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Análisis de un "niño extranjero" (1)
Por Juan Pawlow

Tal vez no haya en este ensayo nada nuevo. Nada nuevo que agregar a la profusa, muchas veces informe, masa de letras acumuladas en torno -o a raíz- de la instauración del campo freudiano. Pero este escrito tal vez se justifique, aún cuando más no sea por eso, en el hecho de buscar razones a una experiencia.
La experiencia de un análisis es siempre algo único; único cuando nos despierta, pero también cuando nos adormece. Único es su progreso, su derrotero y sus impases. Seguramente de cada análisis podríamos dar alguna de sus razones, pero no siempre esto se nos vuelve necesario. De otros encuentros analíticos, en cambio, no podemos dejar de hacerlo, éste es para mí uno de ellos.

"Empecemos a jugar".
La frase que encabeza este apartado es la primera que escuché de boca de N. .No puedo suponer que me estuviera directamente dirigida (así como su mirada no se me dirigía), tampoco puedo afirmar lo contrario; en nuestro primer encuentro fue quizás lo único que dijo, y lo dijo unas cuantas veces. "Empecemos a jugar" era la frase que acompañaba el lanzamiento de los autitos que trajo.
¿Empecemos a jugar? ¿Con quién?
Por entonces N. tenía cinco años, sabía de memoria y en estricto orden las estaciones del subte, contaba no sé hasta cuanto, ya sumaba, y alguna que otra brillantez más que entusiasmaba a su padre. En contrapartida, recién comenzaba a utilizar el pronombre personal "yo" para nombrarse, tenía un manejo del lenguaje muy limitado, limitado en el léxico, y sobre todo en la construcción de la frase. Sus relatos -si podían llamarse así- no pasaban de una o dos frases en la que no distinguía el pasado del presente, tampoco se podía discernir ninguna idea de futuro.
Jugar entonces: ¿A qué?
En principio a los autitos que él trajo según una indicación dada a los padres: "Que traiga el juego que más le guste". Aquí podríamos volver a preguntar: ¿Qué más le guste a quién? A alguien que se encargue de decir que a N. le gusta algo en particular: "autos", "trenes". Indicación dirigida -ahora lo podemos afirmar así- a alguien que haga allí algún recorte en la mar de juguetes que tenía ( juguetes no le faltaban).
Jugar a los autitos era por entonces esto: él revoleaba uno, y al mismo tiempo yo trataba de lanzar uno en sentido contrario, cuando acertaba y el choque se producía, festejaba(mos).
Este juego duró un tiempito que podría haber durado toda la vida.

El payaso. (2)
Podríamos haber colisionado autitos muchísimo tiempo, al fin y al cabo mucha gente pasa la vida así. Sin ir más lejos, N., durante todo su tratamiento anterior no había hecho otra cosa que estar enfrentado a un chico de "características similares" a él.
Fracasó cualquier intento de "diálogo", no prestó ninguna atención a la introducción de variantes en el juego, tampoco hubo posibilidad para introducir otros juegos. Entonces probé con canciones infantiles, mientras seguíamos chocando autos.
No logré nada con las canciones en sí. Sí dirigió una vez su mirada cuando exageré el incipiente estornudo del payaso "plin-plin". Volví una y otra vez a exagerar aquel estornudo. No recuerdo bien cuando fue, seguramente algún día en el que pese a los estornudos estridentes siguió como si nada; ahí no más la culminación del estornudo se abatió como tormenta sobre él (haciéndole cosquillas, despeinándolo, etc.).
A poco de la introducción de esta payasada hubo un efecto importante, ni bien estaba por llegar la parte del estornudo, él se escondía rápidamente debajo del diván. Poco después hacía lo mismo cuando apenas comenzaba "El payaso...". Esta canción nos ocupó largo tiempo, con variaciones, con suspensiones de la parte del estornudo, incluso a veces la escamoteaba un largo rato extendiendo su expectativa.
Habíamos empezado a jugar de otra manera: entre uno y otro, entre un y otro autito destinado irreversiblemente al choque, se había introducido un tiempo de espera, de expectativa, el cálculo acerca de las intenciones del otro y la posibilidad de sacar el cuerpo en lo que ahora constituía una escena.

