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La habitación de los chicos
por J-B. Pontalis

El psicoanálisis de niños, ¿la aventura teórica de poder situar un punto de vista privilegiado del inconsciente?

 

(Perdre de vue, Ed. Gallimard -Connaissance de l'Inconscient-, 1988)

Cuando titulé a cierto número de la Nouvelle revue de psychanalyse "El niño", no pretendí agregar un tomo más a los treinta que se publicaron en The psychoanalitic Study of de Child. El propósito no era ciertamente establecer un balance respecto de lo que el psicoanálisis había podido aportar al conocimiento del niño; todavía menos reabrir el temario de los problemas específicos (teóricos, clínicos, técnicos) que plantea la práctica del psicoanálisis aplicado a los chicos. Lo que queríamos era invitar a los psicoanalistas a meditar sobre una cuestión todavía más radical, deseábamos comprometerlos en la siguiente reflexión: a qué se refieren cuando hablan del niño y de la niñez.
Esta referencia resulta casi tan obvia que interrogarla puede producir extrañeza: ¿no está acaso el propio psicoanálisis, desde su mismo origen, animado enteramente -tanto en su práctica como en su teoría- por la creencia permanentemente confirmada que lo que llamamos -cada vez con mayor reticencia- "adulto", está enteramente modelado por los conflictos, los traumas, fantasmas y deseos de la infancia? Regresión, fijación, repetición, represión, transferencia, en fin, no hay un sólo concepto freudiano que no suponga la supervivencia activa del niño en nosotros. De igual modo, no hay analista que no busque, en los planteos que hace su paciente en el presente, al niño desamparado y a su goce secreto.
Todo esto resulta ya ampliamente -quizás demasiado ampliamente- admitido, incluso más allá del propio círculo psicoanalítico, en aquellas esferas en que la teoría psicoanalítica tuvo influencia. Inspira, incluso, a toda práctica familiar y social. Si tomamos en serio, como lo expresa la versión "popular" del psicoanálisis, que "todo se juega en los primeros años" de vida, nunca será suficiente la merecida atención, que la sociedad adulta, debería dispensar a la infancia. En la medida que el niño hace -y deshace- al adulto, él debería ser nuestro capital más valioso. No es cuestión de dejarlo "dormir".
Se podrá diferir respecto de los métodos de manejo, o bien, qué aspecto habría que reforzar en ese sentido: podrá ejercitarse una educación autoritaria o permisiva, amamantar a libre demanda o en horarios fijos, hacer que sea el propio padre quien corte el cordón umbilical o que lo haga el obstetra, iniciar la enseñanza a los cinco años o cinco años y medio, dejar que cierre la puerta de baño o no... lo que es seguro es que no hay comportamiento que concierna al niño de cerca o de lejos que no tenga hoy su reglamentación.
Cuando un niño hace su aparición -y un niño nunca deja de aparecer- cada quien tiene algo para decir. Por eso se despiertan apasionados debates, como los de los antiguos teólogos. Y es que la pedagogía, en el sentido "amplio" del término, se ha transformado en nuestra teología. Son debates retomados una y otra vez, como si el niño, por su propia posición, impidiera tener la última palabra sobre él. A las palabras inesperadas del niño, llegadas de quién sabe dónde, portadoras de novedad y de lo desconocido, se enfrentan las respuestas parentales en discursos superficiales, tan perentorios como cambiantes según la moda, de pronto cargados de incertidumbre y muchas veces largados antes de tiempo. Se diría que el niño tiene por función desconcertar a todo saber que se pretenda sobre él ¿no serán los chicos nuestros analistas de todos los días?
El adulto se siente obligado a responder al niño-preguntón, pero teme que sus respuestas conduzcan sólo a falsedades mientras que está bien persuadido de que las preguntas del niño incluyen ya una verdad.
De todos modos, en la actualidad están interviniendo profundas mutaciones. Por otro lado, frente al niño, son cada vez más las instancias sociales que se ven comprometidas: las grandes instituciones a las que tradicionalmente se les delegó la función de educar e instruir -Familia y Colegio- no dan abasto con la tarea y es toda la sociedad la que se autoproclama puericultora. Paralelamente, asistimos a un extraño desgaste, particularmente sensible por una lenta declinación descripta muchas veces respecto del rol del instructor, de la figura de nuestro actual profesor. Ya no es el adulto quien instituye al niño sino el niño quien enseña al adulto. Al menos, hay que reconocer todos los esfuerzos que hace el adulto por creer en esta pedagogía invertida, ya realizada en el imaginario, por el sueño del lactante sabio. (1)

