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Sobre la eficacia en psicoanálisis (1)
por Javier García (2)

En este trabajo se relaciona la eficacia de las palabras con su anclaje pulsional erógeno en transferencia y la erogeneidad que consiste en cierta escritura corporal.


A los efectos de encarar el tema propuesto tomaré como disparador de este intercambio lo que se plantea en uno de los artículos de la última revista de Psicoanálisis Internacional de la API (diciembre de 2003), un artículo de Owen Renik titulado, quizás no muy de acuerdo con el texto, "No más curación por la palabra". Renik dice: "con el transcurso de los años el Psicoanálisis perdió contacto con su finalidad original con su función empírica hacia el alivio del síntoma y debido a ello se volvió intrascendente" Critica una oposición entre objetivos analíticos y terapéuticos lo que habría convertido al Psicoanálisis en una "práctica esotérica", al haber perdido su efectividad sobre el síntoma a través de la palabra.
Podemos situar en este texto de Renik un emergente de problemas que podrían ser pensados de diferentes formas.
Nosotros no tenemos certeza de haber perdido eficacia. De hecho parece algo muy difícil ponernos de acuerdo en cómo medir pero, además, ¿cómo compararla con la eficacia de la clínica freudiana?
Podemos decir que el Psicoanálisis ha abarcado muchos más cuadros clínicos y problemáticas humanas, procedencias sociales de los pacientes, franjas etarias, etc., que en sus comienzos. Ha sido y es un desafío más que entusiasmante y ha promovido el desarrollo de muchas teorías y consideraciones técnicas.
Estas diferentes teorías y funcionamientos de los analistas en sesión y, aunque no tengamos mediciones y quizá tampoco formas de realizarlas, no parecen tener eficacias muy diferentes por ello.


¿Por dónde pasa la eficacia del Psicoanálisis? Coincido con Freud y con Renik: por la eficacia de las palabras. ¿En qué consiste la eficacia? En producir cambios reales. Me refiero a una idea levistraussiana de eficacia simbólica de las palabras. Palabras que en un contexto específico tengan efectos reales. Lo simbólico operando cambios reales o en lo real.
Aunque nosotros no nos ubiquemos en el mismo campo epistémico que las ciencias positivas, sí compartimos con ellas la eficacia de lo simbólico sobre lo real. Todas las ciencias se fundan en ello.
Estos efectos nada tienen que ver con tener ideas muy convincentes entre analistas o con los pacientes. Freud inauguró el Psicoanálisis con su eficacia con la histeria, allí donde la medicina y las religiones podían ser muy convincentes pero poco eficaces. La teoría de la seducción también era muy convincente, plena de sentidos ideológicos -niño inocente y adulto que pervierte-, pero poco eficaz.


Podríamos ubicar, a modo de ejemplo parcial, tres momentos freudianos en la adquisición de eficacia. El primero lo podemos ubicar en la verbalización del paciente de relatos que hasta ese momento no disponía de forma conciente. Podrían estar allí los relatos de seducción sexual por adultos "recordados" por las histéricas. Un segundo momento podríamos situarlo cuando Freud se desengaña, descree de estos relatos o más bien descree del sujeto de deseo de esos episodios relatados. Del deseo sexual perverso del adulto pasa a concebir la pulsión parcial sexual endógena y las fantasías. No es nada menor desde el punto de vista de la eficacia el hacerse sujeto del deseo de un relato o historia. Un tercer momento podríamos tenerlo en la conceptualización y trabajo de la transferencia. La diferencia entre la actitud de huída de Breuer con Ana O. y la que Freud puede empezar a trabajar con sus pacientes, sosteniendo la transferencia, para que el paciente pueda empezar a hacerse cargo de sus deseos, es una diferencia capaz de producir cambios eficaces. Hoy podemos decir que el Psicoanálisis no es sólo esto pero, también, que el Psicoanálisis no es sin esto.

