En el momento que comienzo a escribir
esta ponencia, aparece una primera asociación: es
un recuerdo, un grato recuerdo. Se remonta a algunos -bastantes-
años atrás en los que mi aproximación
a Winnicott recién comenzaba. No sólo con
interés teórico sino con una vivencia muy
especial: la de estar frente a conceptualizaciones, aparentemente
sencillas, pero a la vez muy profundas y, para mí,
conmovedoras.
La evocación me conduce a la Maternidad Sardá,
centro asistencial público de nuestra ciudad. Estábamos
trabajando un equipo de colegas con un valioso "material"
humano: un grupo abierto de adolescentes embarazadas, la
mayoría solteras, que no habían pensado en
la posibilidad de ser madres tan pronto y que seguían
viviendo con sus propios padres. En algunos casos, cohabitando
con el compañero; en otros, éste se mantenía
a distancia o había desaparecido de la escena.
Momentos difíciles para estas jóvenes que
apenas asomadas a su vida sexual, "descubrían"
su embarazo. Los objetivos del equipo de trabajo eran obvios.
Para conocerlas mejor habíamos diseñado, acompañando
a las entrevistas grupales e individuales, un conjunto de
técnicas proyectivas, muy simple y elemental: la
adaptación del CATS infantil, serie de láminas
que muestran animales humanizados en diferentes situaciones,
algunas sugiriendo la relación padres-hijo y consignas
para realizar algunos dibujos, los llamados tests gráficos.
Una de esas consignas era directa, puntual: "Tratar
de dibujar cómo imaginaban al hijo cuando ya hubiese
nacido".
Y aquí el recuerdo: una de esas muchachas -no más
de 15 años- a medida que va haciendo su dibujo, verbaliza:
"Para imaginar y dibujar al bebé tengo que dibujarme
a mí también. El bebé no puede estar
solo".
Desde su "adentro", Winnicott puro: lección
teórico-práctica winnicottiana.
Casi con sus mismas palabras. Imposible no pensar en él.
Y así se lo imagina y así lo dibuja: ella
"sosteniendo" en el regazo a su hijo.
Se ha nombrado a sí misma, al otro, al otro con minúscula.
El cercano imprescindible para que el bebé pueda
llegar a ser persona. Y soy fiel, aquí, al lenguaje
de nuestro pensador aunque hoy hablemos de sujeto y de subjetividad.
Esta niña, en tren de convertirse en madre, se siente,
el primer otro en la vida de su bebé. Simultáneamente,
experimenta la vivencia -lo muestra su dibujo- de "uno-solo"
con el hijo. También Winnicott.
Hasta aquí, la evocación.
La problemática del "otro",
con las resonancias que ha adquirido en el campo de la reflexión
psicoanalítica hoy, es un planteo relativamente reciente.
Resulta inevitable la mención a Lacan con sus conceptualizaciones
acerca del "otro" -con minúscula- y del
"Otro", con mayúscula y el significado
específico que le otorga desde su lectura.
Algo similar ha pasado con los conceptos de sujeto y subjetividad.
Pero es justo reconocer que esta problemática es
inaugural en el pensamiento filosófico. La filosofía
toda, desde sus orígenes hasta nuestros días,
de modo manifiesto o latente, hace de esta cuestión
un tema axial. Como dato ilustrativo: Laing Entralgo, en
un trabajo de envergadura, ha historiado las distintas especulaciones
que se han desplegado a través del tiempo en torno
a esta problemática. Se detiene sobre todo, en las
teorías de la modernidad.
Ahora, mi ponencia: "Reconocimiento
del otro. Fundamento para una ética".
Con legítimo derecho, la ética hoy -en la
cultura de la posmodernidad y de la globalización-
plantea temas urticantes: la dignidad del hombre, sus "derechos
humanos", el lugar del sujeto entre lo público
y lo privado, la posibilidad de acceder a un proyecto de
vida, con las naturales tensiones entre lo individual y
lo social, etc.
¿Puede el Psicoanálisis interrogarse a sí-mismo
sobre estas temáticas?
Considero que sí, y considero también que
los desarrollos teóricos de Winnicott constituyen
un aporte fundamental para pensar una ética desde
nuestro campo de conocimientos. En especial, aquellos escritos
que subrayan, no sólo la (imprescindible) presencia
del otro significativo en la estructuración del psiquismo
y los procesos que operan en el reconocimiento de ese otro
como tal, sino los referidos al desarrollo de "la capacidad
de preocuparse" por el objeto.
Propongo entonces, a manera de hipótesis-conjetura,
el siguiente enunciado: la dinámica que se despliega
en el reconocimiento del "objeto-objetivo" -con
un descentramiento ineludible- constituye un punto de inflexión
para el ingreso del pequeño infans a la condición
de sujeto moral. Las características de este proceso
inauguran la posibilidad de acceso a un mundo axiológico,
fundamento de la/s ética/s
Ya lo sabemos, pero es útil recordarlo:
ubicándose desde la interioridad misma del infans.
