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Intervenciones
winnicottianas
por Daniel Ripesi
Resúmen de una charla que el autor dio en el Hospital
Infanto-juvenil "Tobar García", Ciudad
de Buenos Aires, respecto de cierta especificidad de las
intervenciones clínicas desde el aparato formal winnicottiano.
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La invitación para esta charla me confrontó
con tener que determinar a ciencia cierta si realmente existe
una singularidad en las intervenciones analíticas
desde la perspectiva winnicottiana -y, si esto fuera así-,
preguntarme entonces sobre el fundamento teórico-clínico
que podría sostener esa singularidad -. De pronto
recordé algo que puede servir para pensar un poco
esta cuestión, recordé algo que contaba Winnicott
respecto de una práctica habitual en las consultas
pediátricas que realizaba en el hospital donde trabajaba.
Efectivamente, la evoco porque resulta ser una práctica
de su experiencia pediátrica y que sólo más
tarde fue evaluada por él respecto de su posible
significación en el marco de las consultas psicoterapéuticas
(comenta este proceder en un artículo de 1941,La
observación de niños en una situación
fija).Pienso que el famoso juego de los "garabatos"
hereda -en muchos sentidos- la estructura de esta práctica.
En principio, Winnicott hace notar -en el artículo
aludido- que el escritorio de su consultorio estaba lo suficientemente
alejado de la puerta de entrada como para ver el modo en
que madre e hijo lo recorrían ese dilatado trayecto.
Recuerda por ejemplo, en este contexto, que un niño,
desprendiéndose súbitamente de la mano de
su madre, corre hasta él diciéndole: "Dr.,
Dr., por favor ayúdeme, vengo porque mi mamá
se queja de un dolor en mi estómago". Un
desprendimiento "en acto", de la mano de su madre,
y otro ya más difícil para él y que
requiere ayuda: Desprendimiento del sufrimiento que una
madre puso en él (esto abre la cuestión, importante
en la clínica de niños -y especialmente abordado
por Winnicott- sobre la posibilidad, o no, de una apropiación,
por parte del niño, de un sufrimiento propio). Como
sea, entonces, Winnicott destaca ese espacio de aproximación
paulatina, en el que eventualmente ya se establece -o no-
algún tipo de contacto a distancia (contacto con
expresión facial por ejemplo) con él. Luego,
nos sigue contando, él se sentaba frente a la madre
quien sostenía al niño sobre la falda. Finalmente,
entre Winnicott y la madre con su hijo, en la esquina del
escritorio que se interponía entre ellos, separándolos
pero también reuniéndolos, en un lugar bien
visible y al alcance del niño -para que éste
lo agarrara si deseaba hacerlo-, un objeto: un bajalengua.
El esquema descripto por Winnicott se completaba con una
indicación dicha a la madre: él mismo y ella
deberían abstenerse de intervenir. Bueno, para decirlo
rápidamente, desde una posición hecha de abstención
y espera (1)
, la intervención del analista tiene -en la clínica
winnicottiana- el lugar y el carácter de ese bajalengua.
El proceso más o menos normal que describe Winnicott
es la del bebé que después de explorar un
poco la situación y vacilar entre aproximarse al
bajalengua o alejar su manito de él, avanzando y
escondiendo la carita en la blusa de la mamá, termina
por ganar confianza y agarra al objeto, metiéndoselo
en la boca, golpeándolo una y otra vez, y tirándolo,
finalmente, lejos... El bebé, disfruta enormemente
-dice Winnicott- librándose agresivamente de la espátula.
Winnicott hace una consideración en el sentido de
que, según su experiencia, si intentaba meter el
bajalengua en la boca del niño antes de su movimiento
de exploración y manipulación chocaba con
la más enérgica resistencia del bebé.
