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Transferencia: hacer del tiempo algo personal
(1)
Por Daniel Ripesi



El autor intenta reflexionar sobre la noción de transferencia como manifestación de un fenómeno temporal entre paciente y analista en el tratamiento de pacientes esquizoides. Cuando el analista acepta ser para su paciente un objeto historizable, éste último puede tomar contacto con su propia biografía, con su historia de vida más íntima y -hasta ese momento- perdida para él.


A modo de punto de partida podría tomar como epígrafe una idea de Winnicott según la cual el psicoanálisis es una larga, una larguísima -enfatiza él- recepción de una historia… Esto, claro, si como a él mismo le gusta expresar, "las cosas van bien…" Sin embargo, y pensando sobre todo en ciertos pacientes graves, a menudo el analista esta muy lejos de esperar esa "larguísima recepción" de una historia de la que habla Winnicott, para pasar a estar, en todo caso, mucho más abocado al penoso trabajo de tener que reconstruirla.

No obstante, siguiendo esta idea de Winnicott, se podría definir a la transferencia -en un determinado nivel- como el trabajo psíquico a partir del cual un paciente intenta enlazar a un otro (al analista en este caso) la particular economía de un cierto devenir subjetivo con la esperanza de que en ese movimiento se pueda leer algo que tenga el carácter y el rigor de una historia personal.

La idea sería -entonces- reflexionar sobre la noción de transferencia como manifestación un fenómeno temporal entre paciente y analista. Fenómeno temporal "entre" porque, por un lado, el trabajo del analista consistiría en hacerse -él mismo- una suerte de objeto historizable para su paciente, de modo que como efecto de esa historia que cobra vida en él, el propio paciente pueda a empezar a intuir y a reconstruir la suya.

Así, cuando el analista empieza a cobrar dimensión histórica (2), el paciente empieza a tomar contacto con su propia biografía, con su historia más íntima y hasta ese momento perdida para él. Paralelamente, para usar una fórmula winnicottiana bien conocida, podría decirse que para que pueda empezar a construirse la historia "del" paciente en su tratamiento, una historia más o menos insospechada que uno y otro descubren en los fenómenos transferenciales, el analista no debe formular a su paciente esta pregunta: esta biografía que empieza a tomar cuerpo en transferencia ¿es tu ficción o la mía?

Por más cuidado que se ponga, cuando el analista redacta una "narración clínica" -privilegiando en ese acto su propia ficción-, el paciente ya no ve en ella plasmada -acabadamente- su propia "historia". En general, los pacientes no suelen reconocerse en sus historiales clínicos cuando tienen acceso a ellos. Hace poco me comentó un analista amigo que, en vistas a publicar un artículo que contenía la narración clínica de una paciente suya, le dio a ésta los borradores para ver si la paciente estaba de acuerdo -o no- con su publicación, es decir, si el escrito guardaba la debida privacidad de su identidad. Al cabo esta le contestó que su identidad quedaba bien a salvo hasta incluso para ella misma! Porque, agregó, no podía reconocerse en ese relato, salvo, acotó, por cierto "tono" o "ritmo" de su decir claramente expuesto en la escritura de su analista.

Y bien, se trata muchas veces de ese ritmo con el que un paciente impregna su decir y su presencia -el ritmo aún más que el propio texto de los dichos-, en donde se juega la historia más real y verdadera de una persona. Ese ritmo es una entonación del decir, una fluctuación económica que nutre, enfatizando o atenuando, cierta presencia subjetiva que el paciente articula en la narración de una historia

Parafraseando a Winnicott quien define la psicoterapia como la superposición de dos áreas de juego (la del paciente y la del analista), se puede decir que la transferencia se demuestra -en cierto nivel- como una suerte de armonía y disonancia de dos ritmos temporales también superpuestos, el del paciente y el de su analista.

Nada más insoportable en un tratamiento que un paciente -o un analista, para su paciente- anacrónico, es decir, tan inalcanzable como impensable, no tanto por lo desubicado o inoportuno que pudieran resultar las oscilaciones de su presencia, como por la posición fuera del tiempo o extemporánea, en la que -por diversas razones- el paciente pudiera estar exiliado.

