De
la pediatría al psicoanálisis
Entre
1928 y 1942, Winnicott publica una veintena de artículos
y su primer libro (Clinical Notes on Disorders of Childhood,
en 1931). Se podrían clasificar estos trabajos
según tres grandes categorías: los artículos
médicos propiamente dichos, los artículos
psicológicos o psiquiátricos y los artículos
que tratan sobre las relaciones entre la psiche y el soma.
Los primeros artículos de psicología o psiquiatra,
así como los que incluyen la problemática
que relaciona desordenes psíquicos y afecciones corporales
mencionan muy raramente al término "psicoanálisis",
y la mención del nombre de Sigmund Freud o las citas
de sus obras es igualmente rara. Anna Freud es mencionada
en igual proporción que Sigmund Freud y Melanie Klein.
Sin embargo, el aspecto general de los textos psicológicos
y psicosomáticos de este período pueden considerarse
sintéticamente como claramente kleinianos. Mélanie
Klein centraba como cuestión fundamental en su enfoque
la angustia y sus destinos. Y tal como ocurre con Mélanie
Klein, Winnicott también parece interesarse, ante
todo, por la temática de la angustia en los desordenes
psíquicos y en las afecciones psicosomáticas
de los niños. La agitación, tanto como los
desórdenes del apetito, la digestión, el dormir
y los conflictos con los padres, hermanos y con otros niños
representan, a los ojos de Winnicott, fenómenos relacionados
con la angustia consciente o inconsciente. En su conjunto
estos textos testimonian, entonces, planteos teóricos
que podrían fácilmente ser considerados de
orientación kleiniana. No obstante, a nivel clínico,
se manifiesta inmediatamente -y de un modo muy sensible-
una diferencia. La práctica de Winnicott se caracteriza
de entrada por una suerte de abstencionismo. Aunque en la
mayoría de estos textos, Winnicott ofrece viñetas
clínicas, la intervención terapéutica
aparece de un modo casi vacilante, tanto a nivel médico
como a nivel psicológico. La razón es que
Winnicott ve en la mayoría síntomas descritos,
características de un proceso que no tienen nada
de patológica en sí mismos. Así pues,
desde el punto de vista de Winnicott, no hay nada especialmente
anormal en que los niños se muestran apenados, no
alcancen fácilmente el dormir, pierdan su apetito
o se pongan inquietos. Según Winnicott, se trata
de fenómenos meramente transitorios y que acompañan
a todo desarrollo natural. Frente a tales fenómenos
es mejor abstenerse de realizar cualquier tipo de intervención.
Por el contrario, una intervención precipitada podría,
en estos casos, contribuir a la fijación, el desarrollo
o la aparición de problemas que se solucionarían
mejor y más rápidamente si no se tocaran tales
puntos. Se buscará en vano reflexiones de este tipo
en Mélanie Klein quien, en oposición a este
punto de vista planteado por Winnicott, parece inclinarse
hacia una actividad interpretativa mucho más sostenida,
de carácter más fácilmente intervencionista.
Observaciones
generales sobre la "filosofía" de Winnicott
Si
se quisiera encontrar una marca distintiva en el enfoque
de Winnicott, ésta sería, en primer lugar,
una actitud de "dejar transcurrir", en particular
en los primeros artículos de los años treinta
y cuarenta. Al mismo tiempo, un término como "dejar
transcurrir" parece excesivamente ambiguo y podría
sobre todo prestarse a innumerables malentendidos.
Uno de los más importantes malentendidos consistiría
ciertamente en pensar que este "dejar transcurrir"
implicaba en Winnicott una actitud pasiva o incluso desinteresada.
Nada autoriza estas opiniones, en todo caso es necesario
pensar todo lo contrario: este "dejar trascurrir"
representa una posición más bien activa y
un interés tan atento como sea posible. El "dejar
transcurrir" que antepone Winnicott sería mejor
ilustrado con la idea de un acompañamiento. Este
acompañamiento, cualquiera que sea la actividad de
que se trate, es de carácter muy diferente, e incluso
opuesto a lo que se designa generalmente como "manipular
a". ¿Hay algo peor, en términos de libertad
o dignidad humanas, o incluso en términos de inteligencia
o existencia autónoma, que someter a una "manipulación"?
¿El analizando, el paciente, necesitaría realmente
un psicoanalista que lo tome de la mano y le mostrase cómo
es necesario pensar, cómo es necesario actuar o lo
que es necesario hacer?
El concepto de "tratamiento" adquiere a veces
un sentido similar. Vamos al médico, le comunicamos
nuestros dolores y problemas, respondemos a sus preguntas
y, como contrapartida del dinero que le pagamos, él
nos proporciona explicaciones, consejos y una prescripción.
Y en la mayoría de los casos, si seguimos sus consejos
y la prescripción, nuestros dolores desaparecen y
nuestros problemas se solucionan en la
manera y en los plazos que nos indicó. Es extremadamente
tranquilizador, y a menudo uno se siente casi curado, salir
del consultorio sabiendo dónde están las cosas
y cómo evolucionarán.
No asombrará, por lo tanto, que el psicoanálisis
sea abordado a veces de la misma manera. Esto se observa
sobre todo en aquellas personas que, sin saber demasiado
de qué se trata, vienen a buscar ayuda siguiendo
el consejo de su médico. A menudo, estas personas
se presentan al consultorio del analista, le ofrecen sus
problemas, sus demandas, su sufrimiento y quizá incluso
un poco de su historia personal. Regresan dos veces o tres,
tienen la impresión que pasa algo, aunque este "psi"
les parezca un poco demasiado silencioso y en alguna parte,
de modo que el tratamiento se hace esperar. No hay ni prescripción,
ni consejo, ni incluso, por regla general, grandes explicaciones
del tipo: si es tan infeliz hoy es porque cuando era pequeño
se quería casar con su madre y cocinar a papá
sobre el fuego hasta que estalle (véanse los niños
de Mélanie Klein), y que nunca pudo admitir el hecho
de que madre haya permanecido con papá.
Las
grandes respuestas, las soluciones eficaces, las resoluciones
definitivas se hacen esperar. ¿Cuándo es
que él va a curarme? ¿Qué es lo que
que espera? ¿Es un poco estúpido (a) de espíritu
o simplemente sordo (a)? ¿Un charlatán quizá?
Se encuentra en Winnicott cierta clase de filosofía,
o incluso de ética subyacente en su perspectiva clínica
en sus distintas descripciones de caso. Lo que se podría
entonces designar -con toda la prudencia del caso- como
orientación filosófica en Winnicott a partir
de algunas características de semejanza asombrosas
son los desarrollos de Émile
de Rousseau. Seguramente, Winnicott no tenía ningún
conocimiento particular de Émile, y al destacar algunas
semejanzas no se tiene la intención de detectar alguna
influencia, incluso subliminal.
(A
continuación, la versión completa en francés)
Winnicott
: Jeu et Observation
1.
