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Lo vivo

por Daniel Ripesi.
Cuando ya han claudicado ciertas zonas del ser, hay otras, sin duda más oscuras y de una privacidad insobornable, que permanecen vivas... Tan próximas a una ingenuidad y -al mismo tiempo- a una ferocidad animal, que darán fundamento a una preocupación teórica que atraviesa todo el pensamiento de Winnicott

Citaré extensamente una bella página de A. Camus (1) : "Por la noche en Palma la vida refluye y lentamente hacia el barrio de los cafés cantantes, detrás del mercado: calles negras y silenciosas hasta el momento en que se llega frente a las puertas de persianas por las que se filtran la luz y la música. Pasé casi toda una noche en uno de esos cafés. Era una salita muy baja, rectangular, pintada de color verde y adornada con guirnaldas rosadas. El cielo raso de madera estaba cubierto de minúsculas lamparillas rojas. En ese pequeño espacio se habían encajado milagrosamente una orquesta, un bar de botellas multicolores y el público, apretado a más no poder, codo con codo. Había solo hombres. En el centro, dos metros cuadrados de espacio libre. Vasos y botellas corrían hasta los cuatro rincones de la sala, llevados por el mozo. Todos allí habían perdido la conciencia de sus actos. Todos aullaban. Una especie de oficial de marina me eructaba en el rostro, cortesías cargadas de alcohol. En mi mesa, un enano sin edad me contaba su vida. Pero yo estaba demasiado tenso para escucharlo. La orquesta tocaba sin tregua melodías de las que sólo se distinguía el ritmo, porque todos los pies marcaban la medida. A veces se abría la puerta. En medio de alaridos, el público encajaba al que acababa de llegar, entre dos sillas (2) .
Sonó de pronto un golpe de címbalo y una mujer saltó bruscamente al círculo exiguo del centro del recinto.
-Veintiún años-, me dijo el oficial. Me quedé estupefacto. Era el rostro de una muchacha, pero esculpido en una montaña. Mediría como un metro ochenta. Enorme, debía de pesar unas trescientas libras. Con las manos en las caderas, vestida con una malla amarilla que hinchaba un damero de carne blanca, sonreía; y cada uno de los ángulos de la boca difundía hacia las orejas una serie de pequeñas ondulaciones de carne. En la sala la excitación ya no tenía límites. Se sentía que esa muchacha era allí conocida, amada, esperada. Ella no cesaba de sonreír. Paseó la mirada por el público, y, siempre silenciosa y sonriente, hizo ondular el vientre hacia delante. La sala bramó, luego reclamó una canción que parecía conocida. Era un canto andaluz, gangoso, cuyo ritmo, sordamente marcado por la batería, abarcaba las tres medidas. La muchacha cantaba, y a cada compás imitaba los ademanes del amor con todo el cuerpo. En ese movimiento monótono y apasionado, verdaderas olas de carne nacían e iban a morir a los hombros. La sala estaba como aplastada. Pero en el estribillo, la muchacha, girando sobre sí misma mientras sostenía los senos con las manos y abría la boca roja y húmeda, volvió a entonar la melodía, a coro con la sala, hasta que todo el mundo se levantó en medio del tumulto.
Ella, plantada en el centro, pegajosa de sudor, despeinada, erguía sus macizas formas, hinchadas en la malla amarilla. Como una diosa inmunda saliendo de las aguas, con la frente bestial y estrecha, los ojos vacíos, vivía tan solo en el tenue estremecimiento de las rodillas, como el que exhiben los caballos después de la carrera
(3) .

