I
La
naturaleza en su frondosidad a veces impenetrable y con
esa característica que no tiene la producción
cultural humana -reproducción, crecimiento, muerte,
transformación- esconde, se interpone entre las ruinas
de civilizaciones perdidas y nosotros. Si así no
fuera no existiría tanto trabajo para los antropólogos.
Pero, a decir verdad, si no fuera así, la rivalidad
civilizatoria excluyente y aniquilante no nos hubiera dejado
en muchos casos indicios de la cultura de los pueblos sometidos
y muchas veces extinguidos. Debemos reconocer que a la capacidad
de crear significantes de distintos materiales y órdenes,
se le agrega, implacable, la capacidad de destruirlos, desconocerlos,
para imponer otros propios y dominantes. Sabemos de los
efectos devastadores de este desconocimiento violento, tanto
en la cultura como en cada sujeto. La naturaleza si bien
nos aleja de la evidencia de las ruinas también las
protege de la capacidad destructiva de los hombres. En ambos
casos ella es inocente. No es su meta ni esconder ni cuidar.
Ella no tiene una relación intencional de deseo con
los significantes humanos, aunque ellos se fabriquen con
su materia y se armen en sus recovecos o se escriban en
fascinantes construcciones.
Allí
está el paisaje, nada natural, la pirámide
del Sol y de la Luna. Nadie sabe a ciencia cierta por qué
esos pueblos abandonaron el lugar. Será un saber
posible, venga de la pictografía o de la genética,
como podemos reconstruir hoy la vida y extinción
de los dinosaurios a partir de huellas. Sin dudas hubo en
Teotihuacán, Tchitchén Itza, Machu Pichu,
..., actos de creación. Hubo acontecimientos de tal
magnitud que debemos considerarlos movidos por una fuerza
intensa en creencias y deseos. Es decir, hubo hombres y
mujeres, cuerpos y sujetos.
El
animal deja signos, que dan cuenta inmediata de su presencia.
El hombre deja significantes, que requieren de otros significantes
para ser leídos como relatos de un sujeto que no
está allí presente, que no fue músculo
pero que tuvo músculo. Esos músculos, esas
vidas, fueron movidas, fuertemente afectadas, por lo que
las llevó a la pasión de actos monumentales,
de grupo, de generaciones y de deseos.
II
El
animal es algo que efectivamente es; aunque él no
lo sepa. Sus rastros son signos de la presencia de ese ser,
que es cuerpo natural, desde sus actos más simples
hasta sus más complejas organizaciones, leídas
por la biología, la zoología, la etología,
la genética, etc. Estas disciplinas son parte de
la cultura. Hacen sus lecturas de acuerdo a modelos específicos.
No hay entonces un diálogo posible entre la biología
y la cultura. El diálogo es entre distintos modelos
de lectura culturales.
A
decir verdad la medicina encara y lee más los signos
de la animalidad que de la humanidad del cuerpo. Pero efectivamente
lo que hace es leerlos. Hace una lectura de signos o señales
naturales que conducen por contigüidad a otros elementos
o procesos allí presentes. La relación sígnica
es una relación de presencia. Tanto la fiebre, como
el dolor o una alteración determinada de la paraclínica,
son signos de algo que está allí presente,
como la relación entre el humo y el fuego. En las
lecturas antropológicas de huellas dejadas por animales
estamos también frente a una lectura de signos que,
más o menos directamente, remiten a la presencia
del cuerpo animal, su anatomía, sus funciones, sus
conductas.
Cuando
nos enfrentamos al cuerpo humano, en el sentido de la humanidad
de un cuerpo, lo que aparecen son sus escrituras. No me
refiero a escrituras como producción secundaria al
lenguaje, ni a escrituras corporales alfabéticas,
salvo en algunos tatuajes de textos, que no son los más
frecuentes. Sino a todas las marcas gestuales y decorativas
(peinado, pintura, vestimenta, etc.) que hacen a la humanidad
de un cuerpo. De ella se pueden hacer distintas lecturas:
antropológica, semiótica, histórica,
etc. Ellas pueden interactuar pero requieren un cierto código
y un contexto encuadrante para realizar la lectura.
Los
gestos, los comportamientos,por ejemplo, tienen una lectura
social posible. Hay, si se quiere, múltiples aprendizajes,
conscientes o preconcientes en la experiencia con los otros.
