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Psicoanálisis y religión

por Daniel Ripesi

La íntima religiosidad del psicoanálisis: Sobre la particular "visión del tiempo" de la teoría psicoanalítica y de la religión. Cómo piensan, cada una de ellas, el modo en que la experiencia subjetiva del devenir permite a un individuo establecer -e inscribirse en- una historia, un proyecto, una responsabilidad.


En el principio… el fin.
T. Elliot


En principio, habría que definir qué tipo de recorte vamos a realizar de la noción de lo "religioso" como para determinar por qué sesgo intentaremos establecer una relación con el psicoanálisis. Se me ocurrió pensar que, en un tema tan vasto -y a despecho de otras posibilidades-, podíamos partir de la particular "visión del tiempo" que -desde sus respectivos discursos- han forjado religión y psicoanálisis. Es decir, comentar algunas ideas relacionadas con el modo en que ellos piensan la experiencia subjetiva del devenir temporal en tanto estructura que permite a un individuo inscribir -e inscribirse en- una historia, un proyecto, una responsabilidad.

En todo caso, me interesaría poner en evidencia aún más los puntos de contacto y equivalencia que existen entre psicoanálisis y religión que sus puntos de ruptura. Porque resulta interesante observar que, cuando el psicoanálisis -para diferenciarse- pretende demarcar de una manera tajante y cristalina lo que es una práctica estrictamente psicoanalítica de la que no lo es, generalmente, equilibra su discurso con el de la religión.

Y lo cierto es que el psicoanálisis tiene su liturgia y sus preceptos, sus encuentros sagrados y sus experiencias paganas, en fin, la práctica psicoanalítica tiene incluso sus ritos de iniciación y de culminación. Y si uno echa una mirada a la historia del movimiento psicoanalítico verifica que también tiene sus acólitos consagrados tanto como a aquellos que fueron excomulgados...

Pero es otro tipo de comunión la que voy a suponer entre psicoanálisis y religión para pensar sus puntos de continuidad y de tensión en lo que hace a su modo de pensar al tiempo como experiencia subjetiva. Propongo pensar un similar soporte erótico en sus discursos. Parto de esta anécdota: en cierta oportunidad, unos monjes pidieron a Winnicott una orientación para poder ayudar adecuadamente a sus feligreses. La inquietud que le plantearon fue "¿cómo distinguir cuándo el planteo que éstos les hacían era un genuino conflicto de orden religioso y cuándo era la expresión de un rasgo patológico, como podía ser cierto misticismo delirante?" Winnicott respondió que, si cuando escuchaban el planteo se sentían animados e interesados en ofrecer su palabra, se trataba de un conflicto religioso, si cuando escuchaban al feligrés se aburrían, tenían que mandarlo al psiquiatra… Es que si el discurso religioso, tiene, a su vez, una evidente resonancia erótica que no debería perder, porque de lo contrario perdería la seducción necesaria mantenerse vivo y animado. De otro modo, como el discurso psicoanalítico, caería en la pobreza altamente peligrosa de los fundamentalismos, ya no hay ni metáfora ni ceremonia, y está probado que los psicoanalistas, muchas veces, solemos ser aburridos.

La particular visión del tiempo que uno y otro elabora es, quizás, es unos de los modos en que uno y otro tramitan el soporte erótico que los nutre y los sostiene. Octavio Paz planteaba una equivalencia entre erotismo y poesía. En rigor planteaba que el lenguaje es a la poesía lo que la sexualidad es al erotismo, erotismo y poesía se desentienden de su fin natural, el fin del lenguaje es "comunicar", el de la sexualidad procrear. ¿Pierde algún fin natural la temporalidad para tornarse erótica? Y, en todo caso, ¿cuál sería el fin natural del devenir temporal?

Con alguna frecuencia, uno recibe en consulta a individuos - que alejados de toda referencia "psi"-, nos confiesan que, si bien están allí, en una entrevista psicoanalítica, no creen demasiado en el psicoanálisis. Cuando esa confesión es honesta uno respira aliviado pensando que se trata de un buen comienzo. Es que el proceso analítico se sostiene más en un acto de confianza que en un acto de fe. Se inicia, entonces -en ese caso-, una ceremonia absurda: la de dos personas que no creen pero tienen esperanzas en el trabajo que por un tiempo compartirán. En este absurdo, una cierta noción de temporalidad ya empieza a hacerse notar, una noción de la temporalidad diversa pero también equivalente entre psicoanálisis y religión. Veré si puedo explicar esto.