Las prácticas sociales que implican directamente al niño merecerían, en este sentido, una detenida observación, tomando en cuenta que es probable que ellas constituyan el dominio privilegiado de experimentación del cambio social. Tomemos, por ejemplo, la Justicia. Comúnmente se piensa que la relativamente reciente creación de "Jueces para niños", de "foros socio-educativos", en fin, que toda una progresiva actualización del sistema educativo vigilado vino a responder -únicamente- a los problemas que plantea una cada vez más numerosa niñez y juventud "abandonada". Pero digamos que lo que se aplica al niño considerado en condiciones excepcionales -por su "irresponsabilidad"- en referencia a la regla general, lo que en un principio sólo está destinado al niño tomado por su edad (frágil) y como estado (de necesaria dependencia), exigiendo particulares preocupaciones de la mayor parte de los adultos, no tarda en desplazarse luego a todo el conjunto social. Tanto es así, que uno de nuestros primeros legisladores, encargado de proponer medidas coherentes para la asistencia del niño abandonado, se vio conducido, por la propia lógica de su tarea, a establecer como regla el ideal de todo sistema penitenciario: remontar, a partir del delito, el curso de la historia personal, buscar las condiciones determinantes en el sufrido niño y "psicologizar" -finalmente "psiquiatrizar"- la justicia. Todo esto en un sólo movimiento. Tal asimilación, tal deslizamiento, resulta tan natural actualmente porque se comparte una convicción muy generalizada: toda verdad debe estar en el principio, y en el principio está el niño. Ya sea que se haga de este niño un "perverso constitucional" y, en consecuencia, un criminal irrecuperable, o que se vea en su destino de víctima la imagen de un "cochecito abandonado", lo que no tendrá otro efecto que acelerar su corrupción, ambas cosas tienen la misma convicción de base.

La evolución y extensión contemporánea de la pedagogía hacen aún más evidente el trastrocamiento que estamos comentando. La distancia de la edad del niño y la del adulto -separación que bien podría ir a la par de la de los buenos vecinos- se ubica en el origen de toda paidea: el niño, ese salvaje, ya sea bueno o malo, deberá ser domado, domesticado (y si ha torcido su rumbo enderezado), "civilizado" para tornarlo civil y transformarlo en ciudadano. La educación era no tanto la adquisición de un saber como un cambio de estado. Ya no tiene esa finalidad, nos proponemos hoy una "pedagogía de adultos" (extraña alianza de términos antagónicos buscan fama), nos exigimos una "educación permanente". Y esto, en lugar de limitar, como hasta hace muy poco, el momento de formación a los "años de aprendizaje", en los que cada uno debía encontrar y asegurar una identidad. Estas nuevas prácticas ¿no encuentran justificación en la idea de que la edad adulta, lejos de suponer una conclusión, una pérdida, resulta ser sólo una lenta declinación de las potencialidades de la infancia, a las que se suponen infinitas? Finalmente, el origen es también nuestro modelo.