Repito, entonces, las intervenciones del analista pueden
ser un bajalengua que encuentra su oportunidad, momento
propicio que ofrece la confianza, para que los pacientes
las agarren, puedan jugar incluso con ellas y más
tarde olvidarlas. De lo contrario, las intervenciones del
analista pueden ser algo demasiado ajeno y extraño
que se intenta meter a la fuerza. En este sentido, Fairbairn
decía que ciertas interpretaciones eran sentidas
por algunos pacientes como la locura del analista. Glover,
junto a Melita -hija de M: Klein- renuncian a la Sociedad
de Psicoanálisis Británica porque denuncian
que los analistas kleinianos imputan a sus pacientes sus
propias fantasías con rango de interpretación
(algo así como "locuras objetivas" de los
analistas). Pero volvamos a la espátula, como ella
el analista deberá estar allí, a mano, disponible,
despertando cierta curiosidad aunque sin hacer mayormente
mucho. Se ofrece y se deja agarrar, se deja manipular, incluso
maltratar un poco, dejándose usar hasta que el paciente
finalmente se canse y lo tire. Winnicott decía que
su deseo era que los pacientes lo usaran, lo usaran lo máximo
posible, hasta gastarlo y pudieran, así, terminar
el tratamiento. Si decimos "usar", estamos admitiendo
una cierta capacidad de duelo en los pacientes, porque usar
implica un compromiso con los objetos que supone que algo
se deteriore o se vaya gastando hasta que finalmente se
pierda, o se agote. El bajalengua servía además,
en la manipulación que de él se hacía,
como modo de autoexpresión para el bebé, de
modo que -si sostenemos la equivalencia de las intervenciones
del analista con este objeto- al usar la intervención,
el paciente se está mostrando, se está expresando,
desnudando. La intervención winnicottiana no "revela"
directamente nada, ofrece el soporte de una posibilidad
expresiva del paciente. De modo que las intervenciones del
analista reconocen, como los bajalenguas, cierta metapsicología
que podría describirse así: necesitan de una
tópica, un lugar -como la esquina
del escritorio que separa y reúne al mismo tiempo.
Un lugar que habilite una exploración posible según
los ritmos del propio paciente (de modo que, a partir de
ese ritmo, el espacio da lugar a una temporalidad de idas
y venidas, avances y retrocesos que hacen a la experiencia
en juego). La tópica de un "entre", donde
algo se sitúa a mitad de distancia: próximo
pero ajeno, a la mano pero distante, al parecer ni mío
ni del otro... Si el espacio paciente-analista es de demasiada
separación cada uno queda fuera de alcance del otro,
las causas pueden ser múltiples, pero si el espacio
es de una unión demasiado estrecha no hay nada que
pueda circular entre ellos. Una dinámica:
la palabra del analista y el uso que el paciente pueda hacer
de ella. Esto es más difícil de "decir
en dos palabras". La palabra que se deja usar es la
palabra reveladora, y como tal ya no es de uno ni del otro
y es de los dos: es una paradoja (cada uno "crea lo
dado"). Finalmente, una economía:
el silencio del analista -y la madre- y el gesto espontáneo
del niño, en términos de una intervención,
ni analista ni paciente deberían preguntar ¿quién
lo dijo?.
Pero si las cosas funcionan en la clínica winnicottiana
es porque los analistas -como las madres- rara vez guardan
completo silencio. Tienen toda la intención -y dentro
de ciertos límites lo logran- pero no pueden callar
todo el tiempo, tampoco eso sería bueno u oportuno.
En este sentido, me gustaría comentar una ocurrencia
de Groucho Marx: según él decía, cuando
estaba en una reunión, y en tanto no pronunciara
palabra alguna, su auditorio quedaba en la duda de sí
él era un genio o un perfecto idiota... Reflexionaba,
entonces, ¿para qué abrir la boca y sacarlos
de duda?! Winnicott, contrariando el consejo de Groucho,
sí abría la boca en los tratamientos que conducía,
y lo hacía por una razón fundamental: sus
pacientes no soportaban la duda. Quiero decir que, de todos
modos, no estaba en la capacidad psíquica de ellos
poder dudar: o se dejaban aniquilar por ella o salían
del paso con certezas inquebrantables. Es por este sesgo
que también puedo pensar cierta singularidad en las
intervenciones del analista desde una perspectiva winnicottiana.