De la pédiatrie à la psychanalyse
Entre 1928 et 1942, Winnicott publie une vingtaine d'articles
et son premier livre (Clinical Notes on Disorders of Childhood,
en 1931). On pourrait répartir ces travaux en trois
grandes catégories : les articles médicaux
à proprement parler, les articles psychologiques
ou psychiatriques et les articles traitant des rapports
entre psyché et soma. Les premiers articles de psychologie
ou de psychiatre, de même que ceux qui relèvent
de la problématique du rapport entre troubles psychiques
et affections corporelles mentionnent assez rarement le
terme de psychanalyse, et la citation du nom de Sigmund
Freud ou de ses oeuvres y est tout aussi rare. Anna Freud
y est évoquée presque aussi souvent que Sigmund
Freud et Mélanie Klein.
L'image générale que l'on peut esquisser à
partir des textes psychologiques et psychosomatiques de
cette période semble néanmoins nettement kleinienne.
Mélanie Klein elle-même déterminait
la question fondamentale de son approche comme étant
celle de l'angoisse et des destins de l'angoisse. Et à
l'instar de Mélanie Klein, Winnicott semble d'abord
s'intéresser aux questions de l'angoisse dans les
troubles psychiques et les affections psychosomatiques des
enfants. Le fait de gigoter (la bougeotte), de même
que les désordres de l'appétit, de la digestion,
du sommeil et les difficultés des rapports avec les
parents, les surs et frères et les autres enfants
représentent, aux yeux de Winnicott, autant de phénomènes
dus à l'angoisse consciente ou inconsciente. Dans
leur ensemble, ces textes témoignent donc d'une démarche
qui, sur le plan théorique, pourrait aisément
être attribuée à l'orientation kleinienne.
Toutefois, sur le plan clinique, une différence manifeste
se fait déjà ressentir. La pratique de Winnicott
se caractérise d'emblée par une sorte d'abstentionnisme.
Bien que dans la plupart de ces textes, Winnicott esquisse
des vignettes cliniques, l'intervention thérapeutique
semble presque hésitante, aussi bien sur le plan
médical que sur le plan psychologique. La raison
en est que Winnicott voit dans la plupart des symptômes
décrits, des caractéristiques de processus
qui n'ont rien de pathologique en eux-mêmes. Ainsi,
aux yeux de Winnicott, il n'y a rien de particulièrement
anormal à ce que les enfants se montrent angoissés,
ne parviennent pas à dormir, perdent leur appétit
ou se mettent à gigoter. Selon Winnicott, il s'agit
là de phénomènes simplement transitoires
qui accompagnent tout développement naturel, et par
rapport auxquels il vaut mieux s'abstenir de toute forme
d'intervention. Inversement, un traitement hâtif pourrait,
dans ces cas, contribuer à fixer, à développer
ou à installer des problèmes qui se résolvent
mieux et plus rapidement en n'y touchant point. On cherchera
en vain de telles réflexions chez Mélanie
Klein qui, contrairement à Winnicott, semble pencher
vers une activité interprétative plus importante,
plus aisément interventionniste.
2.
La clinique des enfants
La profonde inspiration kleinienne de Winnicott est patente.
Et c'est moins dans les considération théoriques,
que dans son travail clinique où se manifestent les
premières différences entre Winnicott et Mélanie
Klein. Quelques exemples tirés des textes de Winnicott
permettront de mesurer cette proximité et cette différence.
2.1. L'angoisse
Il est normal, remarque Winnicott dans son article de 1931
sur " la normalité et l'angoisse ", qu'un
enfant de deux ou trois ans soit très ému
ou agité à la naissance d'une petite sur
ou d'un petit frère. Ainsi, il arrive fréquemment
qu'un enfant, tout à fait sain et " robuste
" jusqu'à ce moment, tombe malade, se sente
malheureux, pique des crises de colère, et réagisse
par de l'énurésie, de la constipation, de
la congestion nasale. Si une maladie physique s'y rajoute
- coqueluche, pneumonie, gastro-entérite - cette
dernière mettra un temps beaucoup plus long à
guérir.
Il est important pour le médecin, écrit alors
Winnicott, de se rendre compte de ces causes psychiques.
À ces moments, l'enfant vit des expériences
très importantes - des frustrations, des déceptions,
des pertes de l'amour, la réalisation de la propre
faiblesse, du propre manque d'importance - et qui lui seront
d'une aide indispensable plus tard, quand il s'agira de
vivre tout seul, par ses propres moyens.
Une intervention thérapeutique intempestive ou déplacée
aurait comme effet de masquer l'importance de ces expériences
ou alors de les apparenter elles-mêmes à une
sorte de maladie.
La notion de normalité, que sous-tendent les réflexions
de Winnicott, n'est pas celle du fonctionnement infaillible,
du bonheur parfait ou de la beauté sans tâches.
La normalité à laquelle s'intéresse
Winnicott semble bien plus tenir de la capacité ou
la faculté qu'a l'enfant de vivre et d'élaborer
des expériences, les bonnes aussi bien que les mauvaises.
L'angoisse, la frustration, la déception, la tristesse
ou même la maladie font partie de la normalité,
pour peu qu'elles puissent faire l'objet d'une expérience
et donc d'un processus de maturation. À ce moment,
il ne s'agit pas d'intervenir, mais d'accompagner, en cas
de besoin.
Quelques
descriptions cliniques permettent de mieux voir que, ce
qu'avec Winnicott on pourrait désigner de "
troubles de la normalité ", ne se limite pas
à de subtiles gênes :
Joan
a un an et cinq mois quand sa maman l'emmène voir
le docteur Winnicott. Elle était parfaitement saine
jusqu'à l'âge de 13 mois, jusqu'au moment de
la naissance de son frère. À la suite de cet
événement, elle perd son appétit, mange
moins, devient maigre et pâle et sait, si on ne la
force pas, ne rien manger pendant presque toute une semaine.
Elle devient irritable et n'arrive pas à supporter
l'absence de sa mère sans être sujette à
de graves crises d'angoisse. Elle pince et mord le bébé,
et se montre effrayée par les animaux. Il ne faut
pas parler de son frère en sa présence, et
quand elle se trouve dans une pièce avec des garçons,
elle s'excite jusqu'au vomissement. Quand on lui donne du
chocolat, elle le met dans sa bouche, l'emmène ainsi
jusqu'à la maison et l'y recrache.
Joan
est une fille parfaitement saine, note Winnicott, et qui
a des parents d'une gentillesse exceptionnelle.Une autre
scène d'hôpital : un mère entre au cabinet
avec dans ses bras un bébé de deux mois. Les
deux se font devancer par une petite fille de trois ans.
La maman est là pour le bébé, mais
la petite fille se montre de plus en plus angoissée.