"El jardín de las delicias"
Claro que titulé este apartado siguiendo la referencia que Lacan hace a Jerónimo Bosco, especialmente en su tesis de "La agresividad en psicoanálisis":
"...imágenes de castración, de eviración, de mutilación, de desmembramiento, de dislocación, de destripamiento, de devoración, de reventamiento del cuerpo, en una palabra las imagos que personalmente he agrupado bajo la rúbrica que bien parece ser estructural de imagos de cuerpo fragmentado."
Este apartado lo jalonaremos a su vez en distintas fases:
El cosquillero- Este personaje se puede considerar un heredero del payaso plin-plin. Se recordará que cuado el payaso descargaba sus estornudos (¿introducidos en cualquier momento? Al principio tal vez sí, luego especialmente en los momentos que N. estaba particularmente ausente o absorto en sus movimientos de "rocking") hacía cosquillas. Las cosquillas siguieron acompañando un tiempo más el tratamiento a cargo del "cosquillero". Las cosquillas no demasiado frecuentemente se realizaban de forma efectiva, eran más las veces en que aparecía la "amenaza", bastaba la mención del cosquillero para que N. sonriera y tratara de evitar las cosquillas, importaba más el amague en uno y otro lado del cuerpo.
Explosiones- Alguna vez N. trajo un chupetín (N. es de alguna manera "adicto" a las golosinas) que yo no conocía; un chupetín promocionado en la televisión. N. repetía literalmente la propaganda cuando lo comía, era algo así:
"lo chupas, lo introduces en el sobre y luego explota en tu boca".
El sobre contenía un polvo que con el contacto con la humedad de la boca entraba en efervescencia. Más allá de repetirme la propaganda, me daba para probar para que experimentase las explosiones.
A partir de esas explosiones, primero focalizadas en la boca, fuimos recorriendo el cuerpo haciéndolo "estallar". Verdaderas explosiones internas que llevaron a revolcarnos por el piso, o saltar en uno u otro pie afectados por los estallidos. Graduábamos las explosiones y en la recorrida por el cuerpo establecíamos diferencias, no era lo mismo cuando yo decía: "ahora explota la panza", que cuando explotaba sólo la boca o una gran explosión en todo el cuerpo.
Paralelamente a esto N. comenzaba a jugar a la pelota en la plaza y a andar en bicicleta.
Androides- También seguramente por efecto de la T.V., N. se refirió al "androide n° 4" (eran androides numerados). Cada androide tenía cierta pose similar a la de las artes marciales. Aproveché la ocasión -conjugando su facilidad numérica y su enorme memoria para inventar androides del tipo "el androide número 2.333.456" al que le correspondía alguna pose que entonces él repetía. De una sesión a otra yo olvidaba las características del "4908" por ej. y él me pedía que lo haga, cuando yo hacía cualquier cosa, él me corregía: "no el 4908 hacía así" y mostraba lo que habíamos inventado.
A medida que transcurrían las sesiones los androides adquirieron características cada vez más caricaturescas, donde entraba en juego la deformación cómica. Así había alguno que sacaba la lengua, otro que hacía burlas, también había otros con caras de malísimos, etc. Generalmente N. volvía a pedir una y otra vez que hagamos alguno que le causaba gracia, tenía sus preferidos.
Respecto de lo cómico, era la época en que no sólo se reía con "El chavo", sino que durante las propagandas corría a repetir lo que le había resultado gracioso a la madre o a la empleada que lo cuidaba.
10.000 - Es un juego de dados que jugamos durante un tiempo y fue el primero de una larga serie en donde alguien ganaba y alguien perdía. Y hay que entender que "perder" para él era en aquel momento algo insoportable: cortarse el pelo, las uñas, sacarse la ropa, cumplir años.
Un juego de competencia franca convocaba la tensión agresiva, pero lo hacía a través de ciertas reglas. Muchas veces habían surgido estallidos de violencia, en general cuando algo lo contrariaba. El terminar la sesión cuando él quería seguir jugando por ej., o la posesión de determinado objeto, o el decirle que no ("no te acerques a la estufa") podían desencadenar momentos difíciles no sólo, porque me trataba de pegar (lo hacía), sino sobre todo porque era muy difícil sacarlo de esa situación; uno de los modos era terminar allí la sesión, pero aún la salida del consultorio era algo complicado.
Con el juego del 10.000 estos episodios se hicieron muy frecuentes, siempre en los momentos en que yo le ganaba, a veces bastaba que le fuera ganando. Lo interesante es que en el pico de estos episodios hubo dos hechos correlativos que marcaron un quiebre en su frecuencia y en su modo de presentación.
El juego consiste en sumar puntos hasta llegar a 10.000. En cierto momento cuando él se acercaba a 10.000 y estaba por ganar, venía, me abrazaba, me decía que me quería mucho, que era el amigo, etc., luego volvía a jugar; ya me podía ganar más tranquilo. Era claro que al ganarme me dañaba, y trataba de atemperarlo.
El otro hecho significativo sucedió un día en el que le gané, revoleó los dados enfurecido y yo le dije, -como habitualmente lo hacía- que así no podíamos seguir jugando, que se iba a tener que ir. En vez de seguir revoleando cosas, o tratar de pegarme, permaneció sentado gritando: "me voy a quedar acá todo el día para pegarte", y otras cosas de ese tenor. Siguió un buen rato así -lo dejé- pero no me pegó.
A partir de allí , los desbordes, -que aunque con menor frecuencia prosiguieron- generalmente iban seguidos por un llanto desconsolado, diciendo: "no quería pegarte".

