Estimulado por esta comunicación relatada por el
discípulo, es que me apresuro ante la posibilidad
del primer bostezo a realizar algunos comentarios alrededor
de El uso de un objeto y la relación por medio
de identificaciones.
Quiero partir de tres afirmaciones de Winnicott:
1 .La relación de objeto es una experiencia del sujeto
que se puede describir en términos de este como un
aislado
Cuando hablo del uso
agrego nuevos rasgos
que abarcan la naturaleza y conducta del objeto... El objeto
es real en el sentido de formar parte de la realidad compartida...
(2)
2. Si el filósofo - de gabinete
se
sienta en el suelo con el paciente encontrará que
hay una posición intermedia
Descubrirá
que después de "el sujeto se relaciona con el
objeto" viene "el sujeto destruye al objeto (cuando
se vuelve exterior); y después puede venir "el
objeto sobrevive a la destrucción por el sujeto".
(3)
3. Cuando hablo de uso no me refiero
a la explotación. (4)
Que la utilización de un objeto
marque una desposesión de la omnipotencia subjetiva
y habilite la posibilidad de la aparición de un nuevo
sujeto o la aparición del propio sujeto en
un lugar que no se creía poder habitar, ha sido
señalado oportuna y abundantemente por Daniel
Ripesi. (5)
Tanto el texto de Winnicott como el de
Ripesi son muy generosos en relación al enfoque de
una interpretación que se mida por sus efectos y
no en un acompañamiento interminable de aporte de
sentido que tenga como único resultado colaborar
con el paciente a sentirse psiconeurótico.
También en el cuestionamiento de
la ingenua noción de representación y la destrucción
como acto creativo, ambos textos son particularmente abarcativos.
Donde me voy a detener es en algunas consecuencias
más de las tres afirmaciones de Winnicott que he
destacado.
En primer lugar, ¿cuál es la filosofía
de gabinete a la que se hace alusión? En segundo
término: ¿a qué se refiere el autor
cuando nos habla de esa supervivencia del objeto que se
encuentra en la zona intermedia? Finalmente: ¿por
qué diferencia uso de explotación?
Para intentar responder a estas preguntas,
voy a señalar a Winnicott como:
1. Un practicante de la inmanencia.
2. Un constructor de una escena del análisis
como un teatro de títeres en contrapunto con el uso
de la computadora.
3. Un analista profano.
I.
Comienzo por el título que le he
dado a esta comunicación: El objeto: un analista
Tal es la interpretación libre que
me permito hacer de El uso del objeto y la relación
por medio de identificaciones.
El objeto - dos puntos - un analista
- con tres puntos suspensivos al final.
Le otorgo a los signos de puntuación esa característica
que le da Deleuze de ser términos técnicos.
No afirmo: El objeto es un analista.
Sí así fuera, sería incluso posible
inferir que el analista es una propiedad que tiene el objeto,
o que el analista, es nada más que una variedad del
objeto.
Tampoco dije El objeto y un analista.
Si así lo hubiese hecho hubiera seguramente rescatado
el valor enorme de la y para destruir cualquier pretensión
ontológica que adquiere en la identidad su expresión.
Usar la y, es una operación
de agenciamiento. Se rescata la singularidad, se
libera al "analista" y al "objeto" de
recubrirse y se deja abierta la posibilidad de que el objeto
no se sature en el analista y viceversa.
Usé los dos puntos. Quiero
destacar menos que una identidad y más
que un simple agenciamiento.
Algo del objeto se da, se transfiere
al analista.
Adorno tiene un trabajo clásico
acerca de los signos de puntuación y clasifica a
los dos puntos entre los signos que abren, como si fueran
un semáforo del lenguaje.
Habría entonces entre El objeto:
un analista
, una suerte de tránsito sin
distancia e identificación, algo así como
un pasaje sin cambio espacial. (6)
En este sentido, los dos puntos representan
en este pasaje de un término de la frase al otro,
la dislocación del objeto en sí mismo, la
apertura a otro: el analista que recibe la primera parte
de la frase y que permanece absolutamente objetalizado.