Desde el punto de vista de religioso, la empresa psicoanalítica no es tanto una empresa herética como, en todo caso, una empresa absurda: (1) no tiene sentido, y no lo tiene porque tiende a ignorar -en la elaboración del destino de un sujeto- una dimensión temporal que debería estar ordenada, según el criterio de la fe religiosa, en base a una estricta finalidad y una determinada culminación. No existe orden temporal religioso si no es a partir de estas dos premisas articuladas lógicamente entre sí: el hombre -y es imposible que lo ignore- encamina su vida hacia un fin (en el doble sentido de la palabra "fin", es decir, como término y como meta de un recorrido) La temporalidad religiosa implica la obligación de pasar por determinadas "pruebas" y de tomar decisiones con vista a ese fin.

No se puede discutir que también los analistas consideran que un tratamiento debe terminar algún día, es decir, concluir de una vez por todas en cierto momento, y -por otra parte-, también se supone que la empresa analítica persigue una determinada finalidad. El término de un análisis solo debería ocurrir si esa finalidad se cumple. Para Freud, por ejemplo, un tratamiento psicoanalítico debía permitirle a un sujeto la restitución de su capacidad erótica y de trabajo. Así, el psicoanálisis presenta con estos dos aspectos -la búsqueda de una culminación de la travesía que se emprende con el paciente y el logro de una finalidad al cabo de dicho recorrido- (¿encuentro de su "fin natural"?) rasgos que pueden ser tomados como marcadamente religiosos, no son los únicos…

De ahí el esfuerzo de algunos analistas por advertir a sus colegas no poner en juego en sus prácticas clínicas ningún tipo de obstinación o empeño en el cumplimiento de determinadas metas supuestas para una cura (que, a diferencia de la religión se le suponga una meta diversa y particular a cada caso, no arregla mucho las cosas) (2), así -por ejemplo-, Lacan advertía que la "cura" debía darse por añadidura, y Winnicott, un tanto más radical, afirmaba que "El psicoanálisis no cura", aunque -agregaba- "es verdad que un paciente puede hacer uso de él y lograr, en un proceso que se da por añadidura, un grado de integración y socialización y auto descubrimiento que no podría o no sabría obtener sin él" (3)

Hay en el psicoanálisis una tensión permanente entre una dimensión religiosa de lo temporal gravitando en las curas y una dimensión que, de todos modos, no podría llamarse "laica" o "anti religiosa", como la experiencia temporal a la que somete el rito que inaugura la ceremonia analítica, es decir, la invitación que se hace a los pacientes para que "hablen libremente" de todo aquello que se les vaya ocurriendo, es decir, que traten de comunicar sin censura todo cuanto se les vaya pasando por la cabeza".

Esta invitación no solo les impone a los pacientes el esfuerzo de levantar una censura de tipo moral en lo que ellos van diciendo, sino que también -y sobre todo- supone la invitación de dejar en suspenso las variables temporales ordinarias que ordenan y regulan todo decir según un antes y un después, un antecedente y un consecuente. No hay liberación de la palabra sin cierta emancipación del orden temporal.

Cuando un paciente refiere en su tratamiento un sueño, generalmente lo presenta ya en el marco de una narración que se ve afectada por cierta cronología, aceptamos esto como formando parte de su elaboración secundaria. Cuando el analista lo escucha, cuando pide a su paciente asociaciones, pretende con ello no solo una desligazón del sentido que lo coagula sino una desligazón del tiempo que lo atrapa. El psicoanalista desliga al tiempo en, aproximadamente, 50 minutos. Se han hecho intentos por subsanar esta contradicción (que no tiene nada que ver con la tensión entre un "tiempo sagrado" y un "tiempo profano" -dixit M. Eliade-?), pero -para mi gusto- la tensión subsiste porque es inherente a la extraña empresa analítica y su modo dual de concebir a la temporalidad. En el fondo de los sueños no hay ni "pasado" ni "futuro", ellos son la expresión de un deseo inconsciente al que el tiempo no afecta de ningún modo. Pero, el propio sujeto que los sueña puede, con algunos de ellos, experimentar la sensación de un "antes" y un "después" de haberlos soñado.