La transferencia es, en cierto modo, -y si las cosas van bien- un devenir encarnado (3). El analista -finalmente- se deja atrapar en la historia que recepciona, entrando en un orden que tiene su "antes" y su "después", su pasado, su presente y su futuro. Forma parte de una biografía que, no obstante, nunca debería anular sus necesarios márgenes de misterio y de incertidumbre.

Porque otro modo de ser anacrónico es reemplazar las variables inestables de una historia -que siempre permanece abierta-, por el orden establecido en una cronología exacta y cerrada (como lo intentan esos pacientes que hacen la narración pormenorizada de cada detalle de su día, intentado cerrar una integración temporal rígida que proteja al self de angustias impensables).

En el curso de un tratamiento, entonces, en el marco de la transferencia, el paciente vive un tipo de experiencia subjetiva a partir de la cual busca, entre otras cosas, integrarse en el tiempo -apoyándose, para ello, en la presencia de del analista-. Según Winnicott la integración subjetiva se realiza "en el espacio y en el tiempo", y agrega que si algún sentido tiene hablar de maduración ésta sería un "hacer del espacio y del tiempo algo personal…"

…Y personalizar al tiempo es habitarlo. Así como personalizar un espacio es poder recortar en él un territorio que nos resulte más o menos familiar y reconocible, en donde estar orientado (o, incluso, donde poder perder la orientación sin demasiado temor), así, personalizar el tiempo supone construir en el propio devenir existencial el relieve que lo trasforme en una historia a partir de la cual hacernos reconocibles a nosotros mismos y a los demás.

Es al otro materno -en los primeros meses de vida- a quien compete la responsabilidad de que el transcurrir subjetivo del infans encuentre en ella el reflejo necesario que lo organice y se lo devuelva como una experiencia personal. Al reflejar ese devenir (como ritmos marcados, según su diversa interpretación, por el hambre, el capricho, la soledad, los mimos, el desamparo, etc.) la madre permite que el infans haga de su "estar en el tiempo con el otro" la matriz de una historia subjetiva.

Si la madre está incapacitada para seducir con sus cuidados somete al infans a experiencias que caen fuera del tiempo, quedan disociados de la precaria historia que a pesar de todo su hijo pueda ir construyendo. Son catástrofes sufridas por el cuidado de una madre "caótica" -como la llama Winnicott-, catástrofes que no pueden ser recordadas más tarde en transferencia porque quedaron "fuera del tiempo". Y "fuera del tiempo" implica que no han podido ser reprimidas. En definitiva, son episodios que no entran en ese movimiento que -en la neurosis- permite a lo psíquico historizar la propia vida: el aprés coup.

En los pacientes esquizoides, el propio transcurrir existencial es -a menudo- una simple obstinación por durar. En la fase de dependencia absoluta, dichos pacientes, no encontraron un adecuado apuntalamiento del propio devenir -en el otro materno-. Y sin apuntalamiento materno del temprano "estar siendo" de un individuo, no hay erótica que sedimente como potencialidad de una historia futura (en el sentido dinámico del aprés coup). El psicoanálisis reconoce más fácilmente la erotización del cuerpo como "espacio" libidinizado que al devenir como tiempo subjetivo a erotizar para construir una historia.

En los casos más dramáticos, Winnicott pensaba al movimiento transferencial como a una experiencia que daba la oportunidad -a determinados pacientes críticos- de recuperar cierto "tiempo muerto" que permanece enquistado en sus pasados, por así decir, para que ese vacío cobre vida y sea articulado en una historia posible y narrable.

La lógica que regula la aparición en el tratamiento psicoanalítico de esos "tiempos muertos" en la vida del paciente, tiempos no simbolizados (4), es lo que Winnicott llama "falla del analista". Si la madre caótica de la dependencia absoluta era un objeto impensable, entre otras cosas porque por el ritmo enloquecido de sus presencias-ausencias, era un objeto insituable temporalmente, a partir de las fallas específicas y limitadas del analista se propone al paciente, ahora, un objeto que ya no es anacrónico sino historizable, es decir, un objeto que inaugura la cronología de lo que en otro momento fueron las marcas sin tiempo de las angustias impensables.

Evidentemente la "falla" del analista no se confunde con el "error" del analista; quizás la mejor caracterización para marcar la diferencia de estos dos términos la establece el comentario de Winnicott respecto de que los pacientes que han hecho una regresión a la dependencia, pueden admitir que sus analistas se equivoquen, pero no que les fallen. La falla implica -paradójicamente- que el analista se ha hecho digno confianza para paciente.

