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El ateísmo como Voluntad de Ocaso
por Raúl A. Yafar

 


Entre los muchos aspectos que tiene el tema del ateísmo en Nietzsche, el autor destaca una de sus consecuencias explícitas: la solidaridad de la muerte y la creación, es decir, la co-implicancia entre la finitud de la instancia del Padre y la sobrevivencia de la del Hijo más allá de él. Resonancias en la teoría psicoanalítica.

 


"Todo merece perecer". F. Nietzsche


Introducción


Entre los muchos aspectos que tiene el tema del ateísmo en Nietzsche , existe uno que voy a destacar en esta comunicación. Primeramente, se trata de una de sus consecuencias explícitas: la solidaridad de la muerte y la creación, es decir, la co-implicancia entre la finitud de la instancia del Padre y la sobrevivencia de la del Hijo más allá de él. También destacaré el hincapié que hace el autor de "Así hablaba Zarathustra" en que esa finitud de lo paterno ---- sea cual sea el campo del que estemos hablando ---- no debe ser solamente asumida o concordada, sino inevitable y propiamente deseada. Por último, cómo esto tiene importancia para la clínica y la teoría psicoanalítica, pues Nietzsche, como suele ocurrir, nos orienta y permite ir un paso más allá de todo lo reflexionado hasta el momento.
Dios representa para Nietzsche una idealidad que habita más allá del hombre, un ámbito de trascendencia del mundo. Existirá, entonces, indudablemente un ateísmo banal, el del positivismo racionalista, que no merecerá nuestro comentario. Nos interesan, en cambio, sus argumentos de destrucción del teísmo. Estos son enumerados reiteradas veces: la sombra pavorosa de Dios pervive como un reflejo negativo de los ideales humanos, en las proyecciones con que los hombres discrepan con una naturaleza demasiado ajena a sus pequeños apetitos. Es ateo considerar que el mundo no respira ni pulsa, que no es una construcción maquínica sujeta a fines, ni regla sus movimientos, sino que se agita en un caos necesario que se repite eternamente, mientras afirma su poder. El universo no es impiadoso, insensato o inmoral, carece de leyes, pero sobre todo de legislador, carece de finalidades y por lo tanto de un auténtico azar. Nada nuevo suspira en una materia intrascendente que carece de un valor propio y que sólo raramente puede, a sí misma, llamarse viviente.
Todo esto es claro, pero hay, digo, un apetito humano de divinidad más fuerte que todos, un apetito que ensombrece aún al reino de la muerte: es el individuo que se resiste, que se perpetúa en su pretensión de persistir, adueñándose del tiempo mismo.


I


Cuando Nietzsche habla de la muerte del creador, no se refiere de ningún modo a un deseo de muerte del padre --- genitivo objetivo --- que anidaría, al modo freudiano del asesinato, en el alma del hijo. Del mismo modo, no está pensando en la aceptación que ese hijo debe hacer de la finitud de su padre, e incluso tampoco de la asunción de la propia muerte que este mismo debe elaborar ---- el paso teórico que encontramos en el pensamiento de Jacques Lacan ----. Nietzsche está pensando, por el contrario, en un deseo de muerte del padre ---- genitivo subjetivo ---- que tiene como protagonista al padre mismo. Así, este deseo implica, parafraseando al propio Nietzsche, lo que llamaré su "voluntad de ocaso". ¿Cómo aparece en el discurso niezscheano esta temática?

