Citaré
extensamente una bella página de A. Camus (1)
: "Por la noche en Palma la vida refluye y lentamente
hacia el barrio de los cafés cantantes, detrás
del mercado: calles negras y silenciosas hasta el momento
en que se llega frente a las puertas de persianas por las
que se filtran la luz y la música. Pasé casi
toda una noche en uno de esos cafés. Era una salita
muy baja, rectangular, pintada de color verde y adornada
con guirnaldas rosadas. El cielo raso de madera estaba cubierto
de minúsculas lamparillas rojas. En ese pequeño
espacio se habían encajado milagrosamente una orquesta,
un bar de botellas multicolores y el público, apretado
a más no poder, codo con codo. Había solo
hombres. En el centro, dos metros cuadrados de espacio libre.
Vasos y botellas corrían hasta los cuatro rincones
de la sala, llevados por el mozo. Todos allí habían
perdido la conciencia de sus actos. Todos aullaban. Una
especie de oficial de marina me eructaba en el rostro, cortesías
cargadas de alcohol. En mi mesa, un enano sin edad me contaba
su vida. Pero yo estaba demasiado tenso para escucharlo.
La orquesta tocaba sin tregua melodías de las que
sólo se distinguía el ritmo, porque todos
los pies marcaban la medida. A veces se abría la
puerta. En medio de alaridos, el público encajaba
al que acababa de llegar, entre dos sillas
(2) .
Sonó de pronto un golpe de címbalo y una mujer
saltó bruscamente al círculo exiguo del centro
del recinto.
-Veintiún años-, me dijo el oficial. Me quedé
estupefacto. Era el rostro de una muchacha, pero esculpido
en una montaña. Mediría como un metro ochenta.
Enorme, debía de pesar unas trescientas libras. Con
las manos en las caderas, vestida con una malla amarilla
que hinchaba un damero de carne blanca, sonreía;
y cada uno de los ángulos de la boca difundía
hacia las orejas una serie de pequeñas ondulaciones
de carne. En la sala la excitación ya no tenía
límites. Se sentía que esa muchacha era allí
conocida, amada, esperada. Ella no cesaba de sonreír.
Paseó la mirada por el público, y, siempre
silenciosa y sonriente, hizo ondular el vientre hacia delante.
La sala bramó, luego reclamó una canción
que parecía conocida. Era un canto andaluz, gangoso,
cuyo ritmo, sordamente marcado por la batería, abarcaba
las tres medidas. La muchacha cantaba, y a cada compás
imitaba los ademanes del amor con todo el cuerpo. En ese
movimiento monótono y apasionado, verdaderas olas
de carne nacían e iban a morir a los hombros. La
sala estaba como aplastada. Pero en el estribillo, la muchacha,
girando sobre sí misma mientras sostenía los
senos con las manos y abría la boca roja y húmeda,
volvió a entonar la melodía, a coro con la
sala, hasta que todo el mundo se levantó en medio
del tumulto.
Ella, plantada en el centro, pegajosa de sudor, despeinada,
erguía sus macizas formas, hinchadas en la malla
amarilla. Como una diosa inmunda saliendo de las aguas,
con la frente bestial y estrecha, los ojos vacíos,
vivía tan solo en el tenue estremecimiento de
las rodillas, como el que exhiben los caballos después
de la carrera
(3)
.
Me
interesaba iniciar esta aproximación al tema de "lo
vivo" en la obra de Winnicott con esta cita; con ella
quizás se pueda advertir cómo, cuando ya han
claudicado ciertas zonas del ser, seguramente las más
visibles -probablemente las más expuestas al intercambio
con los demás-; hay otras, sin duda más oscuras
y de una privacidad insobornable a cualquier intento de
seducción. Son éstas, tan próximas
a una ingenuidad y -al mismo tiempo- a una ferocidad tan
animal en cada sujeto, las que se mantienen en una suerte
de obstinación de vida: en un oculto frenesí
que resiste el ahogo que le impone toda rutina o la repetición
mecánica de esos hábitos en los que cada uno
puede reconocerse mejor. Emancipación, entonces,
de algunas zonas corporales que parecen habitadas por un
latido. Es este latido el que -aunque se muestre eventualmente
lánguido- sostiene aún con vida a sujetos
que, por momentos, se presentan como casi muertos. Suerte
de zonas erógenas -del yo en este caso-, orgasmos
silentes que están más cercanos al ritmo imperioso
de la necesidad que del deseo inconciente -también
imperioso por cierto-.