Del mismo modo, cuando Freud invitaba a sus pacientes a rememorar ¿no convalidaba en el funcionamiento psíquico un tipo de orden temporal distinto al que encontraba en el trabajo onírico? ¿Dónde está el pasado de un sujeto para el psicoanálisis? Sin duda no está exactamente "atrás". Una de las primeras cosas que impresionan a un sujeto que entra en análisis es sentir el impacto de una experiencia de lo temporal muy distinta y extraña a la ordinaria. No tanto en el sentido de sentir que por estar hablando sin tener que inquietarse por imponer a sus dichos una finalidad u objetivo, él esté invitado a "perder el tiempo". "Perder el tiempo" violenta otro tipo de credo religioso de carácter más bien secular, el de una modernidad que llegó a valorar al futuro en términos de progreso. (4) Dicen que en el llamado "pos modernismo" la noción de futuro empieza a desmontarse como variable ordenadora del devenir… ¿cómo le caerá al psicoanálisis esta alternativa? ¿Tendremos un "psicoanálisis pos moderno"?

Tampoco se trataría -en la experiencia analítica- de la experiencia subjetiva de un estar "fuera del tiempo", porque no habría nada más aterrador que una cosa semejante. Me parece que, en psicoanálisis, se trata de la experiencia de un "tiempo otro" -como lo expresa Pontalis (5)-. Como sea, la experiencia temporal que impone un análisis, es una suerte de "disonancia" en la subjetividad. Disonancia con el tiempo secular y religioso que atraviesan tanto al analista como al paciente, momentos de ruptura en el devenir trasferencial que ellos necesitan reconstruir, cada tanto, con una dirección y una finalidad. La transferencia es -entre otras cosas- una modulación, un ritmo del acontecer psíquico que, enlazado a otro, se organiza temporalmente. (6)

En el plano de la religión, el tiempo subjetivo también se enlaza a un Otro (esta vez no dudo en escribirlo con mayúscula), y ese enlace temporal, ofrecido como una "historia de vida", pide un juicio del Otro: uno que hace a la salvación o la condena. Frente a esta posible alternativa transferencial del tiempo subjetivo de un paciente, el analista se incomoda un poco, por lo tanto puede que se haga… budista. Me explico:

El tiempo religioso -el de la tradición judeocristiana-, es rectilíneo. Supone una ruptura con la concepción pagana del tiempo "circular" como la que proponía la tradición griega. El tiempo circular, cuyo ritmo -a imagen y semejanza del movimiento de los astros- es "perfecto", lo es porque es un movimiento que no se aleja ni se acerca de su centro. El tiempo pagano es un movimiento sin devenir, un transcurrir que no escribe ninguna historia. El tiempo de la religión, en cambio, es rectilíneo, es un proceso que posee una dirección y apunta a un fin, no es -como plantea O. Paz- ni eterno ni indefinido, sino que tiene término y una finalidad: el de la "salvación". En esto, el psicoanálisis quizás también sea religioso, pero más cercano al finalismo de la religión budista que a la cristiana, el psicoanálisis no habla de salvación, pero sí propone -como el budismo- una suerte de "liberación". (7)

Para el hinduismo no hay "alma" o "persona" que salvar, a no ser ese engaño subjetivo que hay que desandar: la ilusión de un yo que cada individuo se construye como entidad estable y reconocible para uno mismo y los demás. El apego excesivo a esa imagen condena al dolor. Hasta ahí el psicoanálisis podría mantenerse cerca, pero, el hinduismo que propone una liberación del dolor por desapego de esa imagen ilusoria, propone también que la extinción del dolor se da por la extinción del deseo… allí el psicoanálisis toma distancia. La liberación del dolor se encuentra -para el hinduismo- en la figura del sabio que alcanza la iluminación por el estado del nirvana.

La salvación del cristianismo es colectiva (algo que Freud criticaba con dureza), la de la tradición hindú una empresa solitaria. La liberación del hindú, el estado de nirvana, es una de las realizaciones de la pulsión de muerte de la teoría psicoanalítica, un credo del que han descreído casi todos menos su mentor, Freud y algunos pocos más. Lejos del ideal del nirvana y su narcisismo de muerte, (8) la liberación que propone el psicoanálisis, su sentido religioso -si lo queremos expresar así-, es la de atreverse a correr el riesgo de sufrir que impone asumir el propio deseo, salir del narcisismo, amar a un objeto. A la pulsión de muerte se opone una pulsión de vida: dualidad que llevó al extremo Melanie Klein, de quien se dice llevó a la teoría psicoanalítica a encarnar una versión demasiado… religiosa.

