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Lo que inaugura nuestro oficio: "Quemar las naves"

por Daniel Ripesi

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El siguiente texto es un fragmento del libro "Quemar las naves - Ensayos winnicottianos" de próxima publicación por Editorial Letra Viva, Buenos Aires.

Alguna vez se me ocurrió pensar el compromiso del analista en su oficio a partir de cierta frase popular: "Quemar las naves". No tiene esta expresión -que yo sepa- la forma típica de un refrán, es decir, esa estructura de significación que, generalmente, redondea con un sentido moral alguna experiencia vivida .(1) Se la emplea habitualmente en situaciones extremas, esas en las que uno se ve obligado a jugar todas las chances a una sola opción: a todo o nada, o -como también suele decirse- a matar o morir...

"Quemar las naves", entonces, parecería ser el empleo radical de los últimos recursos disponibles, probablemente insuficientes ya para sostener una situación -que por eso mismo se pretende abandonar-, pero precarios aún para solventar con todas las garantías el cambio anhelado.
Finalmente, "Quemar las naves", se constituiría en una suerte de maniobra desesperada, un tomar envión -apoyado más en el arrebato y las esperanzas que en la energía conservada-, el impulso para un salto que nos puede dejar a mitad de camino, suspendidos apenas unos segundos -unos angustiosos segundos de vida- sobre el abismo al que nos precipitaremos; o bien, permitirnos alcanzar la otra orilla de lo que se presume será "la tierra prometida". Se dejaría así por fin, con ese salto y a nuestras espaldas, la aridez de un territorio en el que nos quedaba -apenas- algunos otros segundos de vida.
Pero sucede que esta es sólo una versión parcializada -quizás "argentinizada"- de lo que quemar las naves pudo haber significado desde el punto de vista histórico. Desde esa perspectiva su poder evocativo nutre una interpretación más amplia:
Cuando el personaje ordenó "quemar las naves" (conservemos las comillas pues, en rigor, ordenó encallarlas e inutilizarlas para la navegación), lo hizo para permanecer, en diversos sentidos, sobre la orilla menos favorable. Diría más, al "Quemar las naves" dio creación a la orilla en la que ya estaba: ahora debía sostenerse allí, de un modo irreparable, pero según su propia fundación... Transformó a ese territorio en escenario de una empresa tan impensable en nuestros días como duramente criticada: o exaltada al rango de epopeya inigualable o sumariada en la historia de los horrores humanos.
Lo que importa destacar en este acto es que impidió un salto atrás, al tiempo que ponía frente a sí una experiencia ineludible, la de tener que arriesgar un trato con lo extraño.
Quizás debiéramos decir de un modo más exacto que el acto fundó la palabra: lo extraño (de hecho el empleo de esta palabra data del S.XVI).
La palabra "extraño" intenta abarcar -sin poder fijar sus límites- una experiencia esencialmente paradójica; veamos como vacila el sobrio rigor del diccionario (presenta dos acepciones aparentemente contradictorias): Extrañar, desterrar a un país extranjero; apartar, privar a alguien del trato y comunicación que se tenía con él; y luego: echar de menos alguna persona o cosa, sentir su falta...
En definitiva, "lo extraño": lo que va entre producir una distancia y el intento de subsanarla, lo alejo... lo anhelo; lo íntimo... lo ajeno.
Así, tal como lo entiendo aquí, "Quemar las naves" renueva el misterio de dar cabida a un territorio para el trato, justamente, con lo extraño, una experiencia donde lo propio y lo ajeno en su fatal indeterminación amenazan operar una transformación posible a quien se atreve a esa visita.
Acoto un detalle: Cortés, que fue quien inauguró esa experiencia -un poco alumbramiento, un poco defunción personal-, se despojó de su propio nombre para ser nombrado y nombrarse en esa lengua que desconocía. Desposesión para que lo extraño operara cierta familiarización en él; metamorfosis a la que no fue ajena -como ocurre en casi todos los misterios- la intervención de una mujer (una mujer que era, como la tierra que conquistaba, un poco una madre, un poco una amante. Dominaba ella las dos lenguas, es decir, la extraña y la lengua materna de Cortés...)
Veo en "Quemar las naves" un intento crítico por nacer de nuevo : fusión y desmembramiento.
Según Octavio Paz, fusión y desmembración(2) son dos estados que están en el origen de toda vida humana y constituyen el núcleo de todas nuestras pasiones, dice "Es un principio anterior a la conciencia y a la razón pero es, asimismo, el origen de ambas. Entre saberse y sentirse separado hay apenas un paso, todos damos ese paso y así llegamos a la conciencia de nosotros mismos" .(3)
Muy bien, me pregunto entonces: para dar ese paso, ese salto en el que intentamos alcanzar un nombre, cuando nos llamamos psicoanalistas, ¿Quemamos las naves? ¿Qué guía finalmente nuestra empresa? ¿Algún ánimo audaz de aventureros? ¿El fervor agresivo de los conquistadores? ¿La codicia de unos u otros? ¿O el noble espíritu de los colonizadores?
"Qué es lo que, si no lo hacemos, nos falta", pregunta Pontalis en un texto (4); pregunta que me llena de consternación, pues al intentar responderla en mi intimidad ya no alcanzo a evaluar -para sopesar en un balance- cuánto hay de dignidad y de miseria en mi empresa... Las hay, creo, de las dos, no soy inocente en ningún sentido pero, culpable de qué?
Presiento que, si a pesar de todo, no podemos dejar de hacerlo es porque, con cada paciente -en algún momento incierto y desconocido, ajeno a todo cálculo- quemamos las naves, ya no podemos regresar, quedamos en la otra orilla aceptando perder nuestras referencias más familiares.
Jorge Rodríguez nos recuerda a menudo (5) el pensamiento de Bion relativo al frecuente -y necesario- estado de zozobra del analista en su función; pienso entonces en la imagen que evoqué antes, la de un salto sin cálculo preciso y la de un eterno segundo de suspensión en el aire sin saber dónde caerá uno finalmente... Sin embargo Pontalis advierte que, en esto de los saltos, los psicoanalistas generalmente -y en las más diversas circunstancias- nos las ingeniamos para caer... parados.

(1) Anticipo ya, aunque espero quede claro en el desarrollo del artículo, que -en todo caso- "Quemar las naves" posee una intención no transmisible a otros, sin este poder de exteriorización tampoco se realiza al modo de una reflexión interior, es un acto que desconociendo lo moral compromete éticamente.
(2) Octavio Paz, en "Convergencias", Ed. Fondo de Cultura Económica, 1980
(3) Conciencia entonces de un desgarramiento, experiencia de un salto...
(4) J-B Pontalis, en "Entre el sueño y el dolor", Ed. Sudamericana, 1978
(5) En una transmisión de su saber-experiencia que, de un modo inhabitual a la actitud corriente de quienes enseñan en nuestro medio, es siempre formulada desde sus posiciones más vulnerables.