En cierto modo, toda intervención del analista implica una falla. "Muchas veces intervengo, comentaba Winnicott, para que el paciente no se vaya pensando que lo entendí "todo", o como lo planteaba en otro contexto, "para mostrar más los límites de mi comprensión que los alcances de mi saber", es decir que el analista introduce la propia presencia en el marco de una "falla", una falla que lo saca de la desmesura y le otorga un límite y una medida.

Precisamente, la otra característica de la "falla del analista" es que conmueve un delirio silencioso en el paciente. En este delirio, el paciente trata al analista como un objeto absolutamente subjetivo (y, en tanto subjetivo, lo despoja de sus propios ritmos personales). Cuando el analista falla, sale de ese control omnipotente y el terror y la inquietud que esto también provoca al paciente, queda acotado por la medida que, precisamente, impone la propia falla del analista.

Resumiendo, digamos entonces que la falla del analista -abierta en transferencia- transforma un objeto controlable, un "objeto subjetivo", en un "objeto historizable".

Hay que recordar que, para Winnicott, la madre "sostiene para el infans una experiencia en el tiempo"; en el caso del paciente esquizoide, la madre ha dejado caer al infans en experiencias que están "fuera del tiempo". Hay por lo menos dos evidencias clínicas de tal situación: esa actividad psíquica compulsiva que Winnicott caracterizó como fantaseo, en donde, según su apreciación, "todo pasa y no pasa nada", es decir, el tiempo no transcurre en modo alguno, se encuentra congelado como el propio self del individuo.

La otra alternativa está graficada por Winnicott en el "temor al derrumbe". La búsqueda, también compulsiva, por parte del sujeto, de una catástrofe temida -pero intensamente anhelada- en el futuro. Anhelada para que, una vez concretada, suture un "vacío de pasado" e inaugure una historia posible que vivir.

Finalmente, si las cosas van bien, una historia empieza a tejerse entre paciente y analista, con la sola condición de que uno y otro admitan una cierta pérdida de la omnipotencia, porque depende -por un lado- de la capacidad de falla del analista y -por el otro- de la capacidad del paciente aceptar correr el riesgo de confiar en este proceso que supone fallas dolorosas para él. Aún más, paciente y analista deberán aceptar -en estos tratamientos- compartir, lisa y llanamente, un sufrimiento: Winnicott lo plantea en estos términos:

Si tenemos éxito, posibilitaremos que el paciente abandone la invulnerabilidad y se convierta en una persona que sufre. Si alcanzamos el éxito, la vida se volverá precaria para alguien que había empezado a conocer una cierta estabilidad y una cierta liberación del dolor, aun cuando esto le significaba la falta de participación en la vida y quizás una deficiencia mental. (…) Aprendemos que es previsible que aumente la sensibilidad del paciente, y empezamos a preguntarnos si lo que nos motiva es la bondad o la crueldad. Comprobamos que nuestras inevitables falla, específicas y limitadas, a menudo provocadas por el propio paciente, le dan a este oportunidad de sentir rabia hacia nosotros y expresarla. (…) El tratamiento de los casos fronterizos no puede estar nunca exento de sufrimiento, tanto del paciente como del terapeuta. (5)

(1)Trabajo para el XV Encuentro Latinoamericano sobre el pensamiento de D. W. Winnicott
(2) "Dimensión histórica" quiere decir que el analista se constituye en un a enigma a descifrar, que mueve al paciente a intuirle intereses y aversiones, cierto pasado y ciertas expectativas, todas alternativas que al paciente le parece lo incluyen -de un modo u otro- a él mismo, y, la verdad, que no debería engañarse demasiado, al analista, el paciente, debería interesarlo siempre -lo advierta o no- de un modo muy profundo.
(3) En este sentido Winnicott dice que la "continuidad" (tiempo) se hace "contigüidad" (espacio)
(4) Así como hay fragmentos del cuerpo que permanecen como "puntos muertos", sin existencia libidinal, disociados de toda experiencia subjetiva.
(5) D. W. Winnicott, El concepto de regresión clínica comparado con el de organización defensiva (En Exploraciones picoanalíticas I, Ed. Paidos, Bs. As., 1991 -destacados de Winnicott).

 


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