Daniel Ripesi subraya que es el sujeto
quien en la destrucción de un objeto que sobrevive,
debe renunciar al control omnipotente que linda con la manipulación,
pero también el objeto se disloca, en el uso que
el sujeto hace de él.
¿Qué es lo que sobrevive?
¿Sólo su materialidad? ¿O su resistencia
a la misma?
Masud Khan para hablar de esta circunstancia
nos dice: Es importante señalar que el objeto
transicional no es significativo porque es una cosa; su
cosidad es decisiva porque ayuda al niño a
tolerar una realidad interna que crece y evoluciona
(7)
Tal vez sea el subrayado que Daniel hace,
lo que desmerece la acción de la magia, que en el
final de esta comunicación intentaré recuperar.
Señalé también que
el título que di es El objeto: un analista
con
esos tres puntos suspensivos al final.
¿Qué son los tres puntos
suspensivos?
Comúnmente podríamos decir
que remiten a un sentido ulterior omitido o faltante.
Sin embargo en un texto póstumo
que se llama La inmanencia: una vida
(8),
Deleuze
plantea a los mismos como señalando una indefinición
particular, la del término una.
En ese texto Deleuze señala que
la inmanencia se expresa como vida singular, sin sujeto
ni objeto; es decir, lo que pasa, lo que sucede, siendo
los tres puntos suspensivos el índice de que una
vida es absolutamente indefinida. No remite a una individualidad
que tiene como fondo una generalidad o universalidad posible.
Un analista no remite a la clase
analista que sería permanente, y de la que ese
un sería su especificación, sino que es meramente
un acontecimiento, una virtualidad.
Virtualidad no se opone a realidad, sino
a actualidad. Esto quiere decir que así como una
vida es absolutamente inmanente más allá de
su actualización, un analista constituye la misma
circunstancia.
Deleuze: Una vida sólo contiene
entidades virtuales. Está hecha de virtualidades,
acontecimientos, singularidades. Lo que se domina virtual
no es algo que carezca de realidad.
(9)
Para ejemplificar esto el mismo Deleuze
se basa en un cuento de Dickens donde tres amigos se alegran
de la vuelta a la vida de un canalla moribundo.
Voy a referir el pasaje porque me parece
que es absolutamente representativo de lo que denomino empirismo
trascendental y que señalo de aplicación a
El objeto: un analista
Un canalla, un sujeto vil despreciado
por todos está agonizando y los encargados de curarlo
manifiestan una especie de esmero, de respeto, de amor por
el menor signo de vida del moribundo. Todos se empeñan
en salvarlo, al punto de que en lo más profundo de
su coma el villano siente que algo dulce lo penetra. Pero
a medida que retorna a la vida sus salvadores se vuelven
más fríos, y él recupera toda su grosería
y maldad. Entre su vida y su muerte, hay un momento que
no es más que el de una vida que juega con la muerte.
La vida del individuo le cedió lugar a una vida impersonal,
y sin embargo singular, de la que se desprende un puro acontecimiento
liberado de los accidentes de la vida interior y exterior,
es decir de la subjetividad y objetividad de lo que pasa.
(10)
Se denomina empirismo trascendental, lo
que parece paradójico, porque la atención
a esa chispa de vida es absolutamente material.
Trascendental no quiere decir trascendente.
Trascendente sería que se remitiera por ejemplo a
alguna característica generalizable de humanitarismo
o religiosidad de los salvadores o a la mala o buena moral
del canalla.
Esto se puede armar después o antes,
pero el momento de la intervención para salvarle
la vida es trascendental y puntual.
La virtualidad sobrevuela todo el tiempo
a El objeto: un analista
No es que no sea real
sino que puede actualizarse.