Hay también adiestramientos del cuerpo. Si todo esto
puede tener la apariencia de algo natural, no es más
que porque forman parte de esquemas o patrones compartidos
por todos en cada momento. Estos adiestramientos de gestos,
posturas y conductas, están impregnados de referencias
morales y éticas que se insertan silenciosamente
como esquemas. Lo mismo sucede con el vestido, su relación
con el cuerpo desnudo, marcando contornos, texturas, opacidades
y transparencias, pliegues y llanuras, con posibles lecturas
éticas, religiosas, de estatus social, sexuales,
de época y edad, etc.
El psicoanálisis nace frente al fracaso que ciertas
manifestaciones corporales como el síntoma histérico,
provocaban tanto a las lecturas médicas, como a las
sociales. El fracaso de las lecturas se muestra en su ineficacia
en relación con el fenómeno que intentan leer.
Los síntomas histéricos no tenían una
relación sígnica de continuidad con procesos
del cuerpo animal y, por otra parte, su singularidad desbordaba
el campo de trabajo de las ciencias que se ocupan de los
fenómenos de masas en cada época y en la historia.
Estos hechos corporales tenían una relación
simbólica efectiva con huellas (marca y afecto) no
disponibles por el pensamiento consciente. Es decir, un
cuerpo que habla en alguien que no es sujeto de ese relato.
Y ese sujeto inconsciente, aunque esté contextuado
en una cultura y en una época que le presta sus signos
y estilos, es esquivo por extraterritorial, a una noción
de sujeto social.
He
tratado de esbozar hasta aquí distintos campos todos
ellos dentro de la cultura y cada uno con especificidades
de lecturas que dan cuenta de lo que llamamos cuerpo. Podemos
decir que en última instancia hay un cuerpo real
a partir del cual todas estas lecturas son posibles. Pero
lo que disponemos verdaderamente es de lecturas más
o menos efectivas del cuerpo. La efectividad está
en estrecha relación con la especificidad de cada
lectura. Si hay diálogo e interacción entre
estos cuerpos culturales, no es a través de fronteras
libres donde los conceptos puedan transportarse sin más.
No son pocos los problemas que se pueden generar por estas
traslaciones, en especial la pérdida de efectividad
y lo que podríamos llamar una confusión de
lenguas. No obstante la interfase generada allí es
de especial interés en la medida que pueda generar
codificaciones efectivas en cada uno de los modelos.
En
Psicoanálisis la hipótesis del deseo inconsciente
nos exige sostener la condición de un sujeto de deseo
inconsciente ligado al concepto de pulsión sexual
parcial y zona erógena. Esto hace a conceptos fundamentales
del psicoanálisis que definen su especificidad solamente
en la medida en que no se armen como una filosofía
sino como la expresión teórica de una práctica
clínica efectiva. Los riesgos son la desviación
médica o cientificista y la desviación filosófica
o lingüística.
III
La
naturalidad del cuerpo es el sustrato, la tierra donde los
significantes, movidos - producidos, introducidos por quienes
realizan la acción específica -objetos y sujetos
de pulsión-, escriben un guión erógeno
que se seguirá armando con el "infans"
en una producción coreográfica(García,
J.; 1995) (1).
El trazo o grafo al que refiero como escritura no alfabética
conjuga la imagen (ícono) y el acto de cuerpos en
movimientos gestuales. La cultura oriental ha sido tomada
como ejemplo de esa coincidencia entre escritura, imagen
pictórica y danza.
En
"The Pillow Book" ("Escrito en el Cuerpo";
1995 - 96) Peter Greenaway elige por esta razón un
texto japonés donde las nociones de caligrafía,
jeroglífico e ideograma juntan imagen y texto. Allí
se pinta y escribe el sexo y el nombre, en actos a la vez
caligráficos y carnales. "Dios pintó
los ojos, los labios
y el sexo. Luego Él pinto
el nombre
".
El
film entero es una repetición de actos caligráficos
de goce de escritura corporal. Se repiten y son inaugurales
cada vez. Palabras que parecen estar naciendo, recortándose
en el fragor de lo sensible, a la vez que es un texto que
tiene mil años. Es decir: actualidad de lo histórico
y carnalidad de un texto cuya apropiación requiere
de incesantes experiencias de escritura caligráfica
y goce con otro. A diferencia de cualquier escribiente,
un calígrafo es alguien que experimenta el goce de
la escritura.
