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Abstinencia y neutralidad del analista, presencia del analista
Por Daniel Ripesi

(Conferencia para residentes del Hospital Penna)


Estimados colegas, les agradezco la invitación a participar de esta serie de charlas que en mi caso toma como tema las nociones de neutralidad y abstinencia del analista en la dirección de los tratamientos. Si se tratara sólo de esto, es probable que no hubiera podido ir mucho más allá de plantear que el analista no tiene la menor posibilidad de mantener -en su práctica clínica- una posición de absoluta neutralidad y abstinencia en su función. Pero que es, justamente, en ese “fracaso” que un análisis se mantiene vivo y operativo.


Groucho Marx planteaba que cuando estaba frente a otras personas, y en tanto no dijera una sola palabra, sus interlocutores permanecían en la duda respecto de si él era un genio o un perfecto idiota, y agregaba entonces: “para que abrir la boca y sacarlos de dudas…” El analista –no importa con qué frecuencia- abre la boca, y si bien a los pacientes les cuesta –y verdaderamente les cuesta muchísimo- salir de dudas, esto los obliga a tener que trabajar el carácter de esa “presencia” que el analista impone cuando cae de la abstinencia y la neutralidad (aún cuando esa caída tome la forma aparentemente lacónica y ascética de un señalamiento o de una interpretación.)

Y hay pacientes que –para evaluar la falla frecuente e inevitable de la abstinencia y neutralidad de sus analistas- usan un patrón de medida de carácter tan narcisista que cualquier alternativa determina –sin términos medios- que sus analistas son, efectivamente, unos genios o unos perfectos idiotas. Nunca lo deciden del todo, a veces los suponen irremediablemente idiotas y otras piensan que son verdaderamente genios (el analista padece ambas posiciones que él mismo provoca con su “falla” – falla que no es, como ya veremos, estrictamente hablando, un “error”.)

También hay analistas que operan con el mismo criterio y deciden sostener en la dirección de las curas –a raja tablas- algo que suponen es “abstinencia y neutralidad”, pero que, en definitiva, no es más que la ambición de poder escapar a un juicio que los ubique en alguna de estas dos alternativas que plantea Groucho (y, para empezar, para evitar el propio juicio).    

 Lo que en términos generales sucede, es que –la mayor parte del tiempo- no es necesario que el analista deba estar atento a si está sosteniendo –o no- una posición de abstinencia y neutralidad en los tratamientos. Sin embargo, cuando alguna circunstancia de la experiencia clínica mueve al analista a tener que meditar sobre el asunto, a tener que pensar -frente a lo que algún paciente le impone en el curso del tratamiento- cómo sostenerse en abstinencia o neutralidad, en ese mismo instante -ese mismo analista- habrá dejado de ser “abstinente” y “neutral”, y esto, por el solo hecho de haber tenido que decidir serlo.

Me parece que la clínica debe ser pensada desde esta imposibilidad, volveremos sobre, porque, en la invitación a esta charla, se me precisa, además, que el tema de la neutralidad y la abstinencia sea tratado “en relación a los tratamientos de niños”, lo cual me sume en una complicación extra, me obliga a un rodeo previo: la de tener que determinar por donde hacer pasar la diferencia que hiciera razonable sostener las categorías niño-adulto,  para poder justificar luego una posición eventualmente distinta –según se trate de un caso y otro- respecto de neutralidad y abstinencia.

Entonces, sin extenderme demasiado en este tópico, no podemos dejar de mencionar la famosa polémica que enfrentó tan encarnizadamente a Anna Freud y a Melanie Klein. En ese debate estas dos pioneras del psicoanálisis de niños discuten sobre la pertinencia de llevar adelante -o no- el análisis de chicos. Y, más allá de este tema, se discute, de un modo implícito, sobre el estatuto de la transferencia en la clínica psicoanalítica y sobre el valor de las categorías niño-adulto para pensar la subjetividad en la teoría psicoanalítica (¿donde termina el niño y dónde empieza el adulto? ¿dónde situar el fin de la infancia?).

