A
los efectos de encarar el tema propuesto tomaré como
disparador de este intercambio lo que se plantea en uno
de los artículos de la última revista de Psicoanálisis
Internacional de la API (diciembre de 2003), un artículo
de Owen Renik titulado, quizás no muy de acuerdo
con el texto, "No más curación por la
palabra". Renik dice: "con el transcurso de
los años el Psicoanálisis perdió contacto
con su finalidad original con su función empírica
hacia el alivio del síntoma y debido a ello se volvió
intrascendente" Critica una oposición entre
objetivos analíticos y terapéuticos lo que
habría convertido al Psicoanálisis en una
"práctica esotérica", al
haber perdido su efectividad sobre el síntoma a través
de la palabra.
Podemos situar en este texto de Renik un emergente de problemas
que podrían ser pensados de diferentes formas.
Nosotros no tenemos certeza de haber perdido eficacia. De
hecho parece algo muy difícil ponernos de acuerdo
en cómo medir pero, además, ¿cómo
compararla con la eficacia de la clínica freudiana?
Podemos decir que el Psicoanálisis ha abarcado muchos
más cuadros clínicos y problemáticas
humanas, procedencias sociales de los pacientes, franjas
etarias, etc., que en sus comienzos. Ha sido y es un desafío
más que entusiasmante y ha promovido el desarrollo
de muchas teorías y consideraciones técnicas.
Estas diferentes teorías y funcionamientos de los
analistas en sesión y, aunque no tengamos mediciones
y quizá tampoco formas de realizarlas, no parecen
tener eficacias muy diferentes por ello.
¿Por dónde pasa
la eficacia del Psicoanálisis? Coincido con Freud
y con Renik: por la eficacia de las palabras. ¿En
qué consiste la eficacia? En producir cambios reales.
Me refiero a una idea levistraussiana de eficacia simbólica
de las palabras. Palabras que en un contexto específico
tengan efectos reales. Lo simbólico operando cambios
reales o en lo real.
Aunque nosotros no nos ubiquemos en el mismo campo epistémico
que las ciencias positivas, sí compartimos con ellas
la eficacia de lo simbólico sobre lo real. Todas
las ciencias se fundan en ello.
Estos efectos nada tienen que ver con tener ideas muy convincentes
entre analistas o con los pacientes. Freud inauguró
el Psicoanálisis con su eficacia con la histeria,
allí donde la medicina y las religiones podían
ser muy convincentes pero poco eficaces. La teoría
de la seducción también era muy convincente,
plena de sentidos ideológicos -niño inocente
y adulto que pervierte-, pero poco eficaz.
Podríamos ubicar, a
modo de ejemplo parcial, tres momentos freudianos en la
adquisición de eficacia. El primero lo podemos ubicar
en la verbalización del paciente de relatos que hasta
ese momento no disponía de forma conciente. Podrían
estar allí los relatos de seducción sexual
por adultos "recordados" por las histéricas.
Un segundo momento podríamos situarlo cuando Freud
se desengaña, descree de estos relatos o más
bien descree del sujeto de deseo de esos episodios relatados.
Del deseo sexual perverso del adulto pasa a concebir la
pulsión parcial sexual endógena y las fantasías.
No es nada menor desde el punto de vista de la eficacia
el hacerse sujeto del deseo de un relato o historia. Un
tercer momento podríamos tenerlo en la conceptualización
y trabajo de la transferencia. La diferencia entre la actitud
de huída de Breuer con Ana O. y la que Freud puede
empezar a trabajar con sus pacientes, sosteniendo la transferencia,
para que el paciente pueda empezar a hacerse cargo de sus
deseos, es una diferencia capaz de producir cambios eficaces.
Hoy podemos decir que el Psicoanálisis no es sólo
esto pero, también, que el Psicoanálisis no
es sin esto.
Cuando
las primeras generaciones estaban comprensiblemente muy
preocupadas por mantener la fidelidad a las ideas de Freud,
organizar y traducir su obra, sistematizar sus conceptos,
estructurar la formación de analistas, etc., dos
grandes creadores sacuden, décadas antes o después,
desde ambas márgenes del canal de la Mancha, la teoría
y la práctica analíticas. Reduzco los ejemplos
y los aportes por razones obvias de exposición. Melanie
Klein nos sorprende con su capacidad de entrar en contacto
y teorizar las fantasías inconscientes, con palabras
muy cercanas al cuerpo, sectores de cuerpo, sustancias corporales
y con la innovación del recurso al juego en el análisis
de niños, y la apertura a relatos lúdicos
con palabras, movimientos, gestos y objetos (formas y sustancias).