Fútbol...¿pasión de multitudes?
El locutor de un viejo programa deportivo vociferaba que el fútbol era una pasión de multitudes. Con N. también jugamos al fútbol. Pero aquí la multitud quedaba reducida a dos, por lo tanto, de alguna manera seguíamos chocando autitos, aunque -como en el caso del 10.000- con una serie de reglas que mediatizaban y complejizaban el "choque". Y aún más: había otro tipo de "mediaciones" que hacían que aún cuando jugáramos dos, la multitud estaba presente.
El consultorio se transformaba en una cancha, dos sillas hacían de arcos y fabricábamos pelotas de papel. Éramos dos equipos: él elegía uno de un campeonato de fútbol infantil que pasaban por T.V. , yo inventaba el mío.
Entonces no éramos sólo dos, éramos muchos: varios jugadores por equipo, "campeonatos" en cada sesión: dos partidos en que surgían los finalistas, y el ganador del tercer partido era el campeón. Estaban las hinchadas con sus cánticos (cuando al comienzo yo demoraba una acción para dar mayor expresión a la hinchada, él me apuraba porque quería seguir el partido; luego de un tiempo él también hizo su hinchada: a mis cánticos seguían los suyos a manera de respuesta) y estaban también los periodistas, regularmente en medio del partido detenía la acción para hacerle un reportaje: cómo veía el partido, si le parecía que el equipo estaba jugando bien, etc., también acá él contestaba rápido y quería seguir jugando; sin embargo luego de un tiempo, también él accedió a hacer "periodismo".
La inclusión de toda esta multitud era lo que nos alejaba de aquel choque de autitos, aún cuando el fútbol -el querer ganar sobre todo- daba ocasión a algún choque violento.

La escuela y los otros.
En este apartado voy a plantear algunas cuestiones trabajadas con los padres de N.. Hablo de cuestiones "trabajadas" porque las indicaciones y sugerencias que hice fueron más el producto de esas entrevistas que derivados de concepciones previas.
Ya señalé que una de las primeras cosas que indiqué fue que traiga el juguete "que más le gusta", o sea que alguien indique, recorte, algún objeto privilegiado por sobre otros. Otra indicación posterior, correlativa a aquella, fue decir que los juguetes que N. traía, debían venir "completos", porque muchas veces faltaban piezas o venían sin instrucciones, -o sea: venían fragmentados-. Alguien se tenía que ocupar de echar una mirada a esos juguetes y mandarlos enteros.
Respecto de la cuestión escolar también se convocaba a una mirada. Desde el comienzo del tratamiento su inserción en las instituciones educativas era una preocupación de los padres. En el momento en que lo empecé a atender, N. cursaba el preescolar.
En una entrevista del primer tiempo del tratamiento, lancé la idea de que tal vez en algún momento N. pudiera concurrir a una "escuela común". No recuerdo demasiado las circunstancias en que esto fue dicho, pero sí la idea misma, que un tiempo después me pareció temeraria (cuando arreciaban sus problemas en una institución "especial": se dedicó a arrojar silla en un acto y a partir de allí se le redujo el horario y no se le renovó la matrícula).
Pero aquella idea tenía sus razones, en principio se contraponía a la de su "excepcionalidad", uno de esos "autistas genios"; posibilidad barajada por el padre. Así su atipicidad lo aislaba respecto de cualquier vínculo con otros chicos.
Desde el comienzo toda una serie de sugerencias apuntaron a que N. se integre a actividades "con chicos, en lo posible, de lo más normales". Como evidentemente no se podía por entonces intentar con una escuela común, insistí constantemente para que N. pudiera estar con chicos de su edad sin ninguna característica especial. Primero su padre se encargó de llevarlo a la plaza con una pelota (una pelota es una especie de imán para cualquier chico suelto, enseguida se arrimaba alguno a "patear"), luego lo llevó a una escuela de fútbol y en verano a la colonia de vacaciones, o sea, lugares en que podía compartir las actividades de un grupo y a su vez tuviera que ajustarse a ciertas normas como cualquier otro chico (pero también lugares en que las normas no resultaran tan rígidas como en una escuela).
El incidente que culminó con la separación de N, de aquella escuela privada "especial" a la que concurría -incidente que coincidió con el nacimiento de su segunda media hermana- tuvo una consecuencia favorable: N. cursa actualmente cuarto grado "común"en una escuela pública.

