"Todo
merece perecer". F. Nietzsche
Introducción
Entre los muchos aspectos que tiene el tema del ateísmo
en Nietzsche , existe uno que voy a destacar en esta comunicación.
Primeramente, se trata de una de sus consecuencias explícitas:
la solidaridad de la muerte y la creación, es
decir, la co-implicancia entre la finitud de la instancia
del Padre y la sobrevivencia de la del Hijo más allá
de él. También destacaré el hincapié
que hace el autor de "Así hablaba Zarathustra"
en que esa finitud de lo paterno ---- sea cual sea el campo
del que estemos hablando ---- no debe ser solamente asumida
o concordada, sino inevitable y propiamente deseada.
Por último, cómo esto tiene importancia para
la clínica y la teoría psicoanalítica,
pues Nietzsche, como suele ocurrir, nos orienta y permite
ir un paso más allá de todo lo reflexionado
hasta el momento.
Dios representa para Nietzsche una idealidad que habita
más allá del hombre, un ámbito de trascendencia
del mundo. Existirá, entonces, indudablemente un
ateísmo banal, el del positivismo racionalista, que
no merecerá nuestro comentario. Nos interesan, en
cambio, sus argumentos de destrucción del teísmo.
Estos son enumerados reiteradas veces: la sombra pavorosa
de Dios pervive como un reflejo negativo de los ideales
humanos, en las proyecciones con que los hombres discrepan
con una naturaleza demasiado ajena a sus pequeños
apetitos. Es ateo considerar que el mundo no respira ni
pulsa, que no es una construcción maquínica
sujeta a fines, ni regla sus movimientos, sino que se agita
en un caos necesario que se repite eternamente, mientras
afirma su poder. El universo no es impiadoso, insensato
o inmoral, carece de leyes, pero sobre todo de legislador,
carece de finalidades y por lo tanto de un auténtico
azar. Nada nuevo suspira en una materia intrascendente que
carece de un valor propio y que sólo raramente puede,
a sí misma, llamarse viviente.
Todo esto es claro, pero hay, digo, un apetito humano de
divinidad más fuerte que todos, un apetito que ensombrece
aún al reino de la muerte: es el individuo que
se resiste, que se perpetúa en su pretensión
de persistir, adueñándose del tiempo mismo.
I
Cuando Nietzsche habla de la muerte del creador, no se refiere
de ningún modo a un deseo de muerte del padre
--- genitivo objetivo --- que anidaría, al modo freudiano
del asesinato, en el alma del hijo. Del mismo modo, no está
pensando en la aceptación que ese hijo debe hacer
de la finitud de su padre, e incluso tampoco de la asunción
de la propia muerte que este mismo debe elaborar ---- el
paso teórico que encontramos en el pensamiento de
Jacques Lacan ----. Nietzsche está pensando, por
el contrario, en un deseo de muerte del padre ---- genitivo
subjetivo ---- que tiene como protagonista al padre mismo.
Así, este deseo implica, parafraseando al propio
Nietzsche, lo que llamaré su "voluntad de ocaso".
¿Cómo aparece en el discurso niezscheano esta
temática?
Llegado el momento el corazón de Zarathustra vibra
inexorablemente: al igual que lo hace el sol, cuando llega
el atardecer, él desea otorgarse y repartirse,
pero para ello debe descender (untergehen) a los
abismos. Zarathustra pide al astro una bendición
para la copa que intenta desbordarse. Es con esta invocación
que comenzará el ocaso (Untergang) de Zarathustra.
Porque el anhelo de Zarathustra lo lleva hacia lo lejano.
El no pregunta cómo se conserva el hombre,
sino cómo finaliza el tiempo del hombre. Lo que debemos
amar en él es su voluntad de tránsito hacia
el ocaso. Para darle su lugar a la vida, se debe alojar
en su seno a la muerte, volviendo al sentido intramundano
de la tierra. Esto se expresa en una larga confesión
de amor de Zarathustra.
El ama a quienes no saben vivir sino para desaparecer, para
anularse, los que no quieren preservarse a sí mismos,
y si desaparecen inmolándose, no buscan la razón
en ello tras las estrellas, sino que se ofrendan a la tierra.
Zarathustra ama a los que "se prodigan y dilapidan
su alma", las almas de aquellos que están tan
repletas que se desbordan, de aquellos que se olvidan
de sí mismos, de los que dan más de lo que
han prometido. Pues todo lo que está en sus almas
es lo que los empujará hacia el abismo.
Esas almas son tan vastas que pueden extraviarse y errar
lejos dentro de sí mismas, pero es por placer que
se precipitan hacia su final. Sumergidas en el devenir,
ellas quieren hundirse en el desear, fugando de sí
mismas y alcanzándose a sí mismas: las almas
de aquellos que poseen el corazón y el espíritu
libre, pues su cabeza no es sino las entrañas de
ese corazón. Y él es el que los llevará
al ocaso.
