>> IR AL ALTILLO
El estudio


PRINCIPAL
LA SALA DE ESTAR
EL ESTUDIO
EL PATIO DE ATRAS
LA COCINA
EL BARRIO
 
Descargar archivo


Escrituras y lecturas del cuerpo
Por Javier García

 

I Animalidad y humanidad de los cuerpos
II Diferentes campos disciplinarios culturales de lecturas del cuerpo. Especificidades.
III Escrituras corporales. Figura y estilo; imagen y texto; danza; música y coreografías.
IV Escritura erógena coreográfica. Representación, percepción, huella, pulsión. Transitivismo y afectaciones. Goce e inscripción. Masoquismo primario. Represión primaria. Mezcla pulsional.
V Especificidades de la lectura psicoanalítica. Transferencia; la plomada erógena y circuitos del deseo. Esbozos de estrategias ténicas en los trastornos de simbolización.

I

La naturaleza en su frondosidad a veces impenetrable y con esa característica que no tiene la producción cultural humana -reproducción, crecimiento, muerte, transformación- esconde, se interpone entre las ruinas de civilizaciones perdidas y nosotros. Si así no fuera no existiría tanto trabajo para los antropólogos. Pero, a decir verdad, si no fuera así, la rivalidad civilizatoria excluyente y aniquilante no nos hubiera dejado en muchos casos indicios de la cultura de los pueblos sometidos y muchas veces extinguidos. Debemos reconocer que a la capacidad de crear significantes de distintos materiales y órdenes, se le agrega, implacable, la capacidad de destruirlos, desconocerlos, para imponer otros propios y dominantes. Sabemos de los efectos devastadores de este desconocimiento violento, tanto en la cultura como en cada sujeto. La naturaleza si bien nos aleja de la evidencia de las ruinas también las protege de la capacidad destructiva de los hombres. En ambos casos ella es inocente. No es su meta ni esconder ni cuidar. Ella no tiene una relación intencional de deseo con los significantes humanos, aunque ellos se fabriquen con su materia y se armen en sus recovecos o se escriban en fascinantes construcciones.

Allí está el paisaje, nada natural, la pirámide del Sol y de la Luna. Nadie sabe a ciencia cierta por qué esos pueblos abandonaron el lugar. Será un saber posible, venga de la pictografía o de la genética, como podemos reconstruir hoy la vida y extinción de los dinosaurios a partir de huellas. Sin dudas hubo en Teotihuacán, Tchitchén Itza, Machu Pichu, ..., actos de creación. Hubo acontecimientos de tal magnitud que debemos considerarlos movidos por una fuerza intensa en creencias y deseos. Es decir, hubo hombres y mujeres, cuerpos y sujetos.

El animal deja signos, que dan cuenta inmediata de su presencia. El hombre deja significantes, que requieren de otros significantes para ser leídos como relatos de un sujeto que no está allí presente, que no fue músculo pero que tuvo músculo. Esos músculos, esas vidas, fueron movidas, fuertemente afectadas, por lo que las llevó a la pasión de actos monumentales, de grupo, de generaciones y de deseos.

II

El animal es algo que efectivamente es; aunque él no lo sepa. Sus rastros son signos de la presencia de ese ser, que es cuerpo natural, desde sus actos más simples hasta sus más complejas organizaciones, leídas por la biología, la zoología, la etología, la genética, etc. Estas disciplinas son parte de la cultura. Hacen sus lecturas de acuerdo a modelos específicos. No hay entonces un diálogo posible entre la biología y la cultura. El diálogo es entre distintos modelos de lectura culturales.

A decir verdad la medicina encara y lee más los signos de la animalidad que de la humanidad del cuerpo. Pero efectivamente lo que hace es leerlos. Hace una lectura de signos o señales naturales que conducen por contigüidad a otros elementos o procesos allí presentes. La relación sígnica es una relación de presencia. Tanto la fiebre, como el dolor o una alteración determinada de la paraclínica, son signos de algo que está allí presente, como la relación entre el humo y el fuego. En las lecturas antropológicas de huellas dejadas por animales estamos también frente a una lectura de signos que, más o menos directamente, remiten a la presencia del cuerpo animal, su anatomía, sus funciones, sus conductas.