Cuando las primeras generaciones estaban comprensiblemente muy preocupadas por mantener la fidelidad a las ideas de Freud, organizar y traducir su obra, sistematizar sus conceptos, estructurar la formación de analistas, etc., dos grandes creadores sacuden, décadas antes o después, desde ambas márgenes del canal de la Mancha, la teoría y la práctica analíticas. Reduzco los ejemplos y los aportes por razones obvias de exposición. Melanie Klein nos sorprende con su capacidad de entrar en contacto y teorizar las fantasías inconscientes, con palabras muy cercanas al cuerpo, sectores de cuerpo, sustancias corporales y con la innovación del recurso al juego en el análisis de niños, y la apertura a relatos lúdicos con palabras, movimientos, gestos y objetos (formas y sustancias). Quizás nunca más que con estas experiencias analíticas dispusimos de palabras y materiales analíticos donde lo discursivo (verbal, gestual, juego) se encontraba tan cerca del cuerpo erógeno y sus pulsiones parciales. El dispositivo y la técnica ayudaban a que así fuera. Con este despliegue exuberante aprendimos las diferentes formas del odio-amor de transferencia, así como recursos necesarios para el trabajo de la transferencia negativa, quizás hasta la exageración.
Jacques Lacan nos impacta también de muchas formas. Toma la palabra, podría decirse, cuando estábamos inmersos en fantasías exuberantes en imágenes. Toma la palabra en su materialidad significante y no en sus conceptos. La palabra en su afectación, en su fuerza significante, en su eficacia. Si con Klein las palabras estaban ahí en el juego, en los dibujos, en los relatos y diálogos, armando recorridos entre cuerpo, sustancias y objetos, y creando escenas de intensa actividad imaginaria de sentidos, con Lacan, quizás la perspectiva histórica nos permita leerlo mejor en el futuro, una teoría del signo, que en él queda conducida a su materialidad: el significante, nos auxilia como antes una brújula u hoy un GPS a un navegante en la oscuridad. Ojalá fuera tan claro, me disculpo por la reducción del ejemplo. Pero quiero decir, que nos auxilia a poder orientarnos a leer las líneas de fuerza del deseo inconsciente en el medio de la producción de sentidos preconcientes del relato, el juego y la transferencia. Desde Lacan y de diferentes formas en varios autores, hemos asistido al pasaje de una teoría de la representación, en Freud, a teorías del signo (del significante, en Lacan) que nos ayudan a recorrer desconstructivamente las vivencias subjetivas.
Se podría decir que todo lo recién mencionado estaba o se insinuaba en la obra de Freud, pero tuvo con estos autores y otros, un desarrollo explosivo.

Si en las referencias freudianas que realicé hay un momento de producción y relato de fantasías de seducción en el análisis y otro de desengaño, mutuo, que quiebra el sentido, reconduce a otro lugar en cuanto al sujeto de deseo en juego -deseo edípico-, en la secuencia que hice en estos pincelazos de Klein y Lacan podríamos leer un movimiento comparable. En mi opinión, estas dos tendencias que trazo en estas caricaturas de Klein y Lacan, son consustanciales a nuestro métier. Necesitamos un despliegue extenso e intenso de fantasías en transferencia, un cierto atrapamiento de convicciones subjetivas, para que se produzca un quiebre de esos sentidos. Momento de desolación, de estupor a veces, pero ¿qué sería de nuestro Psicoanálisis si estos momentos aportados por estos autores no existieran? ¿No podemos ver allí una fuerte siembra de nuestra eficacia?

El problema del sentido en Psicoanálisis ya había sido tratado en un trabajo clásico de Serge Viderman, "La construcción del espacio analítico", el problema de: "El sentido y la fuerza: la transferencia" (3). Allí sostiene que el Psicoanálisis parece haber necesitado alejarse cada vez más y olvidar sus orígenes en las oscuridades del hipnotismo, donde todo dependía de la fuerza, el poder en bruto que ejercía el hipnotizador sobre el hipnotizado, para pasar a privilegiar el sentido. El Psicoanálisis, dice Viderman, "Cierra los ojos con pudor cuando choca con algo que le recuerda la violencia hipno-sugestiva, su tendencia lo lleva a valorizar el sentido. Queda por saber si puede continuar haciéndose el Ángel". Se pregunta, de alguna forma, por la pérdida de eficacia en el abandono de la fuerza en privilegio del sentido. No hay en ese trabajo ni en mi espíritu ningún deseo de volver al hipnotismo, claro está. No quiero caer en el grupo de "esotéricos", si es posible, aunque siempre esto es una asignación. Pero el sentido tiene sus trampas, es sin dudas mucho más racional, mucho más cercano a lo académico, a lo socialmente aceptado por las ideologías implícitas o explícitas, a lo que puede resultar convincente, enseñable y aplicable en otros campos. Nosotros sabemos en qué medida nos sentimos apremiados a ofrecer sentidos que sean aceptados. Esto ocurre de diferentes formas, de acuerdo a las épocas y culturas, pues hoy las demandas de sentidos fuertes pueden pasar por la demanda de resultados estadísticos que se tomen como "verdad".


