La
relación de la madre con su hijo de pecho es ciertamente
estrecha y de profunda intimidad. Cerrada en una serie de
gestos delicados, de silencios prolongados y de delicada
sensualidad mutua. También de furiosa tiranía
-por parte del infans- y de furia pasional, por parte de
una madre que por momentos "se lo comería"
y por momentos desearía desapareciera un largo rato
para poder descansar... Exceso de realidad en una relación
que deberá ir reconociendo sus ritmos: de encuentros
y desencuentros, de paz y furia, de amor y resentimiento,
de placer y dolor. Realidad que deberá encontrar
sus metáforas, aquellas pocas que puedan ir poniendo
orden y distancia en el estrechamiento que los une, construir
un ritmo en esa mutualidad que amenaza con su movimiento
de ahogo inevitable. La madre progresará desde cierta
integridad sin nombre, desde un real de plenitud enceguecedora,
hacia ciertos símbolos que le preservarán
el alma y, sobre todo, el cuerpo. Habrá entonces,
breves estremecimientos de agitada vitalidad en su agonía
de mujer, alternado con las rumias apagadas de un moribundo
-en la excitación de sus cuidados-. Sin embargo,
en ella -a diferencia de lo que sucede en su esposo-, el
infans, mucho antes que la dañe con su alarido inicial,
debió echar raíces en esos difusos y ambiguos
sueños que se tejen desde la angustia y los anhelos
de un embarazo; y un embarazo al que sostuvo primero esas
angustias y esos sueños que se empiezan a tejer en
los juegos de la infancia, más tarde en las ilusiones
de adolescente, más tarde aún, en el riesgo
de que ninguna mujer desea medir del todo: la ilusión
de ser madre. Con el infans, como lo expresa Pascal Quignard
(1), "Comenzamos devorando a nuestra
madre en su propio vientre. Después en su leche.
Por su mirada, le arrebatamos la lengua. Somos todos ladrones.
Al responder a sus sonrisas, creamos al sentido. La instrucción
no es sino chupar los huesos de los cadáveres, horadarlos,
imbuirse de la muerte de nuestros predecesores. La vida
es pegarse como parásitos a las obras, a las ruinas
de las obras. Al recuerdo de las obras. Vivimos rodeados
de alucinaciones que apenas disimulan la carencia o la ausencia.
Nuestra existencia es precaria y falta de sincronía.
Comenzamos demasiado pronto. Morimos, sin excepción,
antes de haber madurado. Lo originario es siempre invisible.
Los auténticos mensajes recorren los cuerpos a espaldas
de quienes los intercambian". Por ahí dice
Winnicott que la madre se presenta a su hijo con su pecho
"y su ansia potencial de alimentarle",
lo que parece incluir, "admitir dejarse comer un poco".
Dentelladas que arrebatan, poco a poco, sentido... De la
leche que nutre a la carne que se chupa, de la teta a la
madre que ama, de la madre al padre que los mira. De la
carne de la "cosa", a la metáfora que la
alude y elude.
Con el padre, al revés: éste comienza por
ser demasiado "simbólico", por gravitar
a distancia, para dar, poco a poco, la carne de sus sueños,
lo real de su presencia, en olores, sonidos y otras sensualidades.
Con la madre, el infans, parte de lo más vivo a lo
más atenuado del sentido. Desde el nombre inequívoco
pero impronunciable, a ese discurso que empieza a abarcar
un poco más al mundo aunque perdiendo precisión,
ganando territorio y perdiendo dominio... . Con el padre,
de pronto, la sorpresa de nombrar con la acción,
la sorpresa del sentido que preña bien al gesto,
del padre, un día, la experiencia. La madre está
viva, demasiado viva en el principio, al padre habrá
que sacudirle cierta muerte dogmática en su posición
inicial. A un padre hay que "hacerlo hablar";
a una madre es difícil "hacerla callar...".
Pero, como dice Quignard, "lo originario es siempre
invisible. Los auténticos mensajes recorren los cuerpos
a espaldas de quienes los intercambian". Un cadáver
en la función paterna que cobra vida y se hace hombre,
una madre que admite su agonía y refleja la mujer:
construimos así una historia que recordar, con la
que emocionarnos y donde reconocernos... . En fin, poca
cosa, algo para disimular un poco "lo ausente y la
carencia". Chupar lo vivo para arrancar sentido, chupar
cadáveres para poder encontrar los nombres que otros
dieron a ese sentido, crear nuestra versión de las
cosas y morir, sin excepción, antes de entender de
qué se trataba... (afortunadamente).
danielripesi@hotmail.com.ar