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Reflejos
de lo potencial
por Daniel Ripesi
Necesitamos de ciertos espejos vivos el reflejo de lo
potencial de nosotros mismos, para lanzarnos a su conquista,
insatisfechos, en una búsqueda que nos mantendría
vivos, plenamente vivos. Relacionado con este tema: "Winnicott
en el espejo"
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En un artículo titulado "El espacio social de
la lectura" (1), Graciela Montes (2) analiza los soportes
sociales que contribuyen a sostener con algún sentido
la práctica de la lectura. Rastrea el lugar que ocupa
en el imaginario social la lectura -y la significación
que en la actualidad se le otorga-. Trata de pensar, en
consecuencia, qué fantasías y expectativas
se depositan en los libros y "en las escenas lectoras"
que pudieran predominar en la actualidad, aquellas escenas
que dan contexto significante y una economía afectiva
que facilite cierto acercamiento a los libros (si los adultos
del entorno dedican algún tiempo a la lectura, si
comparten -cómo y cuándo- esta experiencia
con otros adultos y sus hijos, si hay bibliotecas populares,
etc.). Es decir, se pregunta sobre la existencia o no de
escenarios sociales que pudieran sotener el interés
suficiente de los niños como para incitar su aproximación
a la lectura. "Mi idea -especula Graciela Montes- es
que la lectura ha perdido su viejo significado social y
no termina de construir uno nuevo, el que correspondería
al mundo contemporáneo". Sin este nuevo sentido
social, sin esa estructura de significación adecuada,
la lectura se comportaría como una suerte de cuerpo
extraño: su presencia se torna incómoda. Es
como un mueble viejo que se conserva porque sobrevive todavía
en él cierta estimación valiosa de otros tiempos
-en los que, efectivamente, tenía su prestigio-,
pero que, a su vez, es un mueble al que ya no se sabe qué
uso dar en función de los tiempos que corren. El
problema no se agota en una simple "desactualización"
del esquema significante que sostenía al ejercicio
de la lectura en un tiempo pasado, y al que habría
que "actualizar" (puesta al día de esquemas
político-educativos para incentivarla, de estrategias
económico-editoriales para producir libros, etc.).
En parte, ese esfuerzo de aggiornamiento -necesario de todos
modos- descuida -y se desinteresa de redescubrir- el nuevo
valor social de la lectura y, por lo tanto se torna inútil.
Un mero proceso de "actualización" sólo
se preocupa por producir "best sellers" (libros
de lectura rápida y superficial), vistosos "libros-objetos"
(suerte de juguetes ilustrados, eso sí, con palabras),
super producción editorial con temas diversos de
"actualidad" (la herencia cultural deja su lugar
a las "nuevas" preocupaciones), etc. En fin, esta
actualización para estar a la altura de los tiempos
que corren (consumo, repentismo, fugacidad, distracción,
etc.), termina por acelerar la aniquilación de la
poca vida que pudiera quedar en el ejercicio de la lectura
que es, esencialmente, conquista, insatisfacción,
búsqueda. "Conquista", es decir, nada de
narraciones que promuevan un lector cómodo u obsecuente,
sino textos que oponen su resistencia, que deben ser transitados
como un territorio en parte acogedor, en parte riesgoso,
un libro -sobre todo- del que hay que apropiarse, animarse
a habitarlo y sin dejar de respetar su geografía.
"Insatisfacción", porque la posesión
necesaria que exige un texto no autoriza su dominio, insatisfacción
porque no nos entrega, ni se entrega totalmente -y a veces,
por suerte-, ni siquiera ofrece lo que buscábamos.
Porque hay que esperarlo, someterse por momentos a su ritmo,
un buen libro nos hace entrar en la lentitud de una meditación
que nos dispersa, se adelanta o se retarda respecto de nuestras
certezas -tan cómodas!-, y nos arrastra en un progreso
sinuoso: hay acercamiento si nos alejamos, nos alejamos
si le exigimos el centro. "Búsqueda", porque
no podemos abrir la boca y recibir el bocado, hay que arrancarle
sus pedazos, levantar las piedras, arañar sus paredes,
abrir sus habitaciones, recorrer sus laberintos, hurgar,
hurgar... El discurso de Graciela Montes no se emparenta
de ningún modo -pensando en el interés de
los niños por la lectura- con una letanía
quejosa y melancólica del estilo "todo tiempo
pasado fue mejor...", al contrario, advertida de ciertos
cambios inevitables en las normas, ideales y significaciones
que regulan a una sociedad, repiensa el lugar que pudiera
corresponderle a la experiencia de la lectura en ese nuevo
orden. Ahora bien, dado que la experiencia de la lectura
es definida esencialmente como una empresa de "conquista",
que no soslaya cierto estado de "insatisfacción"
y que supone una actitud de "búsqueda",
se deberá pensar qué lugares y oportunidades
se abren al lector en la sociedad actual para asumir dichas
tareas con sentido, y no como una mera "pérdida
de tiempo". Es interesante destacar también
cómo Graciela Montes advierte esta pérdida
del lugar significante del ejercicio de la lectura en la
sociedad actual, más allá de la clara evidencia
que hace al progresivo alejamiento de niños y adultos
de los libros (y esto en clara contradicción con
el obstinado mandamiento cultural de "fomentar la lectura"
como un valor eminente en sí mismo). Se apoya en
un historiador de la cultura llamado Raymond Williams y
en un particular método de investigación que
este estudioso había inventado y empleaba para obtener
el reflejo del espíritu de una determinada época.
