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Un soplo de vida

por Irene Contardo


I. La llegada de un extraño...

Esta es una viñeta, referida a un paciente que tiene 5 años, y con quien estamos trabajando desde hace dos . Llegó a tratamiento, cuando tenía tan sólo tres años de edad. Lo deriva la psicopedagoga del jardín, quien me había escuchado en ese momento hablar sobre el proceso de adquisición del lenguaje. Si bien, Alejo le parecía extraño, después de aquella charla, algo le resonó más fuerte. Así fue como llegó este niño muy pequeño al consultorio. En la entrevista inicial con la mamá, resultaba llamativo que ella parecía "ya" saber lo que le pasaba a su hijo. Aclaraba que él era muy inteligente, aunque no podía relacionarse con otros, no jugaba, se escondía, no quería ir al jardín y hablaba "raro".

II. Una lengua extranjera: las palabras y las cosas.

Aquí me detengo para hacer una diferenciación imprescindible en relación a lo que quiere decir hablar raro. No quiere decir que pronuncia mal, sino que hay una alteración en el encadenamiento de la frase, donde uno percibe que algo quiere decir, pero ese algo se pierde...entonces la frase no sigue la cadena metonímica que permite comprender el sentido, por lo tanto no cumple lo esperable, es decir, un "acto de habla".
Volviendo al momento de inicio de tratamiento, Alejo hablaba en segunda persona. Comúnmente uno se encuentra con niños que hablan en tercera persona...pero en segunda?
Parecía que él hacía una pregunta sin poder hacer uso de la prosodia apropiada a nuestra lengua, pero no, era una afirmación: "Querés agua", era quiero agua...y para poder tratar de entendernos, lo único que podía hacer era chequear todo el tiempo lo que decía...si era una pregunta, una afirmación, o qué?
Las palabras eran tomadas como "objetos"; él sabía y sabe que las palabras le son "útiles".Y por eso en muchos momentos se encuentra en una posición muy complicada.
Todas las palabras debían y deben ser usadas con mucho cuidado. Estas no tienen valor simbólico. Para él, las palabras "son" y por lo tanto, su literalidad lo puede colocar, la mayoría de las veces en un lugar extraño, ¿incomprendido?, por él y por los otros , niños y adultos.
Este niño no solamente no puede jugar o no puede "decir", aunque habla...

III. La no-vida en sus juegos

¿Cómo se presenta? como un auto... una Ferrari. Conoce todos los modelos de la Fórmula 1, repite los nombres, y para jugar sólo quiere un auto rojo. Acepta autos para hacerlos avanzar en una línea que siempre arma de la misma forma, sin curvas.
Un día la mamá dice que "está con pilas"...(como si fuera un juguete). Lo llamativo, es que, a diferencia de otras oportunidades, cuando habla como si fuese el objeto, "el auto", lo hace en primera persona, dice: " me tiré a la calle, me duele acá, me chocaron" (1) . Repite esto en forma continua...muy angustiado por el choque. ¿Desde dónde acercarme a un auto chocado? Porque eso era él en ese momento. ¿Dónde es acá? Y me señala el lugar del corazón. Le pregunto qué tiene ahí, dice : el motor. ¿Le habían roto el corazón? Allí comenzamos a trabajar en la diferencia, diferencia entre un auto y él. El no tenía un motor sino un corazón. Un corazón que dolía, que sangraba. El dice: " vos sos el doctor, viene la ambulancia y vos me curás". Así fue como hicimos que llegaba la ambulancia, él se acostaba en la camilla (en el diván), yo le curaba el corazón con un sana-sana y él se acurrucaba como un bebé... mejor dicho, se ponía en posición fetal. Ya no era un auto, era un niño...sufriendo, con dolor. Le pregunté por su papá, quien había fallecido de un paro cardíaco, se volvió a acurrucar. Cuando se fue, ya no tenía pilas, tenía un corazón.

IV. Dando vida a los juegos

Después de estas sesiones, (aclaro que fueron muchas, aunque en este relato queden coagulada como una o dos), ante la sorpresa de la madre, Alejo empezó a contar en todas partes que su papá se había muerto y estaba en el cielo.