Se dirá que el psicoanálisis tuvo algo que ver en esto, que consintió ese movimiento desde mucho tiempo antes que otras disciplinas que, contrariamente, rechazaban el vértigo de los orígenes, no solamente en el sentido de un remontarse cada vez atrás en el tiempo, sino también en cuanto a asimilar lo "arcaico" a lo "profundo". Muchos analistas sostendrían incluso que si hubo algún progreso después de Freud, se lo debe a aquellos (sobre todo a hijas y madres...) que osaron aventurarse en el mundo del niño, ya sea en una observación cada vez más minuciosa desde el exterior, ya sea explorando desde un interior cada vez más cerrado. La curiosidad analítica parece haberse desplazado de la habitación de los padres a la de los niños: ¿qué fabrican allí adentro? Como si se jugara en ese contexto, verdaderamente, la escena originaria.
Los militantes del análisis de niños ¿no toman a los chicos como acceso privilegiado al inconsciente, como una nueva "vía regia"? Mientras que el sueño no es más que una formación, una producción del inconsciente -tomado por Freud como modelo de todas las demás-, nosotros asistiríamos, al penetrar en la habitación de los niños, a la formación misma de lo inconsciente.
Sin embargo, esta concepción puede ser discutida. No sólo debe estar apoyada en presupuestos epistemológicos sino también en hechos de la experiencia, y, los analistas de niños, no importa cuán pequeños sean estos niños, nunca nos ofrecen el momento de la "concepción" y del "nacimiento" de lo inconsciente (¿no sería, finalmente, éste el fantasma de la escena originaria de los analistas?), no nos permiten acceder a un ser más simple sino a otra complejidad; nos muestran menos la fuerza pulsional actuando en bruto o los afectos en su forma rudimentaria como a una lógica que resulta ser tan sofisticada como la nuestra, aunque con diferentes operaciones y objetos.
El psicoanálisis deberá realizar, con o sin sufrimiento, la misma revisión que hace un tiempo tuvo que efectuar la etnología: el pensamiento salvaje no es un pensamiento primitivo; y, digamos más, aún cuando es innegablemente una elaboración progresiva de procesos secundarios, ellos no son a partir de los procesos primarios; las leyes que rigen el funcionamiento primario del pensamiento y las que rigen el funcionamiento secundario no dejan nunca de coexistir y de oponerse. Paradójicamente, es el psicoanálisis de niños el que debería liberarnos más radicalmente -que el psicoanálisis de adultos-, de esa ilusión "arcaica".
Sin embargo, los analistas siguen atrapados en esta ilusión. Y, en rigor, no pueden dejar de estarlo: efectivamente, la referencia a lo infantil es -repitámoslo- el resorte mismo, el presupuesto fundamental de su trabajo. Pero tal referencia, absolutamente necesaria, hace correr el riesgo de transformarse, paralelamente, para emplear la expresión de Bachelard, en un "obstáculo epistemológico", dicho de otro modo, una particular forma de resistencia del analista, que entra en resonancia con la del analizado: he allí el niño que usted ha sido, he aquí el niño (el suyo) que soy yo...
Es deseable medir exactamente esta idea con la perspectiva freudiana: Cuando Freud intenta poner en evidencia la neurosis infantil, por un lado, no la confunde con una afección neurótica que sería efectivamente real en la infancia, y por otra parte, la reconstruye, según la fórmula canónica, a partir de la neurosis de transferencia. El retorno es retroactivo y decididamente parcial: la totalidad del niño, por así decir, no guarda interés para Freud, quien pretende registrar sólo los elementos determinantes a través de la infancia. Fragmentos de arqueología, no resurrección integral del pasado. Y, sin embargo, ese niño "construido" por Freud, es para nosotros, lectores, como lo hizo notar A. Green, una representación que nos hacemos con increíble fuerza. Ya son parte de la familia, como el pequeño Hans, con sus cabellos rebeldes y su jirafa de trapo! Y algún otro podría pintar fácilmente un "retrato de Dora" , esa chiquilina. En cuanto a la multitud de niños agregados a la Hampstead Clinic o el niño que el genio de Melanie Klein metió en el caldero mítico, confesémoslo, todos ellos no tienen sino una mera existencia psicoanalítica.
La lección es importante y en un doble sentido. En principio, si uno se mantiene al acecho en la habitación de los niños -ya sea plantificado en la puerta o haciendo intrusión en ella- se arriesgará a escuchar allí el grito de su propio discurso interior. Y, a larga -y sobre todo-, el fantasma de los orígenes, que se subtiende de un modo privilegiado en la investigación del analista, señalémoslo, aún más animado en el caso de niños, conduce poco a poco, como por una pendiente casi irresistible, a la caída desde lo originario en el origen, para encarnarlo, finalmente, en algún tipo de realidad. Que esta realidad sea concebida como material -"Ambiente precoz"- o psíquica -"fantasmas arcaicos"- poco cambia la cosa.