Cuando nos enfrentamos al cuerpo humano, en el sentido de la humanidad de un cuerpo, lo que aparecen son sus escrituras. No me refiero a escrituras como producción secundaria al lenguaje, ni a escrituras corporales alfabéticas, salvo en algunos tatuajes de textos, que no son los más frecuentes. Sino a todas las marcas gestuales y decorativas (peinado, pintura, vestimenta, etc.) que hacen a la humanidad de un cuerpo. De ella se pueden hacer distintas lecturas: antropológica, semiótica, histórica, etc. Ellas pueden interactuar pero requieren un cierto código y un contexto encuadrante para realizar la lectura.

Los gestos, los comportamientos,por ejemplo, tienen una lectura social posible. Hay, si se quiere, múltiples aprendizajes, conscientes o preconcientes en la experiencia con los otros. Hay también adiestramientos del cuerpo. Si todo esto puede tener la apariencia de algo natural, no es más que porque forman parte de esquemas o patrones compartidos por todos en cada momento. Estos adiestramientos de gestos, posturas y conductas, están impregnados de referencias morales y éticas que se insertan silenciosamente como esquemas. Lo mismo sucede con el vestido, su relación con el cuerpo desnudo, marcando contornos, texturas, opacidades y transparencias, pliegues y llanuras, con posibles lecturas éticas, religiosas, de estatus social, sexuales, de época y edad, etc.
El psicoanálisis nace frente al fracaso que ciertas manifestaciones corporales como el síntoma histérico, provocaban tanto a las lecturas médicas, como a las sociales. El fracaso de las lecturas se muestra en su ineficacia en relación con el fenómeno que intentan leer. Los síntomas histéricos no tenían una relación sígnica de continuidad con procesos del cuerpo animal y, por otra parte, su singularidad desbordaba el campo de trabajo de las ciencias que se ocupan de los fenómenos de masas en cada época y en la historia. Estos hechos corporales tenían una relación simbólica efectiva con huellas (marca y afecto) no disponibles por el pensamiento consciente. Es decir, un cuerpo que habla en alguien que no es sujeto de ese relato. Y ese sujeto inconsciente, aunque esté contextuado en una cultura y en una época que le presta sus signos y estilos, es esquivo por extraterritorial, a una noción de sujeto social.

He tratado de esbozar hasta aquí distintos campos todos ellos dentro de la cultura y cada uno con especificidades de lecturas que dan cuenta de lo que llamamos cuerpo. Podemos decir que en última instancia hay un cuerpo real a partir del cual todas estas lecturas son posibles. Pero lo que disponemos verdaderamente es de lecturas más o menos efectivas del cuerpo. La efectividad está en estrecha relación con la especificidad de cada lectura. Si hay diálogo e interacción entre estos cuerpos culturales, no es a través de fronteras libres donde los conceptos puedan transportarse sin más. No son pocos los problemas que se pueden generar por estas traslaciones, en especial la pérdida de efectividad y lo que podríamos llamar una confusión de lenguas. No obstante la interfase generada allí es de especial interés en la medida que pueda generar codificaciones efectivas en cada uno de los modelos.

En Psicoanálisis la hipótesis del deseo inconsciente nos exige sostener la condición de un sujeto de deseo inconsciente ligado al concepto de pulsión sexual parcial y zona erógena. Esto hace a conceptos fundamentales del psicoanálisis que definen su especificidad solamente en la medida en que no se armen como una filosofía sino como la expresión teórica de una práctica clínica efectiva. Los riesgos son la desviación médica o cientificista y la desviación filosófica o lingüística.


III

La naturalidad del cuerpo es el sustrato, la tierra donde los significantes, movidos - producidos, introducidos por quienes realizan la acción específica -objetos y sujetos de pulsión-, escriben un guión erógeno que se seguirá armando con el "infans" en una producción coreográfica(García, J.; 1995) (1).
El trazo o grafo al que refiero como escritura no alfabética conjuga la imagen (ícono) y el acto de cuerpos en movimientos gestuales. La cultura oriental ha sido tomada como ejemplo de esa coincidencia entre escritura, imagen pictórica y danza.