Jusqu'au moment où elle s'écrie : " Il
ne va pas lui couper la gorge n'est-ce pas ? " Son
petit frère souffre d'un ulcère du palais
en raison d'un usage intensif de sa sucette. Winnicott avait
demandé à la mère de la lui interdire
jusqu'à la disparition de l'ulcère. La petite
fille elle-même avait manifesté un attachement
très fort à sa sucette, et l'y déshabituer
n'avait pas été une mince affaire. Ainsi,
il arrivait à la mère exténuée
de lui dire : si tu reprends ta sucette, on te coupera la
gorge. Et la petite fille d'en tirer la conclusion logique,
écrit Winnicott, que le docteur désire ardemment
[to long for] couper la gorge du petit frère. Le
docteur l'assure que rien de tel ne lui arriverait, mais
l'angoisse refait jour rapidement avec les questions insistantes
: il ne va pas lui couper la gorge n'est-ce pas ?, il ne
va pas lui couper la gorge ? Jusqu'à ce que la mère,
enragée, lui lance : non, il ne va pas lui couper
la gorge, mais si tu ne t'arrêtes pas, c'est à
toi qu'il va couper la gorge ! La petite fille n'en semble
pas particulièrement affectée sur le moment,
mais quelques instants plus tard, elle est saisie par un
violent désir de faire pipi, et doit être amenée
aux toilettes d'urgence.Un autre exemple d'angoisse, bien
plus mystérieux. Un beau matin, Lilian, âgée
de deux ans et six mois se réveille en criant "
il n'y a pas de bicyclette dans la chambre ". Elle
reste saisie, depuis lors, d'une anxiété et
d'une nervosité dont elle ne parvient plus à
se libérer. Jusqu'à ce jour là, Lilian
était une fille parfaitement saine qui adorait ses
parents et qui avait un sommeil parfait ; ce dont les parents
n'étaient pas peu fiers. Mais depuis ce matin, elle
dort très mal, doit souvent passer ses nuits dans
le lit de ses parents, et ne supporte plus que sa mère
la quitte, même à l'intérieur de la
maison. Pendant quelque temps, elle avait perdu son appétit,
et elle semble avoir perdu tout intérêt en
général. Elle n'arrive plus à s'occuper
ou à jouer longtemps sans se fatiguer. Physiquement,
elle n'a aucun signe de maladie et s'avère être
en parfaite santé après l'examen physique.
La
tâche du pédiatre est donc extrêmement
difficile, précise Winnicott. D'un côté,
il doit faire de son mieux pour ne pas intervenir en cas
de troubles liés à l'angoisse, et de l'autre
côté, il ne doit jamais perdre de vue que quelque
part, il pourrait tout de même y avoir une cause physique.
Le
fait que dans le cas de l'angoisse, la distinction entre
troubles psychiques et troubles physiques n'est pas toujours
aussi claire et nette que la distinction conceptuelle entre
corps et âme, complique la situation davantage. Car
l'angoisse peut très bien se manifester par des symptômes
physiques. Voici un cas intéressant qui, au départ,
aurait pu paraître du même ordre que les autres,
mais qui connaît une suite moins optimiste :
Rosina a treize ans. Elle est une fille mince, grande et
porte de longs cheveux bouclés. Elle est née
un mois en avance. Sa mère raconte que les douleurs
de l'accouchement ont duré trois jours, et ont commencé
le jour du bombardement de Londres, en 1917. Elle pense
que le problème de Rosina est dû à son
accouchement angoissé. Rosina s'est mise à
pleurer une demi-heure après sa naissance, et elle
n'a pas vraiment cessé depuis.Toute jeune, elle connaissait
de premières complications : des convulsions pendant
le sommeil ou à l'état éveillé,
ainsi que des attaques au cours desquelles elle devenait
bleue. Pendant son enfance, elle souffrait de constipations
qui occasionnaient de nombreuses injections de médicaments.Aussi
est-elle systématiquement sujette à des effondrements
que les médecins attribuent à l'exhaustion
causée par sa nervosité. Dans ces cas, elle
reste allongée dans son lit sans se lever.Âgée
de deux ans, Rosina commençait à vivre des
terreurs nocturnes. Elle commençait l'école
à 5 ans, et s'y débrouille plutôt bien.À
l'âge de 8 ans elle est envoyée en consultation
chez le docteur Winnicott, pour la première fois,
en vue d'un traitement contre la chorée. Winnicott
reconnaît un faux diagnostic et se rend compte que
l'agitation, la nervosité de Rosina, est due à
son inquiétude et son anxiété intérieure.
Son problème avait attiré l'attention parce
qu'à l'école, elle ne cessait de renverser
son encre et à la maison, elle ne cessait de laisser
tomber ses assiettes. Rosina est également sujette
à des spasmes occasionnels. De 8 à 13 ans,
elle souffrait de toute une série de symptômes,
dont la plupart s'exprimaient par la simulation de maladies
physiques.Le père, un homme que Winnicott décrit
comme atteint d'une sévère hystérie
d'angoisse, accompagnée d'une psychose sous-jacente
- il avait été hospitalisé trois fois
pour cette raison -, exige que sa fille soit exclusivement
traitée par voie médicamenteuse. C'est ce
qui explique, selon Winnicott, la persistance de l'état
de Rosina pendant ces 5 ans.Suite à un alitement
forcé à l'âge de 10 ans, les choses
semblent s'empirer. Rosina devient de plus en plus nerveuse,
ses crises de terreur augmentent en nombre et il suffit
que quelqu'un frappe à la porte de sa chambre ou
froisse un papier pour les déclencher. Par ailleurs,
dès cette époque, elle est rigoureusement
incapable de rester seule à la maison.Elle développe
soudainement un appétit pantagruélique et
à partir de 11 ans, elle est sujette à des
pertes de conscience. Elle souffre d'importantes douleurs
au niveau du cur qui auraient pu laisser penser à
une angine de poitrine. La nuit, elle se réveille
souvent avec tous les symptômes d'une maladie somatique
- fièvre, froid, tremblements - mais, en règle
générale, suite à des cauchemars.Quand
elle vient voir Winnicott à 12 ans, elle souffre
de maux de tête et d'une nervosité continuelle.
Elle a contracté une habitude de mordre et de tousser.
L'école lui est devenu trop difficile, insupportable.
Elle fait des crises nerveuses et reste allongée
dans son lit pendant des jours. La nuit, elle se réveille
régulièrement terrifiée, voyant des
serpents partout.Quand elle revient voir Winnicott à
13 ans, elle souffre de douleurs aiguës qui se répandent
sur l'ensemble de son corps, et d'une hyperesthésie
généralisée. Elle a des crampes dans
les mains, se montre facilement excitée et s'insurge
contre tout. Ses angoisses sont toujours aussi importantes,
et comme elle voit des insectes partout, elle ne veut plus
sortir dans le jardin. Un mercredi, elle avait dû
vomir et depuis, elle craint les mercredis, parce qu'ils
lui rappellent sa régurgitation. L'examen ne révèle
toujours aucune maladie physique.
L'angoisse
peut se manifester avec tout un éventail de symptômes
physiques : la maigreur ou l'appétit démesuré,
à l'occasion, le mauvais sommeil, la pâleur,
la propension à la transpiration, à l'évanouissement,
aux maux de tête, aux migraines, et aux douleurs physiques
diffuses.
2.2. L'excitation
Le verbe " fidget " signifie, selon le Oxford
Dictionary, faire de petits mouvements par nervosité
ou impatience. Le nom " fidget " représente
la personne caractérisée par ces mouvements
; une personne agitée, qui ne cesse de bouger. Cette
hyperactivité ne s'exprime pas exclusivement par
l'agitation physique, mais également par une agitation
psychique ou idéationnelle. La concentration suppose
la réunion, l'unicité, la focalisation en
un point unique, et par se situe par conséquent aux
antipodes de la dispersion, de la diffusion, de la dilution,
de la dissolution, de l'éparpillement. C'est ce qui
permet d'affirmer, rien que sur le plan sémantique
et logique, le rapport intime entre l'agitation et les problèmes
de concentration.
