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Exilio y conquista de un cuerpo y un nombre

por Daniel Ripesi


La relación de la madre con su hijo de pecho es ciertamente estrecha y de profunda intimidad. Cerrada en una serie de gestos delicados, de silencios prolongados y de delicada sensualidad mutua. También de furiosa tiranía -por parte del infans- y de furia pasional, por parte de una madre que por momentos "se lo comería" y por momentos desearía desapareciera un largo rato para poder descansar... Exceso de realidad en una relación que deberá ir reconociendo sus ritmos: de encuentros y desencuentros, de paz y furia, de amor y resentimiento, de placer y dolor. Realidad que deberá encontrar sus metáforas, aquellas pocas que puedan ir poniendo orden y distancia en el estrechamiento que los une, construir un ritmo en esa mutualidad que amenaza con su movimiento de ahogo inevitable. La madre progresará desde cierta integridad sin nombre, desde un real de plenitud enceguecedora, hacia ciertos símbolos que le preservarán el alma y, sobre todo, el cuerpo. Habrá entonces, breves estremecimientos de agitada vitalidad en su agonía de mujer, alternado con las rumias apagadas de un moribundo -en la excitación de sus cuidados-. Sin embargo, en ella -a diferencia de lo que sucede en su esposo-, el infans, mucho antes que la dañe con su alarido inicial, debió echar raíces en esos difusos y ambiguos sueños que se tejen desde la angustia y los anhelos de un embarazo; y un embarazo al que sostuvo primero esas angustias y esos sueños que se empiezan a tejer en los juegos de la infancia, más tarde en las ilusiones de adolescente, más tarde aún, en el riesgo de que ninguna mujer desea medir del todo: la ilusión de ser madre. Con el infans, como lo expresa Pascal Quignard (1), "Comenzamos devorando a nuestra madre en su propio vientre. Después en su leche. Por su mirada, le arrebatamos la lengua. Somos todos ladrones. Al responder a sus sonrisas, creamos al sentido. La instrucción no es sino chupar los huesos de los cadáveres, horadarlos, imbuirse de la muerte de nuestros predecesores. La vida es pegarse como parásitos a las obras, a las ruinas de las obras. Al recuerdo de las obras. Vivimos rodeados de alucinaciones que apenas disimulan la carencia o la ausencia. Nuestra existencia es precaria y falta de sincronía. Comenzamos demasiado pronto. Morimos, sin excepción, antes de haber madurado. Lo originario es siempre invisible. Los auténticos mensajes recorren los cuerpos a espaldas de quienes los intercambian". Por ahí dice Winnicott que la madre se presenta a su hijo con su pecho "y su ansia potencial de alimentarle", lo que parece incluir, "admitir dejarse comer un poco". Dentelladas que arrebatan, poco a poco, sentido... De la leche que nutre a la carne que se chupa, de la teta a la madre que ama, de la madre al padre que los mira. De la carne de la "cosa", a la metáfora que la alude y elude.
Con el padre, al revés: éste comienza por ser demasiado "simbólico", por gravitar a distancia, para dar, poco a poco, la carne de sus sueños, lo real de su presencia, en olores, sonidos y otras sensualidades. Con la madre, el infans, parte de lo más vivo a lo más atenuado del sentido. Desde el nombre inequívoco pero impronunciable, a ese discurso que empieza a abarcar un poco más al mundo aunque perdiendo precisión, ganando territorio y perdiendo dominio... . Con el padre, de pronto, la sorpresa de nombrar con la acción, la sorpresa del sentido que preña bien al gesto, del padre, un día, la experiencia. La madre está viva, demasiado viva en el principio, al padre habrá que sacudirle cierta muerte dogmática en su posición inicial. A un padre hay que "hacerlo hablar"; a una madre es difícil "hacerla callar...". Pero, como dice Quignard, "lo originario es siempre invisible. Los auténticos mensajes recorren los cuerpos a espaldas de quienes los intercambian". Un cadáver en la función paterna que cobra vida y se hace hombre, una madre que admite su agonía y refleja la mujer: construimos así una historia que recordar, con la que emocionarnos y donde reconocernos... . En fin, poca cosa, algo para disimular un poco "lo ausente y la carencia". Chupar lo vivo para arrancar sentido, chupar cadáveres para poder encontrar los nombres que otros dieron a ese sentido, crear nuestra versión de las cosas y morir, sin excepción, antes de entender de qué se trataba... (afortunadamente).

danielripesi@hotmail.com.ar

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