En Winnicott, si es que se desea lograr una cierta aprehensión
de lo que gravita teórica y clínicamente en
la figura subjetiva de lo "vivo", no se debería
-según creo- poner a dicha cualidad en oposición
dialéctica con aspecto alguno de lo que en la teoría
psicoanalítica habitualmente se reconoce como pulsión
de muerte. Sin duda, no es ese el polo del conflicto en
el pensamiento de Winnicott
(4). Si bien, como Freud -a partir del descubrimiento
de la pulsión de muerte-, se pregunta sobre qué
es lo que hace que un sujeto se mantenga con vida (más
allá de la evitación de un recorrido demasiado
recto hacia la muerte, es decir, del empeño por construir
con curiosos rodeos el camino inevitable, pero lo más
extenso posible hacia ese destino), Winnicott da un paso
más y se pregunta "qué lo que en rigor
hace que la vida valga la pena de ser vivida por
un sujeto". La experiencia clínica de este autor
se nutre del encuentro con pacientes que ya han perdido
toda esperanza al respecto. Lo vivo no se opone estrictamente
a ninguna de las manifestaciones posibles de la pulsión
de muerte tanto como a determinadas expresiones de lo que
se podría llamar "no-vida". Ya en "La
defensa maníaca"
(5) -1935-, Winnicott advierte sobre el hecho de
que una mera negación de la muerte tiene por inconveniente
(psicopatológico) impedir la capacidad de una creencia
espontánea y natural en la vida: el despliegue de
lo vivo en un sujeto para animar y sostener con sentido
la existencia
(6). Tampoco sería
bueno sumariar a estos pacientes como meros sujetos melancólicos...
La realidad clínica de ellos, como se verá,
es mucho más compleja: en rigor, ellos "nunca
tuvieron nada que perder", y están condenados
a hacer duelo por aquello que, habiendo tenido que suceder
nunca estuvo presentes en sus vidas.
A continuación, propongo un recorrido posible a través
de la obra de Winnicott en el que se intentará cernir
algunos de los diversos aspectos que la idea de lo "vivo"
tiene en su pensamiento.
El 5 de noviembre de 1952 era un viernes insólitamente
cálido para esa época en Londres. En la sobria
sala de la Sociedad Psicoanalítica Británica
donde un grupo de analistas -en número bastante discreto
ese día- se habían reunido para debatir sus
propios trabajos teórico-clínicos, la temperatura
era, sin dudas, bastante más elevada... Para decirlo
francamente el clima allí adentro estaba demasiado
"caldeado". Dominaba la escena aquel día
el grupo de los llamados kleinianos. Allí
estaban justamente M. Klein junto a Hanna Segal, un poco
más atrás la Dra. Heimann, y luego, un numeroso
conjunto de analistas novatos que miraban con algo de recelo
y desdén al reducido grupo de anafreudianos que estaban
sin su líder aquella noche. En ese ambiente Winnicott
se disponía a leer su artículo "Angustia
asociada con la inseguridad". Hacía casi un
año (7),
-y Winnicott no había podido olvidarlo todavía-,
del fuerte cruce de palabras que había sostenido
con la Dra. Segal. Ahora ella estaba sentada frente a él.
En aquel entonces, Hanna Segal, concluida la lectura de
los trabajos que las jóvenes analistas aspirantes
habían presentado en esa oportunidad, se había
levantado de su asiento resoplando con desgano y manifestando:
"Bueno.., no deja de sorprenderme que ustedes hayan
sido capaces de llevar adelante un análisis más
o menos razonable y que además lo hayan podido trasmitir
en un inglés que pudo ser entendido..".
Winnicott, que no pudo reaccionar inmediatamente, le hizo
saber al día siguiente sobre su propia indignación:
"se pone usted en un desagradable estado de envanecimiento
en que parece estar sentada en la cima del monte Everest
de un pecho bueno internalizado; créame, se desilusionará
pues usted pude fallar en su comprensión de los hechos
como puede fallar cualquier hijo de vecino"(8)
.
