Groucho Marx planteaba
que cuando estaba frente a otras personas, y en tanto no
dijera una sola palabra, sus interlocutores permanecían
en la duda respecto de si él era un genio o un perfecto
idiota, y agregaba entonces: “para que abrir la boca
y sacarlos de dudas…” El analista –no
importa con qué frecuencia- abre la boca, y si bien
a los pacientes les cuesta –y verdaderamente les cuesta
muchísimo- salir de dudas, esto los obliga a tener
que trabajar el carácter de esa “presencia”
que el analista impone cuando cae de la abstinencia
y la neutralidad (aún cuando esa caída tome
la forma aparentemente lacónica y ascética
de un señalamiento o de una interpretación.)
Y hay pacientes que
–para evaluar la falla frecuente e inevitable de la
abstinencia y neutralidad de sus analistas- usan un patrón
de medida de carácter tan narcisista que cualquier
alternativa determina –sin términos medios-
que sus analistas son, efectivamente, unos genios o unos
perfectos idiotas. Nunca lo deciden del todo, a veces los
suponen irremediablemente idiotas y otras piensan que son
verdaderamente genios (el analista padece ambas posiciones
que él mismo provoca con su “falla” –
falla que no es, como ya veremos, estrictamente hablando,
un “error”.)
También hay
analistas que operan con el mismo criterio y deciden sostener
en la dirección de las curas –a raja tablas-
algo que suponen es “abstinencia y neutralidad”,
pero que, en definitiva, no es más que la ambición
de poder escapar a un juicio que los ubique en alguna de
estas dos alternativas que plantea Groucho (y, para empezar,
para evitar el propio juicio).
Lo que en términos
generales sucede, es que –la mayor parte del tiempo-
no es necesario que el analista deba estar atento a si está
sosteniendo –o no- una posición de abstinencia
y neutralidad en los tratamientos. Sin embargo, cuando alguna
circunstancia de la experiencia clínica mueve al
analista a tener que meditar sobre el asunto, a tener que
pensar -frente a lo que algún paciente le impone
en el curso del tratamiento- cómo sostenerse en abstinencia
o neutralidad, en ese mismo instante -ese mismo analista-
habrá dejado de ser “abstinente” y “neutral”,
y esto, por el solo hecho de haber tenido que decidir
serlo.
Me parece que la clínica
debe ser pensada desde esta imposibilidad, volveremos sobre,
porque, en la invitación a esta charla, se me precisa,
además, que el tema de la neutralidad y la abstinencia
sea tratado “en relación a los tratamientos
de niños”, lo cual me sume en una
complicación extra, me obliga a un rodeo previo:
la de tener que determinar por donde hacer pasar la diferencia
que hiciera razonable sostener las categorías niño-adulto,
para poder justificar luego una posición eventualmente
distinta –según se trate de un caso y otro-
respecto de neutralidad y abstinencia.
Entonces, sin extenderme
demasiado en este tópico, no podemos dejar de mencionar
la famosa polémica que enfrentó tan encarnizadamente
a Anna Freud y a Melanie Klein. En ese debate estas dos
pioneras del psicoanálisis de niños discuten
sobre la pertinencia de llevar adelante -o no- el análisis
de chicos. Y, más allá de este tema, se discute,
de un modo implícito, sobre el estatuto de la transferencia
en la clínica psicoanalítica y sobre el valor
de las categorías niño-adulto para pensar
la subjetividad en la teoría psicoanalítica
(¿donde termina el niño y dónde empieza
el adulto? ¿dónde situar el fin de la infancia?).
La teoría psicoanalítica
se inaugura con el descubrimiento de la “sexualidad
infantil” en el adulto, y, curiosamente, cuando se
ocupó de los chicos, cuando Freud alentó a
los analistas –y él mismo lo hizo- a observar
niños, descubrió –paradójicamente-
en los niños, gravitando, a la “sexualidad
del adulto”. No se verifica en los niños el
apogeo y despliegue de una sexualidad infantil en estado
salvaje o puro, lo que se comprueba observando a niños
(es Juanito quien instruye en esto a Freud), que los niños
no “tienen” sexualidad infantil sino que en
ellos es una sexualidad (a secas) la que los “atraviesa”.