Quizás nunca más que con estas experiencias
analíticas dispusimos de palabras y materiales analíticos
donde lo discursivo (verbal, gestual, juego) se encontraba
tan cerca del cuerpo erógeno y sus pulsiones parciales.
El dispositivo y la técnica ayudaban a que así
fuera. Con este despliegue exuberante aprendimos las diferentes
formas del odio-amor de transferencia, así como recursos
necesarios para el trabajo de la transferencia negativa,
quizás hasta la exageración.
Jacques Lacan nos impacta también de muchas formas.
Toma la palabra, podría decirse, cuando estábamos
inmersos en fantasías exuberantes en imágenes.
Toma la palabra en su materialidad significante y no en
sus conceptos. La palabra en su afectación, en su
fuerza significante, en su eficacia. Si con Klein las palabras
estaban ahí en el juego, en los dibujos, en los relatos
y diálogos, armando recorridos entre cuerpo, sustancias
y objetos, y creando escenas de intensa actividad imaginaria
de sentidos, con Lacan, quizás la perspectiva histórica
nos permita leerlo mejor en el futuro, una teoría
del signo, que en él queda conducida a su materialidad:
el significante, nos auxilia como antes una brújula
u hoy un GPS a un navegante en la oscuridad. Ojalá
fuera tan claro, me disculpo por la reducción del
ejemplo. Pero quiero decir, que nos auxilia a poder orientarnos
a leer las líneas de fuerza del deseo inconsciente
en el medio de la producción de sentidos preconcientes
del relato, el juego y la transferencia. Desde Lacan y de
diferentes formas en varios autores, hemos asistido al pasaje
de una teoría de la representación, en Freud,
a teorías del signo (del significante, en Lacan)
que nos ayudan a recorrer desconstructivamente las vivencias
subjetivas.
Se podría decir que todo lo recién mencionado
estaba o se insinuaba en la obra de Freud, pero tuvo con
estos autores y otros, un desarrollo explosivo.
Si
en las referencias freudianas que realicé hay un
momento de producción y relato de fantasías
de seducción en el análisis y otro de desengaño,
mutuo, que quiebra el sentido, reconduce a otro lugar en
cuanto al sujeto de deseo en juego -deseo edípico-,
en la secuencia que hice en estos pincelazos de Klein y
Lacan podríamos leer un movimiento comparable. En
mi opinión, estas dos tendencias que trazo en estas
caricaturas de Klein y Lacan, son consustanciales a nuestro
métier. Necesitamos un despliegue extenso
e intenso de fantasías en transferencia, un cierto
atrapamiento de convicciones subjetivas, para que se produzca
un quiebre de esos sentidos. Momento de desolación,
de estupor a veces, pero ¿qué sería
de nuestro Psicoanálisis si estos momentos aportados
por estos autores no existieran? ¿No podemos ver
allí una fuerte siembra de nuestra eficacia?
El
problema del sentido en Psicoanálisis ya había
sido tratado en un trabajo clásico de Serge Viderman,
"La construcción del espacio analítico",
el problema de: "El sentido y la fuerza: la transferencia"
(3). Allí sostiene que el Psicoanálisis
parece haber necesitado alejarse cada vez más y olvidar
sus orígenes en las oscuridades del hipnotismo, donde
todo dependía de la fuerza, el poder en bruto que
ejercía el hipnotizador sobre el hipnotizado, para
pasar a privilegiar el sentido. El Psicoanálisis,
dice Viderman, "Cierra los ojos con pudor cuando
choca con algo que le recuerda la violencia hipno-sugestiva,
su tendencia lo lleva a valorizar el sentido. Queda por
saber si puede continuar haciéndose el Ángel".
Se pregunta, de alguna forma, por la pérdida de eficacia
en el abandono de la fuerza en privilegio del sentido. No
hay en ese trabajo ni en mi espíritu ningún
deseo de volver al hipnotismo, claro está. No quiero
caer en el grupo de "esotéricos", si es
posible, aunque siempre esto es una asignación. Pero
el sentido tiene sus trampas, es sin dudas mucho más
racional, mucho más cercano a lo académico,
a lo socialmente aceptado por las ideologías implícitas
o explícitas, a lo que puede resultar convincente,
enseñable y aplicable en otros campos. Nosotros sabemos
en qué medida nos sentimos apremiados a ofrecer sentidos
que sean aceptados. Esto ocurre de diferentes formas, de
acuerdo a las épocas y culturas, pues hoy las demandas
de sentidos fuertes pueden pasar por la demanda de resultados
estadísticos que se tomen como "verdad".
