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Soy Marcos
por Florencia Grandinetti

Cuando todo parece ser destino y cárcel, una referencia clínica aportada por la psicoanalista.

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Pintura: Antoni Tàpies

 

 

Marcos siempre se curó solo. Incluso cuando en ocasión de estar preso lo hirieron de bala y pensó que no iba a recuperar la movilidad de su pierna izquierda.

Pero ahora algo le duele, ahora tiene miedo. Antes era fácil: vivir solo, armado y fuera de la ley. Hoy, enamorado de su mujer, teniendo una mejor relación con su madre y en transferencia con su analista, Marcos tiene miedo, miedo a fallarles.

No puedo fallarles a mi vieja, a usted y a Gloria.

Acude a cada entrevista acompañado por su mujer. Gloria lo espera siempre en el mismo asiento. Yo lo acompaño hasta la puerta del servicio. Ella me dirige un saludo, lo abraza y se van juntos a tomar un café con leche al bar de la esquina.

Pide que lo ayuden a dejar de tomar alcohol y, casi como un designio, sostiene la abstinencia desde el primer día de tratamiento. Pero no puede contenerse ante situaciones en que siente el impulso de defenderse. Un empujón en el colectivo o una mala maniobra de un automovilista son motivos suficientes para propinarle una trompada al emisor del desafortunado mensaje. Casi como excusándose y encogiéndose de hombros luego de relatar estos episodios los rubrica diciendo: y… soy Marcos.

El mismo Marcos que llega unos minutos tarde a sesión porque en la puerta del centro de salud se estaba incendiando un auto y fue a darle una mano al taxista. O que convence en la sala de espera a un adolescente adicto, mediante un código que ambos comparten, de que hacer tratamiento lo va a ayudar a salir del infierno.

Y a partir del miedo a fallar empieza a surgir el relato de su vida: sus dos hijos, nacidos cuando él era apenas un adolescente, se niegan a verlo salvo para pedirle dinero. Es que desde que ellos eran bebés, él estuvo preso y no pudo criarlos.

Nació en una villa del conurbano. Muchos hermanos y una madre que -como pudo-, estuvo allí para rescatarlo cuando se perdía en la droga.

Mi viejo me pegó siempre pero yo fui el que viajó a Corrientes cuando se moría y me quedé con él hasta el final.

Ahora, desde hace 8 años quieren tener un hijo con Gloria y no pueden lograrlo. Una nena, que se llamaría Cristal.

Marcos sostiene su abstinencia a fuerza de no pasar por determinados lugares y no encontrarse con determinadas personas. No encontrarse con el alcohol ni con la posibilidad de una afrenta que lo lleve a pelearse a las trompadas. Y se gana la vida vendiendo libros en la calle.

Yo soy blanco o negro, los colores destiñen. Esto me quedó de cuando estaba preso. Allá hay jefes y esclavos. Si no querés convertirte en un esclavo, tenés que ser jefe y para eso tenés que conseguirte un par de esclavos.

De un modo intermitente fueron apareciendo en las sesiones relatos de su estadía en prisión. Cuenta que fue trasladado varias veces debido a su mala conducta, que en cada unidad penitenciaria terminaba tomando el lugar de jefe, y que allí aprendió también el oficio de tallador ebanista. Roles, estos, que nunca pudo desempeñar afuera.

Estos relatos oscilaban entre una tristeza que lo hacía llorar, mostrándose él mismo sorprendido por ello, y la satisfacción de haber sobrellevado esos sucesos de un modo casi heroico.

Al final yo salí por mí mismo, me leí todo el código penal y yo me defendí solo.

Se acuerda de una psicóloga que lo atendía en las últimas épocas de estar preso y explica que gracias a la ayuda de ella pudo manejar su conducta y así ir obteniendo beneficios que lo acercaron a la libertad.

Cuando finalmente sale de la cárcel, ya nada es como antes. La que entonces era su mujer estaba con otro hombre, sus hijos no lo reconocían. En ese momento consumía drogas y alcohol en cantidad. Ahí decide curarse de nuevo. Pero entonces conoce a Gloria. Ella lo saca otra vez de la calle, se van a vivir juntos y él comienza con su actividad de vender libros mientras ella es enfermera en una salita.