La indignación de Winnicott era aún mayor
cuando, apenas unos meses antes de este penoso incidente,
él mismo había levantado su voz contra Edward
Glover quien había tenido el descaro -así
lo sentía Winnicott en aquel momento- de afirmar
que los analistas kleinianos imputaban como interpretaciones
válidas sus propias fantasías a los pacientes.
Más tarde, como se sabe, Glover -junto Melitta Schmideberg,
hija de M. Klein y paciente de Glover-, renunciaron a la
Sociedad por el enfrentamiento que tenían con el
grupo kleiniano.
Allí estaban entonces ahora, en el marco de una nueva
Reunión científica de la Sociedad y Winnicott
dio lectura a su trabajo. Desde el grupo kleiniano no se
hicieron esperar los reclamos: "¿Es que usted
realmente admite un estado anterior al de las relaciones
de objeto basadas en la moción instintiva?",
"¿Dónde sitúa usted la posición
esquizo-paranoide respecto de ese supuesto estado de no-integración
del que habla en su trabajo?", "¿Qué
quiere decir que un sujeto temería enloquecer ante
la ausencia de angustia en el marco del tratamiento analítico?",
etc. Se le exigía a Winnicott retraducir su artículo
según la jerga kleiniana y como su comunicación
excedía la estrechez de ese aparato formal, mucho
de la riqueza y originalidad de su elaboración teórica
amenazaba perderse si lo ajustaba a tales expectativas.
De modo que Winnicott insistía en hacerse entender
en sus propios términos. En medio del oleaje de comentarios
descalificadores Winnicott le echó una mirada a Melanie
Klein esperando de ella algún tipo de respuesta contemporizadora,
después de todo ella era para él la analista
más original y menos kleiniana de todos los que allí
estaban presentes, y él la admiraba por eso. Pero
Melanie sólo le sostuvo una mirada neutra en un semblante
de indisimulada autocomplacencia.
("Lo
que yo esperaba el viernes era sin duda que hubiera habido
algún movimiento de su parte en dirección
al gesto que hacía en mi artículo. Se trataba
de un gesto creativo, y yo no podía sopesar el valor
de dicho gesto si no había alguien que saliera a
su encuentro" ) (9).
Es
a partir de aquí que quiero retomar el tema de lo
vivo... Era necesario una breve caracterización de
la atmósfera imperante entre los analistas ingleses
de aquel momento (10),
atmósfera que teñía sus intercambios
científicos, sus observaciones clínicas, su
relación con los desarrollos teóricos propios
y ajenos, la relación con los análisis que
llevaban adelante, no para ventilar meras cuestiones de
alcoba, sino para hacer resaltar en los planteos de Winnicott
al respecto -como se expondrán a continuación-
los primeros indicios que permitan aproximarnos al tema
que nos ocupa. Me refiero a lo que mantiene vivo o muerto
al discurso de los analistas y, más allá de
esto, lo que mantiene animado o no a los significantes (Cierto
carácter de las palabras para que puedan -o no- entrar
en diálogo). Vida que no sólo les otorgue
valor simbólico a determinada cadena significante
sino que también -y por eso mismo- permita el uso
de todo símbolo a un sujeto. Empiezo, entonces, con
unas líneas que Winnicott escribe a M. Klein donde
reflexiona sobre lo sucedido esa noche en que leyó
su artículo en la Sociedad:
"Lo primero que deseo decirle es que puedo advertir
lo molesto que resulta, cuando algo se desarrolla en mí
por mi crecimiento y mi experiencia analítica, que
mi deseo sea el de expresarlo en mi propio lenguaje. Es
molesto porque yo supongo que todo el mundo quiere hacer
lo mismo cuando sabemos que en una sociedad científica
uno de los objetivos es encontrar un lenguaje común.
Sin embargo, este lenguaje debe mantenerse vivo,
ya que no hay nada peor que un lenguaje muerto. (...)