En el Psicoanálisis
actual la multiplicación casi ilimitada de los sentidos
interpretativos de un material sí nos enfrenta a
la pregunta por la pérdida de la eficacia en la capacidad
de producir cambios psíquicos efectivos. Hay una
demanda de sentido desde el paciente pero no menos desde
el analista y en los grupos analíticos. No es esta
una cruzada contra el sentido sino un cuestionamiento de
cómo se producen los sentidos efectivos o qué
es lo efectivo de la palabra en Psicoanálisis.
Viderman alía el sentido a la fuerza en la transferencia,
donde las palabras pueden adquirir fuerza de actos en tanto
ligadas o representantes de la pulsión. Son palabras
que no vienen como aplicación del sentido de las
teorías que dispone el analista (ni el paciente)
sino que se cuecen en el barullo de la transferencia, destornillándose
y atornillándose a imágenes diversas, dibujando
formas o signos que nos remiten a otras cadenas significantes,
pero siempre con palabras contextuadas en las pulsiones
parciales y organización libidinal en juego.
Otro
movimiento importante "después de Freud",
que también tiene su gran inflexión entre
Klein y Lacan, es en relación al acento endógeno
y al dispositivo óptico que caracteriza al modelo
freudiano de aparato psíquico, con las consecuentes
dificultades en las nociones de "adentro-afuera".
¡Qué distinto hubiera sido el modelo si Freud
hubiera conservado la teoría de la seducción
traumática! La excentricidad de la sexualidad traumática
del otro pasó a constituir una endogeneidad radical
de la pulsión y la proyección de esta
superficie corporal erógena, el basamento del yo.
En Klein el mundo interno adquiere tanta fuerza que nos
impactan sus interpretaciones en el análisis de Richard
mientras caen cerca las bombas sobre Londres. Lacan zafa
de esta tópica de compartimentos y ofrece una estructura
de lugares que relativiza la idea "adentro-afuera".
Coincidamos que no es fácil de escapar de esta idea
pues es una imagen fuerte de nuestra subjetividad. No hay
nada más ilusorio que el adentro, razón quizás
por la cual Freud habló de proyección de superficie.
Ese adentro no tiene nada de real, sin embargo tiene la
consistencia imaginaria más fuerte. ¡Es lo
mío, es lo que siento, es mi interioridad! Es la
fuerza de la representación. Ella está ligada
a la percepción. Nuestro estar en el mundo, nuestro
cuerpo en el mundo, tiene un atrapamiento de doble faz:
el cuerpo es objeto de percepción-representación
y a su vez, el mundo es percibido en nuestro cuerpo.
(4)
Esta doble faz que genera la idea fuerte de pertenencia
de mi interior pero también el conocimiento de mi
mundo, también es una doble faz erógena entre
mi erogeneidad y la del otro. Freud trató de resolverlo
suponiendo un estímulo pulsional y otro estímulo
exterior, entre los cuales interponía una instancia
Prcc-Cc, donde estrictamente uno se representa y el otro
se percibe. Pero la idea de una percepción pura,
sin representación, no parece prosperar. Siempre
son representaciones.
La dificultad "adentro-afuera" se repite en innumerables
nudos de nuestra práctica analítica. ¿Cuántos
momentos clínicos, discusiones de materiales y teóricas,
nos remiten al problema de qué es del analista
y qué del paciente, al interminable dilema de
la transferencia-contratransferencia? ¿Cuántos
atrapamientos pensando en las situaciones reales que el
paciente vivió o sus fantasías inconscientes
suponiendo tales acontecimientos? Podemos vernos nuevamente
reciclando el momento freudiano del desengaño respecto
a los relatos de las histéricas. Esto se acrecienta
más aun en el trabajo con niños o con pacientes
con situaciones traumáticas. Pero no es menor el
problema cuando se trata de considerar la incidencia del
entorno social-cultural-epocal en la estructura psíquica.
