión.
Era en ese momento un joven y entusiasta analista, consideraba a cada nuevo paciente un desafío y si bien aunque no tan joven sigo abrigando entusiasmo en cuanto a mi trabajo, considero que el desafío puede ser una trampa según como se nos presente.
En este caso se trataba de una mujer de 35 años que había realizado varios tratamientos analíticos anteriormente y que consultaba por las dificultades que tenía para relacionarse con los hombres. Lo digo en plural porque así lo manifestaba ella. Había tenido varias relaciones con distintos hombres, que nunca se prolongaban más allá de algunos meses, ya que sentía que esos hombres finalmente no estaban a la altura de sus expectativas.
Ella suponía que algo tenía que ver con esa insatisfacción progresiva que se le iba acentuando en la medida que iba conociendo a su nuevo partenaire. Decía que por más que lo supiera intelectualmente, eso no cambiaba la cuestión, porque ese hombre dejaba de interesarle y ella quería establecer una relación lo suficientemente duradera que le permitiese llevar adelante algún proyecto con su pareja.
Más o menos ese era el relato de la paciente en esa primer entrevista, sobre el final me hizo una aclaración que en su momento me sorprendió. Dijo que esa era la sexta entrevista que había tenido en las últimas semanas con distintos analistas que le habían recomendado y pensaba que para no tener una nueva desilusión, como con los tratamientos anteriores, se tomaba el trabajo de tener muchas entrevistas con distintos analistas para así poder elegir al mejor, el que le resultara más conveniente.
Recuerdo todavía la profunda herida narcisista que me produjo el escuchar semejante afirmación de quien yo creía que sería "con seguridad" mi nueva paciente. ¿Cómo se atrevía a ubicarme como a un candidato mas, de una larga lista, de la cual ella, en el momento que quisiera, decidiría, vaya a saber con qué criterio con quien se quedaría?
Sinceramente me resultaba irritante ser tratado como"uno más", o peor aún, como uno del montón. Intenté que no se notara mi malestar por semejante desconsideración, cuando yo ilusionaba ser el analista "salvador". Con cara de como si nada sucediera, le pregunté cómo se le había ocurrido semejante modalidad de selección y luego intentando disimular la bronca que me embargaba proferí una especie de símil interpretación. Le dije que ella había convertido un pedido de ayuda en un llamado a licitación y que esto implicaba un enorme trabajo para ella.
No le pareció inadecuado lo que escuchó, pero tampoco dijo nada, al finalizar la entrevista y después de informarme que cuando terminara su selección, en el caso de ser elegido recibiría su llamado, me preguntó de pie y junto a la puerta del consultorio, qué me parecía su manera de buscar analista, si estaba bien, o tendría que hacerlo de otra manera?
Esa pregunta fue a mi entender la última posibilidad que me dio la paciente, para ver si me podía reubicar en la posición que ella buscaba. Por supuesto que no fue posible, hacía rato que yo había despistado y tratando fallidamente de disimular mi descarrilamiento le dije que pensaba que había mejores maneras de buscar analista, con lo que terminé de certificarle que con seguridad yo no era el analista que ella estaba buscando.
Creo que más allá de la posición evidentemente histérica de la paciente, fue muy interesante que en su búsqueda ella hubiera creado un dispositivo para poder poner a prueba al analista. El problema no era exactamente si ella elegiría a uno o a otro, sino mas bien quién aceptaba ser su analista, y para eso era necesario pasar esa prueba, que no era precisamente las del reconocimiento, ni la de la impostura, ya que para ser su analista había que soportar ser uno más de una lista, es decir uno más del montón. Ella necesitaba un analista que tolerara ese llamado a concurso, que no la juzgue y que por supuesto no le diga, cuál es la manera adecuada de buscar análisis. O acaso no es siempre del orden de la particularidad, como se demanda un análisis? Los neuróticos demandamos análisis como podemos y en tanto neuróticos seguramente lo hacemos neuróticamente, ya que no podría ser de otra manera o supondría que uno debiera curarse primero para analizarse "bien" después.
Esta paciente nunca más me llamó, pero le estoy agradecido por la enseñanza, que sin duda también tuvo un costo para mí. Me quedó más claro, que lo que se viene a pedir a un análisis es algo peculiar, infantil y que el problema para el analista es cómo le hace lugar a eso de una particular y genuina manera.




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