A modo de punto de partida podría tomar como epígrafe
una idea de Winnicott según la cual el psicoanálisis
es una larga, una larguísima -enfatiza él-
recepción de una historia
Esto, claro, si como
a él mismo le gusta expresar, "las cosas van
bien
" Sin embargo, y pensando sobre todo en ciertos
pacientes graves, a menudo el analista esta muy lejos de
esperar esa "larguísima recepción"
de una historia de la que habla Winnicott, para pasar a
estar, en todo caso, mucho más abocado al penoso
trabajo de tener que reconstruirla.
No obstante, siguiendo esta idea de Winnicott,
se podría definir a la transferencia -en un determinado
nivel- como el trabajo psíquico a partir del cual
un paciente intenta enlazar a un otro (al analista en este
caso) la particular economía de un cierto devenir
subjetivo con la esperanza de que en ese movimiento se pueda
leer algo que tenga el carácter y el rigor de una
historia personal.
La idea sería -entonces- reflexionar
sobre la noción de transferencia como manifestación
un fenómeno temporal entre paciente y analista.
Fenómeno temporal "entre" porque, por un
lado, el trabajo del analista consistiría en hacerse
-él mismo- una suerte de objeto historizable para
su paciente, de modo que como efecto de esa historia que
cobra vida en él, el propio paciente pueda a empezar
a intuir y a reconstruir la suya.
Así, cuando el analista empieza a
cobrar dimensión histórica
(2), el paciente empieza a tomar contacto con su
propia biografía, con su historia más íntima
y hasta ese momento perdida para él. Paralelamente,
para usar una fórmula winnicottiana bien conocida,
podría decirse que para que pueda empezar a construirse
la historia "del" paciente en su tratamiento,
una historia más o menos insospechada que uno y otro
descubren en los fenómenos transferenciales, el analista
no debe formular a su paciente esta pregunta: esta biografía
que empieza a tomar cuerpo en transferencia ¿es tu
ficción o la mía?
Por más cuidado que se ponga, cuando
el analista redacta una "narración clínica"
-privilegiando en ese acto su propia ficción-, el
paciente ya no ve en ella plasmada -acabadamente- su propia
"historia". En general, los pacientes no suelen
reconocerse en sus historiales clínicos cuando tienen
acceso a ellos. Hace poco me comentó un analista
amigo que, en vistas a publicar un artículo que contenía
la narración clínica de una paciente suya,
le dio a ésta los borradores para ver si la paciente
estaba de acuerdo -o no- con su publicación, es decir,
si el escrito guardaba la debida privacidad de su identidad.
Al cabo esta le contestó que su identidad quedaba
bien a salvo hasta incluso para ella misma! Porque, agregó,
no podía reconocerse en ese relato, salvo, acotó,
por cierto "tono" o "ritmo"
de su decir claramente expuesto en la escritura de su analista.
Y bien, se trata muchas veces de ese ritmo
con el que un paciente impregna su decir y su presencia
-el ritmo aún más que el propio texto de los
dichos-, en donde se juega la historia más real y
verdadera de una persona. Ese ritmo es una entonación
del decir, una fluctuación económica que nutre,
enfatizando o atenuando, cierta presencia subjetiva que
el paciente articula en la narración de una historia
Parafraseando a Winnicott quien define la
psicoterapia como la superposición de dos áreas
de juego (la del paciente y la del analista), se puede decir
que la transferencia se demuestra -en cierto nivel- como
una suerte de armonía y disonancia de dos ritmos
temporales también superpuestos, el del paciente
y el de su analista.
Nada más insoportable en un tratamiento
que un paciente -o un analista, para su paciente- anacrónico,
es decir, tan inalcanzable como impensable, no tanto por
lo desubicado o inoportuno que pudieran resultar las oscilaciones
de su presencia, como por la posición fuera del tiempo
o extemporánea, en la que -por diversas razones-
el paciente pudiera estar exiliado.
La transferencia es, en cierto modo, -y
si las cosas van bien- un devenir encarnado
(3). El analista -finalmente- se deja atrapar en
la historia que recepciona, entrando en un orden que tiene
su "antes" y su "después", su
pasado, su presente y su futuro. Forma parte de una biografía
que, no obstante, nunca debería anular sus necesarios
márgenes de misterio y de incertidumbre.