Si l'on adoptait le point de vue de Mélanie Klein,
qui dans cette agitation hyperactive voyait un symptôme
plutôt hystérique, on pourrait également
penser que la caractéristique psychologique est celle
d'une défense de type plutôt schizoïde.
L'enfant, la personne, répond à l'angoisse
insupportable en distribuant sur attention sur de multiples
objets, idées et sentiments à la fois, c'est
à-dire, par un éparpillement (non-schizophrénique)
de l'attention du moi.
Il
semble important néanmoins d'insister sur la distinction
relevée par Winnicott : il est des agitations qui
sont dues à l'angoisse, dont la causalité
est psychique, et des agitations qui sont dues à
des affections proprement neurologiques. Winnicott y insiste
: un bon diagnostic est de la plus haute importance.
En 1931, Winnicott écrit qu'il faut savoir distinguer
entre trois choses : l'agitation angoissée, les tics
et la chorée. La chorée se manifeste par des
accès qui débutent entre cinq et quinze ans
qui se caractérisent par des mouvements musculaires
involontaires : grimaces soudaines, soulèvement de
l'épaule, flexions-extensions de l'avant-bras, brusques
déplacements des doigts, flexions subites des membres
inférieurs qui rendent la marche dansante et difficile.
2.3. L'appétit, le fantasme et le monde intérieur
Manger n'est pas un acte aussi simple qu'il paraît.
Manger se décline selon trois axes :
1.
La reconnaissance de la pulsion : je veux sucer, mordre,
manger. J'ai du plaisir à sucer, mordre, manger.
Et enfin : je suis satisfait d'avoir sucé, mordu,
mangé. 2. Le fantasme : quand j'ai faim, je pense
à ce que j'aimerais manger, à ce que j'aimerais
prendre en moi, dans mon corps et ce que j'aimerais laisser
ou rejeter à l'extérieur. 3. Le rapport du
fantasme au monde intérieur : le monde intérieur
est ce qui se passe en moi, ce sont tous les objets et personnages,
les situations et états en moi. Chez l'enfant, s'y
rajoute le monde intérieur imaginé de la mère.[1]
Pas de coliques, de vomissements, de diarrhée, de
constipation, d'anorexie chez l'enfant sans référence
au monde intérieur. Il suffit pour cela de s'en remettre
aux dires des enfants. Chez certains, il y a une guerre
dans le ventre où des soldats se battent aux épées.
Chez d'autres, de petites personnes assises autour d'une
table dans le ventre attendent que vienne la nourriture.
D'où les bruits d'assiettes qu'on entend parfois
dans le ventre.
3.
Remarques générales sur la 'philosophie' de
Winnicott
S'il l'on voulait trouver une marque distinctive de l'approche
winnicottienne, ce serait d'abord cette attitude de "
laisser-aller " particulière dans les premiers
articles des années trente et quarante. En même
temps, un terme tel que " laisser-aller " paraît
excessivement ambigu et pourrait surtout prêter à
tous les malentendus imaginables.
L'un des plus importants malentendus consisterait certainement
à penser que ce " laisser-aller " implique
chez Winnicott une sorte de passivité ou même
de désintérêt. Rien que sur ces deux
points, il faudrait d'emblée penser le contraire
: le " laisser-aller " représente une position
plutôt active et un intérêt que l'on
s'imaginera aussi fort que possible.
Le " laisser-aller " que met en avant Winnicott
s'avérerait bien mieux décrit par l'idée
de l'accompagnement. Cet accompagnement, quelle que soit
l'activité qu'il côtoie, est assez différent,
voire opposé à ce que l'on désigne
couramment de " prise en charge ". Y a-t-il pire,
en termes de liberté ou de dignité humaines,
ou même en termes d'intelligence ou d'existence autonome,
que d'être " pris en charge " ?
Car la prise en charge correspond, la plupart du temps -
non seulement sur le plan sémantique, mais également
dans les actes - à un type de direction ou d'orientation.
L'analysant, le patient, aurait-il vraiment besoin d'un
psychanalyste pour le prendre par la main et lui montrer
comment il faut penser, comment il faut agir ou ce qu'il
faut faire ?
Le concept du " traitement " a parfois un sens
similaire. Nous allons chez le médecin, nous lui
faisons part de nos douleurs et problèmes, nous répondons
à ses questions et, en contrepartie de la somme que
nous lui versons, il nous fournit des explications, des
conseils et une prescription. Et pour la plupart, si nous
suivons les conseils et les prescriptions, nos douleurs
disparaissent et nos problèmes se résolvent
à la manière et dans les délais qu'il
nous a indiqués. C'est extrêmement rassurant,
et souvent, on s'en sent presque guéri en sortant
du cabinet du fait de savoir où en sont les choses
et comment elles évolueront.
On ne s'étonnera pas, dès lors, que la psychanalyse
soit parfois abordée de la même manière.
Cela se remarque surtout d'ailleurs chez les personnes qui,
sans trop savoir à quoi s'attendre, viennent chercher
de l'aide en suivant le conseil de leur médecin.
Souvent, ces personnes se retrouvent dans le cabinet de
l'analyste, lui présentent leurs problèmes,
leurs questions, leur souffrance et peut-être même
un peu de leur histoire personnelle. Elles reviennent deux
fois ou trois, elles ont l'impression qu'il se passe quelque
chose, bien que ce 'psy' leur paraisse un peu par trop taciturne
et quelque part, le traitement se fait attendre. Il n'y
a ni prescription, ni conseil, ni même, en règle
générale, de grandes explications du type
: si vous êtes si malheureux aujourd'hui ce parce
que quand vous étiez petit vous vouliez épouser
maman et cuire papa sur le feu jusqu'à ce qu'il explose
(cf. les enfants de Mélanie Klein), et que vous n'avez
toujours pas admis le fait que maman soit restée
avec papa.
Les grandes réponses, les solutions efficaces, les
résolutions définitives se font attendre.
Quand est-ce qu'il/elle va me guérir ? Qu'est-ce
qu'il/elle attend ? Est-il/elle un peu obtus(e) de l'esprit
ou simplement sourd(e) ? Un charlatan peut-être ?
L'on trouve chez Winnicott une sorte de philosophie, voire
d'éthique sous-jacente à la perspective clinique
à l'uvre dans les différentes descriptions
de cas. Ce que l'on pourrait alors désigner - avec
toute la prudence qui s'impose - d'orientation philosophique
de Winnicott porte quelques traits de ressemblance étonnants
avec les développements de l'Émile de Rousseau.
Sans doute, Winnicott n'avait-il aucune connaissance particulière
de l'Émile, et il n'est pas question de relever les
quelques similarités dans l'intention de déceler
une quelconque influence, même cachée. La juxtaposition
des citations ci-dessous a comme seule fin de mieux marquer
ce qui, chez Winnicott, pourrait s'articuler comme orientation
immanente à la pratique décrite dans les premiers
textes.