Pero Cristal no llega.

En tanto Gloria se hace estudios médicos, Marcos no puede someterse ni siquiera a un pinchazo para un análisis de laboratorio.

Cada vez que mi mujer se hace un estudio, yo me mamo…

Es notable que Marcos consumiera distintas drogas y bebidas alcohólicas pero que aquella a la que no pudiera resistirse fuera la cerveza. Acerca de esta preferencia refiere que en la época siguiente a salir de la cárcel, él trabajaba en una pizzería y vivía literalmente allí y que su dieta diaria estaba conformada por un sándwich y varios litros de la mencionada bebida. Al poco tiempo es cuando conoce a Gloria y se va a vivir con ella. Durante el tratamiento, Marcos evita pasar por determinados lugares, entre ellos la intersección de Córdoba y Estado de Israel, donde hay una publicidad enorme de Quilmes.

En abstinencia y con el correr de las sesiones comienza a aflorar la tristeza a partir del devenir de los recuerdos de la época en prisión, y la desazón, ante la demora de su anhelo de tener a Cristal.

En ese contexto se produce un giro: Marcos logra, por intermedio de un conocido, que lo tomen a prueba como encargado de un edificio de un cotizado barrio de la Capital. Se entusiasma mucho, ya que obtener el empleo implica una vivienda allí con un buen sueldo y, sobretodo, su primer trabajo en blanco.

Así, Marcos comienza a vestir de saco y corbata. Se corta el pelo. Se desvela por mostrarse solícito para obtener la simpatía de los propietarios. Se excede. Limpia con tanto esmero la escalera que la señora del 4° termina recriminándole que su caniche se resbala en los escalones.

Trabaja sábados y domingos sin descanso hasta que finalmente consigue que lo nombren encargado. A las pocas semanas empieza a tener encontronazos. Primero con un vecino que se queja porque no le entrega la correspondencia en tiempo y forma. Después, con el otro encargado, hasta que un día termina pegándole una trompada.

Yo soy así, soy Marcos, dice.

A partir de este momento todo sucede muy rápido. A la siguiente entrevista concurre pálido y refiere que desde el consorcio le solicitan sus antecedentes policiales. Esto lo pone muy nervioso ya que teme que, a pesar de haber cumplido su condena, aparezca en su prontuario la sentencia que tuvo por robo a mano armada con toma de rehenes. Dice que, de todos modos, ha resuelto concurrir a la comisaría a pedir sus antecedentes ya que supone que por el tiempo transcurrido esa información ya debería haberse suprimido.

Esa fue la última vez que lo vi. A los pocos días me llama Gloria y llorando me informa que Marcos está preso, que no entiende por qué, que en los minutos en que pudo visitarlo en la comisaría él se arrodilló y le juró que no se había mandado ninguna. Le pidió que me dijera que pronto iba a volver al tratamiento.

Todo resulta bastante confuso. Al día siguiente ella me viene a ver. Dice que Marcos estaba en libertad condicional –lo que yo ignoraba-, y que le habían enviado varias citaciones desde el juzgado que, por no haber notificado el cambio de domicilio, él nunca había recibido. Gloria me informa que en dichas citaciones lo exhortaban a concurrir al juzgado periódicamente para firmar y al no haberse presentado se dispuso su pedido de captura. Y que cuando él acude a la comisaría para pedir sus antecedentes queda detenido por estar prófugo de la justicia.

Ahora, lo que Gloria viene a pedir es que la psiquiatra que atiende a Marcos le haga un certificado en el que se indique qué medicación se le venía administrando para intentar evitar que lo trasladen a un penal riguroso. Se le extiende la constancia y a los pocos días ella vuelve a comunicarse: a Marcos lo mandaron a la cárcel de Batán –uno de los peores destinos posibles–, y finalmente va a desistir de valerse de la constancia médica.

Marcos se quiere quedar ahí, dice.

 


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