En fin, se verificó
en ellos –más allá de los efectos de
la seducción materna (que ya se había teorizado),
la gravitación de la estructura edípica como
organizadora de la sexualidad en los niños, la misma
estructura edípica que organiza la sexualidad adulta.
¿La misma? He aquí el dilema. La discusión
entre Anna Freud y Melanie Klein giraba en torno de la noción
de Superyo, sobre su naturaleza y sobre su momento de emergencia
como punto de clivaje en la constitución subjetiva.
Y, en lo que a nosotros
nos incumbe, es en este eje de la discusión que se
inscribe –entre otros tópicos- la cualidad
que para M. Klein y A. Freud toma la abstinencia y la neutralidad
del analista en el análisis de niños, es decir,
según cómo se conciba la naturaleza del Superyo
se tomará cierto partido al respecto. ¿Por
qué relacionar una cosa con la otra?
Brevemente, digamos
que para A. Freud –a diferencia de lo que sucede en
el análisis de adultos- con los niños no es
necesario -y, más aún, no es conveniente-,
asumir como analistas una posición sostenida en la
neutralidad y en la abstinencia. Los niños, para
Ana Freud, son demasiado niños –por
así decir-, de modo que no hay neutralidad, por el
contrario, hay que –en todo caso- reforzar la autoridad
parental, ejercer –como lo aconseja ella -en lugar
de interpretar- una cierta “influencia educativa”
sobre el niño; esto por un lado, y por el otro, no
hay abstinencia, porque -lejos de ello- es necesario seducir
al niño para convocar una transferencia de carácter
exclusivamente positiva que actúe como soporte de
una alianza terapéutica en el trabajo clínico.
Esto permite el trabajo analítico con los niños,
al fomentar –de ese modo- un vínculo de carácter
amistoso con ellos.
El argumento –para
dejar de lado abstinencia y neutralidad en el caso de los
niños- es –para A. Freud- la extrema inmadurez
del Superyo infantil, que es incapaz –para ella- de
controlar la convulsiva vida pulsional que abriría
el juego analítico clásico que, si se basara
en la interpretación debilitaría las ya frágiles
represiones del niño. En lugar de abstinencia y neutralidad
–en el caso del análisis de niños-,
A. Freud se propone como un objeto amable y severo al mismo
tiempo, en tanto amable, seduce, busca una complicidad;
en tanto severo, refuerza la autoridad parental. Se evita
la interpretación y se enfatiza una cierta acción
pedagógica.
M. Klein –por
su parte- responde que -tomando en cuenta la evidencia clínica
que le imponen sus pequeños pacientes-, lejos de
la debilidad superyoica de la que habla A. Freud en los
niños, ella no ha visto Superyo más salvaje,
sádico y tiránico que en éstos y que
el trabajo con los niños es justamente atenuar la
economía tiránica de ese Superyo, para que
haya en ellos un mayor despliegue pulsional que pueda impulsarlos
así a un vigoroso desarrollo emocional. Esa energía
pulsional liberada en el niño, especialmente de naturaleza
sádica, permite que el sujeto encuentre las diversas
formas sublimatorias que posibiliten su adecuada inscripción
en la cultura.
La cultura –desde
el punto de vista kleiniano- no se nutre tanto de
los niños dóciles como de los más provocativos
y audaces –que la sociedad los tolere o no, es otra
cosa-. En el psicoanálisis de niños, entonces,
al igual que en el tratamiento de adultos –para M.
Klein-, el analista debe mantener la más rígida
abstinencia y neutralidad: nada de emparentar la función
del analista con una tarea educativa –como lo proponía
A. Freud-, y nada de seducción, ofreciéndose
al pequeño paciente como un objeto (exclusivamente)
amoroso. Es más, que un analista intente controlar
voluntariamente su posición de objeto en una cura
es, para M. Klein, absolutamente inútil porque todo
ocurrirá “a pesar de su voluntad”.