" Votre bébé ne dépend pas de
vous pour la croissance et le développement. [...]
Chaque bébé est une étincelle vitale
et cette impulsion [urge] à la vie et la croissance
fait partie du bébé, quelque chose avec quoi
le bébé est né et qui est développé
d'une façon que nous n'avons pas besoin de comprendre.
" (Winnicott, The child the Family and the Outside
World, Penguin, 1957, 1991, p. 27)
"
Par exemple, si vous venez de mettre un bulbe dans votre
jardinière vous savez parfaitement bien que vous
n'avez pas besoin de faire pousser le bulbe en une jonquille.
Vous fournissez le bon type de terre ou fibre et vous maintenez
le bulbe suffisamment arrosé et le reste vient tout
naturellement, parce que le bulbe a de la vie en lui. Le
soin des enfants est beaucoup plus compliqué que
le soin d'un bulbe de jonquille, mais l'illustration suffit
à ma visée car avec le bulbe et l'enfant,
il se passe quelque chose qui n'est pas de votre responsabilité.
" (Winnicott, op. cit., p. 28)
"
C'est à toi que je m'adresse, tendre et prévoyante
mère, qui sus t'écarter de la grande route,
et garantir l'arbrisseau naissant du choc des opinions humaines!
Cultive, arrose la jeune plante avant qu'elle meure : ses
fruits feront un jour tes délices. Forme de bonne
heure une enceinte autour de l'âme de ton enfant ;
un autre en peut marquer le circuit, mais toi seule y dois
poser la barrière. " (Rousseau, Émile,
Livre Premier)
"
Dans le cours normal des événements, la mère
essaye de ne pas introduire des complications au-delà
de celles que l'enfant peut comprendre et admettre ; en
particulier, elle essaye d'isoler son bébé
d'accidents et d'autres phénomènes qui doivent
se situer au-delà de la faculté de compréhension
de l'enfant. D'une manière générale,
elle essaye de maintenir le monde de l'enfant aussi simple
que possible " (Winnicott, " Mind and it's Relation
to the Psyche-Soma ", Collected Papers, 245, London,
Karnac Books, 1958 [Tavistock Publications],1984)
"
Certains d'entre vous ont crée des uvres d'art.
Vous avez fait des dessins et des peintures, ou vous avez
modelé à partir d'argile ou vous avez tricoté
des pull-overs ou fait des habits. Quand vous faisiez ces
choses, ce qui en résultait était fait par
vous. Les bébés sont différents, et
vous êtes la mère qui fournit un environnement
adapté. Quelques personnes semblent concevoir l'enfant
comme de l'argile dans les mains d'un potier. Ils commencent
par modeler l'enfant et par se sentir responsables du résultat.
Cela est plutôt faux. " (Winnicott, The child
the Family and the Outside World, Penguin, 1957, 1991, p.
28)
"
Tout est bien sortant des mains de l'Auteur des choses,
tout dégénère entre les mains de l'homme.
Il force une terre à nourrir les productions d'une
autre, un arbre à porter les fruits d'un autre ;
il mêle et confond les climats, les éléments,
les saisons ; il mutile son chien, son cheval, son esclave
; il bouleverse tout, il défigure tout, il aime la
difformité, les monstres ; il ne veut rien tel que
l'a fait la nature, pas même l'homme ; il le faut
dresser pour lui, comme un cheval de manège ; il
le faut contourner à sa mode, comme un arbre de son
jardin. " (Rousseau, Émile, Livre Premier)
Winnicott
reviendra sur certains de ces remarques par la suite, notamment
sur ce qu'elles pourraient laisser sous-entendre de l'indifférence
de l'environnement dans le développement de l'enfant.
C'est dans le contexte de cette orientation que naît
la première pratique du jeu. Ce jeu ne pourra dès
lors être conçu comme l'application d'une méthode
de traitement, comme une activité thérapeutique
de la part du pédiatre, mais plutôt comme la
mise en place d'un lieu où des processus peuvent
se mettre en place sans l'intervention des adultes.
4.
Le jeu de la spatule
Règle du jeu :
Lors d'un entretien avec la mère, il est convenu
de laisser le bébé complètement libre
de ses actes, de ni l'empêcher, ni l'encourager. Au
milieu de la table, se trouvent des spatules métalliques
brillantes.
Stade
1 :
Le bébé qui a vu le petit objet brillant,
après un certain temps, essaye d'y mettre sa main.
Une fois que la main y est, il s'arrête. Qu'est-ce
qu'il va faire désormais ? Va-t-il se saisir de la
spatule, va-t-il la laisser ? Peut-être qu'il la laissera
dans un premier temps. Aucun encouragement ou interdit ne
doit intervenir à ce moment.
Winnicott remarque astucieusement que ce mode d'emploi permet
en même temps d'avoir quelques informations sur la
mère. Est-elle prête à laisser son enfant
bouger librement, à le laisser saisir l'objet de
son intérêt et le laisser balancer par terre,
ou alors, le lui interdit-elle, ou se trouve-t-elle mal
à l'aise, ou encore, tente-t-elle de l'y encourager
tout de même, etc. On pourrait se demander néanmoins
dans quelle mesure les résultats d'une telle observation
sont significatifs du " comportement de la mère
à la maison " (Winnicott, Collected Papers,
p. 53). Car si l'enfant est en quelque sorte pris dans un
cadre particulier, la mère l'est également.
Plus que son enfant, elle se trouve dans une situation de
transfert, à l'hôpital, face à un médecin
dont elle risque de connaître la réputation,
etc. À l'époque, Winnicott avait déjà
acquis une solide réputation de pédiatre.
Dans les années trente, il bénéficiait
également d'une certaine célébrité
du fait de ses discours aux mères à la radio.
Stade
2 :
Le stade de l'hésitation. Le bébé peut
se tourner vers sa mère, puis vers ce Monsieur en
face de lui avec un regard interrogateur. Il peut s'immobiliser
complètement, ou alors cacher sa tête dans
les bras ou la chemise de sa mère.
Puis lentement, le bébé commence à
développer une certaine confiance dans son désir,
dans son souhait de se saisir de la spatule. Au moment où
il accepte son désir, l'image change. Son comportement
devient plus assuré, il s'en faut de peu et il commence
à mettre la spatule dans sa bouche, à la mordiller
avec des sons de satisfaction ou à imiter le père
fumant sa pipe etc.
Le bébé prend alors lentement possession de
la spatule, et la lui enlever à ce moment, écrit
Winnicott, est difficile sans l'application d'une force
brutale (brutal strengh).
Une
fois qu'il a complètement pris possession de la spatule,
il commence à jouer avec. La spatule devient alors
pour lui un moyen d'expression. Il l'utilise pour frapper
sur la table, ou tout autre objet qu'il y trouve afin d'en
faire autant de bruit que possible. Ou alors, il la tient
à la bouche de sa mère ou du Monsieur et se
réjouit si ceux-ci fond semblant de la sucer. Ce
faire semblant est important, car si jamais quiconque s'y
met vraiment semble gâcher le plaisir du bébé.