Me interesaba iniciar esta aproximación al tema de "lo vivo" en la obra de Winnicott con esta cita; con ella quizás se pueda advertir cómo, cuando ya han claudicado ciertas zonas del ser, seguramente las más visibles -probablemente las más expuestas al intercambio con los demás-; hay otras, sin duda más oscuras y de una privacidad insobornable a cualquier intento de seducción. Son éstas, tan próximas a una ingenuidad y -al mismo tiempo- a una ferocidad tan animal en cada sujeto, las que se mantienen en una suerte de obstinación de vida: en un oculto frenesí que resiste el ahogo que le impone toda rutina o la repetición mecánica de esos hábitos en los que cada uno puede reconocerse mejor. Emancipación, entonces, de algunas zonas corporales que parecen habitadas por un latido. Es este latido el que -aunque se muestre eventualmente lánguido- sostiene aún con vida a sujetos que, por momentos, se presentan como casi muertos. Suerte de zonas erógenas -del yo en este caso-, orgasmos silentes que están más cercanos al ritmo imperioso de la necesidad que del deseo inconciente -también imperioso por cierto-.
En Winnicott, si es que se desea lograr una cierta aprehensión de lo que gravita teórica y clínicamente en la figura subjetiva de lo "vivo", no se debería -según creo- poner a dicha cualidad en oposición dialéctica con aspecto alguno de lo que en la teoría psicoanalítica habitualmente se reconoce como pulsión de muerte. Sin duda, no es ese el polo del conflicto en el pensamiento de Winnicott (4). Si bien, como Freud -a partir del descubrimiento de la pulsión de muerte-, se pregunta sobre qué es lo que hace que un sujeto se mantenga con vida (más allá de la evitación de un recorrido demasiado recto hacia la muerte, es decir, del empeño por construir con curiosos rodeos el camino inevitable, pero lo más extenso posible hacia ese destino), Winnicott da un paso más y se pregunta "qué lo que en rigor hace que la vida valga la pena de ser vivida por un sujeto". La experiencia clínica de este autor se nutre del encuentro con pacientes que ya han perdido toda esperanza al respecto. Lo vivo no se opone estrictamente a ninguna de las manifestaciones posibles de la pulsión de muerte tanto como a determinadas expresiones de lo que se podría llamar "no-vida". Ya en "La defensa maníaca" (5) -1935-, Winnicott advierte sobre el hecho de que una mera negación de la muerte tiene por inconveniente (psicopatológico) impedir la capacidad de una creencia espontánea y natural en la vida: el despliegue de lo vivo en un sujeto para animar y sostener con sentido la existencia (6). Tampoco sería bueno sumariar a estos pacientes como meros sujetos melancólicos... La realidad clínica de ellos, como se verá, es mucho más compleja: en rigor, ellos "nunca tuvieron nada que perder", y están condenados a hacer duelo por aquello que, habiendo tenido que suceder nunca estuvo presentes en sus vidas.
A continuación, propongo un recorrido posible a través de la obra de Winnicott en el que se intentará cernir algunos de los diversos aspectos que la idea de lo "vivo" tiene en su pensamiento.