Greenaway
evoca la diferencia entre los tatuajes, que son permanentes
y la escritura con tinta que allí se realiza en la
piel, borrada y re-escrita, como un palimpsesto abierto
siempre a nuevas escrituras, aunque conserve huellas anteriores.
En
otro film también de la cultura oriental, "El
tigre y el dragón"
("Crouching tiger, hidden dragon"; 2000; Ang Lee)
la danza implicada en las artes marciales y en el esgrima
es comparada con la escritura caligráfica a pincel
de la época. Se reconoce la identidad de la esgrimista
por conocer su caligrafía. Danza en coreografías
mágicas de acción entre cuerpos que dibujan
en el espacio escenas móviles a la vez sublimes,
eróticas y violentas.
Cuando
los movimientos espaciales y coreográficos se constituyen
en trazos, más allá de la imagen visual y
dramática, permitiendo identificar al sujeto de esos
trazos, podemos hablar de escrituras. El estilo predomina
sobre la figura y ese predominio parece indicar el pasaje
de la pictografía a la escritura, cuando el trazo
pierde su carácter icónico obteniendo su capacidad
de significar (G. Pommier; 1993) y pasaría de ser
visto a ser leído.
La práctica psicoanalítica consiste en gran
parte en este pasaje de la imagen a la lectura, en el análisis
de fantasías, recuerdos encubridores y sueños.
Recordemos aquí a modo de ejemplo el trabajo que
hace Freud con el recuerdo de Leonardo de que estando en
la cuna un Milano le abrió su boca con la cola golpeando
con ella en sus labios. Freud remite allí al "sello
indeleble" que dejó el "goce" de la
boca del bebé con el pezón de la madre. La
fantasía se apoya en huellas simbólicas excavadas
en algo real. Un goce circunscripto a la marca -sello indeleble-
que se constituye en fuente eficaz de cadenas discursivas
de simbolización - sublimación o síntoma.
A
lo visual, táctil, gestual y movimiento recién
considerados, en una coreografía siempre con otros,
es notoria la necesidad del agregado de lo fónico:
el sonido y la música.
Los
padres hablan al bebé y ya están ahí
para él las palabras, aunque no las disponga. Ellas
portan, en su articulación discursiva, la estructura
que los padres transmiten. La voz, la entonación,
la música, tienen allí su primacía.
Experiencias corporales significantes fónicas, no
alfabéticos para el bebé.
Todos
sabemos que la música no precisa de letra para ser
entendida, es decir, no necesita del sentido de las palabras.
"Su función significativa no se halla cumplida
No son significados sino posibilidades de significación"
(Bedó,T., 1988). Sin embargo el lenguaje está
allí en juego cuando se cantan las palabras(Rosolato,
G; 1978). Cuando la voz no está como en la música
instrumental, los sonidos nos remiten en intervalos especialmente
sensibles, a experiencias corporales, sonoras y rítmicas:
latidos, susurros, gorgoteos, silbidos, gritos, llantos,
quejidos, arrullos, golpes,
, son evocados en conjuntos
organizados, disciplinados, en armonías que delatan
la efectividad de los significantes fónicos sin significados.
El carácter encadenado, organizado de estas materialidades
significantes, habla de su procedencia de los padres como
representantes singulares de historias y culturas. La transmisión
es en experiencias a la vez sensibles, libidinales y organizadoras;
los sentidos posibles son efectos de posterioridad.
El
placer producido por la música nos remite al cuerpo,
a experiencias de excitación y a la primera influencia
del lenguaje (Rosolato. G; 1978). El placer parece producirse
en la posibilidad de reencontrarnos con estas experiencias
pero a través de sustitutos que realizan sublimación.
Si la sustitución es posible es porque la experiencia
erógena no es sólo goce sino también
marca que puede entrar en cadena de sustituciones.