Il faudrait penser que le bébé, dans son jeu,
attend qu'on fasse semblant. Et Winnicott de remarquer qu'il
n'a jamais vu d'enfant, à ce moment du jeu, se montrer
insatisfait ou déçu du fait que la spatule
n'était pas vraiment comestible ou ne contenait pas
vraiment de la nourriture.
Stade
3 :
Enfin, le bébé laisse tomber la spatule, comme
par erreur. Si on la lui rend, il en joue un peu à
nouveau, puis la jette à nouveau, mais de manière
plus délibérée. Si l'on continue à
la lui restituer, le jeu consistera pour lui à s'en
débarrasser de manière de plus en plus agressive.
Et il se réjouit particulièrement si, en tombant,
la spatule fait plein de bruit.
La
fin de cette expérience est atteinte quand le, bébé
manifeste son souhait d'être déposé
par terre pour commencer d'autres jeux avec la spatule,
ou au moment où il commence à s'intéresser
à d'autres objets sur la table ou dans la pièce.
5. Le jeu - situation normale, variations
Les trois étapes du jeu décrites ci-dessus
correspondent à ce que Winnicott désigne de
" normal ". Avec une petite limitation supplémentaire
: au-delà de l'âge de 13 mois, le jeu ne semble
plus fonctionner de la même manière. Après
13 mois, remarque Winnicott, la situation se complique rapidement
et témoigne des complexités d'une analyse
d'enfants. En gros, ce jeu peut fonctionner suivant les
conditions données entre 5 et 13 mois.
Tout ce qui s'écarte de la variante normale du jeu
avec ses trois phases, toute prolongation exagérée
de l'une des phases, tout arrêt en cours de route
ou alors toute catastrophe émotionnelle causée
par la situation établie est significatif, selon
Winnicott.
Le
jeu sert à deux fins : d'une part, il permet d'identifier
un certain nombre de problèmes psychiques chez l'enfant,
et de l'autre, il devrait même permettre un certain
travail thérapeutique. Winnicott ne semble pas particulièrement
insister sur ce point. Dans le contexte kleinien persistait
la limite approximative de 2 ans et demi, voire de 3 ans
pour l'approche psychanalytique de l'enfant. L'idée
d'une psychothérapie psychanalytique d'enfants de
5 mois représenterait alors une avancée "
technique " considérable. Mais, d'une part,
Winnicott ne semble pas particulièrement vouloir
considérer son petit jeu comme une méthode
proprement psychanalytique. Ce qui plus est, Winnicott semble
se limiter d'en esquisser la possibilité, et en fait,
s'il dit cette possibilité confirmée par son
expérience, nous n'avons que deux cas qui viennent
l'illustrer.
Voyons
la description d'une variante du jeu :
Margaret, une petite fille de sept mois souffre d'asthme.
La mère elle-même souffrait d'asthme quand
alors qu'elle était enceinte de sa fille, et elle
a reconnu le problème de sa fille à cause
de sa respiration sifflante pendant le sommeil. Margaret
a de bons rapports avec sa mère, et même avec
sa sur, plus âgée de 16 mois, bien que
cette dernière ait été jalouse à
sa naissance. Mais c'est son papa que Margaret préfère.
C'est vers lui qu'elle se tourne quand elle a des problèmes,
et c'est lui qui arrive à la faire dormir. Margaret
sait déjà l'appeler par son nom, mais pas
sa maman.L'asthme de Margaret s'est annoncé progressivement.
D'abord, elle avait le sommeil agité, elle ne dormait
que de courts moments pour se réveiller, crier, pleurer
et trembler. Ensuite, elle a commencé à introduire
son poing dans la bouche de manière de plus en plus
compulsive. Puis, à la suite d'un rhume, le sifflement
s'est manifesté.Au jeu de la spatule, Margaret se
montre immédiatement saisie par le plus vif intérêt
face au petit objet brillant qu'elle découvre à
portée main. Elle se tourne vers le docteur, le regarde
longuement avec de grands yeux en émettant de petits
soupirs. Cette hésitation s'étend sur 5 minutes
et Margaret ne semble pas à même de se décider.
Elle finit tout de même par s'emparer du petit objet,
mais seulement pour recommencer à hésiter.
Le mettra-t-elle dans sa bouche ? Ce n'est pas l'envie qui
semble lui manquer, mais à nouveau, elle ne parvient
pas vraiment à se décider. Quoi qu'il en soit
de la longueur de ces hésitations, Winnicott n'y
voit rien qui se distingue de la situation normale.Plus
significatif est le fait que pendant ces deux moments d'hésitation,
Margaret manifeste tous les signes d'une petite crise d'asthme.
L'asthme cesse pour de bon le moment où elle réussit
à mettre la spatule dans sa bouche, au moment où,
selon la description de Winnicott, l'observation a pris
fin et où elle se réjouit de son activité
ludique. Winnicott ne fait que relever la simultanéité
des deux phénomènes.À la deuxième
consultation, même hésitation chez Margaret.
Puis, après plusieurs visites, c'est la confiance
qui l'emporte, Margaret se saisit de la spatule avec assurance,
la met dans sa bouche et la mordille avec plaisir en faisant
des bruits. Elle commence par laisser tomber la spatule,
pour la jeter ensuite, et pour recommencer à en jouer
avec le plus grand plaisir, et en faisant plein de bruits
tout en regardant sa maman et le docteur avec des yeux remplis
de joie.Lentement, elle se désintéresse de
la spatule pour aller à la découverte d'autres
objets dans la salle. Elle s'intéresse surtout à
une petite écuelle, découverte sur la table,
joue avec, puis la laisse tomber à son tour. Après
cela, elle manifeste son souhait d'être déposée
par terre, ce qui est fait. Le docteur lui met également
la spatule et l'écuelle par terre. Margaret a l'air
d'être content de vivre. Elle regarde sa maman, elle
regarde le docteur, joue avec ses orteils, avec la spatule
avec l'écuelle, mais jamais avec plusieurs objets
à la fois. À un moment donné, elle
se saisit de l'écuelle et de la spatule en même
temps, mais seulement pour jeter la spatule. Quand, comme
auparavant, le docteur la lui ramène, elle commence
par la prendre en main et pour finir l'utiliser en tapant
dessus en faisant le plus de bruit possible.À la
prochaine consultation, deux semaines plus tard, Margaret
n'a plus fait de crises d'asthme. Et bien qu'elle reste
toujours susceptible d'en refaire, même 21 mois plus
tard, elle semble en avoir été épargnée.
Note intéressante : la mère remarque que pendant
cette période, son asthme à elle s'est déclaré
de nouveau.Interprétation :
La variation la plus fréquente par rapport à
la 'situation normale' se situe au moment de l'hésitation.
C'est ici que les avis des bébés semblent
différer de la manière la plus importante.
Ce n'est pas le cas de Margaret.
Une première observation de Winnicott, somme toute
assez évidente, est que les spasmes bronchiaux qui
vont de pair avec les moments d'hésitation ont un
rapport intime avec l'angoisse. L'angoisse, quant à
elle, naît des événements du monde intérieur.
Ce qui fournirait une orientation de base pour une approche
psychanalytique de la composante psychique de l'asthme.