El 5 de noviembre de 1952 era un viernes insólitamente cálido para esa época en Londres. En la sobria sala de la Sociedad Psicoanalítica Británica donde un grupo de analistas -en número bastante discreto ese día- se habían reunido para debatir sus propios trabajos teórico-clínicos, la temperatura era, sin dudas, bastante más elevada... Para decirlo francamente el clima allí adentro estaba demasiado "caldeado". Dominaba la escena aquel día el grupo de los llamados kleinianos. Allí estaban justamente M. Klein junto a Hanna Segal, un poco más atrás la Dra. Heimann, y luego, un numeroso conjunto de analistas novatos que miraban con algo de recelo y desdén al reducido grupo de anafreudianos que estaban sin su líder aquella noche. En ese ambiente Winnicott se disponía a leer su artículo "Angustia asociada con la inseguridad". Hacía casi un año (7), -y Winnicott no había podido olvidarlo todavía-, del fuerte cruce de palabras que había sostenido con la Dra. Segal. Ahora ella estaba sentada frente a él. En aquel entonces, Hanna Segal, concluida la lectura de los trabajos que las jóvenes analistas aspirantes habían presentado en esa oportunidad, se había levantado de su asiento resoplando con desgano y manifestando: "Bueno.., no deja de sorprenderme que ustedes hayan sido capaces de llevar adelante un análisis más o menos razonable y que además lo hayan podido trasmitir en un inglés que pudo ser entendido..". Winnicott, que no pudo reaccionar inmediatamente, le hizo saber al día siguiente sobre su propia indignación: "se pone usted en un desagradable estado de envanecimiento en que parece estar sentada en la cima del monte Everest de un pecho bueno internalizado; créame, se desilusionará pues usted pude fallar en su comprensión de los hechos como puede fallar cualquier hijo de vecino"(8) .
La indignación de Winnicott era aún mayor cuando, apenas unos meses antes de este penoso incidente, él mismo había levantado su voz contra Edward Glover quien había tenido el descaro -así lo sentía Winnicott en aquel momento- de afirmar que los analistas kleinianos imputaban como interpretaciones válidas sus propias fantasías a los pacientes. Más tarde, como se sabe, Glover -junto Melitta Schmideberg, hija de M. Klein y paciente de Glover-, renunciaron a la Sociedad por el enfrentamiento que tenían con el grupo kleiniano.
Allí estaban entonces ahora, en el marco de una nueva Reunión científica de la Sociedad y Winnicott dio lectura a su trabajo. Desde el grupo kleiniano no se hicieron esperar los reclamos: "¿Es que usted realmente admite un estado anterior al de las relaciones de objeto basadas en la moción instintiva?", "¿Dónde sitúa usted la posición esquizo-paranoide respecto de ese supuesto estado de no-integración del que habla en su trabajo?", "¿Qué quiere decir que un sujeto temería enloquecer ante la ausencia de angustia en el marco del tratamiento analítico?", etc. Se le exigía a Winnicott retraducir su artículo según la jerga kleiniana y como su comunicación excedía la estrechez de ese aparato formal, mucho de la riqueza y originalidad de su elaboración teórica amenazaba perderse si lo ajustaba a tales expectativas. De modo que Winnicott insistía en hacerse entender en sus propios términos. En medio del oleaje de comentarios descalificadores Winnicott le echó una mirada a Melanie Klein esperando de ella algún tipo de respuesta contemporizadora, después de todo ella era para él la analista más original y menos kleiniana de todos los que allí estaban presentes, y él la admiraba por eso. Pero Melanie sólo le sostuvo una mirada neutra en un semblante de indisimulada autocomplacencia.

("Lo que yo esperaba el viernes era sin duda que hubiera habido algún movimiento de su parte en dirección al gesto que hacía en mi artículo. Se trataba de un gesto creativo, y yo no podía sopesar el valor de dicho gesto si no había alguien que saliera a su encuentro" ) (9).

Es a partir de aquí que quiero retomar el tema de lo vivo... Era necesario una breve caracterización de la atmósfera imperante entre los analistas ingleses de aquel momento (10), atmósfera que teñía sus intercambios científicos, sus observaciones clínicas, su relación con los desarrollos teóricos propios y ajenos, la relación con los análisis que llevaban adelante, no para ventilar meras cuestiones de alcoba, sino para hacer resaltar en los planteos de Winnicott al respecto -como se expondrán a continuación- los primeros indicios que permitan aproximarnos al tema que nos ocupa. Me refiero a lo que mantiene vivo o muerto al discurso de los analistas y, más allá de esto, lo que mantiene animado o no a los significantes (Cierto carácter de las palabras para que puedan -o no- entrar en diálogo). Vida que no sólo les otorgue valor simbólico a determinada cadena significante sino que también -y por eso mismo- permita el uso de todo símbolo a un sujeto. Empiezo, entonces, con unas líneas que Winnicott escribe a M. Klein donde reflexiona sobre lo sucedido esa noche en que leyó su artículo en la Sociedad:
"Lo primero que deseo decirle es que puedo advertir lo molesto que resulta, cuando algo se desarrolla en mí por mi crecimiento y mi experiencia analítica, que mi deseo sea el de expresarlo en mi propio lenguaje. Es molesto porque yo supongo que todo el mundo quiere hacer lo mismo cuando sabemos que en una sociedad científica uno de los objetivos es encontrar un lenguaje común. Sin embargo, este lenguaje debe mantenerse vivo, ya que no hay nada peor que un lenguaje muerto. (...) Personalmente creo que es muy importante que su obra sea reenunciada por personas que realicen los descubrimientos a su manera y que presenten lo que descubren en su propio lenguaje. . Sólo de ese modo se mantendrá vivo el lenguaje. Pero si usted estipula que en el futuro únicamente sea su propio lenguaje el que debe ser utilizado para la enunciación de los descubrimientos de otras personas, el lenguaje se convertirá en un lenguaje muerto, como ya se convirtió en la Sociedad. (...) Sus ideas sólo perdurarán en tanto y en cuanto sean redescubiertas y reforuladas por personas originales, dentro y fuera del movimiento psicoanalítico. (...) Usted es la única capaz de destruir este lenguaje denominado doctrina kleiniana y kleinismo, con un propósito constructivo. Si no lo destruye, este fenómeno artificialmente integrado deberá ser atacado en forma destructiva. Pienso que algunos de los pacientes que acuden a los 'entusiastas kleinianos' para ser analizados no se les permite realmente crecer o crear en el análisis... (11)

