Intentaré un recorrido a partir de los puntos de partida de los interrogantes que se me plantean: Hace más de 20 años Wallerstein, R. (1988) se preguntaba: ¿Un psicoanálisis o muchos? Y aún nos inquieta intentar responder a la pregunta. Personalmente pienso que hay tantos análisis como analistas. Pero allí se me genera otra inquietud: ¿qué tenemos en común entre nosotros?, ¿qué tenemos en común los analistas? Y ensayo respondiendo que más allá de la filiación común con el fundador de nuestra disciplina (por cierto tan diversamente interpretado) y por ende el reconocimiento de los aspectos inconcientes que nos gobiernan, es probable que lo ético en nuestro trabajo sea uno de los denominadores comunes entre nosotros. .
Aunque quizá lo que resulte más unificador a todos sean las características que configuran nuestra clínica actual porque probablemente todos nosotros reconozcamos una demanda predominantemente de pacientes complejos, de difícil acceso o graves, que nos encuentran a la vez con escasas herramientas técnicas conceptualizadas para afrontarlos (Nemirovsky, 2002, 2009).
Y entonces vuelvo a interrogarme: ¿Podemos caracterizar psicopatológicamente a quiénes demandan nuestra atención hoy día, o debemos conformarnos con denominarlos genéricamente pacientes complejos, graves, de difícil acceso? Y a estos pacientes ¿Qué respuestas le damos?
Y por último y lo más difícil para el diálogo entre nosotros: ¿Cómo trasmitir a los colegas la realidad de esta práctica nuestra?
Veamos respecto al primer interrogante, el tema del diagnóstico inicial: difícilmente nos encontremos con neurosis en estas consultas. Creo que es habitual que nos encontremos con no-neurosis. Es muy probable que las no-neurosis y no-psicosis constituyan el grueso de los pacientes que consultan.
Y no conviene que agreguemos al cajón de sastre “borderline” todo lo que encontremos como no-neurosis no-psicosis.
Nuestros pacientes actuales habitualmente nos visitan una vez por semana: son tratamientos que en general –y culposamente- denominamos como “psicoterapia psicoanalítica” y una de las cuestiones a discutir es si consideramos psicoanálisis a estos tratamientos.
Comenzado ya el tratamiento utilizamos el diván entre el 25 % y el 30% de los casos según puedo corroborarlo entre mis colegas amigos y solemos tener terceros como invitados obligados (obras sociales, prepagas).
El encuadre, recordemos, suele ser negociado entre ambos participantes.
Hasta aquí tenemos mucho para discutir: que es psicoanálisis y que no, así como la taxonomía psicopatológica y nuestras herramientas.
Vuelvo a la segunda pregunta que planteaba: ¿Qué respuestas les damos? Trataré de describir, sin juzgar, lo que nos pasa (o lo que interpreto que nos pasa a muchos de nosotros).
El resultado de la suma de los pacientes complejos más la baja frecuencia, nos induce a ocuparnos más de la continencia que del esclarecimiento: queramos o no, seleccionamos aspectos deficitarios de nuestros pacientes ocupándonos de estas cuestiones y dejamos para momentos posteriores los derivados del conflicto, del deseo.
La menor frecuencia hace que generemos una tendencia a la simetrización del vínculo e intensifiquemos nuestros esfuerzos empáticos.
Dadas las característica predominantes de los consultantes actuales (frágilmente constituidos, con baluartes defensivos, con hiperkinesia encubridora de depresión vacía, acuciados por sentimientos de extrañeza, de perplejidad, de irrealidad, de sentirse vacíos o inexistentes) nos centraremos legítimamente en que el paciente se “arme” conteniendo su propia vulnerabilidad, así como en que diferencie síntomas físicos de emociones, que distinga dolor de angustia, que sepa de su existencia encarnada en su cuerpo, que se sienta hablado y mirado por nosotros quizá por primera vez en su vida.
Es decir, la situación que nos complicaba hace unos años se ha invertido y en pacientes con patología mixta (conflicto y déficit) es posible que no demos lugar al desarrollo de la neurosis de transferencia apremiados por los déficits a restaurar.