¿Es afuera o es adentro? Para ejemplificarlo aun
más, la estructura edípica ¿es afuera
o es adentro?, la diferencia de sexos ¿es afuera
o es adentro? ¿Podemos pensar hoy que la estructura
edípica y el destino de las identificaciones y elecciones
de objeto sexuales tiene un determinismo psíquico,
ligado a las protofantasías, independientemente de
los cambios socio-culturales?
Freud no obvió los efectos de los otros ni de la
cultura sobre el sujeto, pero los situó más
tardíamente en las identificaciones secundarias y
se jugó por un esquema heredado filogenéticamente
y un destino anatómico de las identificaciones sexuales.
Esto operó de referente a la hora de definir normalidad
o patología y hoy no podemos tener demasiado claro
cuánto hay allí de ideológico de su
época.
A diferencia de tomar al cuerpo
biológico -enfatizado por Freud y en general en Psicoanálisis-
como soporte material del psiquismo, pienso que hoy, con
la incorporación de teorías del signo, estamos
en condiciones de considerar una materialidad corporal escrita
erógenamente. Materialidad que comparte su real con
el cuerpo que la biología investiga y teoriza modelándolo
inevitablemente con las ideologías imperantes.
(5)
El cuerpo erógeno al que me refiero no es el cuerpo
anatómico sino una materialidad superficial que porta
una escritura erógena (6).
Materialidad inseparable de la escritura, al punto que podríamos
decir que no hay otro cuerpo material que lo que se dispone
en esas escrituras erógenas mismas. Los significantes
-de distintas materialidades- están excavados en
lo real. Ello, en mi opinión, hace interesante el
planteo derrideano de que todo lenguaje requiere de una
escritura previa, una escritura básica arcaica: "archiescritura"
(7). Fue y es motivo de una polémica
interesante que ojalá siga abierta
Todo el Psicoanálisis
ha trabajado cómo se arma psiquismo desde los primeros
momentos de vida. Allí no hay relato oral posible
si no se establece una "danza" de intercambios
reales de signos entre los otros y el bebé. He llamado
metafóricamente a esto una coreografía
erógena (8). Me he enterado
de que no hay forma de armar una coreografía si no
es en la escena misma. No se puede transmitir por relato
oral ni escrito. Es la escritura misma la que requiere realizarse
en escenas corporales. No es una escritura que tenga sujeto
y objeto, sino algo que se arma. Si pensamos que toda la
erogeneidad se escribe desde el otro ("printing",
inscripción) ¿no seguiríamos con el
modelo de la seducción traumática? Podríamos
decir que se arma o produce "entre", como esa
idea tan genial de Winnicott del espacio y objeto transicionales.
Inevitablemente estoy siendo muy esquemático con
conceptos que en otros lados he desarrollado, al menos un
poco más, no sé si de forma más esclarecedora.
Pero quiero llegar a que, desde el comienzo, hay una materialidad
marcada erógenamente, donde participan el potencial
sujeto y otros, al mismo tiempo, y que, ese mapeo de significantes
diversos que se produce (fónicos, táctiles,
gestuales, etc.), se escribe con cierta organización,
de cuyas claves -parece haber muchas en juego- nosotros
somos, si no totalmente por lo menos bastante ignorantes.
A mediados del siglo pasado
Marie Langer se preguntaba con inquietud sobre cómo
sería el futuro de las identificaciones y la diferencia
de sexos de los bebés y niños que en ese momento
sentían en sus pieles la misma sensación áspera
en el contacto con el jean de sus madres y sus padres (9).
Nosotros no tenemos experiencia y quizá tampoco tengamos
posibilidad de análisis comparativos de este tipo.
Podríamos decir, ligeramente, que es el mismo tipo
de inquietud que sintieron nuestras abuelas con la llegada
del refrigerador y la cocina eléctrica, nuestros
padres con el televisor y nosotros con las computadoras,
los juegos electrónicos e Internet, y que, finalmente:
"no pasa nada". Pero es muy dudoso que no pase
nada. Marie Langer estaba en el medio de un siglo donde
los cambios en el lugar y función de la mujer y el
hombre fueron muy importantes. ¿Cómo ha variado
la idea de masculino y femenino entre Freud y nosotros?
Seguramente el cambio no empezó en esa sensación
táctil unisex del jean, pero ella allí
nos traía un ejemplo de lo que se estaba armando
distinto. Hizo una lectura que, siendo ideológica,
parecía tener muy presentes sus referencias en huellas
erógenas.