Se trata de aquellos que son augures, mensajeros que, como
tales, desaparecen.
El dolor de ese padre, su corazón desgarrado, es
el de quien advierte que quiere morir de esa felicidad.
Morir con la ebria y fúnebre felicidad de la medianoche,
pues lo realizado quiere morir, para que los herederos se
lancen a sus destinos: la hora de la vendimia segará
los frutos ya maduros, que desaparecerán al generar
un producto nuevo y distinto, del que fluirá la embriaguez
de la creación. Ese dolor dice: rómpete y
sangra, anula la felicidad del placer --- que se quiere
solamente a sí mismo ----, desintégrate de
una vez para que surja la obra.
Así todo muere y todo vuelve a florecer.
Zarathustra, el ateo, el abogado de la vida, el que hace
hablar a su abismo, dice: "¡Hay que morir a tiempo!".
Porque él muestra la "muerte bienhechora",
que es para los que viven "aguijón y promesa".
Quien se realiza por completo muere victorioso, rodeado
de personas que esperan y prometen. Así habría
que aprender a morir. La muerte que él predica es
la suya, y es la muerte voluntaria: "quien tiene una
meta y un heredero, quiere la muerte en el momento justo
para la meta y el heredero". Y por respeto a ellos,
no ha de colgar "coronas marchitas" en el santuario
de la vida. Será libre para la muerte y en la muerte,
ejerciendo "arte díficil de marcharse a tiempo".
¡Ojalá llegaran las tempestades de los predicadores
de la muerte pronta, sacudiendo verdaderamente los
árboles de la vida! De lo contrario se habrá
malogrado su muerte. Nuestra nobleza no debe mirar hacia
atrás, sino hacia adelante. "Proscriptos de
los países de los padres y de los antepasados",
sólo debemos amar la tierra de nuestros hijos.
En medio de su obra, Zarathustra se encamina hacia ellos
pues por este amor radical tiene que consumarse a sí
mismo. La vida se inmola a sí misma, porque quiere
superarse, porque es de la destrucción donde nace
la creación. Se trata de amar y hundirse voluntariamente
en el ocaso: dos cosas que marchan juntas desde la eternidad.
La voluntad de este amor es estar dispuesto de buen grado
a morir.
El silencio sin voz le dice: "¿qué importas
tú, Zarathustra? ¡Di tu palabra y hazte pedazos!".
Ofrece al morir la más rica de sus dádivas,
como el sol inmensamente rico se hunde y derrama en el mar
el oro de su tesoro inagotable", hasta que el más
"miserable pescador reme con remos de oro". El
dice: "¡qué importa la felicidad! ¡Aspiro
a mi obra!". Los hombres subirán hasta él,
en el momento en que los signos anuncian su ocaso. Así
se hunde, como tiene que hacerlo, entre ellos. Al fin, Zarathustra
ha dicho su palabra y sucumbe como anunciador.
II
Untergehen es, según los distintos traductores
de Nietzsche, una palabra-clave de su discurso. En astronomía
tiene el sentido de "ponerse" (el sol, por ejemplo).
En navegación y refiriéndose a una embarcación
se traduce por "hundirse", "sumergirse"
o "irse a pique". Otros sentidos son: "ir
a la ruina", "perecer", "extinguirse".
Algunas veces se traduce por el verbo "tramontar"
(de "trans-montar"), es decir, "pasar del
otro lado de los montes". Esta es la acción
típica del sol cuando se pone, atravesando el horizonte.
De este verbo deriva el sustantivo Untergang, que
es el que usualmente se traduce por "ocaso"
en sus textos.
Este término puede, asimismo, ser explorado en la
obra de Sigmund Freud. Por ejemplo, el creador del psicoanálisis
asegura que la ciudad de Pompeya no consigue en su ocaso,
yéndose "al fundamento" (zugrunde gehen),
hasta que es... desenterrada. Parecería sugerirnos
que la profundidad fundamental de las cosas quedaría
ubicada en el corazón mismo de la realidad humana.
Vemos que la expresión da cuenta de una "destrucción"
muy posterior y diferente a la que produjo el Vesubio, una
finitud "segunda" con respecto a la desaparición
de sus calles y de la muerte de sus habitantes, lejana del
patetismo de los dolores sufridos por cada uno de los individuos
que allí vivían. No se trata del fin de la
historia de una ciudad, sino específicamente de lo
contrario, es decir, de un ocaso que es, al mismo tiempo,
recuperación. Pues esta segunda muerte "por
desentierro" marca la interiorización de Pompeya
en los valores de la cultura humana universal. No es ya
un mero morir, sino un fenecimiento re-fundante, como en
el mito del Fénix o de Dioniso.