En el Psicoanálisis actual la multiplicación casi ilimitada de los sentidos interpretativos de un material sí nos enfrenta a la pregunta por la pérdida de la eficacia en la capacidad de producir cambios psíquicos efectivos. Hay una demanda de sentido desde el paciente pero no menos desde el analista y en los grupos analíticos. No es esta una cruzada contra el sentido sino un cuestionamiento de cómo se producen los sentidos efectivos o qué es lo efectivo de la palabra en Psicoanálisis.
Viderman alía el sentido a la fuerza en la transferencia, donde las palabras pueden adquirir fuerza de actos en tanto ligadas o representantes de la pulsión. Son palabras que no vienen como aplicación del sentido de las teorías que dispone el analista (ni el paciente) sino que se cuecen en el barullo de la transferencia, destornillándose y atornillándose a imágenes diversas, dibujando formas o signos que nos remiten a otras cadenas significantes, pero siempre con palabras contextuadas en las pulsiones parciales y organización libidinal en juego.

Otro movimiento importante "después de Freud", que también tiene su gran inflexión entre Klein y Lacan, es en relación al acento endógeno y al dispositivo óptico que caracteriza al modelo freudiano de aparato psíquico, con las consecuentes dificultades en las nociones de "adentro-afuera". ¡Qué distinto hubiera sido el modelo si Freud hubiera conservado la teoría de la seducción traumática! La excentricidad de la sexualidad traumática del otro pasó a constituir una endogeneidad radical de la pulsión y la proyección de esta superficie corporal erógena, el basamento del yo. En Klein el mundo interno adquiere tanta fuerza que nos impactan sus interpretaciones en el análisis de Richard mientras caen cerca las bombas sobre Londres. Lacan zafa de esta tópica de compartimentos y ofrece una estructura de lugares que relativiza la idea "adentro-afuera".
Coincidamos que no es fácil de escapar de esta idea pues es una imagen fuerte de nuestra subjetividad. No hay nada más ilusorio que el adentro, razón quizás por la cual Freud habló de proyección de superficie. Ese adentro no tiene nada de real, sin embargo tiene la consistencia imaginaria más fuerte. ¡Es lo mío, es lo que siento, es mi interioridad! Es la fuerza de la representación. Ella está ligada a la percepción. Nuestro estar en el mundo, nuestro cuerpo en el mundo, tiene un atrapamiento de doble faz: el cuerpo es objeto de percepción-representación y a su vez, el mundo es percibido en nuestro cuerpo. (4)
Esta doble faz que genera la idea fuerte de pertenencia de mi interior pero también el conocimiento de mi mundo, también es una doble faz erógena entre mi erogeneidad y la del otro. Freud trató de resolverlo suponiendo un estímulo pulsional y otro estímulo exterior, entre los cuales interponía una instancia Prcc-Cc, donde estrictamente uno se representa y el otro se percibe. Pero la idea de una percepción pura, sin representación, no parece prosperar. Siempre son representaciones.
La dificultad "adentro-afuera" se repite en innumerables nudos de nuestra práctica analítica. ¿Cuántos momentos clínicos, discusiones de materiales y teóricas, nos remiten al problema de qué es del analista y qué del paciente, al interminable dilema de la transferencia-contratransferencia? ¿Cuántos atrapamientos pensando en las situaciones reales que el paciente vivió o sus fantasías inconscientes suponiendo tales acontecimientos? Podemos vernos nuevamente reciclando el momento freudiano del desengaño respecto a los relatos de las histéricas. Esto se acrecienta más aun en el trabajo con niños o con pacientes con situaciones traumáticas. Pero no es menor el problema cuando se trata de considerar la incidencia del entorno social-cultural-epocal en la estructura psíquica. ¿Es afuera o es adentro? Para ejemplificarlo aun más, la estructura edípica ¿es afuera o es adentro?, la diferencia de sexos ¿es afuera o es adentro? ¿Podemos pensar hoy que la estructura edípica y el destino de las identificaciones y elecciones de objeto sexuales tiene un determinismo psíquico, ligado a las protofantasías, independientemente de los cambios socio-culturales?
Freud no obvió los efectos de los otros ni de la cultura sobre el sujeto, pero los situó más tardíamente en las identificaciones secundarias y se jugó por un esquema heredado filogenéticamente y un destino anatómico de las identificaciones sexuales. Esto operó de referente a la hora de definir normalidad o patología y hoy no podemos tener demasiado claro cuánto hay allí de ideológico de su época.


