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De la madre, lo maternal

Por J-B. Pontalis


(Texto aparecido en Perdre de vue)
Melanie Klein: ¿a quién más sino a ella se debe la gran promoción que se hizo de la madre como objeto, parcial en un principio, y total más tarde? Sin embargo, el campo ilimitado de lo maternal, apenas si encuentra lugar en ella. De modo que podríamos plantear si no existe respecto de la madre una antinomia entre el empleo (forzado) del "pecho" -como una referencia fundamental-, y la referencia implícita en ella, a lo maternal. Una cuestión para plantear no sólo en el plano de lo teórico sino también en el de la realidad psíquica.
Por otra parte, no encuentro en Winnicott, por más que se insista en esto, una promoción semejante de la madre, con lo que esto podría suponer de idealización. Si, en cambio, hay una puesta en juego de lo maternal. La "good enough mother", que no define un estereotipo de madre sino un medio ambiente, un encuadre (Bleger), una condición que favorece la vida, algo así como una barrera protectora contra traumatismos.

¿Se gana algo diciendo "lo maternal" en lugar de "la madre"? El recurso del adjetivo sustantivado nos propondría a un ser neutro, difuso, sin afectación directamente asignable a persona, figura o sexo. ¿Se buscaría así un desplazamiento hacia la función? Si así fuera nos confrontaríamos con demasiadas connotaciones ideológicas: definir la esencia de lo maternal. El take care of, la devotion (en fin, a los anglosajones no le faltan palabras para nombrar lo maternal). Tendríamos que lo maternal purifica a la madre, conjuraría la seducción recíproca madre-hijo, suavizaría el fantasma.
Pero no hay que confundir una referencia a lo maternal con una reverencia a lo maternal. Busquemos en todo caso un beneficio para el círculo psicoanalítico: salir del sempiterno debate en que se objeta eternamente a los militantes del Nombre-del-Padre: "¿Qué hacen ustedes con la relación primordial, sensorial, sensual, entre la madre y el infans?, y -en réplica-, hacia los lugartenientes de la madre: "Ustedes desconocen la instancia paterna, la anterioridad del tercero".
Comencemos, entonces, por matizar un poco esas fórmulas que son moneda corriente, por un lado, la de la "relación fusional con la madre" y, por otro, "acceso a lo simbólico". Tales fórmulas nos ponen ciegos y sordos respecto del desarrollo psíquico.

El primer deseo: Todo. Todo ya, y en todo momento!
Ni se nos ocurre poner en cuestión esto.
Evidentemente no hay deseo de renunciamiento, sin duda a veces se renuncia a la satisfacción de deseos pero sólo a título de exigencias llegadas desde el exterior o desde el super yo. No veo que en la renuncia haya algún deseo que se afirma. ¿El masoquismo? Una víctima que no abandona su presa. ¿La gran histérica una gran renunciadora? Vayamos despacio... .

Ersaltz: producto de un reemplazo, pieza de recambio, objeto "comodín". Palabra siniestra (sobre todo para orejas francesas) No hay Ersaltz aceptable de la madre.

Cambio de padre sí. (Ver Filiations de Granoff), pero ningún cambio de madre. Por esto vemos tanta obstinación por cambiar la madre. Voluntad encarnizada de cambiarla en su realidad, lo que vemos del modo más manifiesto en lo que llamamos reacción terapéutica negativa, allí donde el odio encubre al amor loco: debo cambiarla, curarla, únicamente yo, para que sólo sea para mí.
La misma locura que observamos en el encarnizamiento, la intolerancia, la superlucidez respecto del otro, la ceguera respecto de uno mismo (paranoia) de ciertas formas de pasión amorosa: la demanda es de amor, el comportamiento de odio.

Pero para que haya vida psíquica, cierta movilidad interna del juego, debe darse un difícil tránsito desde la madre conmigo a lo maternal en mí, ¡qué trayecto!

El modelo freudiano de la experiencia de satisfacción se invierte: sólo la satisfacción alucinatoria -que guarda poca relación con el fenómeno clínico alucinatorio, siempre tan problemática para el propio sujeto-, es plena, sólo en ella se da con la cosa misma, sólo ella es verdadera posesión. En oposición a un Taine que ve en la imagen una percepción debilitada, un reflejo exangüe de la cosa, se podría decir que para Freud, es la percepción de vigilia la débil por relación a la percepción onírica (En el pensamiento de Marleau Ponty de Lo visible y lo invisible, se nos dice "que el pensamiento de la madre se haga carne").
Poseer la madre: "una experiencia de satisfacción", una "alucinación" sostenida contra viento y marea.

La "Madre muerta" de la que habla André Green, en un texto de fuertes resonancias, aquella que da y quita, esa madre, obliga a Green invocar una depresión en ella consecutiva a una pérdida de objeto que le resulta tan intolerable que provoca su retiro para ocuparse de sí misma, self absorbed, como lo expresan los anglosajones. Proponer en tal retiro la existencia de un rival provee una explicación que tranquiliza, autoriza y debilita la hostilidad. Uno está tentado a veces de ver en la interdicción edípica una fábula forjada por el propio niño, una fábula que tendría en este caso una doble ventaja: proteger al niño de su impulso efectivo a satisfacerse de la madre y justificar el repentino retiro de investimiento.

Para Freud la madre es en principio edípica, tardíamente reconocida como pre-edípica, siempre sexual. Falta sin duda tener precisamente articulado lo sexual con lo "pre-sexual", es decir, ese tiempo donde lo sexual no está diferenciado como tal, su concepción deja espacio a "la madre que cuida" de los ingleses y, por estos lares, a la madre real que nos inventamos: la que hace bien su quehacer pero sin poner el corazón en ello, o bien, sería la que nos nutre pero sin acunarnos, o aún, la que nos habla sin tocarnos. ¿Los analistas no se cansarán jamás, ya no de hacer, sino de rehacer la madre? ¿No buscarían ellos también cambiar a la madre, y antes que a ninguna a la propia?

    
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