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"Quemar
las naves", entonces, parecería ser el empleo
radical de los últimos recursos disponibles, probablemente
insuficientes ya para sostener una situación -que por
eso mismo se pretende abandonar-, pero precarios aún
para solventar con todas las garantías el cambio anhelado.
Finalmente, "Quemar las naves", se constituiría
en una suerte de maniobra desesperada, un tomar envión
-apoyado más en el arrebato y las esperanzas que en
la energía conservada-, el impulso para un salto que
nos puede dejar a mitad de camino, suspendidos apenas unos
segundos -unos angustiosos segundos de vida- sobre el abismo
al que nos precipitaremos; o bien, permitirnos alcanzar la
otra orilla de lo que se presume será "la tierra
prometida". Se dejaría así por fin, con
ese salto y a nuestras espaldas, la aridez de un territorio
en el que nos quedaba -apenas- algunos otros segundos de vida.
Pero sucede que esta es sólo una versión parcializada
-quizás "argentinizada"- de lo que quemar
las naves pudo haber significado desde el punto de vista histórico.
Desde esa perspectiva su poder evocativo nutre una interpretación
más amplia:
Cuando el personaje ordenó "quemar las naves"
(conservemos las comillas pues, en rigor, ordenó encallarlas
e inutilizarlas para la navegación), lo hizo para permanecer,
en diversos sentidos, sobre la orilla menos favorable. Diría
más, al "Quemar las naves" dio creación
a la orilla en la que ya estaba: ahora debía sostenerse
allí, de un modo irreparable, pero según su
propia fundación... Transformó a ese
territorio en escenario de una empresa tan impensable en nuestros
días como duramente criticada: o exaltada al rango
de epopeya inigualable o sumariada en la historia de los horrores
humanos.
Lo que importa destacar en este acto es que impidió
un salto atrás, al tiempo que ponía frente a
sí una experiencia ineludible, la de tener que arriesgar
un trato con lo extraño.
Quizás debiéramos decir de un modo más
exacto que el acto fundó la palabra: lo extraño
(de hecho el empleo de esta palabra data del S.XVI).
La palabra "extraño" intenta abarcar -sin
poder fijar sus límites- una experiencia esencialmente
paradójica; veamos como vacila el sobrio rigor del
diccionario (presenta dos acepciones aparentemente contradictorias):
Extrañar, desterrar a un país extranjero; apartar,
privar a alguien del trato y comunicación que se tenía
con él; y luego: echar de menos alguna persona o cosa,
sentir su falta...
En definitiva, "lo extraño": lo que va entre
producir una distancia y el intento de subsanarla, lo alejo...
lo anhelo; lo íntimo... lo ajeno.
Así, tal como lo entiendo aquí, "Quemar
las naves" renueva el misterio de dar cabida a un territorio
para el trato, justamente, con lo extraño, una experiencia
donde lo propio y lo ajeno en su fatal indeterminación
amenazan operar una transformación posible a quien
se atreve a esa visita.
Acoto un detalle: Cortés, que fue quien inauguró
esa experiencia -un poco alumbramiento, un poco defunción
personal-, se despojó de su propio nombre para ser
nombrado y nombrarse en esa lengua que desconocía.
Desposesión para que lo extraño operara cierta
familiarización en él; metamorfosis a la que
no fue ajena -como ocurre en casi todos los misterios- la
intervención de una mujer (una mujer que era, como
la tierra que conquistaba, un poco una madre, un poco una
amante. Dominaba ella las dos lenguas, es decir, la extraña
y la lengua materna de Cortés...)
Veo en "Quemar las naves" un intento crítico
por nacer de nuevo : fusión y desmembramiento.
Según Octavio Paz, fusión y desmembración(2)
son dos estados que están en el origen de toda vida
humana y constituyen el núcleo de todas nuestras pasiones,
dice "Es un principio anterior a la conciencia y a la
razón pero es, asimismo, el origen de ambas. Entre
saberse y sentirse separado hay apenas un paso, todos damos
ese paso y así llegamos a la conciencia de nosotros
mismos" .(3)
Muy bien, me pregunto entonces: para dar ese paso, ese salto
en el que intentamos alcanzar un nombre, cuando nos llamamos
psicoanalistas, ¿Quemamos las naves? ¿Qué
guía finalmente nuestra empresa? ¿Algún
ánimo audaz de aventureros? ¿El fervor agresivo
de los conquistadores? ¿La codicia de unos u otros?
¿O el noble espíritu de los colonizadores?
"Qué es lo que, si no lo hacemos, nos falta",
pregunta Pontalis en un texto
(4); pregunta que me llena de consternación,
pues al intentar responderla en mi intimidad ya no alcanzo
a evaluar -para sopesar en un balance- cuánto hay de
dignidad y de miseria en mi empresa... Las hay, creo, de las
dos, no soy inocente en ningún sentido pero, culpable
de qué?
Presiento que, si a pesar de todo, no podemos dejar de hacerlo
es porque, con cada paciente -en algún momento incierto
y desconocido, ajeno a todo cálculo- quemamos las naves,
ya no podemos regresar, quedamos en la otra orilla aceptando
perder nuestras referencias más familiares.
Jorge Rodríguez nos recuerda a menudo
(5) el pensamiento de Bion relativo al frecuente
-y necesario- estado de zozobra del analista en su función;
pienso entonces en la imagen que evoqué antes, la de
un salto sin cálculo preciso y la de un eterno segundo
de suspensión en el aire sin saber dónde caerá
uno finalmente... Sin embargo Pontalis advierte que, en esto
de los saltos, los psicoanalistas generalmente -y en las más
diversas circunstancias- nos las ingeniamos para caer...
parados.
(1)
Anticipo ya, aunque espero quede claro en el desarrollo del
artículo, que -en todo caso- "Quemar las naves"
posee una intención no transmisible a otros, sin este
poder de exteriorización tampoco se realiza al modo
de una reflexión interior, es un acto que desconociendo
lo moral compromete éticamente.
(2) Octavio Paz, en "Convergencias", Ed.
Fondo de Cultura Económica, 1980
(3) Conciencia entonces de un desgarramiento, experiencia
de un salto...
(4) J-B Pontalis, en "Entre el sueño y
el dolor", Ed. Sudamericana, 1978
(5) En una transmisión de su saber-experiencia
que, de un modo inhabitual a la actitud corriente de quienes
enseñan en nuestro medio, es siempre formulada desde
sus posiciones más vulnerables.
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