A diferencia de tomar al cuerpo biológico -enfatizado por Freud y en general en Psicoanálisis- como soporte material del psiquismo, pienso que hoy, con la incorporación de teorías del signo, estamos en condiciones de considerar una materialidad corporal escrita erógenamente. Materialidad que comparte su real con el cuerpo que la biología investiga y teoriza modelándolo inevitablemente con las ideologías imperantes. (5)
El cuerpo erógeno al que me refiero no es el cuerpo anatómico sino una materialidad superficial que porta una escritura erógena (6). Materialidad inseparable de la escritura, al punto que podríamos decir que no hay otro cuerpo material que lo que se dispone en esas escrituras erógenas mismas. Los significantes -de distintas materialidades- están excavados en lo real. Ello, en mi opinión, hace interesante el planteo derrideano de que todo lenguaje requiere de una escritura previa, una escritura básica arcaica: "archiescritura" (7). Fue y es motivo de una polémica interesante que ojalá siga abierta


Todo el Psicoanálisis ha trabajado cómo se arma psiquismo desde los primeros momentos de vida. Allí no hay relato oral posible si no se establece una "danza" de intercambios reales de signos entre los otros y el bebé. He llamado metafóricamente a esto una coreografía erógena (8). Me he enterado de que no hay forma de armar una coreografía si no es en la escena misma. No se puede transmitir por relato oral ni escrito. Es la escritura misma la que requiere realizarse en escenas corporales. No es una escritura que tenga sujeto y objeto, sino algo que se arma. Si pensamos que toda la erogeneidad se escribe desde el otro ("printing", inscripción) ¿no seguiríamos con el modelo de la seducción traumática? Podríamos decir que se arma o produce "entre", como esa idea tan genial de Winnicott del espacio y objeto transicionales.
Inevitablemente estoy siendo muy esquemático con conceptos que en otros lados he desarrollado, al menos un poco más, no sé si de forma más esclarecedora. Pero quiero llegar a que, desde el comienzo, hay una materialidad marcada erógenamente, donde participan el potencial sujeto y otros, al mismo tiempo, y que, ese mapeo de significantes diversos que se produce (fónicos, táctiles, gestuales, etc.), se escribe con cierta organización, de cuyas claves -parece haber muchas en juego- nosotros somos, si no totalmente por lo menos bastante ignorantes.


A mediados del siglo pasado Marie Langer se preguntaba con inquietud sobre cómo sería el futuro de las identificaciones y la diferencia de sexos de los bebés y niños que en ese momento sentían en sus pieles la misma sensación áspera en el contacto con el jean de sus madres y sus padres (9). Nosotros no tenemos experiencia y quizá tampoco tengamos posibilidad de análisis comparativos de este tipo. Podríamos decir, ligeramente, que es el mismo tipo de inquietud que sintieron nuestras abuelas con la llegada del refrigerador y la cocina eléctrica, nuestros padres con el televisor y nosotros con las computadoras, los juegos electrónicos e Internet, y que, finalmente: "no pasa nada". Pero es muy dudoso que no pase nada. Marie Langer estaba en el medio de un siglo donde los cambios en el lugar y función de la mujer y el hombre fueron muy importantes. ¿Cómo ha variado la idea de masculino y femenino entre Freud y nosotros? Seguramente el cambio no empezó en esa sensación táctil unisex del jean, pero ella allí nos traía un ejemplo de lo que se estaba armando distinto. Hizo una lectura que, siendo ideológica, parecía tener muy presentes sus referencias en huellas erógenas.
Hoy se arman distintas las familias. Hay variaciones importantes en las relaciones de parentesco. Se arman distintas las parentalidades y auguran o amenazan todavía cambios antes impensables. Y, en el medio de lo que parecía una caída de la formación de familias, hoy las parejas homosexuales aparecen con fuerza sosteniendo el derecho de formarlas, por la pareja y por la parentalidad. (10)
Ustedes saben que se nos inquieren preguntas tales como: ¿Es la homosexualidad normal o patológica? ¿Tiene contra-indicaciones la adopción de un niño por una pareja homosexual? ¿Qué va a suceder con los niños de probeta y las clonaciones? Se nos inquiere, es cierto, pero también estamos tentados a dar opiniones. ¿Está el Psicoanálisis en condiciones de dar respuestas? ¿Con qué referentes damos lecturas a estos nuevos signos?