Buscaba en las obras de arte de cierta época en especial
-la que deseaba investigar-, los referentes que le permitieran
reconstruir las ideas dominantes de ese tiempo. Empezó
a notar, sin embargo, que en esas obras había determinados
elementos que no se referenciaban claramente con el contexto
cultural que, por otra parte, sostenía con sentido
a los demás elementos de la pintura en cuestión.
Esos elementos escapaban al "cuadro", eran como
elementos "fuera de lugar", hectópicos
y perturbadores... Supongamos, por ejemplo, un retrato familiar
de época: sillón central con la madre sentada,
sus hijos a los costados, el padre de pie retirado un poco
más allá, mirada severa y distante. Todo esto
-más la vestimenta, algún cuadro o adornos
detrás de ellos, etc.- tiene su sentido, habla de
un período de dominancia matriarcal, de cierta relación
de los hijos hacia sus padres, del vínculo más
laxo con la madre, del tipo de educación dominante
en ese período, de la función del padre y
su relación con su esposa e hijos, etc. Ahora supongamos
otro retrato donde se ve al padre en el centro de la escena,
sosteniendo un bebé, a la madre de pie al lado de
su esposo y junto a un sillón donde dos nenas inquietas
juegan entre sí, casi cayéndose. Sin duda
las conclusiones respecto de la estructura familiar y su
funcionamiento serán otras en este caso. Podemos
afirmar que son dos períodos bien distintos y distantes
entre sí en el tiempo. Imaginemos ahora una foto
intermedia que respeta casi toda la escena primera, pero
donde el padre sostiene en brazos a un bebé... Igual
vestimenta, igual disposición general de los integrantes,
igual severidad, pero el padre sostiene, en este caso, a
un bebé en brazos. Ese padre "sale" de
la escena. Pero, ¿podríamos afirmar que es
un padre "pasado de moda"? Más bien es
un padre que está forzando un contexto significante
que aún no lo incluye, un contexto significante que
aún no lo contempla... Lo que cae, en este caso,
es el contexto significante, no el elemento que "estorba"
de su reflejo! En este último caso, el elemento que
cae por fuera de las referencias culturales que animan todo
el resto del cuadro no sería ya un anacronismo sino
algo así como un gesto anticipado a su época
y que no encuentra todavía su lugar, el anacronismo
es el de la sociedad a la que incomoda con su novedad. Estaríamos,
entonces -repito-, frente a un elemento que empieza a forzar
una estructura de significación que no lo tenía
en sus planes y que tiende en un principio a excluirlo o
a negarlo. Cuando una mirada -como la del pintor o la de
un fotógrafo- intenta reflejar el espíritu
de su época, y da lugar en su registro incluso a
aquello que cae de la escena significante que domina su
tiempo, debería ser homenajeado por su amplitud de
criterio, es decir, por no forzar a su obra a ser coherente
con su propia percepción e idea de lo que es esa
época, armonizando todos sus detalles y excluyendo
todo aquello que pudiera alterarla. Ya sea que la amputación
del detalle que desentona se haya ejecutado por su aparente
carácter inútil o por su total incomprensibilidad.
Reflejo también, entonces, de lo impensable. Cuando
los hijos miran el rostro de su madre, nos dice Winnicott,
se ven reflejados de modo que ellos empiezan a reconocerse
en sus propios estados afectivos y van construyendo, con
ese reflejo, cierta identidad propia. Si en cambio, cuando
miran a su madre, ven sólo el "rostro de la
madre", empeñado en sus propios estados de ánimo,
perderán toda referencia de sí mismos y caerán
en una desorientación total, o en la condena de construir
una identidad desde un reflejo que no les pertenece. Toda
madre refleja un poco de sí misma y un poco -en una
cierta desposesión de sí misma- refleja a
su hijo. Dónde termina una cosa y dónde empieza
la otra es un asunto siempre indefinido (y nos habita toda
la vida como una duda más o menos razonable). Pero
lo que resultaría realmente aniquilante para el hijo
sería que no pueda reflejar "eso" que fuerza
su capacidad de significar, eso que el infans aún
no es pero anhela ser, eso que si no se refleja jamás
se realizará. Hay un hijo impensable para ella pero
que sólo ella, si lo refleja, permitirá que
él sea: un hombre o una mujer según cierta
intransferible posición subjetiva. Necesitamos
de ciertos espejos vivos el reflejo de lo potencial de nosotros
mismos, para lanzarnos a su conquista, insatisfechos,
en una búsqueda que nos mantendría vivos,
plenamente vivos.
(1) En "Literatura infantil -creación, censura
y resistencia", de Ana María Machado
y Graciela Montes, Editorial Sudamericana, Buenos
Aires, 2003.
(2) Graciela Montes es una prestigiosa escritora argentina,
dedicada a la literatura infantil ("El coral de la
infancia", "La frontera indómita"),
editora y traductora que ha recibido entre otras distinciones
el Premio Pregonero de Honor en 1999 y el 2do. Premio Nacional
de Literatura de ese mismo año.
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