En "The Pillow Book" ("Escrito en el Cuerpo"; 1995 - 96) Peter Greenaway elige por esta razón un texto japonés donde las nociones de caligrafía, jeroglífico e ideograma juntan imagen y texto. Allí se pinta y escribe el sexo y el nombre, en actos a la vez caligráficos y carnales. "Dios pintó los ojos, los labios… y el sexo. Luego Él pinto el nombre…".

El film entero es una repetición de actos caligráficos de goce de escritura corporal. Se repiten y son inaugurales cada vez. Palabras que parecen estar naciendo, recortándose en el fragor de lo sensible, a la vez que es un texto que tiene mil años. Es decir: actualidad de lo histórico y carnalidad de un texto cuya apropiación requiere de incesantes experiencias de escritura caligráfica y goce con otro. A diferencia de cualquier escribiente, un calígrafo es alguien que experimenta el goce de la escritura.

Greenaway evoca la diferencia entre los tatuajes, que son permanentes y la escritura con tinta que allí se realiza en la piel, borrada y re-escrita, como un palimpsesto abierto siempre a nuevas escrituras, aunque conserve huellas anteriores.

En otro film también de la cultura oriental, "El tigre y el dragón"
("Crouching tiger, hidden dragon"; 2000; Ang Lee) la danza implicada en las artes marciales y en el esgrima es comparada con la escritura caligráfica a pincel de la época. Se reconoce la identidad de la esgrimista por conocer su caligrafía. Danza en coreografías mágicas de acción entre cuerpos que dibujan en el espacio escenas móviles a la vez sublimes, eróticas y violentas.

Cuando los movimientos espaciales y coreográficos se constituyen en trazos, más allá de la imagen visual y dramática, permitiendo identificar al sujeto de esos trazos, podemos hablar de escrituras. El estilo predomina sobre la figura y ese predominio parece indicar el pasaje de la pictografía a la escritura, cuando el trazo
pierde su carácter icónico obteniendo su capacidad de significar (G. Pommier; 1993) y pasaría de ser visto a ser leído.
La práctica psicoanalítica consiste en gran parte en este pasaje de la imagen a la lectura, en el análisis de fantasías, recuerdos encubridores y sueños. Recordemos aquí a modo de ejemplo el trabajo que hace Freud con el recuerdo de Leonardo de que estando en la cuna un Milano le abrió su boca con la cola golpeando con ella en sus labios. Freud remite allí al "sello indeleble" que dejó el "goce" de la boca del bebé con el pezón de la madre. La fantasía se apoya en huellas simbólicas excavadas en algo real. Un goce circunscripto a la marca -sello indeleble- que se constituye en fuente eficaz de cadenas discursivas de simbolización - sublimación o síntoma.

A lo visual, táctil, gestual y movimiento recién considerados, en una coreografía siempre con otros, es notoria la necesidad del agregado de lo fónico: el sonido y la música.

Los padres hablan al bebé y ya están ahí para él las palabras, aunque no las disponga. Ellas portan, en su articulación discursiva, la estructura que los padres transmiten. La voz, la entonación, la música, tienen allí su primacía. Experiencias corporales significantes fónicas, no alfabéticos para el bebé.

Todos sabemos que la música no precisa de letra para ser entendida, es decir, no necesita del sentido de las palabras. "Su función significativa no se halla cumplida… No son significados sino posibilidades de significación" (Bedó,T., 1988). Sin embargo el lenguaje está allí en juego cuando se cantan las palabras(Rosolato, G; 1978). Cuando la voz no está como en la música instrumental, los sonidos nos remiten en intervalos especialmente sensibles, a experiencias corporales, sonoras y rítmicas: latidos, susurros, gorgoteos, silbidos, gritos, llantos, quejidos, arrullos, golpes,…, son evocados en conjuntos organizados, disciplinados, en armonías que delatan la efectividad de los significantes fónicos sin significados. El carácter encadenado, organizado de estas materialidades significantes, habla de su procedencia de los padres como representantes singulares de historias y culturas. La transmisión es en experiencias a la vez sensibles, libidinales y organizadoras; los sentidos posibles son efectos de posterioridad.

El placer producido por la música nos remite al cuerpo, a experiencias de excitación y a la primera influencia del lenguaje (Rosolato. G; 1978). El placer parece producirse en la posibilidad de reencontrarnos con estas experiencias pero a través de sustitutos que realizan sublimación. Si la sustitución es posible es porque la experiencia erógena no es sólo goce sino también marca que puede entrar en cadena de sustituciones.