La primera traducción freudiana al español
optó por traducir Untergang, en su momento,
por un término bastante adecuado dentro del contexto
psicoanalítico: disolución. Si volvemos al
tema del ateísmo podremos hablar ahora no ya, meramente,
de "muerte de Dios" ---- lo que implicaría
solamente un movimiento de deconstrucción ----, sino
de una "disolución de Dios". Disolución
mediante ese ocaso (Untergang) que es su consumación
afirmativa. Precisamente porque se trata de una apuesta
de fundación es que, dirigiéndose a una instancia
futura ---- movimiento re-constructivo ----, Nietzsche habla
asimismo y en el mismo contexto del tema complementario
---- que no trataremos aquí --- del Superhombre.
Porque obviamente, "algo disuelto", aunque ha
perdido su estado originario, no por ello ha desaparecido
completamente. Postulemos que, a partir de una disolución
han de producirse más tarde manifestaciones de retorno
de aquello afectado por ese especial proceso "destructivo",
manifestaciones discernibles como su contracara creativa.
Y recordemos también el ejemplo de Schelling de la
semilla que "disuelta" genera, de todos modos,
la promesa del árbol futuro. Dice Schelling: "todo
nacimiento lo es de la oscuridad hacia la luz; la semilla
tiene que ser hundida en la tierra y morir en la tiniebla
para que la más hermosa forma luminosa se yerga y
se despliegue bajo los rayos solares". Es usual
el ejemplo más prosaico y cotidiano de la "aspirina".
Esta, como otros medicamentos, funciona mejor, solamente
si está disuelta. Aquí encontramos el sentido,
tanto de "digerida" o "metabolizada",
como de "elaborada" o "asumida" por
el organismo.
Del mismo modo, Pompeya ha sido "elaborada" y
"asumida" por la cultura, tras su descubrimiento
y posterior desentierro. Serán posibles, entonces,
gracias a este ocaso disolutorio, Escuelas de Historia Pompeyana,
Cátedras de Estudios Pompeyanos, un estilo pompeyano
de Arquitectura, una moda de cerámicas, decoración
o vestimentas "a la pompeyana", nombres de calles,
poemas o canciones, personajes teatrales o pictóricos
que la recuerden, etc, etc.
III
¿Cómo se singulariza el ateísmo para
el psicoanálisis? Dijimos que la clínica de
Freud también discernió la importancia de
estos temas. El problema de la filiación concierne
a un tópico esencial de la teoría que es la
constitución del sujeto. La función
paterna está implicada en la novelización
de lo que llamó Complejo Edípico, cuyo centro
resolutivo es la "muerte del padre". El dios-padre
de cada analizante debe, entonces, perecer, pero: ¿sabrá
él morir a tiempo o será necesario asesinarlo?
El Edipo masculino se basa siempre en algún género
de mitificación: se trata de una poetización
(metaforización) de lo que es un padre, mediante
un intenso duelo simbolizador. La figura del padre,
arrojada fuera de la escena, se ve duramente oscurecida,
cuestionada, degradada por su estructural falla implícita.
Lo recibido por el hijo debe ser transformado y reestructurado
hasta ser y no ser lo que fue, constituyendo un retorno
diferenciador, que es una verdadera asunción por
apropiación de lo heredado. Los ideales paternos
son alterados en cada pasaje generacional, en cada salto
temporal de vida del sujeto --- así como lo serán
en las vidas de sus propios descendientes ---, porque no
se confunden con el deseo que anima al sujeto a recorrer
su propio camino. Vivirá, entonces, libre, pero
en un mundo sin dioses paternales.
El sistema de Ideales es un elemento muy relativizable para
toda subjetividad, es sólo un sostén historizado,
que no puede, a diferencia de personaje paterno divinizado,
pretender inmortalidad o inmutabilidad. El sujeto habrá
de pasar "a la historia" (de su familia, de su
raza, de su nación o del mundo) por su capacidad
en sostener aquello que orienta su deseo. Esto le da un
lugar, que es marca, hito, señal tan sólo
de su paso: quizás la posteridad, siempre mundana,
pero nunca la eternidad. Por eso, en psicoanálisis,
podemos hablar, paradojalmente, de una trascendencia "intramundana".
El padre, entonces, ya no podrá retornar en sus diversas
encarnaciones divinas. Las figuras de los padres de la clínica
freudiana, padres-dioses --- al fin y al cabo, figuras endemoniadas
---, con sus voces crueles, con sus miradas furibundas,
que ocuparon tanto en el discurso de sus analizantes, habrán
de caducar. En psicoanálisis decimos que se ha tratado
de un pasaje: del padre como la instancia del Superyó
a la causa de deseo funcionando en el sujeto. De la divinidad
paterna al acto del sujeto.