A
los efectos del placer, estético en este caso, no
alcanza con ser una experiencia sensible o de excitación
sensorial. Quien surca el barro, la madera o la piedra,
quien rasguea las cuerdas, quien hace de su cuerpo un trazo,
logra que esos rasgos significantes se articulen, armándose
en otro como experiencia estética, sublimación
de una experiencia erógena. La excitación
corporal como el rasguear una cuerda no constituyen en sí
nada necesariamente placentero o estético. La excitación
real se distingue de lo erógeno como el ruido del
sonido. Es en el acto donde coinciden excitación
y rasgo, cuando la excitación se limita al rasgo,
que se constituye lo erógeno como escritura.
IV
Todos
los ejemplos citados son evocadores aunque no constituyen
ellos mismos el campo psicoanalítico que nos interpela
en relación al cuerpo y sus escrituras, o las escrituras
que conforman cuerpo. No me refiero a la escritura como
producción humana, menos aún como instrumento
de comunicación derivado del habla. Me refiero a
algo más cercano al concepto de huella en Freud o
el que J. Derrida designó "archiescritura".
La necesidad de distinguir representación de percepción
fue encarada por S. Freud en varios lugares de su obra y
muy especialmente en "Nota sobre la pizarra mágica"(1924).
Un rasgo esencial es el carácter durable de la huella,
a diferencia de la percepción, y el hecho de que
una percepción o elementos de ella se hagan marca
dependerá de la investidura pulsional en juego, del
sujeto y del otro. Pero es la investidura pulsional del
otro la que hace que no se trate de una imagen sino de una
marca. No alcanza la participación de la pulsión
endógena, es precisa la actividad pulsional del otro.
En
una analogía topográfica podemos referirnos
a la diferencia entre la imagen de un río o de una
cordillera y el marcar a ese río o a esa cordillera
como mojón que fija una frontera. No estamos en un
nivel de imágenes, tampoco en un nivel cartográfico,
sino en uno de señalización o de
jalonamiento. Y este consiste en una asignación.
Si en un caso podemos hablar de la tierra hecha geografía
política, en el otro se trata de la carne hecha cuerpo
erógeno.
Sabemos que la investidura pulsional del otro requerida
no es un fenómeno pura ni fundamentalmente energético.
El transitivismo entre la madre y el bebé ( Bergés
y Balbo; 1998) que implica una identificación transitivista
simbólica en el bebé y una transitivación
o función de transitivar en los padres, se produce
a través de un juego de afectaciones. Allí
los cuerpos tienen un papel central en vivencias que lo
afectan y marcan o escriben. De modo que es condición
materno-paterna la competencia para experimentar corporalmente
un afecto y, ante todo, un afecto doloroso. Deficiencias
en este transitivismo simbólico podrían hallarse
en expresiones somáticas que "son llamados dirigidos
al otro, para que éste integre el cuerpo de quien
llama, en un discurso simbólico" (Bergés
y Balbo; 1998). Sin embargo, no deberíamos ver allí
una cierta intencionalidad de ese llamado que es pura excitación
real. Son los otros los que pueden o no asignarle el carácter
de llamado. Su inclusión simbólica-discursiva
no parece depender de interpretaciones de sentido sino de
la capacidad de afectar transitivando la propia experiencia
afectivo-discursiva.
La excitación real (reiz) requiere de la respuesta
de otro deseante que permita un goce coincidente con un
registro. Podemos suponer allí que el dolor o goce
del bebé se circunscribe a los trazos erógenos.
La sustitución de la excitación por inscripción
erógena, excava, marca, hace símbólico
ese sufrimiento, punto en el que podemos suponer la represión
primaria limitando al masoquismo primario. La restricción
del goce a la inscripción permitiría un primer
momento de mezcla pulsional. La falta de reconocimiento
y de respuesta ante una excitación o cualquier respuesta
que no organice libidinal y signicamente esa excitación
parece instalar una situación de extremo desamparo
y sufrimiento, de efectos muchas veces desvastadores para
la estructura psíquica. El desconocimiento de los
rasgos y mociones `pulsionales del bebé que requieren
entrar en el interjuego mutuo con los padres, por desmentida
en éstos (García, J.; 2001) y/o por la intrusión
violenta de sus significantes, puede ir en el mismo sentido
desvastador. El desamparo no quedaría ligado a la
falta de respuesta a una necesidad biológica sino
a la falta de respuesta adecuada libidinal y significante
a la vez. Un desamparo así nos hablaría de
la imposibilidad de realización de esa mutualidad
necesaria descrita por Winnicott en la "Preocupación
Maternal Primaria"(1956) y por Bergés y Balbo
en el más reciente concepto de "identificación
transitivista simbólica"(1998). El resultado
parece ser la falta de inscripción erógena
simbólica de las experiencias libidinales y la persistencia
de excitaciones carnales no subjetivizadas así como
de identificaciones narcisistas (proyectivas) que, inoperantes
como escritura erógena, se abren a múltiples
imaginarios de vacuidad y muerte. La desarticulación
entre la imagen y la escritura erógena parece liberar
a aquella de todo anclaje subjetivo.