A los efectos del placer, estético en este caso, no alcanza con ser una experiencia sensible o de excitación sensorial. Quien surca el barro, la madera o la piedra, quien rasguea las cuerdas, quien hace de su cuerpo un trazo, logra que esos rasgos significantes se articulen, armándose en otro como experiencia estética, sublimación de una experiencia erógena. La excitación corporal como el rasguear una cuerda no constituyen en sí nada necesariamente placentero o estético. La excitación real se distingue de lo erógeno como el ruido del sonido. Es en el acto donde coinciden excitación y rasgo, cuando la excitación se limita al rasgo, que se constituye lo erógeno como escritura.


IV

Todos los ejemplos citados son evocadores aunque no constituyen ellos mismos el campo psicoanalítico que nos interpela en relación al cuerpo y sus escrituras, o las escrituras que conforman cuerpo. No me refiero a la escritura como producción humana, menos aún como instrumento de comunicación derivado del habla. Me refiero a algo más cercano al concepto de huella en Freud o el que J. Derrida designó "archiescritura".
La necesidad de distinguir representación de percepción fue encarada por S. Freud en varios lugares de su obra y muy especialmente en "Nota sobre la pizarra mágica"(1924). Un rasgo esencial es el carácter durable de la huella, a diferencia de la percepción, y el hecho de que una percepción o elementos de ella se hagan marca dependerá de la investidura pulsional en juego, del sujeto y del otro. Pero es la investidura pulsional del otro la que hace que no se trate de una imagen sino de una marca. No alcanza la participación de la pulsión endógena, es precisa la actividad pulsional del otro.

En una analogía topográfica podemos referirnos a la diferencia entre la imagen de un río o de una cordillera y el marcar a ese río o a esa cordillera como mojón que fija una frontera. No estamos en un nivel de imágenes, tampoco en un nivel cartográfico, sino en uno de señalización o de jalonamiento. Y este consiste en una asignación. Si en un caso podemos hablar de la tierra hecha geografía política, en el otro se trata de la carne hecha cuerpo erógeno.
Sabemos que la investidura pulsional del otro requerida no es un fenómeno pura ni fundamentalmente energético. El transitivismo entre la madre y el bebé ( Bergés y Balbo; 1998) que implica una identificación transitivista simbólica en el bebé y una transitivación o función de transitivar en los padres, se produce a través de un juego de afectaciones. Allí los cuerpos tienen un papel central en vivencias que lo afectan y marcan o escriben. De modo que es condición materno-paterna la competencia para experimentar corporalmente un afecto y, ante todo, un afecto doloroso. Deficiencias en este transitivismo simbólico podrían hallarse en expresiones somáticas que "son llamados dirigidos al otro, para que éste integre el cuerpo de quien llama, en un discurso simbólico" (Bergés y Balbo; 1998). Sin embargo, no deberíamos ver allí una cierta intencionalidad de ese llamado que es pura excitación real. Son los otros los que pueden o no asignarle el carácter de llamado. Su inclusión simbólica-discursiva no parece depender de interpretaciones de sentido sino de la capacidad de afectar transitivando la propia experiencia afectivo-discursiva.
La excitación real (reiz) requiere de la respuesta de otro deseante que permita un goce coincidente con un registro. Podemos suponer allí que el dolor o goce del bebé se circunscribe a los trazos erógenos. La sustitución de la excitación por inscripción erógena, excava, marca, hace símbólico ese sufrimiento, punto en el que podemos suponer la represión primaria limitando al masoquismo primario. La restricción del goce a la inscripción permitiría un primer momento de mezcla pulsional. La falta de reconocimiento y de respuesta ante una excitación o cualquier respuesta que no organice libidinal y signicamente esa excitación parece instalar una situación de extremo desamparo y sufrimiento, de efectos muchas veces desvastadores para la estructura psíquica. El desconocimiento de los rasgos y mociones `pulsionales del bebé que requieren entrar en el interjuego mutuo con los padres, por desmentida en éstos (García, J.; 2001) y/o por la intrusión violenta de sus significantes, puede ir en el mismo sentido desvastador. El desamparo no quedaría ligado a la falta de respuesta a una necesidad biológica sino a la falta de respuesta adecuada libidinal y significante a la vez. Un desamparo así nos hablaría de la imposibilidad de realización de esa mutualidad necesaria descrita por Winnicott en la "Preocupación Maternal Primaria"(1956) y por Bergés y Balbo en el más reciente concepto de "identificación transitivista simbólica"(1998). El resultado parece ser la falta de inscripción erógena simbólica de las experiencias libidinales y la persistencia de excitaciones carnales no subjetivizadas así como de identificaciones narcisistas (proyectivas) que, inoperantes como escritura erógena, se abren a múltiples imaginarios de vacuidad y muerte. La desarticulación entre la imagen y la escritura erógena parece liberar a aquella de todo anclaje subjetivo.