En términos generales, si un analista hace silencio
-y esto no implica, como lo observaba T. Reik, "no
abrir la boca"-, el paciente, de un modo u otro, podrá
enlazar sus dudas a la figura del analista y, a la larga
o a la corta, podrá tejer alguna estrategia posible
al respecto, dará, entonces, alguna articulación
transferencial a las mismas (en esa esperanza que algunos
llaman S.s.S y Winnicott la capacidad de "confiar en").
Las alternativas pueden ser diversas pero, de un modo u
otro, las dudas del paciente guiarán el análisis,
incluso serán su sostén. Pero, en la población
de pacientes que Winnicott atendía, como decía
al principio, la duda estaba fuera de sus capacidades psíquicas.
Antes aludí a Teodor Reik, este psicoanalista en
un libro de los años '30, en un texto en el que analiza
el valor del silencio en la economía de las curas,
comentaba la siguiente anécdota: Un paciente llega,
toma asiento frente a él y guarda un obstinado silencio
durante más de la mitad de su sesión, mientras
tanto, lo mira con profunda seriedad. Al cabo, entonces,
de ese dilatado lapso de tiempo, se incorpora de pronto
y le espeta, "bueno, ya no hablemos más de
eso..". En este sentido, Winnicott comentaba
"con algunos pacientes intervengo porque de lo contrario
se van pensando que lo entendí todo". Y
en otro contexto, "intervengo más para mostrar
los límites de mi comprensión que los alcances
de mi saber". Winnicott intervenía, entonces,
para introducir una medida a su presencia en la dirección
de las curas, para dar límite y medida a su posición
como analista y, como se infiere de las citas, para esta
circunstancia su intervención hacía jugar
una "falla": "No lo comprendí todo".
Fallar, en rigor, no saca de dudas, pero acota el riesgo
de su desmesura, aunque esta desmesura muestre la otra cara,
equivalente, de las certezas... Quizás, cuando Winnicott
aconsejaba a los padres de aquellos niños que sufrían
terrores nocturnos y despertaban sobresaltados por alguna
pesadilla, que incitaran a sus hijos contar sus pesadillas,
buscaba con eso, abrir una falla en el poder siniestro de
tales pesadillas: decía Winnicott "La magia
es maravillosa salvo por un detalle, no tiene medida".
Entonces, el analista falla, en algún sentido, para
no constituirse en la pesadilla de sus pacientes. Y, para
retomar lo decía en un principio, los sueños
que "valen" -por así decir- en un tratamiento,
se parecen al bajalengua, son los que se ponen allí,
al alcance del analista, que los podrá usar y gastar
junto al trabajo de su paciente.. Llega un momento en ya
no es bueno preguntarse ¿quién lo soñó?.
Si el paciente los atesora como exclusivamente propio, como
un bien demasiado personal, lo pondrá demasiado lejos
del analista que los sentirá excesivamente ajenos
y extraños, pero si los "entrega" sin el
menor pudor, privará al analista de hacer la experiencia
de una exploración, de agarrarlo, golpearlo, etc.,
el paciente se lo meterá demasiado pronto y de prepo...
Algo, entonces, es claro: en la clínica winnicottiana,
la falla del analista es el motor de un tratamiento y el
punto imprevisto -para paciente y analista- que va eslabonando
y dándole dirección a la cura. Sin duda no
cualquier falla sino aquella que el paciente sanciona como
tal en el quehacer del analista y da lugar a un cierto desarrollo
transferencial. Falla "del" analista, la frase
es equívoca, porque "del" (analista) no
significa que le pertenezca ni que la puede calcular, ni
tampoco incluso, que la pueda evacuar en algún análisis
didáctico. Tampoco es estrictamente un lapsus, la
"falla" lo sorprende y no puede hacer nada al
respecto, salvo -quizás- angustiarse un poco. Tampoco
es un dato que pueda ser leído, como lo haría
la clínica kleiniana, en términos contratransferenciales:
este paciente "me" hizo fallar, entonces... tal
cosa (intervención): Y esto es así, porque
falla no está en relación a ningún
acierto posible, por el contrario Winnicott dice que la
peor falla es intentar no fallar... Alude, entonces a aquellas
madres que -o porque se suponen poseedoras de un "saber"
adecuado o porque se jactan de una entrega "devota"
en el cuidado de sus hijos, nunca fallan. Ellas, por la
vía del saber o de una presunta y mística
"intuición materna", se anticipan al grito
del infans y le dan la teta para alimentarlo antes de las
molestias de rigor... Winnicott asocia la etiología
de las anorexias al padecimiento de tales madres perfectas
en el marco de los primeros cuidados infantiles. De modo
que el infans defiende con su vida (en el riesgo de morir
de hambre) al valor simbólico de sus gritos silenciados.