La identificación con lo heredado, que supone cargar
con esa pesada materialidad, se "espiritualiza"
y se pierde mediante un duelo. Lo paterno idealizado deja
de ser origen de los síntomas neuróticos en
una escenificación eternizada y repetida --- "más
allá del principio del placer", diría
Freud ---, para lanzar, entonces, al sujeto a historiar
su deseo.
En diferentes lugares Freud cita al Fausto de Goethe. Se
trata de una frase de la Escena uno: "Lo que has
heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo".
La traducción más ajustada es más
bien, "para gozar de ello", es decir, para usarlo,
usufructuarlo, en el momento adecuado. La herencia entonces
ha de perderse como tal, en una operación que la
altera en su material consistencia, y así lograr
que, evaporada, retorne como metaforización de
lo herededado, es decir, lo asumido, lo apropiado
al sujeto. Ese movimiento le permite un género
de destrucción simbólica: aquélla en
la que se lo hace suyo. Se eleva así espiritualmente
más allá de la carnadura paterna, sublima
al padre para ser hijo en sentido pleno, al "vencerlo"
simbolizándolo y, recién entonces, encarnarlo
de otro modo. Lo que estaba "en suspenso" como
heredado, es lo propio de sí que ahora trabaja
para su destino de deseo, poniéndose en nombre propio
en acto en su historia.
El tan nombrado "asesinato del padre" no es un
crimen eternamente ansiado, perpetrado y rechazado al mismo
tiempo, oscilando entre la culpa y la reconciliación
amorosa, sino un Acto de Muerte Simbólica, un ocaso
voluntario del padre, una asunción activa
del hijo. No se trata de que el hijo deba creer o no religiosamente
en la figura de su padre, sino de que el padre se consuma
por cree y se consagra a la apuesta futura que ese hijo
encarna. Esto implica un "entregarse" a la muerte
por parte del padre, quien se disuelve como amo de sus Ideales,
permitiendo al hijo ser el depositario de una tarea de renovación.
Pero Nietzsche destaca bien que no se trata sencillamente
de una mera y sabia aceptación sino de un deseo muy
activo de renovación de lo vital.
Este proceso, digamos, "ateiza" la idealización
del padre gracias a su destrucción por disolución
(Untergang) y genera una construcción de ideales
propios, trans-valorativos, que son ficciones absolutamente
singulares, operativas para el sujeto. El sentido es el
de una creación sublimatoria, el de un "invento",
que se opone a toda idealización divina. Todo hijo
como ateo de su padre en cada uno de sus actos ---- Lacan
combina la palabra ateísmo con el término
"acto" y habla del acteísmo del psicoanalista
----, por voluntad asumida de finitud de su figura, finitud,
además, anhelada por él mismo.
La obra del padre no perece sencillamente, sino que sufre
un proceso mucho más complejo mediante esa voluntad
de ocaso paternal: los elementos "disueltos" en
la aceptación de su muerte se acoplan a la voluntad
del hijo, sometiéndose a su influjo, incorporándose
insensiblemente, en un proceso transformador, que podemos
llamar movimiento de trasmisión. Esta forma
fundamental de la muerte retorna con fuerza en los actos
con los que el sujeto conquista su lugar entre sus semejantes.
En este proceso no se ha tratado de fundar masificaciones
de lo instituido, sino movimientos instituyentes que vayan
más allá del fundador. Generar "escuelas"
singulares de pensamiento, donde no se adora la figura de
los Padres, sino donde sea posible leer en la escritura
de su muerte lo dicho por él. Heredero es el que
lee en esa enseñanza lo que del Padre Originario
resta y puede consagrarse, por amor a su letra, sin idealizarla,
a fundar una cambiante tradición. El padre divinizable
ha muerto, pero mediante una forma de muerte ---- asumida,
anhelada, justificada en su deseo ----, que lo que hecho
más eficaz muerto que vivo, en tanto que su palabra
se "disolvió" en el fundamento íntimo
de cada uno de sus hijos.
La sublimación de un padre por su voluntad de ocaso,
lejana de una idealización, retorna como espiritualidad
de un nombre nuevo. El ocaso no es una destrucción
lisa y llana, o una demolición catastrófica,
sino un trabajo de duelo, elaborativo, que está en
el fundamento del progreso generacional. Pues así
como lo reprimido en sentido freudiano retorna, en la neurosis,
en un retoño que llamamos "síntoma",
lo disuelto por voluntad de ocaso regresa como sublimación
creacionista de un Nombre Propio.
No hay nombre de Dios, sino el disperso ateísmo de
sus nombres infinitos, el nombramiento novedoso y constante
de cada una de esas finitudes en las que, con suerte ---
esa es la apuesta del padre nietzscheano ----, vibrará
algún rasgo de "singularidad".