La religión budista en India, como el paganismo griego, son la negación del tiempo, porque además de la liberación del yo, también proponen y, probablemente, como consecuencia de esa liberación-, la destrucción de la ilusión del tiempo ("La India -señala O. Paz- ha tenido grandes poetas, filósofos, arquitectos, pintores pero, hasta la edad moderna, ningún historiador). El tiempo, como el yo de los individuos, también es ilusorio, irreal: es una ficción pueril dividir la experiencia subjetiva en "ayer", "hoy" y "mañana". Destituido el yo se impone un tiempo inmutable, un tiempo que no transcurre. ¿Temporalidad de lo inconsciente?

El psicoanálisis, piensa al revés, que es en la disolución del tiempo, en su detención, donde más férreamente un individuo intenta dar sustancia a su subjetividad en términos de lo que denomina "narcisismo". André Green, como lo mencioné recién, lo llamaba "narcisismo de muerte". Anulación del tiempo, como el anhelo de aquel emperador chino del que habla Borges, quien se había impuesto dos tareas descomunales, construir la Gran Muralla China y quemar todos los libros de historia anteriores a él. Dos actos solidarios: cerrar un espacio, que se pretende protegido, invulnerable, implica la abolición del tiempo en tanto historia. El ritual obsesivo (¿una degradación del sentimiento religioso, como a veces, realiza una degradación de la vida erótica?), también pretende detener el tiempo, un acto que cristalice el devenir.

El psicoanalista intenta en su quehacer reabrir para el paciente el trabajo del tiempo en su subjetividad. Seguramente lo expone a las sorpresas a que ese movimiento somete: esperanzas absurdas, recuerdos inesperados, olvidos fastidiosos, etc. Y para ello, entonces, vuelve a ser religioso según la norma occidental, no propone la extinción del deseo sino, por el contrario, en lo que algunos llaman su ética, propone asumirlo, ponerse a su altura. Y sin embargo, el deseo -a diferencia del tiempo del creyente- trabaja al tiempo de un modo especial, no forja un camino rectilíneo, traza permanentes zig-zag. El tiempo del empuje pulsional sólo reconoce un obstinado "ahora".

La religión, en cambio, organiza la temporalidad según decisiones que condenan o salvan, redimen o llevan a la perdición, hay que decidir hoy el destino de mañana. Sin embargo, por estos días he leído un aviso de una psicoanalista promocionando sus servicios en una conocida publicación "psi", el aviso llevaba un epígrafe -en bastardillas- que rezaba una cita de Lacan: "Has actuado conforme a tu deseo…?" Los modos religiosos de plantear las cosas o "religión y marketing".

En el campo del psicoanálisis hablamos de la gravitación temporal en la estructuración de la subjetividad -y motor de toda simbolización posible-, en términos de aprés coup. En ese movimiento, donde "presente-pasado-futuro" pierden su fijeza y su sustancia, para generar un orden distinto. En ese movimiento, el sujeto ya ha perdido su inocencia "mañana" -y nada autoriza a considerarlo "culpable" de nada en el "pasado"-. Si efectivamente fuera culpable de algo, el psicoanálisis poco podría hacer con él, porque el tiempo se ha detenido, ha cristalizando un "antes" que lo condena inexorablemente, la terapia analítica se hace demasiado trabajosa con sujetos "sin futuro"; pero si fuera efectivamente "inocente" (alternativa bastante improbable) tampoco se podría hacer nada con él, porque el tiempo no se habría iniciado aún, el psicoanálisis necesita cierta dosis de nostalgia…

Y en esto el psicoanálisis también es religioso, porque parece necesitar, como punto de partida de la subjetividad, la caída desde cierto Eden. El movimiento temporal de la religión -ahora nuevamente nos referimos a la tradición judeo-cristiana-, propone un momento de ruptura: la caída. La tentación-pecado saca de un estado intemporal y somete al devenir mensurable, arranca de lo inmutable e introduce al rigor de los cambios. El instante que inaugura ese movimiento en el que la carne se corrompe, en donde sobreviene el paulatino envejecimiento -que conduce al otro instante final que es la muerte-, es el pecado. Y la muerte, finalmente, reabre a la eternidad. No hay reencarnación, como en el budismo, movimiento que -curiosamente- diluye el cambio, porque en la suma de reencarnaciones se aspira desgastar lo aparente y lo contingente de cada vida para alcanzar lo inmutable e increado del ser… El psicoanálisis se debate entre una y otra versión del movimiento temporal.