Melanie Klein apuesta
ciegamente al fantasma inconsciente, por tanto lo interpreta
sistemáticamente en los tratamientos: ninguna incidencia
normativa de la realidad podría ejercer la menor
educación en el campo pulsional. Anna Freud
apuesta –en cambio- a cierto refuerzo normativo de
la vida pulsional desde la realidad, como si la represión
dependiera de un factor “exterior” a propia
la subjetividad. No ser “abstinente” y “neutral”
en la dirección de las curas es operar –en
el caso de los niños- con cierto realismo ingenuo:
la experiencia analítica los tendría que ayudar
a madurar.
Pero ser “abstinente”
y “neutral” –según el dogma kleiniano-
¿no es suponer que el analista puede ejercer un borramiento
absoluto de su presencia en los tratamientos, y creer entonces
que todo lo que sucede es por imperio exclusivo del despliegue
fantasmático de su paciente? ¿No supone esto
un realismo ingenuo aún más radical que el
de Anna Freud, un “realismo ingenuo” que recae
sobre la realidad psíquica de los sujetos? ¿No
se tentará el analista con interpretar todo lo que
sucede en una sesión como si fuera el despliegue
fantasmático del paciente –ya que el analista
está completamente ausente (neutro y abstinente)
de la escena clínica? ¿Se debe sostener la
“abstinencia” y la “neutralidad”
para tener mejor diferenciados la fantasía y la realidad?
La “realidad”
–parece decir M. Klein- es lo que no está en
el escenario clínico, lo que se ha podido sustraer
con la abstinencia y la neutralidad, en consecuencia: la
fantasía es todo lo que se despliega en ese espacio…
Evoco esta famosa polémica,
que es muchísimo más compleja y rica de lo
que acá se insinúa, porque lleva al extremo,
simplificándolo, un problema más esencial
y mucho más complejo respecto de las nociones de
abstinencia y neutralidad. Es inevitable que el debate que
obliga a decidir a favor o en contra de sostener la “abstinencia”
y la “neutralidad” en los tratamientos desemboque
en falsas soluciones, soluciones que en el fondo son estructuralmente
idénticas: o bien, creer en que se puede dominar
la “realidad” del analista, incluso la de su
realidad psíquica, para sustraerla -por suponerla
un obstáculo-, o bien, en un acto de lúcida
introspección, instrumentar el propio movimiento
pulsional del analista como elemento valioso para la dirección
de las curas. En un caso y otro, se establecen las normativas
(generales, para todo analista) de lo que se debe o no se
debe hacer en la dirección de las curas. Como de
costumbre, cuando dudamos qué hacer, establecemos
pautas morales que nos orienten...
En términos
generales y muy groseros, respecto de los cuales no habría
mayores desacuerdos entre los analistas, nadie dudaría
en evaluar como un hecho necesario intentar sostener una
posición de neutralidad y abstinencia en la dirección
de las curas.
Pero un “intento”
es un intento, y tiene los límites imprecisos de
las buenas intenciones. Cuando se inicia un tratamiento
psicoanalítico no se puede esperar otra cosa que
no sea que el analista “falle” con incalculable
frecuencia respecto de su pretendida abstinencia y neutralidad.
Si abordamos esa falla como si se tratara de un mero error
del analista simplificaríamos el problema clínico
con consignas de empobrecido tono moral: se intentaría
establecer entonces –con argumentos incluso de solemne
rigor teórico- y para todo el mundo –una vez
más…1-
lo que un analista debe o no debe hacer en la dirección
de las curas….
¿No habrá
para la abstinencia y la neutralidad que abrir una consideración
que deba ser abordada, como suele decirse, “caso por
caso”? ¿o esto debe ser desechado por el carácter
excesivamente relativo que impondría a la “norma”?
La moral se nos mete por todos lados. Freud, en Los caminos
de la terapia psicoanalítica (1918), advertía
“el analista debe mantener dentro de lo posible
la abstinencia y la neutralidad …”, bueno,
la cura se mueve –la mayor parte del tiempo- más
allá de ese límite, y el analista debe seguir
existiendo y operando en el marco de esa imposibilidad.