Me parece que este es el modo de entender
la abstinencia de interpretar, sólo efectivizada
como modo de señalar los límites de la comprensión,
y la espera del despliegue de la transferencia para que
la destitución subjetiva y cosidad se involucren.
No hay ninguna trascendencia en algún
objeto del que dependiera el ser de un analista y tampoco
de un analista que tuviera a bien convertirse en un objeto.
En todo caso, se podría proponer,
según el enfoque de este otro empirista trascendental
que por los beneficios de la homonimia podríamos
considerar - Wittgenstein, ¿cuál es el
juego de lenguaje que se actualiza?
II.
El escritor alemán Heinrich von
Kleist (1777 - 1811) nos ha dejado un texto sobre el teatro
de marionetas que es sumamente sugestivo y del que quiero
extraer algunas consecuencias para el tema que nos ocupa.
(11)
¿Cómo se hace para
manejar las marionetas sin que se necesiten miríadas
de hilos?
No se trata de que el titiritero, en
los distintos momentos de la danza, accione cada miembro
en particular y tire de él.
Para un interlocutor imaginario que Kleist
hace figurar en su texto, cada movimiento tiene su centro
de gravedad en el interior de la figura, y los miembros
no son sino péndulos que por sí mismos siguen
los movimientos de manera mecánica.
La habilidad del titiritero consiste en
identificar ese centro de gravedad y no en movilizar cada
miembro.
De lo que se trata es de situar el
recorrido del alma del bailarín
y el titiritero
se sitúa en el mismo centro de gravedad de la marioneta,
es decir baila.
Lo interesante es que en la polémica
imaginaria que entablan Kleist y su interlocutor, no se
trata de que el muñeco copie la habilidad de un danzante,
sino que en realidad es al revés.
La ventaja que ofrece el muñeco
al bailarín vivo es que nunca muestra afectación.
Desde el punto de vista del sujeto es una
ventaja negativa
nunca mostraría afectación.
Pues la afectación aparece, como sabe usted, cuando
el alma (vis motrix) se localiza en algún otro
punto que el centro de gravedad del movimiento. Pero
siendo así que el titiritero, mediante el hilo o
el alambre, no tendría absolutamente ningún
otro punto a su disposición sino ese: entonces los
restantes miembros serían lo que deben ser, puros
péndulos muertos, y obedecerían meramente
a la ley de gravedad; un atributo envidiable, que buscaríamos
en vano en la mayoría d e nuestros bailarines.
Podríamos forzar aun más
estos comentarios y afirmar que en realidad la gran ventaja
de los muñecos es que son ingrávidos:
necesitan el suelo sólo para rozarlo, como los elfos
nosotros
lo necesitamos para descansar sobre él, y para recobrarnos
de los esfuerzos de la danza; momento éste que obviamente
no pertenece a la danza, y con el que se puede hacer
nada mejor que eliminarlo si es posible.
El fantaseo que corresponde a la negación
maníaca o control omnipotente del objeto es hacer
del descanso una ley. Es como si se quisiera compensar esa
ingravidez fundante.
¿Es el objeto un ser que sustituye
al hombre?
Sólo en Occidente el títere
es realista, es decir que representa a un humano.
En Oriente encarna una idea o un sentimiento.
La danza o en nuestros términos
el uso del objeto, no es tratar al muñeco como un
sustituto del hombre, sino en darle función de encarnar
lo inanimado. De ahí lo que se desprende del texto
de Kleist: función de causa.
"La esencial fascinación
del teatro de títeres, su habilidad para comprometer
y atraer la atención de la audiencia, es una función
especial de su naturaleza entendida como actividad teatral
consistente en la animación de objetos carentes de
vida (cosas muertas) a través de la intervención
activa de una persona operante viva".
(12)
El títere es distinto del realismo
de la muñeca o del autómata. Si se camufla
su alteridad asemejándolo a un humano, por ejemplo,
es sólo para resaltar esa alteridad, ya que su definición
obedece a su uso.