En
las escrituras erógenas coreográficas podemos
reconocer la interacción de dos materialidades: la
del goce y la de los significantes. El goce circunscrito
a la inscripción es a la vez representante y rasgo
simbólico diferencial identificatorio. La ligazón
pulsión - objeto y la consideración del deseo
de los padres nos acerca, en el acto de inscripción,
los dos procesos que vemos afectados en los trastornos de
simbolización: la represión originaria y la
identificación simbólica. La casi inexplicable
contracarga pura que suponía Freud como motivo de
tal represión originaria, podemos reconducirla a
la violencia significante y deseante de los padres, violencia
de transitivación, que es deseo de vida y filiación,
quizás siempre a contra pelo del dolor y la angustia
frente a la muerte.
Del
grito al pedido o gesto, del goce carnal a la experiencia
de placer con objetos sustitutos, del sufrimiento del cuerpo
a las distintas formas de dolor psíquico, de la vacuidad
o completud narcisísticas al juego de intercambios
con otros también ligado a pérdida y duelos,
muestran un tránsito que requiere de un golpe de
fuerza, causa y efecto de estructura: la represión.
Su fuerza no puede ser otra sino de lo que es fuerza real:
la pulsión. Pero no en un juego malabar de circuitos
internos de cargas y contracargas -como lo planteaba Freud-.
Es la pulsión de otro que, ya hecha marca, porta
su rasgo cuando inviste. No inscribe propiamente, no talla
ni esculpe, sino que se pone en juego con experiencias de
goce en el bebé que tomarán forma de la coreografía
desplegada en experiencia mutua libidinal con los padres.
V
La
anatomía no es el destino. Ni siquiera lo es demasiado
como metáfora del cadáver, en la cita original.
La diferencia corporal de sexos es una escritura de origen
genético que portan los cuerpos. Psicoanalíticamente
ella deberá hacerse erógena en relación
con otro, lo cual ya indica otra escritura diferente a la
anatómica. Y, además, en todos los casos,
tendrán que ser leídas por los distintos códigos
en juego, lo que variará en cada sujeto y cultura.
Incluso cada lectura dispone de más de un sistema.
Claramente las disciplinas del sujeto social y las médicas
tienen encuadres y decodificadores diferentes al Psicoanálisis.
Las fuerzas sociales, políticas, económicas
y religiosas que ubicaron de diferentes modos a la homosexualidad,
en la sociedad y en la relación patología-normalidad,
no son fundamento psicoanalítico para abalar o contradecir
la teoría psicoanalítica de principios de
siglo XX ni las modificaciones que se realizan en este comienzo
de siglo XXI. En todo caso es un indicador fuerte de lo
ideológico en la teoría psicoanalítica.
Los síntomas psíquicos toman prestados los
imaginarios de cada época, o ellos se imponen con
fuerza, como lo hacían las pacientes de Charcot con
el arco histérico estampado en una de las paredes
del famoso cuadro de La Salpetriere. Hoy tomarán
las delgadeces caquécticas o los cuerpos modelados,
esculpidos y tatuados.
Nuestra tarea analítica es plenamente desconstructiva
de estas imágenes, llevarlas a trazos que puedan
ser leídos en sus escrituras erógenas y deseos.
A sabiendas de que somos lectores de nuestra época.
Los
diccionarios de símbolos que tuvieron su éxito
hace cincuenta años o más han perdido valor
de lectura analítica. La vieja anécdota de
una discusión en nuestra sociedad a partir de la
pregunta "¿Porqué un pájaro tiene
necesariamente que ser un pene?", hoy debería
advertirnos sobre otras ecuaciones ideológicas actuales.