Llegado el momento el corazón de Zarathustra vibra inexorablemente: al igual que lo hace el sol, cuando llega el atardecer, él desea otorgarse y repartirse, pero para ello debe descender (untergehen) a los abismos. Zarathustra pide al astro una bendición para la copa que intenta desbordarse. Es con esta invocación que comenzará el ocaso (Untergang) de Zarathustra.
Porque el anhelo de Zarathustra lo lleva hacia lo lejano. El no pregunta cómo se conserva el hombre, sino cómo finaliza el tiempo del hombre. Lo que debemos amar en él es su voluntad de tránsito hacia el ocaso. Para darle su lugar a la vida, se debe alojar en su seno a la muerte, volviendo al sentido intramundano de la tierra. Esto se expresa en una larga confesión de amor de Zarathustra.
El ama a quienes no saben vivir sino para desaparecer, para anularse, los que no quieren preservarse a sí mismos, y si desaparecen inmolándose, no buscan la razón en ello tras las estrellas, sino que se ofrendan a la tierra. Zarathustra ama a los que "se prodigan y dilapidan su alma", las almas de aquellos que están tan repletas que se desbordan, de aquellos que se olvidan de sí mismos, de los que dan más de lo que han prometido. Pues todo lo que está en sus almas es lo que los empujará hacia el abismo.
Esas almas son tan vastas que pueden extraviarse y errar lejos dentro de sí mismas, pero es por placer que se precipitan hacia su final. Sumergidas en el devenir, ellas quieren hundirse en el desear, fugando de sí mismas y alcanzándose a sí mismas: las almas de aquellos que poseen el corazón y el espíritu libre, pues su cabeza no es sino las entrañas de ese corazón. Y él es el que los llevará al ocaso.
Se trata de aquellos que son augures, mensajeros que, como tales, desaparecen.
El dolor de ese padre, su corazón desgarrado, es el de quien advierte que quiere morir de esa felicidad. Morir con la ebria y fúnebre felicidad de la medianoche, pues lo realizado quiere morir, para que los herederos se lancen a sus destinos: la hora de la vendimia segará los frutos ya maduros, que desaparecerán al generar un producto nuevo y distinto, del que fluirá la embriaguez de la creación. Ese dolor dice: rómpete y sangra, anula la felicidad del placer --- que se quiere solamente a sí mismo ----, desintégrate de una vez para que surja la obra.
Así todo muere y todo vuelve a florecer.
Zarathustra, el ateo, el abogado de la vida, el que hace hablar a su abismo, dice: "¡Hay que morir a tiempo!". Porque él muestra la "muerte bienhechora", que es para los que viven "aguijón y promesa". Quien se realiza por completo muere victorioso, rodeado de personas que esperan y prometen. Así habría que aprender a morir. La muerte que él predica es la suya, y es la muerte voluntaria: "quien tiene una meta y un heredero, quiere la muerte en el momento justo para la meta y el heredero". Y por respeto a ellos, no ha de colgar "coronas marchitas" en el santuario de la vida. Será libre para la muerte y en la muerte, ejerciendo "arte díficil de marcharse a tiempo".
¡Ojalá llegaran las tempestades de los predicadores de la muerte pronta, sacudiendo verdaderamente los árboles de la vida! De lo contrario se habrá malogrado su muerte. Nuestra nobleza no debe mirar hacia atrás, sino hacia adelante. "Proscriptos de los países de los padres y de los antepasados", sólo debemos amar la tierra de nuestros hijos. En medio de su obra, Zarathustra se encamina hacia ellos pues por este amor radical tiene que consumarse a sí mismo. La vida se inmola a sí misma, porque quiere superarse, porque es de la destrucción donde nace la creación. Se trata de amar y hundirse voluntariamente en el ocaso: dos cosas que marchan juntas desde la eternidad. La voluntad de este amor es estar dispuesto de buen grado a morir.
El silencio sin voz le dice: "¿qué importas tú, Zarathustra? ¡Di tu palabra y hazte pedazos!". Ofrece al morir la más rica de sus dádivas, como el sol inmensamente rico se hunde y derrama en el mar el oro de su tesoro inagotable", hasta que el más "miserable pescador reme con remos de oro". El dice: "¡qué importa la felicidad! ¡Aspiro a mi obra!". Los hombres subirán hasta él, en el momento en que los signos anuncian su ocaso. Así se hunde, como tiene que hacerlo, entre ellos. Al fin, Zarathustra ha dicho su palabra y sucumbe como anunciador.