Le rapport entre angoisse et asthme n'est néanmoins
qu'une hypothèse de travail. Il se pourrait, selon
Winnicott, qu'en l'occurrence, il ne s'agisse que d'un simple
hasard.
L'observation des enfants ne permet néanmoins jamais
de dépasser les hypothèses explicatives. Ces
hypothèses peuvent être émises avec
plus ou moins de probabilité, mais ne correspondent
jamais au degré plus grand de certitude qui peut
être acquis par le biais du travail analytique avec
les enfants. La limite des deux ou trois ans reste.On remarque
en effet que ce stade pose souvent des problèmes
jusqu'à l'âge adulte. Qui ne connaît
ces personnes ou, pourquoi pas, ces moments chez nous-mêmes,
où le naît le sentiment de ne plus supporter
le groupe, de ne plus supporter d'être avec plusieurs
personnes à la fois. Un dîner en tête-à-tête
semble parfaitement agréable, mais dès qu'on
est à plusieurs, rien ne va plus.Selon Winnicott,
cette étape du développement se décide
avant la fin de la première année. En dépend
la capacité pour l'enfant de participer à
la vie familiale, et plus tard à la vie sociale.
L'articulation de deux ou plusieurs personnes ajoute une
complication supplémentaire aux réalisations
de la position dépressive. Si la perlaboration de
la position dépressive donne lieu à la synthèse
de l'amour et de la haine en un seul objet, de l'ambivalence
à l'égard d'une personne qui n'a plus, dès
lors, besoin d'être clivée en une partie absolument
bonne et une partie tout aussi méchante, l'articulation
de plusieurs personnes multiplie le phénomène
et l'effort psychique pour le mettre en uvre. L'envie,
l'avidité, la jalousie, la haine, l'angoisse persécutrice
et l'angoisse de la culpabilité se distribuent alors
selon l'articulation des personnes.
Est-il
possible de prendre la spatule, de laisser libre cours à
son avidité, sans que l'une des personnes ne s'en
offense ou devienne persécutrice ? Est-ce que ce
sera maman qui se fâchera ou le docteur ? Ce qui est
en question, par exemple, est le partage du sein maternel.
Si l'avidité est assumée avec trop de plaisir,
il ne restera rien du sein pour papa ou la sur ou
le frère. Ce serait les priver, et dans une certaine
mesure, les détruire. Nous retrouvons là une
variante du " retour des mauvais objets " (Fairbairn),
dans une situation devenue plus complexe. Ma satisfaction
complète comporte en même temps l'attaque fantasmatique
d'autres personnes. Quand je suis vraiment bien avec maman,
je tue mes frères et surs et mon père.
Il
s'agit d'une pensée fantasmatique que l'on retrouve
tout autant chez les adultes. " Je ne puis pas goûter
au bonheur parfait, alors que parfois, je le ressens ",
entend-on dire parfois. " Si je vis ce bonheur, il
m'arrive toujours toutes sortes de malheurs. " C'est
notamment la personne aimée qui ne pourra plus me
supporter. Donc : il ne faut pas montrer son bonheur, car
ma copine, mon épouse ou mon copain ou mon époux
ne supportent pas.
Qui sait ? L'idée de la castration transfigurée
en morale est peut-être née de fantasmes de
ce type ? Je ne dois pas " transgresser ", c'est-à-dire
laisser libre cours à mon avidité, à
mon envie, à ma jalousie ou à ma haine, parce
que sinon, j'attaque les autres, et il m'arrivera toutes
sortes de malheurs en retour. Il faut donc que je me retienne,
que je me bride, que je ne fasse pas à autrui ce
que ne n'aimerais pas ce qu'ils me fassent. Ainsi, la Loi
de la castration rejoint en effet les principes de la charité
chrétienne.
6.
Considérations théoriques générales
Spatule et fantasmes
Le moment de l'hésitation accompagnée d'angoisse
ne répond, en règle générale,
pas à une crainte de la réaction de la mère.
L'angoisse est bien une angoisse de conscience, elle est
endogène. (Dans le cas normal, c'est-à-dire
quand la mère n'intervient pas.) Et Winnicott de
remarquer que dans ce cas, c'est une angoisse issue du surmoi.
Ce qui signifie aussi que Winnicott reprend l'idée
kleinienne du surmoi précoce, du surmoi qui précède
de loin la situation dipienne, telle que conçue
par Freud.
Si ce n'est pas de l'attitude de la mère que naît
l'angoisse, c'est de l'image de la mère réprobatrice,
sévère, etc. Le lieu d'origine de l'angoisse,
c'est-à-dire l'attente ou l'anticipation angoissée
de la part du bébé, est à l'origine
d'un conflit que l'on pourrait certainement appeler "
conflit de conscience ".
Et
si, à l'instar de Winnicott, nous adoptons la perspective
kleinienne, la mère de l'angoisse du bébé
n'est pas simplement le décalque de la mère
réelle. Elle peut tout aussi bien représenter
l'expérience réelle mélangée
aux divers fantasmes (oraux, anaux) sadiques. Winnicott
remarque que l'idée du fantasme de l'enfant ne plait
pas à tout le monde, mais qu'il faut la supposer
pour expliquer les phénomènes psychiques de
cet âge. Le mélange d'expérience réelle
et de fantasme se conçoit comme un mélange
de représentations d'objets, de personnes réelles,
et de parties de personnes. Le monde intérieur correspond
à la configuration de ces objets et il existe en
relation permanente avec le monde extérieur.
Winnicott
soutient donc avec Mélanie Klein que les enfants,
même ceux de 7 mois, ont des fantasmes. Ce qui distingue
ces fantasmes de ceux des adultes, c'est que les premiers
ne sont pas encore " attachés à des représentations
de mots "[2].
Ils n'en sont pas moins riches de contenu et d'émotions
et peuvent constituer le fondement sur lequel toute la vie
fantasmatique subséquente est construite.Que représente
la spatule dans ce jeu ? La première réponse
serait que la spatule peut représenter le sein. Le
fait que l'enfant la porte à sa bouche, la suce,
la mordille pointe dans cette direction. Qu'en est-il alors,
demande Winnicott, de l'idée qu'il s'agirait d'un
symbole du pénis ?
La réponse paraît désarmante dans sa
simplicité, et en dit long sur l'impact que peuvent
avoir les belles théories sur la manière d'épeler
les phénomènes. Pour l'enfant, il ne peut
s'agir d'un pénis ou d'un phallus parce qu'à
ce stade, l'enfant ne sait rien ou pas grand chose du pénis,
de sa fonction et de sa signification. Qu'est-ce que le
pénis pour un bébé de sept mois ? Peut-être
tout au plus quelque chose qui a plus à voir avec
papa qu'avec maman. Si donc l'on voulait absolument maintenir
le symbole du pénis, on pourrait dire : voilà
quelque chose comme un sein, le seul objet que l'enfant
connaisse vraiment, mais qui est peut-être plus du
côté de papa que de maman. On aurait sauvé
la théorie, mais pas gagné grand chose dans
l'explication du phénomène.