Personalmente creo que es muy importante que su obra sea
reenunciada por personas que realicen los descubrimientos
a su manera y que presenten lo que descubren en su propio
lenguaje. . Sólo de ese modo se mantendrá
vivo el lenguaje. Pero si usted estipula que en el futuro
únicamente sea su propio lenguaje el que debe ser
utilizado para la enunciación de los descubrimientos
de otras personas, el lenguaje se convertirá en un
lenguaje muerto, como ya se convirtió en la Sociedad.
(...) Sus ideas sólo perdurarán en tanto y
en cuanto sean redescubiertas y reforuladas por personas
originales, dentro y fuera del movimiento psicoanalítico.
(...) Usted es la única capaz de destruir este lenguaje
denominado doctrina kleiniana y kleinismo, con un propósito
constructivo. Si no lo destruye, este fenómeno artificialmente
integrado deberá ser atacado en forma destructiva.
Pienso que algunos de los pacientes que acuden a los 'entusiastas
kleinianos' para ser analizados no se les permite realmente
crecer o crear en el análisis... (11)
Bien,
este texto condensa, a partir de clarísimos puntos
de anclaje, las preocupaciones teóricas más
urgentes de Winnicott, derivadas -por otra parte- de lo
que le imponía su clínica con pacientes esquizoides.
Las enumero de este modo
- La
tensión generada entre la necesidad de comunicar
en el propio lenguaje y el lenguaje común. Es decir,
entre el encierro que podría suponer una experiencia,
que de tan íntima e inefable pudiera resultar prácticamente
informulable y -por otra parte- la apertura a una comunicación
de transmisión tan inequívoca que terminaría
resultando demasiado formalizada -y por ello mismo- completamente
alejada y ajena a la experiencia vivida.
- La
tensión entre un saber ya establecido y la originalidad.
En este caso, el encierro en una mera repetición
de ya archisabido -o bien- fascinarse una mera excentricidad
que solo se nutriera de novedades intrascendentes. Podemos
pensar también esta tensión como la que se
impone, al enfrentarnos en una determinada observación,
entre lo que se ordena según lo que ya sabemos y
cierto estado posible de no-saber ante a los hechos.
- Lo
propio y lo ajeno. De algún modo, es una derivación
de lo planteado en el punto anterior: la apropiación
de lo establecido y la desposeción de las propias
certezas en la aprehensión de lo real.
- Lo
artificialmente integrado y la riqueza de lo no integrado.
Tensión entre un dogmatismo discriminatorio y un
eclectisismo blando. La atribución de sentido o soportar
la no-forma en las experiencias.
- Finalmente,
en el campo clínico, una metapsicología en
las intervenciones del analista que soporte y sostenga todas
las tensiones anteriormente enunciadas: permitir que el
paciente pueda crear las interpretaciones dadas.
1
- Ansia de vivir, en El revés y el derecho, A. Camus,
Ed Losada, Buenos Aires, 1958
2 - Hay cierta soltura en la alegría que define la
verdadera civilización. Y el pueblo español
es uno de los pocos de Europa realmente civilizados.
3 - Negritas mías.
4 - Que como se sabe rechazaba esa especulación teórica
de Freud.
5 - "Escritos de pediatría y psicoanálisis",
Ed. Laia, Barcelona.
6 - Adelantemos: en Winnicott el despliegue de lo vivo no
encuentra algo que "se le oponga" sino, en determinados
casos, algo que, eventualmente, "impide su desarrollo".
7 - En ocasión de un simposio titulado "Reacciones
de los pacientes ante los nuevos seminarios", en febrero
de 1951.
8 - Se puede consultar al respecto la carta que Winnicott
le envía a la Dra. Segal el 21 de febrero de 1952,
en "El gesto espontáneo", Ed. Paidós,
Bs. As., 1990.
9 - Así se lo hace saber Winiicott M. Klein en una
carta, el día 17 de nobiembre de 1952 - en "El
gesto espontáneo", Ed. Paidós, Bs. As.,
1990-
10
- Hoy mismo, con diferencia de matices y militancias, se pueden
verificar atmósferas equivalentes en nuestras diversas
instituciones psicoanalíticas.
11 - Carta a M. Klein, el día 17 de nobiembre de 1952
- en "El gesto espontáneo", Ed. Paidós,
Bs. As., 1990- (Negritas mías).
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