La teoría psicoanalítica se inaugura con el descubrimiento de la “sexualidad infantil” en el adulto, y, curiosamente, cuando se ocupó de los chicos, cuando Freud alentó a los analistas –y él mismo lo hizo- a observar niños, descubrió –paradójicamente- en los niños, gravitando, a la “sexualidad del adulto”. No se verifica en los niños el apogeo y despliegue de una sexualidad infantil en estado salvaje o puro, lo que se comprueba observando a niños (es Juanito quien instruye en esto a Freud), que los niños no “tienen” sexualidad infantil sino que en ellos es una sexualidad (a secas) la que los “atraviesa”.

En fin, se verificó en ellos –más allá de los efectos de la seducción materna (que ya se había teorizado), la gravitación de la estructura edípica como organizadora de la sexualidad en los niños, la misma estructura edípica que organiza la sexualidad adulta. ¿La misma? He aquí el dilema. La discusión entre Anna Freud y Melanie Klein giraba en torno de la noción de Superyo, sobre su naturaleza y sobre su momento de emergencia como punto de clivaje en la constitución subjetiva.

Y, en lo que a nosotros nos incumbe, es en este eje de la discusión que se inscribe –entre otros tópicos- la cualidad que para M. Klein y A. Freud toma la abstinencia y la neutralidad del analista en el análisis de niños, es decir, según cómo se conciba la naturaleza del Superyo se tomará cierto partido al respecto. ¿Por qué relacionar una cosa con la otra?   

Brevemente, digamos que para A. Freud –a diferencia de lo que sucede en el análisis de adultos- con los niños no es necesario -y, más aún, no es conveniente-, asumir como analistas una posición sostenida en la neutralidad y en la abstinencia. Los niños, para Ana Freud, son demasiado niños –por así decir-, de modo que no hay neutralidad, por el contrario, hay que –en todo caso- reforzar la autoridad parental, ejercer –como lo aconseja ella -en lugar de interpretar- una cierta “influencia educativa” sobre el niño; esto por un lado, y por el otro, no hay abstinencia, porque -lejos de ello- es necesario seducir al niño para convocar una transferencia de carácter exclusivamente positiva que actúe como soporte de una alianza terapéutica en el trabajo clínico. Esto permite el trabajo analítico con los niños, al fomentar –de ese modo- un vínculo de carácter amistoso con ellos.

El argumento –para dejar de lado abstinencia y neutralidad en el caso de los niños- es –para A. Freud- la extrema inmadurez del Superyo infantil, que es incapaz –para ella- de controlar la convulsiva vida pulsional que abriría el juego analítico clásico que, si se basara en la interpretación debilitaría las ya frágiles represiones del niño. En lugar de abstinencia y neutralidad –en el caso del análisis de niños-, A. Freud se propone como un objeto amable y severo al mismo tiempo, en tanto amable, seduce, busca una complicidad; en tanto severo, refuerza la autoridad parental. Se evita la interpretación y se enfatiza una cierta acción pedagógica.

M. Klein –por su parte- responde que -tomando en cuenta la evidencia clínica que le imponen sus pequeños pacientes-, lejos de la debilidad superyoica de la que habla A. Freud en los niños, ella no ha visto Superyo más salvaje, sádico y tiránico que en éstos y que el trabajo con los niños es justamente atenuar la economía tiránica de ese Superyo, para que haya en ellos un mayor despliegue pulsional que pueda impulsarlos así a un vigoroso desarrollo emocional. Esa energía pulsional liberada en el niño, especialmente de naturaleza sádica, permite que el sujeto encuentre las diversas formas sublimatorias que posibiliten su adecuada inscripción en la cultura.

La cultura –desde el punto de vista kleiniano- no se nutre  tanto de los niños dóciles como de los más provocativos y audaces –que la sociedad los tolere o no, es otra cosa-. En el psicoanálisis de niños, entonces, al igual que en el tratamiento de adultos –para M. Klein-, el analista debe mantener la más rígida abstinencia y neutralidad: nada de emparentar la función del analista con una tarea educativa –como lo proponía A. Freud-, y nada de seducción, ofreciéndose al pequeño paciente como un objeto (exclusivamente) amoroso. Es más,  que un analista intente controlar voluntariamente su posición de objeto en una cura es, para M. Klein, absolutamente inútil porque todo ocurrirá “a pesar de su voluntad”.