"En el teatro de títeres,
el uso (plenitud del objeto) es mucho más significativo
que el objetivo en sí mismo".
(13)
Se plantea una doble pérdida: del
sujeto en la caída de la significación realista
del muñeco y del objeto en su sometimiento al uso
por parte del sujeto: a través de la intervención
operante d e una persona viva.
El jugando de la sesión winnicottiana
se asemeja más a un teatro de títeres que
a un niño con un juguete.
Me parece que subrayar sólo la alteridad
del sujeto frente al objeto real lleva al jugando a la posibilidad
de transformación del objeto en un nuevo Golem.
Carlos Fuentes reproduce un acontecimiento
frecuente en la literatura: la transformación del
dios en un personaje vivo a través de la apropiación
indebida del ídolo.
Chac Mool, es el dios de la tempestad
y Filiberto adquiere su imagen en un negocio ignorando que
el sacrilegio lo expondrá a la inundación
de su casa y posterior anegamiento y muerte.
Su espíritu ha vivido en el cántaro
y la tempestad, natural; otra cosa es su piedra, y haberla
arrancado al escondite es artificial y cruel. Creo que nunca
lo perdonará el Chac Mool. Él sabe de la
inminencia del hecho estético. (14)
El peligro de la sesión winnicottiana
es la estetización del psicoanálisis. La idealización
del objeto se corresponde incluso a lo que podemos llamar
apoteosis del juguete o lo que voy a desarrollar en el punto
tres como abolición de la profanación: tal
es me parece el "ab - uso" de eso que los
españoles llaman ordenador.
Hace tiempo que tengo algún pudor
en armar una caja de juegos: varias veces es despreciada
en aras de los jueguitos de la compu..
Me parece que además de la pérdida del control
omnipotente en el sometimiento al objeto debiera subrayarse
siempre la cosidad del objeto transicional.
III.
Winnicott plantea que para usar un objeto
es preciso que un sujeto haya desarrollado una capacidad
que le permita usarlos. (15)
El ambiente facilitador necesario para
esta circunstancia (desde ya se declara de modo decisivo
la diferencia con Melanie Klein), es el que permite la lógica
del objeto y espacio transicionales.
el rasgo esencial del concepto
de objetos y fenómenos transicionales
es la
paradoja y la aceptación de esta: el bebé
crea el objeto, pero estaba ahí, esperando que se
lo crease y que se lo denominara objeto cargado
(16)
Daniel Ripesi ha definido la introducción
del objeto transicional como el encuentro con un objeto
que puede ser entramado en una experiencia de jugar compartido
con otros.
El juego mismo es transicional. Lo que
le da al mismo esta posibilidad es la tensión perdida
en la sociedad de consumo de transitar entre lo sagrado
y lo profano.
Le debo a una intuición de Graciela
Milano, la posibilidad de vincular el uso del objeto y la
profanación.
Es sabido que desde Trebacio, tal como
nos lo recuerda Agamben: Profano se dice en sentido propio
de aquello que, habiendo sido sagrado o religioso, es restituido
al uso y propiedad de los hombres.
(17)
Si bien es cierto que el pasaje por excelencia
de lo sagrado a lo profano es el juego, nunca se rompe del
todo la relación entre ambos dominios.
Benveniste subraya que lo religioso une
mito y rito. En el juego se rompe esa unidad siendo el
ludus puro rito.
Sin embargo así como la ronda recuerda
los ritos matrimoniales o el juego de la pelota las luchas
de los dioses por la posesión del sol, hay en el
juego siempre una memoria de lo sagrado y una invitación
a la profanación.
En el dominio de lo sagrado mismo hay un
pasaje permanente hacia lo profano y al revés.
Los niños cuando juegan con objetos
significados por la economía la degradan de su valor
sagrado.
El tema es qué pasa en el capitalismo
extremo y en su fase superior: la sociedad del espectáculo.