Winnicott da cuenta de cómo va emergiendo el "objeto/objetivo".
De lo que implica como descubrimiento y también,
como desengaño. ¿Sigo siendo yo el rey del
castillo?
Frente al pequeño monarca destronado, la presencia
del otro: el cercano y nuevos "otros" del entorno,
Germen de la consideración del otro como "un
semejante", semejante a mi, pero a la vez, diferente
y separado. Momentos de sustantivación, en una neta
acepción gramatical. El otro "es". De objeto/subjetivo
ha pasado a ser objeto/sujeto.
Es cierto que la cualidad -adjetivación- estará
siempre presente, soldada estructuralmente a las maneras
de percibir al otro/los otros.
En términos de metapsicología
freudiana, el juicio de atribución -por el que expulso
lo que siento como malo y trago, incorporo lo bueno- cederá
su preeminencia para dar paso al juicio de existencia. Y,
concomitantemente, apertura al examen de realidad.
Además, considero que es en este proceso donde se
juega, el destino del narcisismo de cada sujeto.
Esta perspectiva conceptual es heredera de uno de los tres
descentramientos fundamentales señalados por Freud.
Pero ¿cómo y por qué
sale el infans de esa situación ilusoria de omnipotencia
creadora para posicionarse en un otro espacio descentrado
y, por fuerza, marcado por la dependencia?
No sin agresividad, nos dirá Winnicott, Y no sin
dolor, agrego. Es que la evidencia de la autonomía
del objeto materno constituye un descubrimiento de rasgos
dramáticos para el niño: sorpresa, desengaño,
desilusión. Autonomía y, a la vez, falibilidad
inevitable. Green lo expresará con estas palabras:
"se establece una reacción circular entre los
afectos de destrucción y este nacimiento del objeto
objetivo".
Porque, entiendo yo, en esa experiencia edénica del
objeto-sentido-subjetivo, que no exige esfuerzo alguno de
comunicación, auspiciada y sostenida por una "madre
suficientemente buena", se van imponiendo las fallas
forzosas del objeto materno. Tanto de la madre-objeto como
de la madre-ambiente.
Y como en una otra paradoja, el desengaño por dejar
de ser "el magnífico demiurgo", se convertirá
en motor de una nueva creación y un re-nacimiento.
Para seguir el encadenamiento de mis reflexiones, se entraman
aquí dos trabajos de Winnicott, sin duda fundamentales:
1- la serie relativa al "Uso del objeto" y "Uso
de la palabra uso", entre 1963 y 1968. Estos trabajos
le plantearon la necesidad de aclararaciones conceptuales
a la comunidad psicoanalítica.
2- "El desarrollo de la capacidad de preocuparse por
el otro" (1962/3).
La palabra uso se presta, es cierto, a ser bastardeada.
Debemos recuperar el sentido winnicottiano. Surge, al igual
que casi todas sus conceptualizaciones, de la experiencia
clínica. Y destaco una observación suya muy
apropiada porque disipa muchos malententidos: es precisamente
el uso de la persona del analista lo que diferencia un psicoanálisis
de un autoanálisis. Para que una interpretación
tenga efecto, será necesario "que el paciente
pueda colocar al analista fuera de la esfera de los fenómenos
subjetivos". Sólo así podrá el
analista, ser "usado".
El uso supone la relación de objeto. Pero con un
plus decisivo: el objeto debe ser real en "el sentido
de una realidad compartida", estar ahí, y no
un "manojo de proyecciones".
Vuelve así al modelo de la relación inaugural
madre/infans y su asimetría. Lo que pasó en
la vida, se volverá a presentar en el análisis
para intentar su reestructuración..
Es decisiva la comprobación que el objeto sigue ahì,
que sobrevivió a mis ataques. Puedo, entonces, permitir
mi bronca y mi agresión. Confiar en él.
El segundo de los trabajos citados contiene en su título,
dos nociones básicas: por una parte, el enunciado
del otro como tal y, por otra, el concepto de desarrollo
de una capacidad: la de preocuparse por ese otro. Es este
punto el que permite empezar a transitar el camino hacia
una ética.
"Si todo ha ido bien" -palabras muy usadas por
Winnicott- nace el deseo por el cuidado de ese otro que
comienza a importar: es un otro que "lo toca",
lo conmueve, vuelve a ponerlo introyectivamente dentro suyo.
Pero ahora de distinta manera: es una identificación
que va a permitir con empatía comprender lo que le
pasa.
Es una nueva la dimensión: siente y acepta lo que
llama preocupación por el otro, se responsabiliza
por él.
Hago hincapié en este término porque representa,
a mi entender, el aspecto esencial de la condición
ética de las personas.
La preocupación por el otro es considerada como el
positivo de la culpa. Pero -y esto es importante- no se
trata de una culpa que remita a la condenación desde
lo social. Es el resultado de un cierto grado de integración
del yo individual que puede registrar la ambivalencia, condición
del crecimiento emocional.