Par ailleurs, remarque Winnicott, ce que le garçon
apprendra à connaître plus tard comme pénis,
il l'attribue d'abord à la mère et au sein
: le fait d'être vivant, la ponctualité des
moments de nutrition, la fiabilité, peut-être
le fait de se pointer sur le corps, de la posture en érection
du corps, etc. Ce qui fait qu'en fin de compte, le pénis
lui-même, avant d'être pénis à
proprement parler, est perçu à partir de l'expérience
du sein, et l'expérience du sein elle-même
se compose d'une synthèse de perceptions, de fantasmes
(eux-mêmes issus de perceptions et d'expériences
sensibles mélangés à des " pensées
inconscientes ") et de " cent autre choses qui
relèvent de la mère et qui ne sont pas essentiellement
elle-même. "[3]Sinon,
la spatule peut représenter d'autres personnes. Freud
l'avait montré avec un garçon de 18 mois,
identifiant une bobine à sa mère : le regard
permet d'intérioriser des personnes entières.
Winnicott pense qu'il en est ainsi dès l'age de 4
mois, soit le début de la position dépressive
selon Mélanie Klein.
Sur ce point, une différence nette se fait sentir
entre l'approche freudienne et l'approche lacanienne. Cette
différence porte sur la fonction et la place du langage
dans le psychisme. Pour résumer cette opposition
en une formule concise : dans les approches freudiennes
(Abraham, Ferenczi, Klein, Winnicott, Bion, etc.), le langage
relève toujours des processus secondaires - conscients
ou préconscients - alors que l'inconscient précède
le langage et y reste étranger. Dans les approches
lacaniennes, le langage est conçu comme le milieu
essentiel du psychisme en général.
Du
point de vue freudien, cet absolu du langage ne parvient
jamais à saisir l'inconscient, mais se voit contraint
de rester " en surface ". Du point de vue lacanien,
Freud se serait trompé dans sa conception de l'inconscient
en raison de ses partis pris " scientistes " et
parce qu'il n'aurait pas eu accès aux " bonnes
" ou " vraies " conceptions du langage. Dans
cette mesure, Winnicott semble donc résolument freudien.
Remarques sur les effets thérapeutiques du jeu
Le jeu des enfants de Winnicott semble d'abord assez simple.
Il permet néanmoins une observation assez fine de
l'enfant. D'un certain point de vue, on pourrait même
y voir comme une avancée dans l'abord psychanalytique
des enfants, peut-être un modèle que l'on pourrait
varier, développer, etc. Quoi qu'il en soit, le jeu
s'avère surtout utile pour l'observation de l'enfant.
Ce
qui reste bien plus obscur, c'est l'idée de l'effet
thérapeutique du jeu. Pourquoi, le fait de laisser
jouer un bébé avec une spatule serait-il thérapeutique
? Winnicott, n'exagère-t-il pas en affirmant que
cette observation est en même temps thérapeutique
?
Comment
s'opère la thérapie ?
La réponse de Winnicott est la suivante :
L'expérience de l'enfant, qui consiste à souhaiter
prendre la spatule, à oser la prendre, à la
prendre et puis à la rejeter, même à
l'utiliser pour en faire un bruit d'enfer, a des effets
si elle peut s'effectuer dans un environnement stable. Un
environnement qui tient le coup, quoi qu'il en soit de l'avidité
qui puisse s'y développer. C'est ce que Bion désignera
plus tard de " contenant ". Or, la répétition
de cette expérience est à la base de l'effet
thérapeutique du jeu de la spatule. La répétition
permet à l'enfant de gagner confiance en soi, dans
l'environnement, c'est-à-dire dans les personnes
adultes. En résulte un " sentiment général
de sécurité ". Ce qui plus est, grâce
à cet environnement stable et amical, les personnages
du monde intérieur trouvent également la paix
et la conviction qu'à l'intérieur, les choses
peuvent être aussi stables qu'à l'extérieur.
S'il faut en croire Winnicott, Les répercussions
de cette expérience ne sont pas seulement psychiques,
mais apportent également quelques améliorations
sur le plan de la santé physique. La sécurité
intérieure et l'assurance, la possibilité
de vivre et d'élaborer les pulsions agressives transforme
le jeu en une expérience active et stabilisante.
L'effet thérapeutique vient donc de la possibilité
de " l'expérience complète ", d'une
expérience faite de bout en bout, et non pas interrompue
par une quelconque nécessité de castration
ou d'imposition des limites. (Sur ce point, Winnicott sait
toutefois nuancer. Il ne s'agit pas pour lui de soutenir
qu'il ne faut jamais et nulle part mettre des limites. Dans
certaines situations, notamment dans le cas de tendances
asociales et criminelles ou même schizophréniques,
l'adulte qui impose des " limites " peut libérer
l'enfant d'une excitation - positive ou négative
- dépourvue de tout frein et qui menace provoquer
les angoisses les plus importantes. Ici la limite sert de
protection contre un déchaînement ou une décompensation
fantasmatique.) L'astuce du jeu consiste dans cette idée
: fournir à l'enfant un environnement où il
peut s'adonner une " expérience complète
". C'est ce qui distingue fondamentalement la notion
de l'environnement de celle du cadre, à proprement
parler. Car le cadre se caractérise justement d'imposer
des limites, des lignes à ne pas franchir. L'environnement
rassurant de Winnicott, au contraire, se caractérise
par la suppression de ces lignes. On pourrait penser que
le cadre importe ses limites depuis un 'extérieur'
- des convictions morales, religieuses, philosophiques ou
simplement névrotiques - alors que l'environnement
doit permettre à l'enfant de créer ou de découvrir
et de suivre ses propres lignes. La différence entre
le " faux soi " et le " vrai soi " s'annonce
déjà. (Le faux soi résulte de la soumission
passive aux injonctions extérieures. Il est aux antipodes
de la créativité.)
La psychanalyse comme jeu de spatules
Sur ce point, il vient une idée à Winnicott
(1941), qui s'avérera fondamentale pour son approche
de la psychanalyse. La psychanalyse, remarque Winnicott
en passant, ressemble au jeu de la spatule. L'analyste laisse
le patient imposer sa vitesse, son rythme, le laisse même,
autant que faire se peut, décider de ses allées
et venues et s'en tient aux horaires qui ont été
fixés. À partir de là, il lui fournit
un environnement Où des processus d'élaboration
et de maturation peuvent se mettre en place, au prix parfois
de profondes régressions. La différence est
que, contrairement au jeu de la spatule, l'analyste tente
de saisir, dans le matériel que lui fournit le patient,
ce qui se passe sur le plan de l'inconscient. Dans cette
mesure - même si c'est parfois difficile à
croire - le psychanalyste est plus actif que le pédiatre
du jeu de la spatule, qui peut se satisfaire de fournir
un environnement pour des expériences complètes.
Et parfois, quand l'analyste parvient à voir derrière
tous les détails du matériel, il fournit une
interprétation qui ressemble au petit objet étincelant,
et qui stimule l'avidité du patient.
Rien ne nous empêche d'ailleurs d'inverser la perspective.
L'idée qu'acquiert l'analyse au fil d'une séance
peut tout aussi bien représenter un bel objet étincelant
pour lui-même, un objet devant lequel il peut hésiter,
qu'il peut faire sien, et jeter, etc.