Ninguna cultura puede prescindir de un mito de los orígenes para explicar la organización de su mundo. La nuestra, ¿no buscaría este mito en el niño real? Esto no quiere decir que se celebre -como se ha dicho con ligereza-, al niño-rey; una cosa semejante significaría maltratar al niño, psíquica y físicamente como antaño. Pero sí tiende a hacer del niño su causa. Es en este sentido que dije en su momento que todo debate que trate sobre el niño tenía una perspectiva teológica.

Que no se concluya de lo que expresamos hasta aquí que el encuentro del psicoanálisis con el niño -incluso si se trata de un encuentro más o menos forzado por una de las partes- ha tenido efectos negativos! Vacilaría mucho en hacer mías las críticas, no obstante bien argumentadas, que presenté aquí en relación a la llamada observación "directa" de los niños. Es seguro que, como toda observación, no tiene nada de directa ni de neutra; subyace en ella hipótesis, o prejuicios, y con frecuencia ella ignora esa impregnación de teoría que sólo le permite validar resultados ya imputados desde el punto de partida. Y más seguro todavía es el pasaje abusivo que realiza desde el comportamiento observado, al afecto; o incluso, desde lo que este comportamiento expresa a nuestros ojos, a los procesos psíquicos subyacentes. Porque, ¿quién nos asegura que ese llanto sea de tristeza, esa separación sea de duelo, o que el retiro del seno signifique una "castración oral"? Y, todavía más, cuando se habla, por ejemplo, como se lo ha hecho con insistencia, de "relación simbiótica madre-niño", ¿no se proyecta en un comportamiento que en ningún caso es observable (ni siquiera in útero) un fantasma maternal o un fantasma retroactivo del adulto-niño forjado como una idea suya? ¿Qué observador armado de saber psicoanalítico sería hoy capaz de escrúpulos cuidadosos, discretos y afectuosos, como el que testimonió, hace más de tres siglos, un Heroard más cerca de "su" niño, que de aquel otro que pertenecía a la realeza?
Hay algo más grave: al consagrarse al estudio del desarrollo -ya sea en términos de funciones del yo, mecanismos de defensa, estadios libidinosos o, incluso, de organizaciones fantasmáticas-, el psicoanálisis privilegia necesariamente la ontogénesis, arriesgándose a hacer regresar a lo que, sin embargo, tanto se esforzó en despejar: la idea de un individuo que construiría progresivamente su mundo con el único equipamiento consistente en lo que ha programado la Naturaleza, y con el único aporte de lo que le procura el entorno.
Planteadas estas reservas, el reencuentro con el niño, en la realidad sensorial de su cuerpo y movimientos, podría ser para el psicoanálisis (también) mutativa. Efectivamente, al niño no se lo puede sino soñar, pero, el niño real, acaso ¿no se ofrece al sueño mejor que nadie? Nos será suficiente evocar en este punto a Winnicott. Sin pretender, como lo indica engañosamente el título de una de sus obras, que haya ido de la pediatría al psicoanálisis, personalmente estoy convencido que no fue así, si no hubiera mantenido, a lo largo de toda su vida sus entrevistas con niños, no hubiera podido descubrir, como pudo hacerlo, toda un área de funcionamiento mental. Señalemos sólo esto: Winnicott no observaba a los niños, se puede incluso afirmar que tampoco los interpretaba, sabía sí, de un modo más evidente en su clínica que en su teoría, dejar venir el sentido y respetar el no-sentido. Para ser más exactos podemos decir que él interpretaba a su manera. Porque al niño no se lo puede dejar de interpretar. Y es esta circunstancia lo que, en sus primeros momentos de existencia, es una condición para su vida, aún para su supervivencia: una madre debe, antes que nada, responder a las necesidades del infans, incluso debiéndolas adivinar. Por su lado, el infans no se queda atrás en esto, juega, interpreta. Es esta última de las dos interpretaciones por las que Winnicott toma partido. De modo que no practicaba la psicoterapia del niño, sino con el niño. La distancia deja jugar. El espacio intermedio facilita el lenguaje que no es poner las propias palabras en la boca del otro.
Entre la habitación de los padres y la de los niños no está mal que haya un corredor, y, como todo el mundo sabe, a los niños les encanta jugar en los corredores.

(1) Se advertirá que es precisamente el llamado "enfants terrible" del psicoanálisis -Ferenczi- quien primero refirió (¿o soñó?) los sueños del "lactante sabio".

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