Está allí, en presencia y en la fantasía,
ese objeto objetivo al que se ha atacado. Surge la necesidad
de una reparación porque el otro me interesa, me
importa su bien-estar. Agrego: es que el sufrimiento del
otro puede ser pensado desde el sí-mismo.
Con su sencillez característica, Winnicott hace una
afirmación sustancial: "La capacidad de preocuparse
está detrás de todo juego y trabajo constructivos;
es propia de la vida sana y normal y merece la atención
del psicoanalista".
La noción de responsabilidad hace
puente y conduce al terreno de la Ética. Aquí
me encuentro -selectividad mediante- con los desarrollos
de Lévinas. Es que algunas de sus teorizaciones,
no todos comprendidas en su densidad, ayudan a fundamentar
mi propuesta.
Lévinas concibe la responsabilidad para con el otro
como la estructura primera y esencial de la subjetividad.
Lo que implica considerar al sujeto en términos éticos.
Y a la ética, no como el suplemento supraestructural
de una base existencial previa, sino como núcleo
mismo "donde se anuda lo subjetivo". En su planteo,
la categoría que marca la emergencia de la subjetividad
no es ni la pertenencia, ni la autonomía, sino la
responsabilidad. La ética precede así, a la
ontología.
La subjetividad no es un "para sí" sino,
inicialmente, un "para el otro" prójimo.
Se trata de una proximidad que se despliega y alude no solo
a una relación espacial. El otro se aproxima "en
tanto yo soy responsable de él ". Son palabras
de Lévinas.
Y desde el momento que ese otro me mira, pasa ser "rostro".
Esta cualidad de conformarse como "rostro" me
interpela en mi responsabilidad respecto a él: el
otro, "me incumbe".
La responsabilidad pasa a ser una categoría existencial.
Se ubica en el basamento de una forma de relación.
Diferente a otras estructura relacionales. por ejemplo,
la del conocimiento. Decir: "Heme aquí"
es ya hacer algo por el otro. Es la disponibilidad de dar.
Lo propio del ser, del espíritu humano. El lazo con
el otro no se anuda nada más y nada menos que con
responsabilidad.
Me pregunto, si este concepto tiene puntos de contacto con
la noción de capacidad de preocupación de
Winnicott, aunque en muy distintos planos de reflexión
También Lévinas hace hincapié en la
asimetría de la relación intersubjetiva: soy
responsable del otro sin esperar la recíproca. "Soy
sujeción de otro. En este sentido, soy sujeto".
De resonancias importantes es la cita a Dostoievski en Los
hermanos Kamarazov: "Todos somos culpables
y
yo soy más que los otros". Pero aclara, esa
culpabilidad no es a causa de faltas que se hubieran cometido,
sino porque "soy responsable de y con una responsabilidad
total".
Estos conceptos se alejan del planteo tradicional: responsabilidad
ligada a culpa.
En pocos lugares de su obra, Freud habla
de responsabilidad. Lo hace casi exclusivamente en relación
a los sueños preguntándose sobre sus contenidos
inmorales. Compromiso de las pulsiones, expresión
del deseo inconsciente. Lo que cobra primacía en
sus reflexiones es el sentimiento de culpa.
Vuelvo ahora a Winnicott y a mis planteos
iniciales.
Sus desarrollos teórico-clínicos me han ayudado
no sólo en mi práctica psicoanalítica,
tradicional y en el terreno de las patologías individuales
actuales -patologías narcisistas con un profundo
sentimiento de vacío y sufrimiento, sino en algo
más: un despliegue hacia lo social, una mayor comprensión
psicoanalítica sobre "el mal-estar" actual
de la cultura,
Rescatar la noción de la preocupación por
el otro me ubica en el lugar de la responsabilidad donde
"ese otro" no solo me incumbe sino que me permite
vivir creativamente mi propia vida.
Bibliografía
Cullen, Carlos -"El pensamiento crítico con
100 años de
psicoanálisis". 1995.
-Curso: "Contexto del origen y contexto actual del
Psicoanálisis", dictado en Ateneo Psicoanalítico,
1996.
- Conferencia: "Ética y Psicoanálisis"
Panel central del simposium del Ateneo Psicoanalítico
De abril de 1997.
Freud, Sigmund (1914) Introducción del narcisismo
Obras Completas
Tomo XIV Amorrortu editores Buenos Aires, 1979.
Green, André (1983) Narcisismo de vida, narcisismo
de muerte
Amorrortu editores. Buenos Aires, 1986.
Laplanche, Jean (1999)
"Responsabilidad y respuesta" en Entre seducción
e inspiración: el hombre. Amorrortu Bs As, 2001
Lévinas, Emmanuel
(1982) Ética e infinito Visor Distribuciones Madrid,
1979.
Winnicott, Donald -(1963) "El
desarrollo de la capacidad de preocuparse por
el otro"
-(1966) "La ausencia de un sentimiento de culpa"
(1984)Deprivación y delincuencia Paidós Bs.
As. 1990