Hoy se arman distintas las familias. Hay variaciones importantes
en las relaciones de parentesco. Se arman distintas las
parentalidades y auguran o amenazan todavía cambios
antes impensables. Y, en el medio de lo que parecía
una caída de la formación de familias, hoy
las parejas homosexuales aparecen con fuerza sosteniendo
el derecho de formarlas, por la pareja y por la parentalidad.
(10)
Ustedes saben que se nos inquieren preguntas tales como:
¿Es la homosexualidad normal o patológica?
¿Tiene contra-indicaciones la adopción de
un niño por una pareja homosexual? ¿Qué
va a suceder con los niños de probeta y las clonaciones?
Se nos inquiere, es cierto, pero también estamos
tentados a dar opiniones. ¿Está el Psicoanálisis
en condiciones de dar respuestas? ¿Con qué
referentes damos lecturas a estos nuevos signos?
Sé
que hice un rodeo muy abarcativo, licencia que me permito
por ser una exposición oral. En mis preferencias
está que la teoría se agite con las preguntas
que saltan en nuestras prácticas y en la vida. En
este recorrido primero señalé la relación
de la eficacia de las palabras con su anclaje pulsional
erógeno en transferencia y ahora traté de
poner sobre la mesa que esa erogeneidad consiste en una
escritura corporal que se produce siempre con otros y en
organizaciones de deseo que dependen del contexto de las
relaciones de parentesco, sexuales y parentales, de las
ideas de masculino y femenino, de los lugares y funciones
que ocupan hombres y mujeres, etc., en un armado cuyas claves
a veces vislumbramos pero muchas otras no. No hay mayor
ceguera que la que tenemos con las líneas de fuerza
que organizan nuestra propia época y cultura. Cosa
que no tiene sólo ni principalmente explicaciones
psicoanalíticas.
Leer signos puede entenderse como una actividad ineficaz
en relación con las investigaciones biológicas
por ejemplo. Sin embargo, la propia evolución del
mono al hombre nos muestra que esta "habilidad"
(homo habilis) fue bastante eficaz. Entre los monos
que disponían de andar en dos pies, que podían
elevar sus cabezas sobre los pastizales para defender sus
crías y buscar alimento, no fueron precisamente los
mejor dotados en fuerza los que nos precedieron en la escala
animal. No tenían la enorme memoria de animales que
podían volver a localizar un lago que habían
conocido décadas atrás, ni eran capaces de
orientarse como los gorriones y las golondrinas en migraciones
de largas distancias a poco tiempo de nacidos. Por el contrario,
con muchas debilidades parecían tener una astucia,
una habilidad: reconocer huellas nuevas y relacionarlas
con otras, es decir, leerlas. Si algo no se puede decir
de esta habilidad es que fue ineficaz. Las ciencias son
un ejemplo de ello. La ineficacia puede estar en el tipo
de trabajo con los signos, en la especificidad psicoanalítica
de este trabajo.
La
eficacia de las palabras requiere reconocer, con la fuerza
que nos da la transferencia (sigo a Viderman, sigo a Octave
Manonni) la fuerza de estos significantes o escrituras erógenas,
ocultadas por ideologías y atrapadas en síntomas
u otras estructuras defensivas que, a veces, hacen sentir
vacío en la vida subjetiva. Reconocerlas para que
se desplieguen y se atrapen de nuevo para ser otra vez reconocidas
en su escena transferencial. Ahí se arma un camino
de significación-simbolización, sobre el cual
no podemos ni debemos tener ningún dominio si no
queremos caer en la ineficacia del puro sentido, del convencimiento
ideológico adaptativo. Sin embargo, es muy dudoso
que el analista sea, en cuanto a la fuerza que utiliza,
un "ángel". Él no es un lector,
por lo menos solamente. Dispone de la fuerza que esas escrituras
erógenas le prestan en transferencia y de su propia
fuerza erógena vibrando en transferencia. El concepto
de "neutralidad" queda al menos cuestionado. Es
claro en cuanto a no expresar nuestros deseos, ideas e ideales,
pero no en que seamos verdaderamente "neutrales".
Podríamos entender esto como la diferencia que Piera
Aulagnier establece entre "violencia primaria"
y "violencia secundaria" (11).