En verdad, el analista
sólo se recorta y se torna operativo en el curso
de un tratamiento, como una falla (que ya he aclarado, para
lo que me importa destacar aquí, no es un error)
respecto de su propósito de abstinencia y neutralidad.
Así como podría decirse que un paciente se
recorta -para la escucha del analista- como “falla”
de la libre asociación, es decir, cuando estructura
en su discurso una unidad de significación que el
analista puede reconocer como una “formación
del inconsciente”.
En principio podemos
decir que los términos “abstinencia”
y “neutralidad” tratan de definir –aparentemente-
en “negativo” a la figura del analista, es decir,
destacan una suerte de vacío en su función
y en su presencia, algo que no debe cobrar relieve en su
modo de estar en los tratamientos. Concretamente, en una
primer aproximación, parecen querer definir un modo
de “no ser” del analista en la experiencia clínica.
Ahora bien, pensar
que abstinencia y neutralidad son efectivamente un negativo
del analista, se torna verdaderamente fecundo si -para usar
una metáfora fotográfica- se toma a ese negativo
como al negativo de un positivo. Un negativo que
es el soporte de algo que se ofrece como evidente. Esto
dicho en el mismo sentido en que Freud dice que la perversión
es el negativo de un positivo: las neurosis.
Ese negativo que intenta la neutralidad
y la abstinencia en la posición del analista, retorna,
con toda la fuerza de sus prejuicios, de sus ideales, de
sus temores y tentaciones, de sus repulsiones, etc., y nutre
lo que podemos llamar la presencia del analista en la dirección
de la cura. Me apresuro a decir que esa "presencia
del analista" no tiene, necesariamente, un carácter
resistencial.
Un niño entra al consultorio con
la camiseta de boca, he allí -entre otras cosas-
un emblema filiatorio que lo inscribe en cierta historia
familiar, etc. (el analista trabaja seria y sobriamente
con ésta -y otras- hipótesis). Todo bien,
pero de repente le pregunta al analista, en tono desafiante,
de qué cuadro es
(y el analista es de River,
pero "es de River" no indica solo que es "simpatizante
de un club de fútbol", esa elección lleva
la carga más intensa y tortuosa de su vida infantil,
la historia de cargadas sufridas y proferidas, de viejos
rencores y temores que -en el momento de la pregunta que
le dirige el hipotético niño de Boca-, aparentemente
están atenuados en su función de "analista
maduro").
El analista puede pensar que en este caso,
es necesario "confesar" de qué cuadro de
fútbol es simpatizante, porque considera que el niño
sólo puede organizar una experiencia de intercambio
con él en términos de rivalidad y competencia,
y que necesita dar consistencia a su presencia de ese modo
-y confinar su tensión agresiva al limitado campo
de lo deportivo-. El analista puede decir "soy de River"
y pilotear el tratamiento desde allí (un analista
kleiniano se privaría de decirlo, uno annafreudiano
no se atrevería a confesarlo), lo cierto es que,
sea como sea, al decir "soy de River" el analista
vuelve a tener -en alguna proporción- unos nueve
años
Lo cual no es nada malo, solo prueba que
esta vivo y que tuvo infancia.
Parece innecesario detenerse en este tipo
de tensiones de la neutralidad y la abstinencia, lo que
sí me parece interesante destacar es que el único
patrón de medida cierto para evaluar cierta falla
del analista a su posición de neutralidad y abstinencia
es la propia sanción transferencial de aquello que
para el paciente -y solo para él- es una trasgresión
de la neutralidad y abstinencia. Y esto tiene especial valor
en pacientes psicóticos. Todo hacer del analista
es una ruptura de su neutralidad y abstinencia, pero esa
ruptura tiene un carácter potencial, solo la transferencia
-en el caso por caso- lo puede revelar como tal.
En este sentido, una mudanza, un cambio
de mobiliario, un cenicero que habitualmente decora el consultorio
y que un día desaparece repentinamente, un profundo
dolor o una aguda preocupación que el analista ha
cree estar controlando o disimulando en su trabajo, etc.,
se pueden tornar una seria falla de su abstinencia y neutralidad
para el paciente.