En las escrituras erógenas coreográficas podemos reconocer la interacción de dos materialidades: la del goce y la de los significantes. El goce circunscrito a la inscripción es a la vez representante y rasgo simbólico diferencial identificatorio. La ligazón pulsión - objeto y la consideración del deseo de los padres nos acerca, en el acto de inscripción, los dos procesos que vemos afectados en los trastornos de simbolización: la represión originaria y la identificación simbólica. La casi inexplicable contracarga pura que suponía Freud como motivo de tal represión originaria, podemos reconducirla a la violencia significante y deseante de los padres, violencia de transitivación, que es deseo de vida y filiación, quizás siempre a contra pelo del dolor y la angustia frente a la muerte.

Del grito al pedido o gesto, del goce carnal a la experiencia de placer con objetos sustitutos, del sufrimiento del cuerpo a las distintas formas de dolor psíquico, de la vacuidad o completud narcisísticas al juego de intercambios con otros también ligado a pérdida y duelos, muestran un tránsito que requiere de un golpe de fuerza, causa y efecto de estructura: la represión. Su fuerza no puede ser otra sino de lo que es fuerza real: la pulsión. Pero no en un juego malabar de circuitos internos de cargas y contracargas -como lo planteaba Freud-. Es la pulsión de otro que, ya hecha marca, porta su rasgo cuando inviste. No inscribe propiamente, no talla ni esculpe, sino que se pone en juego con experiencias de goce en el bebé que tomarán forma de la coreografía desplegada en experiencia mutua libidinal con los padres.

V

La anatomía no es el destino. Ni siquiera lo es demasiado como metáfora del cadáver, en la cita original. La diferencia corporal de sexos es una escritura de origen genético que portan los cuerpos. Psicoanalíticamente ella deberá hacerse erógena en relación con otro, lo cual ya indica otra escritura diferente a la anatómica. Y, además, en todos los casos, tendrán que ser leídas por los distintos códigos en juego, lo que variará en cada sujeto y cultura. Incluso cada lectura dispone de más de un sistema. Claramente las disciplinas del sujeto social y las médicas tienen encuadres y decodificadores diferentes al Psicoanálisis.
Las fuerzas sociales, políticas, económicas y religiosas que ubicaron de diferentes modos a la homosexualidad, en la sociedad y en la relación patología-normalidad, no son fundamento psicoanalítico para abalar o contradecir la teoría psicoanalítica de principios de siglo XX ni las modificaciones que se realizan en este comienzo de siglo XXI. En todo caso es un indicador fuerte de lo ideológico en la teoría psicoanalítica. Los síntomas psíquicos toman prestados los imaginarios de cada época, o ellos se imponen con fuerza, como lo hacían las pacientes de Charcot con el arco histérico estampado en una de las paredes del famoso cuadro de La Salpetriere. Hoy tomarán las delgadeces caquécticas o los cuerpos modelados, esculpidos y tatuados.
Nuestra tarea analítica es plenamente desconstructiva de estas imágenes, llevarlas a trazos que puedan ser leídos en sus escrituras erógenas y deseos. A sabiendas de que somos lectores de nuestra época.