Melanie Klein apuesta ciegamente al fantasma inconsciente, por tanto lo interpreta sistemáticamente en los tratamientos: ninguna incidencia normativa de la realidad podría ejercer la menor educación en el campo pulsional.  Anna Freud apuesta –en cambio- a cierto refuerzo normativo de la vida pulsional desde la realidad, como si la represión dependiera de un factor “exterior” a propia la subjetividad. No ser “abstinente” y “neutral” en la dirección de las curas es operar –en el caso de los niños- con cierto realismo ingenuo: la experiencia analítica los tendría que ayudar a madurar.

Pero ser “abstinente” y “neutral” –según el dogma kleiniano- ¿no es suponer que el analista puede ejercer un borramiento absoluto de su presencia en los tratamientos, y creer entonces que todo lo que sucede es por imperio exclusivo del despliegue fantasmático de su paciente? ¿No supone esto un realismo ingenuo aún más radical que el de Anna Freud, un “realismo ingenuo” que recae sobre la realidad psíquica de los sujetos? ¿No se tentará el analista con interpretar todo lo que sucede en una sesión como si fuera el despliegue fantasmático del paciente –ya que el analista está completamente ausente (neutro y abstinente) de la escena clínica? ¿Se debe sostener la “abstinencia” y la “neutralidad” para tener mejor diferenciados la fantasía y la realidad?

La “realidad” –parece decir M. Klein- es lo que no está en el escenario clínico, lo que se ha podido sustraer con la abstinencia y la neutralidad, en consecuencia: la fantasía es todo lo que se despliega en ese espacio…

Evoco esta famosa polémica, que es muchísimo más compleja y rica de lo que acá se insinúa, porque lleva al extremo, simplificándolo, un problema más esencial y mucho más complejo respecto de las nociones de abstinencia y neutralidad. Es inevitable que el debate que obliga a decidir a favor o en contra de sostener la “abstinencia” y la “neutralidad” en los tratamientos desemboque en falsas soluciones, soluciones que en el fondo son estructuralmente idénticas: o bien, creer en que se puede dominar la “realidad” del analista, incluso la de su realidad psíquica, para sustraerla -por suponerla un obstáculo-, o bien, en un acto de lúcida introspección, instrumentar el propio movimiento pulsional del analista como elemento valioso para la dirección de las curas. En un caso y otro, se establecen las normativas (generales, para todo analista) de lo que se debe o no se debe hacer en la dirección de las curas. Como de costumbre, cuando dudamos qué hacer, establecemos pautas morales que nos orienten...

En términos generales y muy groseros, respecto de los cuales no habría mayores desacuerdos entre los analistas, nadie dudaría en evaluar como un hecho necesario intentar sostener una posición de neutralidad y abstinencia en la dirección de las curas.

Pero un “intento” es un intento, y tiene los límites imprecisos de las buenas intenciones. Cuando se inicia un tratamiento psicoanalítico no se puede esperar otra cosa que no sea que el analista “falle” con incalculable frecuencia respecto de su pretendida abstinencia y neutralidad. Si abordamos esa falla como si se tratara de un mero error del analista simplificaríamos el problema clínico con consignas de empobrecido tono moral: se intentaría establecer entonces –con argumentos incluso de solemne rigor teórico- y para todo el mundo –una vez más…1- lo que un analista debe o no debe hacer en la dirección de las curas….

¿No habrá para la abstinencia y la neutralidad que abrir una consideración que deba ser abordada, como suele decirse, “caso por caso”? ¿o esto debe ser desechado por el carácter excesivamente relativo que impondría a la “norma”? La moral se nos mete por todos lados. Freud, en Los caminos de la terapia psicoanalítica (1918), advertía “el analista debe mantener dentro de lo posible la abstinencia y la neutralidad …”, bueno, la cura se mueve –la mayor parte del tiempo- más allá de ese límite, y el analista debe seguir existiendo y operando en el marco de esa imposibilidad.