Sé que hice un rodeo muy abarcativo, licencia que me permito por ser una exposición oral. En mis preferencias está que la teoría se agite con las preguntas que saltan en nuestras prácticas y en la vida. En este recorrido primero señalé la relación de la eficacia de las palabras con su anclaje pulsional erógeno en transferencia y ahora traté de poner sobre la mesa que esa erogeneidad consiste en una escritura corporal que se produce siempre con otros y en organizaciones de deseo que dependen del contexto de las relaciones de parentesco, sexuales y parentales, de las ideas de masculino y femenino, de los lugares y funciones que ocupan hombres y mujeres, etc., en un armado cuyas claves a veces vislumbramos pero muchas otras no. No hay mayor ceguera que la que tenemos con las líneas de fuerza que organizan nuestra propia época y cultura. Cosa que no tiene sólo ni principalmente explicaciones psicoanalíticas.
Leer signos puede entenderse como una actividad ineficaz en relación con las investigaciones biológicas por ejemplo. Sin embargo, la propia evolución del mono al hombre nos muestra que esta "habilidad" (homo habilis) fue bastante eficaz. Entre los monos que disponían de andar en dos pies, que podían elevar sus cabezas sobre los pastizales para defender sus crías y buscar alimento, no fueron precisamente los mejor dotados en fuerza los que nos precedieron en la escala animal. No tenían la enorme memoria de animales que podían volver a localizar un lago que habían conocido décadas atrás, ni eran capaces de orientarse como los gorriones y las golondrinas en migraciones de largas distancias a poco tiempo de nacidos. Por el contrario, con muchas debilidades parecían tener una astucia, una habilidad: reconocer huellas nuevas y relacionarlas con otras, es decir, leerlas. Si algo no se puede decir de esta habilidad es que fue ineficaz. Las ciencias son un ejemplo de ello. La ineficacia puede estar en el tipo de trabajo con los signos, en la especificidad psicoanalítica de este trabajo.

La eficacia de las palabras requiere reconocer, con la fuerza que nos da la transferencia (sigo a Viderman, sigo a Octave Manonni) la fuerza de estos significantes o escrituras erógenas, ocultadas por ideologías y atrapadas en síntomas u otras estructuras defensivas que, a veces, hacen sentir vacío en la vida subjetiva. Reconocerlas para que se desplieguen y se atrapen de nuevo para ser otra vez reconocidas en su escena transferencial. Ahí se arma un camino de significación-simbolización, sobre el cual no podemos ni debemos tener ningún dominio si no queremos caer en la ineficacia del puro sentido, del convencimiento ideológico adaptativo. Sin embargo, es muy dudoso que el analista sea, en cuanto a la fuerza que utiliza, un "ángel". Él no es un lector, por lo menos solamente. Dispone de la fuerza que esas escrituras erógenas le prestan en transferencia y de su propia fuerza erógena vibrando en transferencia. El concepto de "neutralidad" queda al menos cuestionado. Es claro en cuanto a no expresar nuestros deseos, ideas e ideales, pero no en que seamos verdaderamente "neutrales". Podríamos entender esto como la diferencia que Piera Aulagnier establece entre "violencia primaria" y "violencia secundaria" (11). Ustedes saben, ésta última impone violentamente un sentido excesivo, la primera anticipa un ordenamiento que no dispone el sujeto. También el concepto de transitivismo simbólico, de J. Bergès y G. Balbo (12) podríamos entenderlo en esta línea. El analista dice desde dónde está afectado, desde huellas o indicios que reconoce desconstructivamente en su afectación por la demanda del paciente y establece cierta hipótesis, cierta construcción que no tiene más veracidad que la de hacer algo organizado con esas excitaciones erógenas y aportarlo para que ejerza su efecto. Efecto que no es el de un sentido que con-venza sino que porta un cierto orden del cual el paciente se pueda apropiar (13). Este podría ser el efecto de las construcciones planteadas por Freud y pienso que tienen una eficacia fundamental en lo que a veces se llaman fallas arcaicas, donde tiene mucha participación el masoquismo y derivan en trastornos diversos de la simbolización. En realidad son dificultades que, de distintas formas, encontramos en toda estructura psíquica.