Porque otro modo de ser anacrónico
es reemplazar las variables inestables de una historia -que
siempre permanece abierta-, por el orden establecido en
una cronología exacta y cerrada (como lo intentan
esos pacientes que hacen la narración pormenorizada
de cada detalle de su día, intentado cerrar una integración
temporal rígida que proteja al self de angustias
impensables).
En el curso de un tratamiento, entonces,
en el marco de la transferencia, el paciente vive un tipo
de experiencia subjetiva a partir de la cual busca, entre
otras cosas, integrarse en el tiempo -apoyándose,
para ello, en la presencia de del analista-. Según
Winnicott la integración subjetiva se realiza "en
el espacio y en el tiempo", y agrega que si algún
sentido tiene hablar de maduración ésta sería
un "hacer del espacio y del tiempo algo personal
"
Y personalizar al tiempo es habitarlo.
Así como personalizar un espacio es poder recortar
en él un territorio que nos resulte más o
menos familiar y reconocible, en donde estar orientado (o,
incluso, donde poder perder la orientación sin demasiado
temor), así, personalizar el tiempo supone construir
en el propio devenir existencial el relieve que lo trasforme
en una historia a partir de la cual hacernos reconocibles
a nosotros mismos y a los demás.
Es al otro materno -en los primeros meses
de vida- a quien compete la responsabilidad de que el transcurrir
subjetivo del infans encuentre en ella el reflejo necesario
que lo organice y se lo devuelva como una experiencia personal.
Al reflejar ese devenir (como ritmos marcados, según
su diversa interpretación, por el hambre, el capricho,
la soledad, los mimos, el desamparo, etc.) la madre permite
que el infans haga de su "estar en el tiempo con el
otro" la matriz de una historia subjetiva.
Si la madre está incapacitada para
seducir con sus cuidados somete al infans a experiencias
que caen fuera del tiempo, quedan disociados de la precaria
historia que a pesar de todo su hijo pueda ir construyendo.
Son catástrofes sufridas por el cuidado de una madre
"caótica" -como la llama Winnicott-, catástrofes
que no pueden ser recordadas más tarde en transferencia
porque quedaron "fuera del tiempo". Y "fuera
del tiempo" implica que no han podido ser reprimidas.
En definitiva, son episodios que no entran en ese movimiento
que -en la neurosis- permite a lo psíquico historizar
la propia vida: el aprés coup.
En los pacientes esquizoides, el propio
transcurrir existencial es -a menudo- una simple obstinación
por durar. En la fase de dependencia absoluta, dichos pacientes,
no encontraron un adecuado apuntalamiento del propio devenir
-en el otro materno-. Y sin apuntalamiento materno del temprano
"estar siendo" de un individuo, no hay erótica
que sedimente como potencialidad de una historia futura
(en el sentido dinámico del aprés coup). El
psicoanálisis reconoce más fácilmente
la erotización del cuerpo como "espacio"
libidinizado que al devenir como tiempo subjetivo a erotizar
para construir una historia.
En los casos más dramáticos,
Winnicott pensaba al movimiento transferencial como a una
experiencia que daba la oportunidad -a determinados pacientes
críticos- de recuperar cierto "tiempo muerto"
que permanece enquistado en sus pasados, por así
decir, para que ese vacío cobre vida y sea articulado
en una historia posible y narrable.
La lógica que regula la aparición
en el tratamiento psicoanalítico de esos "tiempos
muertos" en la vida del paciente, tiempos no simbolizados
(4), es lo que Winnicott llama
"falla del analista". Si la madre caótica
de la dependencia absoluta era un objeto impensable, entre
otras cosas porque por el ritmo enloquecido de sus presencias-ausencias,
era un objeto insituable temporalmente, a partir de las
fallas específicas y limitadas del analista se propone
al paciente, ahora, un objeto que ya no es anacrónico
sino historizable, es decir, un objeto que inaugura la cronología
de lo que en otro momento fueron las marcas sin tiempo de
las angustias impensables.
Evidentemente la "falla" del analista
no se confunde con el "error" del analista; quizás
la mejor caracterización para marcar la diferencia
de estos dos términos la establece el comentario
de Winnicott respecto de que los pacientes que han hecho
una regresión a la dependencia, pueden admitir que
sus analistas se equivoquen, pero no que les fallen.
La falla implica -paradójicamente- que el analista
se ha hecho digno confianza para paciente.