II


Untergehen es, según los distintos traductores de Nietzsche, una palabra-clave de su discurso. En astronomía tiene el sentido de "ponerse" (el sol, por ejemplo). En navegación y refiriéndose a una embarcación se traduce por "hundirse", "sumergirse" o "irse a pique". Otros sentidos son: "ir a la ruina", "perecer", "extinguirse". Algunas veces se traduce por el verbo "tramontar" (de "trans-montar"), es decir, "pasar del otro lado de los montes". Esta es la acción típica del sol cuando se pone, atravesando el horizonte. De este verbo deriva el sustantivo Untergang, que es el que usualmente se traduce por "ocaso" en sus textos.
Este término puede, asimismo, ser explorado en la obra de Sigmund Freud. Por ejemplo, el creador del psicoanálisis asegura que la ciudad de Pompeya no consigue en su ocaso, yéndose "al fundamento" (zugrunde gehen), hasta que es... desenterrada. Parecería sugerirnos que la profundidad fundamental de las cosas quedaría ubicada en el corazón mismo de la realidad humana. Vemos que la expresión da cuenta de una "destrucción" muy posterior y diferente a la que produjo el Vesubio, una finitud "segunda" con respecto a la desaparición de sus calles y de la muerte de sus habitantes, lejana del patetismo de los dolores sufridos por cada uno de los individuos que allí vivían. No se trata del fin de la historia de una ciudad, sino específicamente de lo contrario, es decir, de un ocaso que es, al mismo tiempo, recuperación. Pues esta segunda muerte "por desentierro" marca la interiorización de Pompeya en los valores de la cultura humana universal. No es ya un mero morir, sino un fenecimiento re-fundante, como en el mito del Fénix o de Dioniso.
La primera traducción freudiana al español optó por traducir Untergang, en su momento, por un término bastante adecuado dentro del contexto psicoanalítico: disolución. Si volvemos al tema del ateísmo podremos hablar ahora no ya, meramente, de "muerte de Dios" ---- lo que implicaría solamente un movimiento de deconstrucción ----, sino de una "disolución de Dios". Disolución mediante ese ocaso (Untergang) que es su consumación afirmativa. Precisamente porque se trata de una apuesta de fundación es que, dirigiéndose a una instancia futura ---- movimiento re-constructivo ----, Nietzsche habla asimismo y en el mismo contexto del tema complementario ---- que no trataremos aquí --- del Superhombre.
Porque obviamente, "algo disuelto", aunque ha perdido su estado originario, no por ello ha desaparecido completamente. Postulemos que, a partir de una disolución han de producirse más tarde manifestaciones de retorno de aquello afectado por ese especial proceso "destructivo", manifestaciones discernibles como su contracara creativa. Y recordemos también el ejemplo de Schelling de la semilla que "disuelta" genera, de todos modos, la promesa del árbol futuro. Dice Schelling: "todo nacimiento lo es de la oscuridad hacia la luz; la semilla tiene que ser hundida en la tierra y morir en la tiniebla para que la más hermosa forma luminosa se yerga y se despliegue bajo los rayos solares". Es usual el ejemplo más prosaico y cotidiano de la "aspirina". Esta, como otros medicamentos, funciona mejor, solamente si está disuelta. Aquí encontramos el sentido, tanto de "digerida" o "metabolizada", como de "elaborada" o "asumida" por el organismo.
Del mismo modo, Pompeya ha sido "elaborada" y "asumida" por la cultura, tras su descubrimiento y posterior desentierro. Serán posibles, entonces, gracias a este ocaso disolutorio, Escuelas de Historia Pompeyana, Cátedras de Estudios Pompeyanos, un estilo pompeyano de Arquitectura, una moda de cerámicas, decoración o vestimentas "a la pompeyana", nombres de calles, poemas o canciones, personajes teatrales o pictóricos que la recuerden, etc, etc.