El analista, por ejemplo, ha dejado abierto
su celular durante una de las sesiones, de pronto, suena
y se ve obligado a atender, lo suficiente como para informar
que está trabajando y que no puede hablar en esos
momentos, tarda escasos dos minutos, probablemente menos:
¿se trata este episodio de una falla de su neutralidad
y abstinencia?
Parece ridículo plantearlo, más
ridículo aún consensuar qué se debe
hacer con los celulares durante las sesiones (imagino interminables,
extenuantes y sesudas reuniones de analistas analizando
el tema), lo cierto es que un paciente puede reaccionar
frente a ese incidente haciendo un chiste agudo y malicioso
-con el que demuestra su disgusto con la distracción
del analista-, y otro sólo puede hundirse en el más
profundo de los mutismos, o quizás, no volver nunca
más a su tratamiento.
Parece que lo que decide la posible trasgresión
de la regla de neutralidad y abstinencia es la capacidad
de los pacientes de hacer un chiste -o no poder hacerlo-.
Acusar al analista, en este caso, de haber cometido un "grave
error" es tan injusto como señalar una "reacción
resistencial" en el paciente que reacciona con mutismo.
En todo caso, nunca sabemos de nuestras fallas más
que cuando suenan los celulares, y los celulares nunca dejan
de sonar, el tema es qué nos enseña eso (no
apagarlos de antemano, porque siempre queda encendido alguno
en alguna parte
)
Cuando el analista se empeña en la
abstinencia y la neutralidad debe prepararse para una sorpresa
de sí mismo. Las nociones de abstinencia y neutralidad
sólo tienen valor clínico si definen un cierto
modo de hacer presente al analista (y, a partir de esto,
constatar si los pacientes tienen la capacidad de reciclar
esa "presencia" simbólicamente, o ver cómo
esa emergencia está fuera de la posibilidad de ciertos
pacientes). No sirve de nada establecer los códigos
de lo que se debe o no se debe hacer, tratando de implantar
una especie de "negatividad pura del analista"
en las curas.
Si tomamos al silencio del analista como
un modo de encarnar su abstinencia y su neutralidad, dicho
silencio -para que no se transforme mero "mutismo",
es decir, mera negación de un decir- deberá
entramarse en palabras. El silencio del analista debe encontrar
un lugar en su decir. Cuando el silencio del analista es
forzado, los pacientes descubren rápidamente en ese
silencio de sus analistas un determinado "estilo de
no decir", nunca un mero abstinente y neutro "callarse
la boca". T. Reik decía que el analista debe
guardar silencio, pero que eso no quiere decir no hablar
Resumiendo, la neutralidad y la abstinencia
tomadas como premisas básicas para sostener la posición
del analista en la dirección de una cura son dos
aspiraciones que resultan absolutamente imposibles cumplir.
Me parece importante destacarlo por varias razones, una
de ellas es que cuando en el desarrollo del tema de la abstinencia
y neutralidad del analista, se tiende a ignorar esta imposibilidad,
nos encontramos con discursos de carácter puramente
moralista, y nunca faltan aquellos que saben y enuncian
con toda solemnidad "que debe" o "que no
debe" hacer o sentir un analista en su trabajo.
Entonces, se sabe: un analista no debe encariñarse
con un paciente, no debe enojarse con ninguno de ellos,
no debe formular nunca una opinión personal, no debe
dar ninguna indicación, etc. Hacer la salvedad de
que, en determinados contextos y bajo ciertas circunstancias,
sí se puede dar una indicación o emitir una
opinión, o decir que, en rigor, no se trata de que
no puedan desarrollar en el analista sentimientos de amor
u hostilidad, pero sí que éste debe estar
muy atento a la emergencia de tales sentimientos para, eventualmente,
reforzar su propio análisis o supervisar más
seguido, no quita ni agrega nada a una circunstancia que
es mucho más sutil y compleja en lo que hace a la
neutralidad y la abstinencia del analista. Por otra parte,
imaginen que un colega les pidiera análisis planteando
como demanda de tratamiento el deseo de "reforzar"
su neutralidad y abstinencia"!