En verdad, el analista sólo se recorta y se torna operativo en el curso de un tratamiento, como una falla (que ya he aclarado, para lo que me importa destacar aquí, no es un error) respecto de su propósito de abstinencia y neutralidad. Así como podría decirse que un paciente se recorta -para la escucha del analista- como “falla” de la libre asociación, es decir, cuando estructura en su discurso una unidad de significación que el analista puede reconocer como una “formación del inconsciente”.

En principio podemos decir que los términos “abstinencia” y “neutralidad” tratan de definir –aparentemente- en “negativo” a la figura del analista, es decir, destacan una suerte de vacío en su función y en su presencia, algo que no debe cobrar relieve en su modo de estar en los tratamientos. Concretamente, en una primer aproximación, parecen querer definir un modo de “no ser” del analista en la experiencia clínica.

Ahora bien, pensar que abstinencia y neutralidad son efectivamente un negativo del analista, se torna verdaderamente fecundo si -para usar una metáfora fotográfica- se toma a ese negativo como al negativo de un positivo. Un negativo que es el soporte de algo que se ofrece como evidente. Esto dicho en el mismo sentido en que Freud dice que la perversión es el negativo de un positivo: las neurosis.

Ese negativo que intenta la neutralidad y la abstinencia en la posición del analista, retorna, con toda la fuerza de sus prejuicios, de sus ideales, de sus temores y tentaciones, de sus repulsiones, etc., y nutre lo que podemos llamar la presencia del analista en la dirección de la cura. Me apresuro a decir que esa "presencia del analista" no tiene, necesariamente, un carácter resistencial.

Un niño entra al consultorio con la camiseta de boca, he allí -entre otras cosas- un emblema filiatorio que lo inscribe en cierta historia familiar, etc. (el analista trabaja seria y sobriamente con ésta -y otras- hipótesis). Todo bien, pero de repente le pregunta al analista, en tono desafiante, de qué cuadro es… (y el analista es de River, pero "es de River" no indica solo que es "simpatizante de un club de fútbol", esa elección lleva la carga más intensa y tortuosa de su vida infantil, la historia de cargadas sufridas y proferidas, de viejos rencores y temores que -en el momento de la pregunta que le dirige el hipotético niño de Boca-, aparentemente están atenuados en su función de "analista maduro").

El analista puede pensar que en este caso, es necesario "confesar" de qué cuadro de fútbol es simpatizante, porque considera que el niño sólo puede organizar una experiencia de intercambio con él en términos de rivalidad y competencia, y que necesita dar consistencia a su presencia de ese modo -y confinar su tensión agresiva al limitado campo de lo deportivo-. El analista puede decir "soy de River" y pilotear el tratamiento desde allí (un analista kleiniano se privaría de decirlo, uno annafreudiano no se atrevería a confesarlo), lo cierto es que, sea como sea, al decir "soy de River" el analista vuelve a tener -en alguna proporción- unos nueve años… Lo cual no es nada malo, solo prueba que esta vivo y que tuvo infancia.

Parece innecesario detenerse en este tipo de tensiones de la neutralidad y la abstinencia, lo que sí me parece interesante destacar es que el único patrón de medida cierto para evaluar cierta falla del analista a su posición de neutralidad y abstinencia es la propia sanción transferencial de aquello que para el paciente -y solo para él- es una trasgresión de la neutralidad y abstinencia. Y esto tiene especial valor en pacientes psicóticos. Todo hacer del analista es una ruptura de su neutralidad y abstinencia, pero esa ruptura tiene un carácter potencial, solo la transferencia -en el caso por caso- lo puede revelar como tal.

En este sentido, una mudanza, un cambio de mobiliario, un cenicero que habitualmente decora el consultorio y que un día desaparece repentinamente, un profundo dolor o una aguda preocupación que el analista ha cree estar controlando o disimulando en su trabajo, etc., se pueden tornar una seria falla de su abstinencia y neutralidad para el paciente.