No es fácil jugar. ¿Cómo jugar y poder salir del "papel" sin dejar de "ser él"?
Sin dejar de ser el personaje, el protagonista de ese lugar asignado o signado.
Porque si es un personaje de una película, por ejemplo Buddy, el vaquero de Toy Story, él repite el texto que le corresponde a Buddy en la película. Y como es de esperar, en este supuesto diálogo, como yo no sé la letra, entramos en una zona conflictiva que trato de rodear para poder darle una forma que nos permita jugar a "nosotros", a él y a mí, no a los personajes.
Así llegamos al dominó. Le gustaron las fichas de madera. Le expliqué que teníamos que tener siete fichas cada uno e ir ubicándolas, igual con igual en cada extremo, respetando el turno y el que se quedaba sin fichas primero, ganaba.
Jugamos tres veces, le gustó y me pidió que lo volviéramos a jugar la próxima vez. A la semana siguiente, la escena se desarrolló así:
-¿Querés que juguemos al dominó? -Si-
-Bueno, sacamos las fichas...las mezclamos y...siete para vos...siete para mí-(Todo esto dicho por mí).
Alejo no toma las fichas. Las mira y las deja ahí.
Yo insisto: "dale...agarrá las fichas".
Entonces, Alejo dice: "No, no agarro las fichas, porque sino pierdo".
Rigurosidad lógica. Pese a la situación, espontáneamente me reí, y volví a explicar para empezar de nuevo como la primera vez.

V. Gestos para las palabra-cosas...

Dos sesiones después, espantado dice: "La maestra dice que le va a cortar la cabeza a los chicos que se portan mal." Su cara de susto lo ubicaba en el del posible decapitado (a mí se me apareció la imagen de la cabeza de mi paciente en una galería como en la historia del Mago de Oz, donde una bruja colocaba las cabezas en vitrinas) y entonces, comencé de nuevo a intentar darle una vuelta a este "ovillo" de palabras que se pierden en la literalidad y que acercan a la oscuridad del vacío, donde se puede perder la cabeza.
Lo que se escucha es terror, porque esto es "real", tan real como cuando pedía que lo curara ahí, justo ahí donde estaba el motor, (su corazón), porque él era un auto que había chocado. Y en la medida que avanzaba mi caricia sobre su pecho, él se acurrucaba: ¿como un bebé? ¿O lo hacía -como en el momento anterior al de ser nombrado como bebé- en una posición fetal?

VI. ¿Son los diagnósticos nuestras palabras-cosas?

En la clínica con niños resulta bastante difícil dar un diagnóstico, a veces creo que esto es mejor, antes que corra el riesgo de perderse la esencia de ese ser en el rótulo de una marca que lo remite a ese lugar, sin embargo resultó muy interesante escuchar a la mamá que lo había llamado a su hijo un "fóbico social"y luego aclaró, "que ya no lo es".
Siempre se percibe mucho temor al plantear que la estructura de un niño pueda ser el de una psicosis, no digo ni esquizofrénico ni paranoico... porque sí creo, en este caso en particular, que es lo suficientemente pequeño, no para cambiar la estructura, pero que es posible historizar-lo, para que -aunque sólo sea acotadamente- pueda transitar lo mejor posible ésta, su historia.
Siguiendo las Enseñanzas de Lacan , en el Seminario 3, plantea que ese brote que aparece en el adolescente o en el adulto, está desde siempre como en el árbol aparece ya en las nervaduras de las hojas, la forma de un árbol adulto. O tal vez, podríamos pensar en una estructura esquizoide, desde Winnicott. No tengo certezas, sólo preguntas.

VII. Habitar un agujero, sin soledad...

Al inicio del tratamiento, su soledad era tan arrasadora que al dibujar un nene lo nombraba con su segundo nombre, no era él.
¿Cuándo se armó este agujero? ¿Cuando murió el padre frente a él a sus dos años y nadie más habló de eso?
Todas estas son hipótesis para pensar, pero sobre todo para pensar a partir de la experiencia de haber "jugado" al dominó o al Hombre araña o a la rayuela.


e-mail: irenec@uolsinectis.com.ar

(1) Si bien está pudiéndose apropiar del "yo" como forma vacía del lenguaje que adquiere sentido en el uso, todavía se encuentra en una transición para poder diferenciar el yo del vos en nuestra lengua, que corresponde al tú del español.

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