Prefieren no comer, dice Winnicott, ante el hecho de no
ser reconocidos los signos de su necesidad. Y, en cierto
artículo se lamentaba de cuántas veces se
había anticipado al aporte de los significantes de
los pacientes sólo por parecer un analista penetrante.
El grito del infans no es, definitivamente, para el acierto
de la madre, sino para su falla, una falla que lo mantiene
con vida. Esta falla materna le da valor significante al
grito del infans desde sus vacilaciones, angustias, fantasías,
etc. En Winnicott se habla de madre suficientemente buena
para designar ese estado de no-integración, de fragilidad
en el ejercicio de su función (enfermedad normal,
le llama Winnicott) en la fase de dependencia absoluta del
infans. Cuando Winnicott sugiere que el analista debe estar
en su función "vivo, sano y despierto",
está recuperando esa cualidad de fragilidad, de vulnerabilidad
que debe ocupar el analista en la dirección de las
curas. "Sano" alude a que no debe fallar exclusivamente
desde una pauta neurótica personal, sino que debe
dejarse tomar por una falla que es estructural, en un sentido,
falla a la que lo somete su tarea (pues haga lo que haga
fallará), y solidario de esto, una falla que se le
imputa (falla delirante la llama a veces Winnicott). "Despierto"
significa cierto estado de curiosidad animando su escucha.
Cierta vez, unos sacerdotes fueron a visitar a Winnicott
para que les diera consejo en este asunto: "cómo
determinar, frente al planteo de un feligrés, si
éste era un problema de fe que demandaba una ayuda
espiritual de ellos, y cuando se trataba de un planteo derivado
de alguna patología personal, del estilo, por ejemplo,
de un delirio místico"; después de meditarlo
unos minutos, Winnicott les dijo: "bien, si cuando
escuchan al feligrés se sienten interesados e inclinados
a alguna opinión, pues se trata de una demanda que
requiere la ayuda espiritual de ustedes, pero si al escucharlo
se aburren, mándelo al psiquiatra.." A menudo
vemos chicos que "se aburren" puede que estén
en un ambiente loco. Una breve digresión: esta observación
sobre un discurso achatado, sin relieve retórico,
donde el significante ha perdido su capacidad de seducción,
es a menudo, un discurso que intenta no-fallar, que no se
anima a la fragilidad y busca certezas en su poder de significación,
por lo tanto, en tanto intenta no-fallar, resulta ser un
"Lenguaje muerto". "Lenguaje muerto"
es una expresión de Winnicott, y se la imputa, también,
a los analistas... En 1952, casi al mismo tiempo que Lacan
-con "Función y campo de la palabra..."-,
escribe una carta a M: Klein denunciando el acatamiento
militante y dócil a una jerga "analítica"
que pretendía explicarlo todo, acabadamente. Le llama
"lenguaje muerto" y sostiene y reivindica la necesidad
de sostener un "lenguaje vivo". Que la madre "falla"
significa que está viva, así como pulsión
y angustia son cosustanciales, es decir, no hay una cosa
sin la otra, tampoco hay función materna sin falla.