El analista, por ejemplo, ha dejado abierto su celular durante una de las sesiones, de pronto, suena y se ve obligado a atender, lo suficiente como para informar que está trabajando y que no puede hablar en esos momentos, tarda escasos dos minutos, probablemente menos: ¿se trata este episodio de una falla de su neutralidad y abstinencia?

Parece ridículo plantearlo, más ridículo aún consensuar qué se debe hacer con los celulares durante las sesiones (imagino interminables, extenuantes y sesudas reuniones de analistas analizando el tema), lo cierto es que un paciente puede reaccionar frente a ese incidente haciendo un chiste agudo y malicioso -con el que demuestra su disgusto con la distracción del analista-, y otro sólo puede hundirse en el más profundo de los mutismos, o quizás, no volver nunca más a su tratamiento.

Parece que lo que decide la posible trasgresión de la regla de neutralidad y abstinencia es la capacidad de los pacientes de hacer un chiste -o no poder hacerlo-. Acusar al analista, en este caso, de haber cometido un "grave error" es tan injusto como señalar una "reacción resistencial" en el paciente que reacciona con mutismo. En todo caso, nunca sabemos de nuestras fallas más que cuando suenan los celulares, y los celulares nunca dejan de sonar, el tema es qué nos enseña eso (no apagarlos de antemano, porque siempre queda encendido alguno en alguna parte…)

Cuando el analista se empeña en la abstinencia y la neutralidad debe prepararse para una sorpresa de sí mismo. Las nociones de abstinencia y neutralidad sólo tienen valor clínico si definen un cierto modo de hacer presente al analista (y, a partir de esto, constatar si los pacientes tienen la capacidad de reciclar esa "presencia" simbólicamente, o ver cómo esa emergencia está fuera de la posibilidad de ciertos pacientes). No sirve de nada establecer los códigos de lo que se debe o no se debe hacer, tratando de implantar una especie de "negatividad pura del analista" en las curas.

Si tomamos al silencio del analista como un modo de encarnar su abstinencia y su neutralidad, dicho silencio -para que no se transforme mero "mutismo", es decir, mera negación de un decir- deberá entramarse en palabras. El silencio del analista debe encontrar un lugar en su decir. Cuando el silencio del analista es forzado, los pacientes descubren rápidamente en ese silencio de sus analistas un determinado "estilo de no decir", nunca un mero abstinente y neutro "callarse la boca". T. Reik decía que el analista debe guardar silencio, pero que eso no quiere decir no hablar…

Resumiendo, la neutralidad y la abstinencia tomadas como premisas básicas para sostener la posición del analista en la dirección de una cura son dos aspiraciones que resultan absolutamente imposibles cumplir. Me parece importante destacarlo por varias razones, una de ellas es que cuando en el desarrollo del tema de la abstinencia y neutralidad del analista, se tiende a ignorar esta imposibilidad, nos encontramos con discursos de carácter puramente moralista, y nunca faltan aquellos que saben y enuncian con toda solemnidad "que debe" o "que no debe" hacer o sentir un analista en su trabajo.

Entonces, se sabe: un analista no debe encariñarse con un paciente, no debe enojarse con ninguno de ellos, no debe formular nunca una opinión personal, no debe dar ninguna indicación, etc. Hacer la salvedad de que, en determinados contextos y bajo ciertas circunstancias, sí se puede dar una indicación o emitir una opinión, o decir que, en rigor, no se trata de que no puedan desarrollar en el analista sentimientos de amor u hostilidad, pero sí que éste debe estar muy atento a la emergencia de tales sentimientos para, eventualmente, reforzar su propio análisis o supervisar más seguido, no quita ni agrega nada a una circunstancia que es mucho más sutil y compleja en lo que hace a la neutralidad y la abstinencia del analista. Por otra parte, imaginen que un colega les pidiera análisis planteando como demanda de tratamiento el deseo de "reforzar" su neutralidad y abstinencia"!