Los diccionarios de símbolos que tuvieron su éxito hace cincuenta años o más han perdido valor de lectura analítica. La vieja anécdota de una discusión en nuestra sociedad a partir de la pregunta "¿Porqué un pájaro tiene necesariamente que ser un pene?", hoy debería advertirnos sobre otras ecuaciones ideológicas actuales. Nuestro campo de significación es la transferencia y, en ella, la visualización de las líneas erógenas que la arman así como las estrategias del deseo en relación con el analista. Son nuestras plomadas, nuestra guía de lectura, tanto dentro del material de la sesión como dentro del pensamiento teórico que surge de allí y que intercambiamos en nuestras sesiones científicas. Los imaginarios fuertes que la realidad impone son compartidos por analizando y analista. Desde las pautas de valores, las tensiones sociales, económicas y políticas, hasta los dramas en los que se arma el amor-odio. Pero el engarce con las escrituras erógenas subjetivas es singular y a descubrir. Lo que nos advierte los riesgos de los imaginarios contra-transferenciales, que son especialmente a desconstruir para poder ser utilizados.
La efectividad del Psicoanálisis está ligada a un encuadre de trabajo en sesión y a lo que en él se arma. La transferencia no es necesariamente un sentido a develar sino un campo de fuerza y rasgos a utilizar, a los efectos del despliegue de relatos representativos de las escrituras erógenas que los subtienden. No hay otra verdad a descubrir que la efectividad simbólica de los nuevos relatos construidos.
Cuando la dificultad escapa al campo de la neurosis y abunda en los trastornos de la simbolización, la efectividad parece depender más del armado afectivo que se pone en juego y las posibilidades que el despligue coreográfico pueda hacerse escritura erógena. Son las palabras en transferencia las que pueden tener efecto sobre el cuerpo cuando el goce como tal o como sufrimiento masoquista se instala en transferencia. Situarlo como demanda al analista es una asignación forzada, no en el sentido de sometimiento (aunque por momentos puede serlo, sin ser su meta) sino en el sentido de fuerza asignante. Es la disponibilidad pulsional en juego en el analista lo que puede hacerlo posible cuando transitiva marca y afecto, permitiendo en el analizante rasgos de identificaciones simbólicas. Es decir, saberse en esa experiencia libidinal como sujeto en los trazos que ella le permite escribir. Si esto es posible o no es un desafío para la efectividad del Psicoanálisis.

Montevideo: Abril de 2002
(1). García; "Coreo-grafías. Inscripciones arcaicas".
"La inscripción libidinal de las experiencias arcaicas requieren del otro, el "ajeno" que Freud incluye necesario para el cumplimiento de la "acción específica". Los acontecimientos son actos impregnados del deseo de los padres. No es pensable como la imprenta estampa un papel en blanco, sino como una danza donde participan todos estos protagonistas en coreo-grafías que se van armando sin saberlo. Esta coreo-grafía constituye una parte esencial del registro(b). Podemos decir que hay allí un acto inconciente de creación coreo-gráfica, re-creación de formas que provienen de la historia inconciente de los padres.El concepto freudiano de "fantasía originaria", en tanto guión escénico, está implicado en lo que designo como coreo-grafía. Pero esta metáfora apunta a abarcar la importancia de los cuerpos (erógenos) en juego, sus movimientos, gestos, contactos, separaciones, miradas, sostén, desencuentros, olores, placer y dolor. Experiencia sensible de transmisión que, al igual que en la danza, no puede ser mediatizada por la palabra escrita ni oída, no puede ser explicada sino vivida con el otro".

BIBLIOGRAFÍA
- BEDÓ, Thomás; "Insight, perlaboración, interpretación" 1988.
- BERGÈS, Jean; BALBO,Gabriel;"Sobre el transitivismo" 1998.
- DERRIDA, Jacques; "Freud y la escena de la escritura" 1980.
- FREUD, Sigmund; "Nota sobre la pizarra mágica" 1924.
- GARCÍA, Javier; "Coreo-grafías.Inscripciones arcaicas" 1995.
- GARCÍA, Javier; "Sobre ciertos problemas que nos plantea en el Psicoanálisis la pérdida de eficacia de las palabras" 2001.
- GARCÍA, Javier; "De rasgos y adopciones" 2001.
- POMMIER, G; "Nacimiento y renacimiento de la escritura" 1993.
- ROSOLATO, Guy; "La relación de desconocido" 1978.
- WINNICOTT,D. W.; "Preocupación Maternal primaria" 1956

  Copyright © 2003/2006 - Todos los derechos reservados -