Son las dos caras de una misma moneda. Una madre que no
falla, o que falla severamente, está -desde el punto
de vista del niño- muerta. Entiendo, entonces, que
para Winnicott, todo símbolo hereda esa falla, y
es esa falla lo que mantiene vivo a los significantes. Mallaré
decía que la poesía compensaba la falla del
lenguaje... "Compensaba" no en el sentido de subsanar
tanto como de recompensar... En Winnicott ocurre algo similar...
La falla materna -en el marco de una constancia confiable
de los cuidados maternos- tiene su recompensa: el logro
de una vida digna de ser vivida. Porque la madre, al mismo
tiempo que falla, va construyendo un campo de ilusión
para que el infans pueda inscribir y hacer pensable dicha
falla. "Ilusión" es un término que
tiene mala prensa en el campo teórico del psicoanálisis,
se lo asocia a engaño, señuelo, a configuraciones
típicas de una pregnancia narcisista, etc. En Winnicott
la ilusión es, también, aquello que configura
un campo de experiencia subjetiva posible, un campo de intercambio
simbólico con uno mismo y los demás, un intercambio
que sin ilusión es imposible. Sin ilusión
los significantes no se sostienen con vida. Por ejemplo,
allí está apoyada una escoba en la pared (pared,
anagrama de padre..., en fin), bueno, veo la escoba y veo
en ella al caballito que me permitirá jugar a los
vaqueros... La escoba se alimenta entonces, para mi juego,
de una economía tensa, se torna significante si entra
en cierto equilibrio frágil: de pronto deja de ser
un poco una escoba (y empieza, por ejemplo, a relinchar),
aunque no tanto... no se transforma integralmente en un
caballito, no es una alucinación (finalmente soy
yo quien hace el ruido con la boca). Es decir que es tan
importante que la escoba se haga el soporte material de
una fantasía que la emancipa de su esencia de escoba
barredora como que me esa esencia de escoba barredora me
ancle en la realidad. Pero esto que acabo de decir es ya
un engaño, porque ¿es más real la escoba
para mi madre que la busca para barrer o para mí
que la tomo por caballito? ¿Qué es lo que
fragiliza la ilusión que sostiene con vida a mi caballito?
¿Es su porción irremediable de realidad llamada
"escoba" lo que amenaza con diluir mi "fantaseado"
caballito? Supongamos que invito a casa a jugar a un amiguito...,
ahora él ve en mi caballito-escoba un incomparable
remo-escoba pero para jugar a los piratas... será
difícil ponerse de acuerdo, pero no será sobre
la realidad "escoba" que tendremos que ponernos
de acuerdo, será sobre la ilusión en que queramos
sostener nuestro juego... Hay algo que resulta claro: si
no compartimos una ilusión no hay juego. Si analista
y paciente no comparten una ilusión no hay tratamiento...
(Otro modo de decir "superposición de dos áreas
de juego). Ahora bien, aparece mi madre y reclama la escoba,
¿es ella el término final de toda ilusión?
Quiero decir, ¿es ella la poseedora de la realidad
"escoba", una realidad que malogra nuestras ilusiones?
No lo creo, cuando mi madre barre con ella, se apodera de
la escoba una nueva ilusión en ella: la de su interlocutor
cómplice de sus rumias íntimas y secretas.
Quiero decir, que a mi ilusión no la malogra la realidad
"escoba" sino la ilusión de mi madre cuando
me la quita... Para que algo tenga dignidad significante
se debe configurar un campo de ilusión, y ese campo
de ilusión solo se puede habitar si uno asume volverse
frágil: la escoba porque no es nada sin mi fantasía,
y yo mismo que no puedo realizar mi caballito si no es con
una escoba más o menos adecuada. Hay chicos que no
pueden empezar a jugar porque nunca pueden dar con la escoba
adecuada, otros porque sólo ven en ellas "escobas",
otros están demasiado locos y prescinden totalmente
de las escobas, ven "caballitos" en cualquier
parte. Lo cierto es que para que una escoba se haga caballito,
tanto como para que una intervención del analista
se haga operativa, necesita tiene un determinado lugar y
tiempo. De lo contrario el analista sólo le da escobazos
a sus pacientes haciéndole creer que son caballitos...
Gracias.......
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