La discusión en este punto puede ser más amplia si incluimos en detalle lo que percibimos que hacemos con el paciente y como lo hacemos, es decir, con que herramientas procedemos: interpretación, llenado de lagunas mnésicas, construcción, intervenciones empáticas intervenciones afirmativas.
La tercera pregunta que se engarza a la segunda: ¿Cómo trasmitir a los colegas la realidad de nuestra práctica? Jiménez, J. P. (2009) plantea que no se pueden estudiar las convergencias y divergencias en la clínica psicoanalítica sin saber de manera confiable lo que los psicoanalistas realmente hacen en la intimidad de su práctica y propone estudiarla en sus propios méritos.
Las ideas de Jiménez están en concordancia con el interés de los working party que han hecho su aparición en la última década en los últimos congresos internacionales psicoanalíticos y es quizá el intento que más se aproxima a considerar el quehacer en nuestros consultorios.
Muchos autores, incluso el citado (Jiménez, 2006) se refieren a las cuestiones de la práctica de la profesión y a las herramientas con que contamos, desde las clásicas (interpretación y el señalamiento) hasta las diversas intervenciones que tratan de dar cuenta del amplio abanico de la participación del analista: enactment, autorevelación, intervenciones afirmativas, acciones diversas. Pero pienso que muchos de nuestros procederes no alcanzan a explicitarse por distintas razones: por un lado no resultan visibles a nuestra propia conciencia, por otro lado, cuando podemos asirlas, solemos carecer de conceptos que los abarquen y expliquen. Por último y quizá lo que más nos pesa, se nos impone el temor a resultar herejes en nuestra propia profesión (lo confirmamos cuando sentimos alivio al encontrarnos con colegas con los que podemos compartir experiencias que no podemos conceptualizar y que son similares a las nuestras).
Como dice Greenberg, J. (2009) “Por ahora, estamos muy lejos de saber exactamente que es aquello de la relación analítica que contribuye con sus efectos terapéuticos”.
En mi opinión sabemos bastante bien aquello que no debemos hacer para conservar un campo de trabajo que nos posibilite pensar, pero no resulta tan claro dar una indicación acerca de lo que sí debe ser hecho para favorecer la tarea. Pero ¿de qué forma nuestra participación silenciosa o hablada llega al paciente y como actúa en su psiquismo? Es una incógnita que está lejos de resolverse aunque en nuestra disciplina haya una afortunada tendencia en la últimas décadas a centrarnos en nuestra práctica sin los prejuicios respecto a aquello que debemos y aquello que no, de acuerdo a las teorías que tengamos en nuestro background. (Nemirovsky 1993, 2007, 2011)
Al menos por ahora no deja de ser una ilusión que podamos trasmitir lo que realmente sucede en nuestra práctica como desearíamos.
Trabajando, muchos de nuestros gestos son espontáneos -en un sentido conceptual semejante al que Winnicott (1958,1960) plantea- siendo imposible o muy limitado nuestro registro de los mismos. Nuestros gestos ni siquiera tienen una estructuración simbólica que permita un almacenamiento interpretable dentro de nosotros. Estos gestos están básicamente ligados a nuestra acción, no en el sentido del agieren freudiano pero si cercanos a nuestras emociones y seguramente lejos de nuestro intelecto.
Vamos procediendo con el paciente y observamos, observamos y procedemos, construimos nuestro objeto de observación, lo describimos, interviene el paciente, confirmamos, intervenimos intentando delimitar mejor el objeto construido, rectificamos, describimos, el paciente interviene, y así vamos configurando lo que intentamos conocer, a partir de nuestra empatía, de nuestras emociones, de nuestras identificaciones con las vivencias del paciente, de nuestra imaginación y de nuestra capacidad de vivenciar, que suele ser variable. Vamos armando entre los dos el objeto que queremos delinear, describir, para que el paciente y nosotros mismos lo percibamos.3
Por otro lado, por lo que vamos aprendiendo, nuestros pacientes valoran nuestra participación emocional y especialmente nuestra espontaneidad. Y esto nos hace preferir ser espontáneos a ser neutrales. Pero ¡cuidado! estamos hablando entre analistas, donde la espontaneidad se ejerce dentro del espacio de juego, del espacio que vamos creando con el paciente en sesión.