Nuestro campo de significación es la transferencia
y, en ella, la visualización de las líneas
erógenas que la arman así como las estrategias
del deseo en relación con el analista. Son nuestras
plomadas, nuestra guía de lectura, tanto dentro del
material de la sesión como dentro del pensamiento
teórico que surge de allí y que intercambiamos
en nuestras sesiones científicas. Los imaginarios
fuertes que la realidad impone son compartidos por analizando
y analista. Desde las pautas de valores, las tensiones sociales,
económicas y políticas, hasta los dramas en
los que se arma el amor-odio. Pero el engarce con las escrituras
erógenas subjetivas es singular y a descubrir. Lo
que nos advierte los riesgos de los imaginarios contra-transferenciales,
que son especialmente a desconstruir para poder ser utilizados.
La efectividad del Psicoanálisis está ligada
a un encuadre de trabajo en sesión y a lo que en
él se arma. La transferencia no es necesariamente
un sentido a develar sino un campo de fuerza y rasgos a
utilizar, a los efectos del despliegue de relatos representativos
de las escrituras erógenas que los subtienden. No
hay otra verdad a descubrir que la efectividad simbólica
de los nuevos relatos construidos.
Cuando la dificultad escapa al campo de la neurosis y abunda
en los trastornos de la simbolización, la efectividad
parece depender más del armado afectivo que se pone
en juego y las posibilidades que el despligue coreográfico
pueda hacerse escritura erógena. Son las palabras
en transferencia las que pueden tener efecto sobre el cuerpo
cuando el goce como tal o como sufrimiento masoquista se
instala en transferencia. Situarlo como demanda al analista
es una asignación forzada, no en el sentido de sometimiento
(aunque por momentos puede serlo, sin ser su meta) sino
en el sentido de fuerza asignante. Es la disponibilidad
pulsional en juego en el analista lo que puede hacerlo posible
cuando transitiva marca y afecto, permitiendo en el analizante
rasgos de identificaciones simbólicas. Es decir,
saberse en esa experiencia libidinal como sujeto en los
trazos que ella le permite escribir. Si esto es posible
o no es un desafío para la efectividad del Psicoanálisis.
Montevideo: Abril de 2002
(1). García; "Coreo-grafías. Inscripciones
arcaicas".
"La
inscripción libidinal de las experiencias arcaicas
requieren del otro, el "ajeno" que Freud incluye
necesario para el cumplimiento de la "acción
específica". Los acontecimientos son actos impregnados
del deseo de los padres. No es pensable como la imprenta
estampa un papel en blanco, sino como una danza donde participan
todos estos protagonistas en coreo-grafías
que se van armando sin saberlo. Esta coreo-grafía
constituye una parte esencial del registro(b). Podemos decir
que hay allí un acto inconciente de creación
coreo-gráfica, re-creación de formas que
provienen de la historia inconciente de los padres.El concepto
freudiano de "fantasía originaria",
en tanto guión escénico, está
implicado en lo que designo como coreo-grafía.
Pero esta metáfora apunta a abarcar la importancia
de los cuerpos (erógenos) en juego, sus movimientos,
gestos, contactos, separaciones, miradas, sostén,
desencuentros, olores, placer y dolor. Experiencia sensible
de transmisión que, al igual que en la danza, no
puede ser mediatizada por la palabra escrita ni oída,
no puede ser explicada sino vivida con el otro".
BIBLIOGRAFÍA
- BEDÓ, Thomás; "Insight, perlaboración,
interpretación" 1988.
- BERGÈS, Jean; BALBO,Gabriel;"Sobre el transitivismo"
1998.
- DERRIDA, Jacques; "Freud y la escena de la escritura"
1980.
- FREUD, Sigmund; "Nota sobre la pizarra mágica"
1924.
- GARCÍA, Javier; "Coreo-grafías.Inscripciones
arcaicas" 1995.
- GARCÍA, Javier; "Sobre ciertos problemas que
nos plantea en el Psicoanálisis la pérdida
de eficacia de las palabras" 2001.
- GARCÍA, Javier; "De rasgos y adopciones"
2001.
- POMMIER, G; "Nacimiento y renacimiento de la escritura"
1993.
- ROSOLATO, Guy; "La relación de desconocido"
1978.
- WINNICOTT,D. W.; "Preocupación Maternal primaria"
1956