Desde luego, el reconocimiento de la imposibilidad
de sostenerse en absoluta abstinencia y neutralidad, tampoco
habilita abandonar el intento. Sólo que el loable
propósito de intentar un borramiento total en las
curas de nosotros mismos sólo tiene como -valioso-
resultado el encuentro involuntario con nosotros mismos
en esos tratamientos. La idea justamente que se me había
ocurrido para esta charla era plantear que el propósito
de sostener la posición del analista en neutralidad
y abstinencia supone una tensión en el analista,
y que esta tensión necesaria la que mantiene vivo
a un tratamiento.
Como lo decíamos un poco más
arriba, hay otros imposibles que estructuran la práctica
psicoanalítica, por ejemplo la indicación
que llamamos "regla fundamental", es decir, el
pedido de libre asociación a los pacientes
Solicitamos a un paciente que diga todo lo que se le ocurre
sabiendo que su cumplimiento es imposible, la evidencia
de esa imposibilidad, un lapsus -por ejemplo-, no es considerada
por ningún analista como un error al que haya que
corregir.
Festejamos, entonces, la imposibilidad del
mandato de libre asociación! Y qué decir de
la "atención libremente flotante"? justamente,
algo que sería solidario de la necesidad de la abstinencia
y la neutralidad: neutralidad en la escucha, en el sentido
de no privilegiar ningún fragmento del discurso desde
un saber anticipado, neutralidad en cuanto a no juzgar,
y abstención, en cuanto a no poner en juego ideales
propios, abstenerse de aconsejar o educar, bueno, todo esto,
repito, es imposible de que no suceda, a menudo de un modo
muy sutil -y silencioso-, a veces de un modo más
o menos grosero, el analista lo pone en juego.
No somos inocentes bajo ningún punto
de vista, pero eso no nos hace necesariamente culpables
de nada. Simplemente abre una responsabilidad frente a nuestra
no-inocencia. En esa no-inocencia se define la presencia
del analista en un tratamiento con un valor no necesariamente
resistencial.
Los analistas sueñan a sus pacientes
tanto como los pacientes sueñan a sus analistas.
El paciente psicótico no admite ese margen de intimidad
y mucho menos los límites ambiguos que implica la
neutralidad y la abstinencia del analista: es difícil
soñar a un paciente psicótico y que éste
sueñe a su analista. Casi siempre -ambos- están
más cerca de la pesadilla y del insomnio.
Para concluir, recordemos que Winnicott
define a la matriz de la transferencia como la capacidad
del paciente de "estar a solas en presencia de alguien".
Esta capacidad habla de cómo se ha inscrito el otro
en la subjetividad de los pacientes.
A veces, esa opacidad del analista en su
función es para algunos pacientes una amenaza insoportable
de presencia agazapada, de modo que el paciente, entonces,
provoca de diversos modos al analista para que su presencia
se haga real y controlable, mientras que otros, le niegan
todo índice de realidad y presencia al analista,
encerrándolos en un deliro silencioso y privado.
No todos los pacientes pueden sostener al
analista como esa paradoja presencia-ausencia en la que
el analista intenta sostenerse en la dirección de
las curas. Entonces, resuelven esa tensión básica
del analista -ligada a lo imposible de estar en completa
"abstinencia" y "neutralidad" en su
función- reaccionando frente a ellos como si cada
acto, palabra o gesto de sus analistas fueran el signo inequívoco
de una insoportable e intrusiva presencia, y frente a sus
silencios como si fueran la evidencia de una inasistencia
-también insoportable para ellos- de sus analistas
en los tratamientos.
En estos casos, el paciente debe entramar
progresivamente la presencia del analista, empezar a soportar
sus fallas, dejarlo caer del delirio en el que pretenden
encerrarlo. Solo así, (con este tipo de pacientes)
el analista podrá intentar con el tiempo, esa aspiración
imposible que es mantenerse en abstinencia y neutralidad
Muchas gracias.