En cierto modo, toda intervención
del analista implica una falla. "Muchas veces intervengo,
comentaba Winnicott, para que el paciente no se vaya pensando
que lo entendí "todo", o como lo planteaba
en otro contexto, "para mostrar más los límites
de mi comprensión que los alcances de mi saber",
es decir que el analista introduce la propia presencia en
el marco de una "falla", una falla que lo saca
de la desmesura y le otorga un límite y una medida.
Precisamente, la otra característica
de la "falla del analista" es que conmueve un
delirio silencioso en el paciente. En este delirio, el paciente
trata al analista como un objeto absolutamente subjetivo
(y, en tanto subjetivo, lo despoja de sus propios ritmos
personales). Cuando el analista falla, sale de ese control
omnipotente y el terror y la inquietud que esto también
provoca al paciente, queda acotado por la medida que, precisamente,
impone la propia falla del analista.
Resumiendo, digamos entonces que la falla
del analista -abierta en transferencia- transforma un objeto
controlable, un "objeto subjetivo", en un "objeto
historizable".
Hay que recordar que, para Winnicott, la
madre "sostiene para el infans una experiencia en
el tiempo"; en el caso del paciente esquizoide,
la madre ha dejado caer al infans en experiencias que están
"fuera del tiempo". Hay por lo menos dos evidencias
clínicas de tal situación: esa actividad psíquica
compulsiva que Winnicott caracterizó como fantaseo,
en donde, según su apreciación, "todo
pasa y no pasa nada", es decir, el tiempo no transcurre
en modo alguno, se encuentra congelado como el propio self
del individuo.
La otra alternativa está graficada
por Winnicott en el "temor al derrumbe". La búsqueda,
también compulsiva, por parte del sujeto, de una
catástrofe temida -pero intensamente anhelada- en
el futuro. Anhelada para que, una vez concretada, suture
un "vacío de pasado" e inaugure una historia
posible que vivir.
Finalmente, si las cosas van bien, una historia
empieza a tejerse entre paciente y analista,
con la sola condición de que uno y otro admitan una
cierta pérdida de la omnipotencia, porque depende
-por un lado- de la capacidad de falla del analista y -por
el otro- de la capacidad del paciente aceptar correr el
riesgo de confiar en este proceso que supone fallas dolorosas
para él. Aún más, paciente y analista
deberán aceptar -en estos tratamientos- compartir,
lisa y llanamente, un sufrimiento: Winnicott lo plantea
en estos términos:
Si tenemos éxito, posibilitaremos
que el paciente abandone la invulnerabilidad y se convierta
en una persona que sufre. Si alcanzamos el éxito,
la vida se volverá precaria para alguien que había
empezado a conocer una cierta estabilidad y una cierta liberación
del dolor, aun cuando esto le significaba la falta de participación
en la vida y quizás una deficiencia mental. (
)
Aprendemos que es previsible que aumente la sensibilidad
del paciente, y empezamos a preguntarnos si lo que nos motiva
es la bondad o la crueldad. Comprobamos que nuestras inevitables
falla, específicas y limitadas, a menudo provocadas
por el propio paciente, le dan a este oportunidad de sentir
rabia hacia nosotros y expresarla. (
) El tratamiento
de los casos fronterizos no puede estar nunca exento de
sufrimiento, tanto del paciente como del terapeuta. (5)
(1)Trabajo para el XV Encuentro Latinoamericano
sobre el pensamiento de D. W. Winnicott
(2) "Dimensión histórica" quiere
decir que el analista se constituye en un a enigma a descifrar,
que mueve al paciente a intuirle intereses y aversiones,
cierto pasado y ciertas expectativas, todas alternativas
que al paciente le parece lo incluyen -de un modo u otro-
a él mismo, y, la verdad, que no debería engañarse
demasiado, al analista, el paciente, debería interesarlo
siempre -lo advierta o no- de un modo muy profundo.
(3) En este sentido Winnicott dice que la "continuidad"
(tiempo) se hace "contigüidad" (espacio)
(4) Así como hay fragmentos del cuerpo que permanecen
como "puntos muertos", sin existencia libidinal,
disociados de toda experiencia subjetiva.
(5) D. W. Winnicott, El concepto de regresión clínica
comparado con el de organización defensiva (En Exploraciones
picoanalíticas I, Ed. Paidos, Bs. As., 1991 -destacados
de Winnicott).