Desde luego, el reconocimiento de la imposibilidad de sostenerse en absoluta abstinencia y neutralidad, tampoco habilita abandonar el intento. Sólo que el loable propósito de intentar un borramiento total en las curas de nosotros mismos sólo tiene como -valioso- resultado el encuentro involuntario con nosotros mismos en esos tratamientos. La idea justamente que se me había ocurrido para esta charla era plantear que el propósito de sostener la posición del analista en neutralidad y abstinencia supone una tensión en el analista, y que esta tensión necesaria la que mantiene vivo a un tratamiento.

Como lo decíamos un poco más arriba, hay otros imposibles que estructuran la práctica psicoanalítica, por ejemplo la indicación que llamamos "regla fundamental", es decir, el pedido de libre asociación a los pacientes… Solicitamos a un paciente que diga todo lo que se le ocurre sabiendo que su cumplimiento es imposible, la evidencia de esa imposibilidad, un lapsus -por ejemplo-, no es considerada por ningún analista como un error al que haya que corregir.

Festejamos, entonces, la imposibilidad del mandato de libre asociación! Y qué decir de la "atención libremente flotante"? justamente, algo que sería solidario de la necesidad de la abstinencia y la neutralidad: neutralidad en la escucha, en el sentido de no privilegiar ningún fragmento del discurso desde un saber anticipado, neutralidad en cuanto a no juzgar, y abstención, en cuanto a no poner en juego ideales propios, abstenerse de aconsejar o educar, bueno, todo esto, repito, es imposible de que no suceda, a menudo de un modo muy sutil -y silencioso-, a veces de un modo más o menos grosero, el analista lo pone en juego.

No somos inocentes bajo ningún punto de vista, pero eso no nos hace necesariamente culpables de nada. Simplemente abre una responsabilidad frente a nuestra no-inocencia. En esa no-inocencia se define la presencia del analista en un tratamiento con un valor no necesariamente resistencial.

Los analistas sueñan a sus pacientes tanto como los pacientes sueñan a sus analistas. El paciente psicótico no admite ese margen de intimidad y mucho menos los límites ambiguos que implica la neutralidad y la abstinencia del analista: es difícil soñar a un paciente psicótico y que éste sueñe a su analista. Casi siempre -ambos- están más cerca de la pesadilla y del insomnio.

Para concluir, recordemos que Winnicott define a la matriz de la transferencia como la capacidad del paciente de "estar a solas en presencia de alguien". Esta capacidad habla de cómo se ha inscrito el otro en la subjetividad de los pacientes.

A veces, esa opacidad del analista en su función es para algunos pacientes una amenaza insoportable de presencia agazapada, de modo que el paciente, entonces, provoca de diversos modos al analista para que su presencia se haga real y controlable, mientras que otros, le niegan todo índice de realidad y presencia al analista, encerrándolos en un deliro silencioso y privado.

No todos los pacientes pueden sostener al analista como esa paradoja presencia-ausencia en la que el analista intenta sostenerse en la dirección de las curas. Entonces, resuelven esa tensión básica del analista -ligada a lo imposible de estar en completa "abstinencia" y "neutralidad" en su función- reaccionando frente a ellos como si cada acto, palabra o gesto de sus analistas fueran el signo inequívoco de una insoportable e intrusiva presencia, y frente a sus silencios como si fueran la evidencia de una inasistencia -también insoportable para ellos- de sus analistas en los tratamientos.

En estos casos, el paciente debe entramar progresivamente la presencia del analista, empezar a soportar sus fallas, dejarlo caer del delirio en el que pretenden encerrarlo. Solo así, (con este tipo de pacientes) el analista podrá intentar con el tiempo, esa aspiración imposible que es mantenerse en abstinencia y neutralidad… Muchas gracias.

1 El número de diciembre del año 2006 de la publicación Imago agenda, se convocó a conocidos analistas alrededor de la pregunta sobre la necesidad de la abstinencia y la neutralidad en los tratamientos psicoanalíticos, nadie dudó de dar una respuesta positiva al asunto… es justo, la pregunta empuja, a pesar de los esfuerzos, a una simplificación moralista (afirmación del “deber ser”), pero no abre, lamentablemente, a la complejidad clínica.

 



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