Ustedes saben, ésta última impone violentamente
un sentido excesivo, la primera anticipa un ordenamiento
que no dispone el sujeto. También el concepto de
transitivismo simbólico, de J. Bergès
y G. Balbo (12) podríamos entenderlo
en esta línea. El analista dice desde dónde
está afectado, desde huellas o indicios que reconoce
desconstructivamente en su afectación por la demanda
del paciente y establece cierta hipótesis, cierta
construcción que no tiene más veracidad que
la de hacer algo organizado con esas excitaciones erógenas
y aportarlo para que ejerza su efecto. Efecto que no es
el de un sentido que con-venza sino que porta un cierto
orden del cual el paciente se pueda apropiar
(13). Este podría ser el efecto de las construcciones
planteadas por Freud y pienso que tienen una eficacia fundamental
en lo que a veces se llaman fallas arcaicas, donde
tiene mucha participación el masoquismo y derivan
en trastornos diversos de la simbolización. En realidad
son dificultades que, de distintas formas, encontramos en
toda estructura psíquica.
Finalmente,
comparto la preocupación por nuestra eficacia. El
énfasis en una acción eficaz sobre el síntoma
fue lo que movió a Freud a no circunscribirse al
síntoma, como ocurría en la época pre-analítica.
Considerar las fantasías inconscientes, la erogeneidad
pulsional con los signos culturales que la organizan, apunta
en el sentido de la eficacia. Las aplicaciones de teoría,
actuales o de Freud, las cosmovisiones psicoanalíticas,
las excursiones filosóficas, lingüísticas,
neurocientistas, etc., en busca de "El Dorado",
son parte de nuestras ilusiones, las que vemos desmoronarse
a cada tiempo. Es inevitable. Necesitamos también
de esas derivas y estar dispuestos a muchos momentos como
el que Freud nos trasmite en su carta del 21 de setiembre
de 1897, tanto en nuestras teorías o creencias como
en los análisis. Recordemos: "...Ahora tengo
que acostumbrarme de nuevo a callar y a ser humilde, a preocuparme
y a ahorrar y al decir esto me acuerdo de uno de esos cuentecitos
que tengo en mi colección: ¡Quítate
ese vestido Rebeca, que la boda terminó!".
Y fue, un verdadero comienzo.
Pero,
¿no quedamos también interpelados por nuestra
posición en una cultura del "éxito",
interrogados acerca de la diferencia entre el "éxito"
y la "eficacia" en Psicoanálisis?
Montevideo, febrero de 2004
(1)
Conferencia Magistral realizada en: SIMPOSIUM DE LAS AMÉRICAS,
"El Psicoanálisis después de Freud",
Guadalajara-México, Febrero de 2004
(2) Médico Psiquiatra, Psicoanalista. Miembro Titular
en Funciones Didácticas de la Asociación Psicoanalítica
del Uruguay. J. Mª. Pérez 2885 dto. 202. Montevideo-11300-Uruguay.
gp@adinet.com.uy
(3) Serge
Viderman, "La construction de l´espace analytique
", Ed. Denoël.
(4) El cuerpo, dice Corinne Enaudeau, tiene "El poder
de estar allí como la cosa sentida y aquí
como la cosa sintiente" ("Paradoja de la representación",
Ed. Paidós). Es recomendable la excursión
que hace Enaudeau en su libro, que aquí cito casi
como excusa.
(5) Es esclarecedor el recorrido de investigación
histórica que hace Thomas Laqueur en "Construcción
del sexo" (Ediciones Cátedra, Valencia). a los
efectos de entender esos inevitables efectos ideológicos
en toda concepción anatómica de los cuerpos
y los sexos, como también en la concepción
psicoanalítica.
(6) J. García, "Escrituras y lecturas del cuerpo",
en: "El cuerpo en Psicoanálisis", Ed. APU,
2002.
(7) J. Derrida, "Freud y la escena de la escritura"
En: "La escritura y la diferencia", Barcelona,
Anthropos, 1969.
(8) J. García, "Coreo-grafías, inscripciones
arcaicas", en: "Lo arcaico, temporalidad e historización",
Ed. APU, 1995.
(9) M. Langer, "Maternidad y sexo", Ed. Paidós,
1951
(10) E. Roudinesco trabaja este tema en su texto bastante
reciente: "La familia en desorden", Ed. Fondo
de Cultura Económica.
(11) Piera Aulagnier, "La violencia de la interpretación",
Ed. Amorrortu.
(12) Jean Bergès y Gabriel Balbo, "Sobre el
transitivismo. El juego de los lugares de la madre y el
niño", Ed. Nueva Visión.
(13) Identificación transitivista simbólica.