Más allá de nuestra preocupación por “hallar la verdad”, “esclarecer” o “curar”, (objetivos que seguramente nos interesan en términos del proceso que vamos transitando) vamos armando, construyendo entre ambos integrantes de la pareja terapéutica intervenciones sucesivas que intentan acercarse a las vivencias de quien nos consulta y que tratan de abarcarla, dando rodeos metafóricos.
Hasta allí llegamos. Esto es todo. Y esto es nada menos que lo nuevo que tenemos para ofrecerle al paciente (un espacio de vínculo emocional intenso y la posibilidad de reflexión alrededor de esta experiencia. Y recomenzamos con nuevas preguntas ¿Se puede pedir más? ¿Podemos más?
Y además, ¿Podemos trasmitir mejor lo que pasó en una sesión a los colegas? ¿Como recortamos lo que trasmitimos para encontrarnos con aquello que verdaderamente hacemos?
A pesar de nuestro intento de disociarnos para posibilitar la observación, lo que acontece en sesión se nos escapa, es inefable, como lo son los fenómenos humanos más profundos 4, como el amor o la amistad. Trabajar en los pequeños grupos que mencionábamos es un intento de crear un clima adecuado para poder pensar, transmitir y recibir las interacciones del complejo vínculo analítico con nuestros colegas pero…no podemos dejar de tener en cuenta que choca con nuestros propios límites. Uno de los límites más importantes resultan los diferentes lenguajes con que los analistas teorizamos nuestra práctica, aunque quizá la llamada Babel del psicoanálisis no sea una cuestión insalvable. Ya es inevitable que cada escuela hable en su idioma, que no es diferente a lo que sucede con cada nación. La cuestión es si cada uno intenta realmente comunicarse con el colega, tratando de explicitar los conceptos que construye con las reglas de su lenguaje.5
No es la nuestra una disciplina científica en sentido tradicional, lo debemos admitir. Entonces ¿por qué pedirle que se ajuste a los métodos tradicionales de investigación? Asumamos que no podemos armar lo que va sucediendo en sesión a pesar de instalar sofisticados métodos de registro. No podemos; entonces no nos desesperemos para hacerlo y para que nos crean.
Freud hace unos 100 años se planteaba “Si no existe ninguna certificación objetiva del psicoanálisis ni posibilidad alguna de hacer demostración pública de él, ¿cómo se puede aprenderlo y convencerse de la verdad de sus aseveraciones?” (Freud, 1915-1916). Esta pregunta no está lejos de las que formulamos en la actualidad. No la hemos contestado sino muy parcialmente, sin embargo tratamos a muchos pacientes y los hemos beneficiado. Tampoco creo necesario preocuparnos por pronósticos agoreros en lo que respecta a la sobrevida del psicoanálisis. Ya habían sido anunciados desde los albores del siglo XX. A pesar de ello, el psicoanálisis crece y se desarrolla y cada encuentro, congreso o jornada da muestras de ello. Es cierto que debemos tener la modestia suficiente para entender que no sabemos aún con certeza cómo nuestros pacientes se han beneficiado. No nos avergoncemos ni lo ocultemos, sigamos planteándonos hipótesis y no corramos a contestarlas. El trayecto de estos más de cien años y el tiempo que vendrá nos posibilita interrogarnos tranquilos.
BIBLIOGRAFIA
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Paidos, Bs.As., 1993.
1 Trabajo presentado en el XX Encuentro Latinoamericano sobre el pensamiento de D.W. Winnicott , 4 y 5 de noviembre 2011, Montevideo, Uruguay.
2 Miembro Titular con función didáctica de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA) Argentina. cnemirovsky22@gmail.com Publicaciones:
Libros: Winnicott y Kohut. Ed. Grama, Buenos Aires, 2007. Trad al ruso (ed. Cogito) Winnicott Hoy (cap) Ed. Psimática, Madrid y The young lady… (cap) Aut: F. Borgogno, Italia.Ingles ed. Karnak, London.