Aquí la división no da lugar
a la profanación sino que se la seculariza, lo que
implica que la separación es inherente a la forma
misma del objeto, que se escinde en valor de uso y valor
de cambio y se transforma en un fetiche inaprensible,
siendo
desplazado en una esfera separada que no define alguna división
sustancial y en la cual cada uso se vuelve duraderamente
imposible. (18)
Pareciera que en este sistema el uso se
ha disuelto en la mera exhibición y se ha posibilitado
la creación de algo improfanable.
En este sentido la advertencia de Winnicott
de diferenciar uso de explotación me parece por lo
demás elocuente. La verdadera negación maníaca
o de control omnipotente es la del sistema. Oportunidad
manifiesta para el fantaseo.
Si la separación del objeto que
sobrevive es una forma de detener el control omnipotente
es porque precisamente realiza el único modo de acotar
la sociedad del espectáculo: separar medios de fines.
Imaginemos niños que separan a los
personajes del juego cibernético del Club Pengüin
y los hacen danzar o que no sólo miran el backstage
de La guerra de las galaxias y configuran con sus
personajes una historia carrolliana.
Tal vez se piense que es algo un poco mágico.
Existe una secreta solidaridad entre hacer
magia y la felicidad. Esta se constituye porque debería
haber algo fuera de lo normal. Para ser felices los niños
saben perfectamente que tienen que tener su geniecito, su
máquina fantástica o la gallina de los huevos
de oro.
La moral tradicional se encarga de unir
la felicidad a la dignidad, lo que los niños sistemáticamente
rechazan. La felicidad no es algo que pueda merecerse.
En realidad la felicidad sobreviene donde
no se la espera, es decir se produce por arte de magia.
Tal vez la creación artística,
como el mismo Winnicott aclara en los collages de
Braque o Picasso, o esa acción con el vacío,
otro lugar para el deseo del analista, le de a la cultura
por el desvío de la magia otro lugar que no sea exclusivamente
el del malestar.
(1) Khan, Masud. Sobre
Winnicott. Ecos editores. Bs. As. 1975. Pag. 16
(2) Winnicott, Donald. El uso de un objeto
y la relación por medio de identificaciones. En realidad
y juego. Gedisa. Barcelona. 1979. Página 119.
(3) Winnicott, Donald. Op. Cit. Pag. 121.
(Destacado propio).
(4) Winnicott, Donald. Op. Cit. Pag. 126.
(5) Ripesi, Daniel. Sobre
la noción de uso de objeto. Comunicación
inédita
(6) Agamben, Giorgio.
La inmanencia absoluta. En Ensayos sobre biopolítica.
Paidós. Bs. As. 2007. Pag. 64.
(7) Khan, Masud. Op. Cit. Pag. 20.
(8) Deleuze, Gilles. La inmanencia: una
vida
En Ensayos sobre biopolítica. Pag. 35
a 40.
(9) Deleuze, Gilles. Op. Cit. Pag. 40
(10) Deleuze, Gilles Op. Cit. Pags. 37
y 38..
(11) von Keist, Heinrich. Sobre el teatro
de marionetas. En Fragmentos para una historia del cuerpo
humano .Tomo I. Taurus. Madrid. 1990. pag. 431.
(12) Paska,
Roman. Lo inanimado encarnado .En Fragmentos para una historia
del cuerpo humano. Op. Cit. Pag. 428.
(13) Paska, Roman. Op. Cit. Pag. 428.
(14) Fuentes, Carlos. Chac Mool. En Cuentos
sobrenaturales. Alfaguara. Bs. As. 2007. pag. 20.
(15) Winnicott, Donald.
El uso de un objeto
Op. Cit. Pag. 120 y 121.
(16) Winnicott, Donald. Op.Cit. Pag. 120.
(17) Agamben, Giorgio. Elogio de la profanación.
En Profanaciones. Adriana Hidalgo Editora. Bs. As. 2005.
Pag. 97.
(18) Agamben, Giorgio.
Op. Cit. Pag. 107.