La subjetividad se consolidaría como un tejido hecho de episodios variables y contingentes pero comandados por la "duración inalterable y permanente" de ciertos fantasmas básicos. A veces apostamos al valor decisivo, al efecto perdurable de ciertos "instantes" únicos e irrepetibles en la vida de un paciente, y otras los desestimamos como variaciones encubridoras de una única y ciega repetición pulsional en él. ¿Qué escuchar entonces en la historia de vida que nos refiere un paciente, el desarrollo evolutivo de una existencia o el golpe decisivo de ciertos momentos? ¿Linealidad paulatina de una historia o revolución abrupta y violenta para pensar el cambio? ¿Continuidad u ruptura? Se ha hablado de lo eventualmente florido o diverso de los síntomas que pueden aquejar a un sujeto, pero -al mismo tiempo- de lo invariante y homogéneo del fantasma que los sostiene y anima.

Pero es también un hecho innegable que, la práctica psicoanalítica, como toda producción cultural, está impregnada de la indiscutible presencia de lo religioso. Esta circunstancia podría apenar a cierto ánimo cientificista, pero si evocamos a Descartes y a Einstein, por tomar sólo dos ejemplos, vemos que para hacer ciencia, o bien Dios es el punto de partida de todo razonamiento, o bien es su punto de llegada, al parecer inevitable ("Dios no juega a los dados", argumentaba Einstein frente a ciertos desarrollos de Heisemberg, ligados a su "Ley de incertidumbre").

Pero no era la noción de Dios el eje que quería tomar para pensar la relación psicoanálisis y religión sino la noción de tiempo. Bion, un prestigioso psicoanalista inglés decía que había que analizar "sin memoria ni deseo", algo que suena a consigna vinculada a la religión budista, es decir, analizar en plena abolición del devenir temporal, sin la atracción que ejercen las razones del pasado y los anhelos del futuro. Lacan, que en algún momento comparó el hacer del analista con el de un budista zen, planteaba llevar a los pacientes "hasta el límite extático del eso eres tu…", consigna también de apariencia zen, en la que se daría un momento de revelación -aunque no mística- de una verdad subjetiva. Y Freud -por su parte- propugnaba una "atención libremente flotante" en el analista, casi un estado contemplativo puro, cercano a estado de vacuidad del sabio budista…

Pero la "atención libremente flotante" falla inevitablemente, probablemente porque el analista posee, a pesar de sus esfuerzos -y probablemente por ellos- "memoria y deseo", y entonces, toda revelación de una verdad subjetiva es necesariamente parcial. Y esa parte de la verdad que se escapa al trabajo de paciente y analista fuerza a la construcción de nuevas historias para poder expresarse. En fin, historias encontradas-construidas-perdidas en el curso de un análisis, entre paciente y analista, que -en muchos sentidos- nunca dejarán de ser serán más o menos… religiosas.
Muchas gracias.


(1) Salvo para algún religioso que vulgarice excesivamente el pensamiento religioso.
(2) Freud planteaba como un delirio la pretensión de la religión de proponer un camino hacia la felicidad idéntico a todos los individuos.
(3) "El pensar y la formación de símbolos", en Exploraciones psicoanalíticas I, Ed. Paidós, Bs. As., 1991
(4) Antes que se acuñara el término "posmoderno", O. Spengler ya advertía lo absurdo de basar una expectativa de progreso indefinido en el futuro.
(5) En "Ese tiempo que no transcurre", Ed. Gallimard, París, 1997 (Traducción propia)
(6) Esta idea llevaría lejos y se relaciona con el par "continuidad existencial-ruptura" del aparato conceptual winnicottiano.
(7) Por ejemplo de la compulsión a repetir.
(8) Según la expresión de André Green



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