Bien, este texto condensa, a partir de clarísimos puntos de anclaje, las preocupaciones teóricas más urgentes de Winnicott, derivadas -por otra parte- de lo que le imponía su clínica con pacientes esquizoides. Las enumero de este modo

  • La tensión generada entre la necesidad de comunicar en el propio lenguaje y el lenguaje común. Es decir, entre el encierro que podría suponer una experiencia, que de tan íntima e inefable pudiera resultar prácticamente informulable y -por otra parte- la apertura a una comunicación de transmisión tan inequívoca que terminaría resultando demasiado formalizada -y por ello mismo- completamente alejada y ajena a la experiencia vivida.
  • La tensión entre un saber ya establecido y la originalidad. En este caso, el encierro en una mera repetición de ya archisabido -o bien- fascinarse una mera excentricidad que solo se nutriera de novedades intrascendentes. Podemos pensar también esta tensión como la que se impone, al enfrentarnos en una determinada observación, entre lo que se ordena según lo que ya sabemos y cierto estado posible de no-saber ante a los hechos.
  • Lo propio y lo ajeno. De algún modo, es una derivación de lo planteado en el punto anterior: la apropiación de lo establecido y la desposeción de las propias certezas en la aprehensión de lo real.
  • Lo artificialmente integrado y la riqueza de lo no integrado. Tensión entre un dogmatismo discriminatorio y un eclectisismo blando. La atribución de sentido o soportar la no-forma en las experiencias.
  • Finalmente, en el campo clínico, una metapsicología en las intervenciones del analista que soporte y sostenga todas las tensiones anteriormente enunciadas: permitir que el paciente pueda crear las interpretaciones dadas.

1 - Ansia de vivir, en El revés y el derecho, A. Camus, Ed Losada, Buenos Aires, 1958
2 - Hay cierta soltura en la alegría que define la verdadera civilización. Y el pueblo español es uno de los pocos de Europa realmente civilizados.
3 - Negritas mías.
4 - Que como se sabe rechazaba esa especulación teórica de Freud.
5 - "Escritos de pediatría y psicoanálisis", Ed. Laia, Barcelona.
6 - Adelantemos: en Winnicott el despliegue de lo vivo no encuentra algo que "se le oponga" sino, en determinados casos, algo que, eventualmente, "impide su desarrollo".
7 - En ocasión de un simposio titulado "Reacciones de los pacientes ante los nuevos seminarios", en febrero de 1951.
8 - Se puede consultar al respecto la carta que Winnicott le envía a la Dra. Segal el 21 de febrero de 1952, en "El gesto espontáneo", Ed. Paidós, Bs. As., 1990.
9 - Así se lo hace saber Winiicott M. Klein en una carta, el día 17 de nobiembre de 1952 - en "El gesto espontáneo", Ed. Paidós, Bs. As., 1990-
10 - Hoy mismo, con diferencia de matices y militancias, se pueden verificar atmósferas equivalentes en nuestras diversas instituciones psicoanalíticas.
11 - Carta a M. Klein, el día 17 de nobiembre de 1952 - en "El gesto espontáneo", Ed. Paidós, Bs. As., 1990- (Negritas mías).

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