Finalmente, comparto la preocupación por nuestra eficacia. El énfasis en una acción eficaz sobre el síntoma fue lo que movió a Freud a no circunscribirse al síntoma, como ocurría en la época pre-analítica. Considerar las fantasías inconscientes, la erogeneidad pulsional con los signos culturales que la organizan, apunta en el sentido de la eficacia. Las aplicaciones de teoría, actuales o de Freud, las cosmovisiones psicoanalíticas, las excursiones filosóficas, lingüísticas, neurocientistas, etc., en busca de "El Dorado", son parte de nuestras ilusiones, las que vemos desmoronarse a cada tiempo. Es inevitable. Necesitamos también de esas derivas y estar dispuestos a muchos momentos como el que Freud nos trasmite en su carta del 21 de setiembre de 1897, tanto en nuestras teorías o creencias como en los análisis. Recordemos: "...Ahora tengo que acostumbrarme de nuevo a callar y a ser humilde, a preocuparme y a ahorrar y al decir esto me acuerdo de uno de esos cuentecitos que tengo en mi colección: ¡Quítate ese vestido Rebeca, que la boda terminó!". Y fue, un verdadero comienzo.

Pero, ¿no quedamos también interpelados por nuestra posición en una cultura del "éxito", interrogados acerca de la diferencia entre el "éxito" y la "eficacia" en Psicoanálisis?


Montevideo, febrero de 2004

(1) Conferencia Magistral realizada en: SIMPOSIUM DE LAS AMÉRICAS, "El Psicoanálisis después de Freud", Guadalajara-México, Febrero de 2004
(2) Médico Psiquiatra, Psicoanalista. Miembro Titular en Funciones Didácticas de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay. J. Mª. Pérez 2885 dto. 202. Montevideo-11300-Uruguay. gp@adinet.com.uy
(3)
Serge Viderman, "La construction de l´espace analytique ", Ed. Denoël.
(4) El cuerpo, dice Corinne Enaudeau, tiene "El poder de estar allí como la cosa sentida y aquí como la cosa sintiente" ("Paradoja de la representación", Ed. Paidós). Es recomendable la excursión que hace Enaudeau en su libro, que aquí cito casi como excusa.
(5) Es esclarecedor el recorrido de investigación histórica que hace Thomas Laqueur en "Construcción del sexo" (Ediciones Cátedra, Valencia). a los efectos de entender esos inevitables efectos ideológicos en toda concepción anatómica de los cuerpos y los sexos, como también en la concepción psicoanalítica.
(6) J. García, "Escrituras y lecturas del cuerpo", en: "El cuerpo en Psicoanálisis", Ed. APU, 2002.
(7) J. Derrida, "Freud y la escena de la escritura" En: "La escritura y la diferencia", Barcelona, Anthropos, 1969.
(8) J. García, "Coreo-grafías, inscripciones arcaicas", en: "Lo arcaico, temporalidad e historización", Ed. APU, 1995.
(9) M. Langer, "Maternidad y sexo", Ed. Paidós, 1951
(10) E. Roudinesco trabaja este tema en su texto bastante reciente: "La familia en desorden", Ed. Fondo de Cultura Económica.
(11) Piera Aulagnier, "La violencia de la interpretación", Ed. Amorrortu.
(12) Jean Bergès y Gabriel Balbo, "Sobre el transitivismo. El juego de los lugares de la madre y el niño", Ed. Nueva Visión.
(13) Identificación transitivista simbólica.

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