III


¿Cómo se singulariza el ateísmo para el psicoanálisis? Dijimos que la clínica de Freud también discernió la importancia de estos temas. El problema de la filiación concierne a un tópico esencial de la teoría que es la constitución del sujeto. La función paterna está implicada en la novelización de lo que llamó Complejo Edípico, cuyo centro resolutivo es la "muerte del padre". El dios-padre de cada analizante debe, entonces, perecer, pero: ¿sabrá él morir a tiempo o será necesario asesinarlo?
El Edipo masculino se basa siempre en algún género de mitificación: se trata de una poetización (metaforización) de lo que es un padre, mediante un intenso duelo simbolizador. La figura del padre, arrojada fuera de la escena, se ve duramente oscurecida, cuestionada, degradada por su estructural falla implícita. Lo recibido por el hijo debe ser transformado y reestructurado hasta ser y no ser lo que fue, constituyendo un retorno diferenciador, que es una verdadera asunción por apropiación de lo heredado. Los ideales paternos son alterados en cada pasaje generacional, en cada salto temporal de vida del sujeto --- así como lo serán en las vidas de sus propios descendientes ---, porque no se confunden con el deseo que anima al sujeto a recorrer su propio camino. Vivirá, entonces, libre, pero en un mundo sin dioses paternales.
El sistema de Ideales es un elemento muy relativizable para toda subjetividad, es sólo un sostén historizado, que no puede, a diferencia de personaje paterno divinizado, pretender inmortalidad o inmutabilidad. El sujeto habrá de pasar "a la historia" (de su familia, de su raza, de su nación o del mundo) por su capacidad en sostener aquello que orienta su deseo. Esto le da un lugar, que es marca, hito, señal tan sólo de su paso: quizás la posteridad, siempre mundana, pero nunca la eternidad. Por eso, en psicoanálisis, podemos hablar, paradojalmente, de una trascendencia "intramundana".
El padre, entonces, ya no podrá retornar en sus diversas encarnaciones divinas. Las figuras de los padres de la clínica freudiana, padres-dioses --- al fin y al cabo, figuras endemoniadas ---, con sus voces crueles, con sus miradas furibundas, que ocuparon tanto en el discurso de sus analizantes, habrán de caducar. En psicoanálisis decimos que se ha tratado de un pasaje: del padre como la instancia del Superyó a la causa de deseo funcionando en el sujeto. De la divinidad paterna al acto del sujeto.
La identificación con lo heredado, que supone cargar con esa pesada materialidad, se "espiritualiza" y se pierde mediante un duelo. Lo paterno idealizado deja de ser origen de los síntomas neuróticos en una escenificación eternizada y repetida --- "más allá del principio del placer", diría Freud ---, para lanzar, entonces, al sujeto a historiar su deseo.
En diferentes lugares Freud cita al Fausto de Goethe. Se trata de una frase de la Escena uno: "Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo". La traducción más ajustada es más bien, "para gozar de ello", es decir, para usarlo, usufructuarlo, en el momento adecuado. La herencia entonces ha de perderse como tal, en una operación que la altera en su material consistencia, y así lograr que, evaporada, retorne como metaforización de lo herededado, es decir, lo asumido, lo apropiado al sujeto. Ese movimiento le permite un género de destrucción simbólica: aquélla en la que se lo hace suyo. Se eleva así espiritualmente más allá de la carnadura paterna, sublima al padre para ser hijo en sentido pleno, al "vencerlo" simbolizándolo y, recién entonces, encarnarlo de otro modo. Lo que estaba "en suspenso" como heredado, es lo propio de sí que ahora trabaja para su destino de deseo, poniéndose en nombre propio en acto en su historia.
El tan nombrado "asesinato del padre" no es un crimen eternamente ansiado, perpetrado y rechazado al mismo tiempo, oscilando entre la culpa y la reconciliación amorosa, sino un Acto de Muerte Simbólica, un ocaso voluntario del padre, una asunción activa del hijo. No se trata de que el hijo deba creer o no religiosamente en la figura de su padre, sino de que el padre se consuma por cree y se consagra a la apuesta futura que ese hijo encarna. Esto implica un "entregarse" a la muerte por parte del padre, quien se disuelve como amo de sus Ideales, permitiendo al hijo ser el depositario de una tarea de renovación. Pero Nietzsche destaca bien que no se trata sencillamente de una mera y sabia aceptación sino de un deseo muy activo de renovación de lo vital.
Este proceso, digamos, "ateiza" la idealización del padre gracias a su destrucción por disolución (Untergang) y genera una construcción de ideales propios, trans-valorativos, que son ficciones absolutamente singulares, operativas para el sujeto. El sentido es el de una creación sublimatoria, el de un "invento", que se opone a toda idealización divina. Todo hijo como ateo de su padre en cada uno de sus actos ---- Lacan combina la palabra ateísmo con el término "acto" y habla del acteísmo del psicoanalista ----, por voluntad asumida de finitud de su figura, finitud, además, anhelada por él mismo.
La obra del padre no perece sencillamente, sino que sufre un proceso mucho más complejo mediante esa voluntad de ocaso paternal: los elementos "disueltos" en la aceptación de su muerte se acoplan a la voluntad del hijo, sometiéndose a su influjo, incorporándose insensiblemente, en un proceso transformador, que podemos llamar movimiento de trasmisión. Esta forma fundamental de la muerte retorna con fuerza en los actos con los que el sujeto conquista su lugar entre sus semejantes.
En este proceso no se ha tratado de fundar masificaciones de lo instituido, sino movimientos instituyentes que vayan más allá del fundador. Generar "escuelas" singulares de pensamiento, donde no se adora la figura de los Padres, sino donde sea posible leer en la escritura de su muerte lo dicho por él. Heredero es el que lee en esa enseñanza lo que del Padre Originario resta y puede consagrarse, por amor a su letra, sin idealizarla, a fundar una cambiante tradición. El padre divinizable ha muerto, pero mediante una forma de muerte ---- asumida, anhelada, justificada en su deseo ----, que lo que hecho más eficaz muerto que vivo, en tanto que su palabra se "disolvió" en el fundamento íntimo de cada uno de sus hijos.
La sublimación de un padre por su voluntad de ocaso, lejana de una idealización, retorna como espiritualidad de un nombre nuevo. El ocaso no es una destrucción lisa y llana, o una demolición catastrófica, sino un trabajo de duelo, elaborativo, que está en el fundamento del progreso generacional. Pues así como lo reprimido en sentido freudiano retorna, en la neurosis, en un retoño que llamamos "síntoma", lo disuelto por voluntad de ocaso regresa como sublimación creacionista de un Nombre Propio.
No hay nombre de Dios, sino el disperso ateísmo de sus nombres infinitos, el nombramiento novedoso y constante de cada una de esas finitudes en las que, con suerte --- esa es la apuesta del padre nietzscheano ----, vibrará algún rasgo de "singularidad".

 



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