Las letras
Se habrá notado que el recorrido del análisis de N. está jalonado por una serie de juegos. Creo que en gran parte de los análisis de los chicos se producen ciertas "series" de juegos que a su vez, es donde se pueden leer los movimientos transferenciales en dichos análisis. Un chico no juega a cualquier cosa con el otro, en cualquier momento, y a la inversa, por más que una fase del análisis se haya mantenido largo tiempo en torno a un juego, una vez que se ha producido cierto viraje, ese juego que tanto concentraba la actividad del chico rara vez se mantiene, o si lo hace, cambia tanto su modalidad que es otro juego, se juega a otra cosa.
Llegamos a una etapa de juegos más tranquilos. Trajo un tiempo un ajedrez y alternativamente un Scrabel.
Decía antes que se van estableciendo "fases" del análisis dominadas por un juego, y una vez que un juego toma ese lugar dominante tiende a tomar toda la escena analítica. Estábamos ante el ajedrez o el Scrabel. N. ya me había dicho que el abuelo le estaba enseñando el ajedrez: luego me entero que en la familia de la madre el ajedrez ocupaba un lugar importante, y que N. jugaba con el abuelo y el tío (que era un fuerte aficionado al juego). Decidí entonces dar un paso al costado, no dejar que ese juego tome el análisis para que no empañe aquellos lazos que N. se procuraba, si quería jugar al ajedrez que se remita al tío, al abuelo. Lo que sí hago cada tanto es preguntarle si sigue jugando con el abuelo, si gana, si pierde; resulta que ahora empezó a jugar al ajedrez también por Internet.
Nos dedicamos a las letras. Todos conocerán el Scrabel, es para la gran mayoría de la gente, un juego de palabras cruzadas. Ahora bien, podría afirmar que para N. no es un juego de palabras cruzadas, sino un juego de letras, con distintos valores numéricos y un tablero que tiene lugares que pueden hacer que esos valores se dupliquen o tripliquen. Para N. entonces el Scrabel en un gran juego de letras con grandes posibilidades combinatorias para poder obtener mayor puntaje.
N. procede así: primero la letra y su valor, el sentido viene a posteriori. La escritura se arma con la posibilidad combinatoria de las letras y el sentido es un precipitado de ese procedimiento. Muchos chicos "neuróticos" a la hora de tener que escribir una de estas "palabras cruzadas" se inhiben. Es porque el sentido está por delante: "no se me ocurre qué poner", no es el caso de N., él siempre tiene algo para poner, lo que busca es tratar de sacar mayor puntaje.
El procedimiento de escritura que N. realiza le es fructífero en tanto termina siendo un modo de apropiación de la lengua: precedido por la posibilidad combinatorias de la letra, el sentido viene luego y resulta necesario, es necesario, en primer lugar porque para que sea válida la palabra tiene que tener un significado. Procede así: ¿Ajoto qué es? ¿Minda que es? En ocasiones esto puede llevar a cuestiones como ésta: puede querer enganchar una palabra de otra para aprovechar un triplica por ej.., y dice: ¿Cidade qué es? "Ciudad" le contesto, y cuando está a punto de ponerla digo: "pero en portugués". Se decepciona.
Entonces es claro que la libre disposición de letras tiene que arribar a una construcción que tenga sentido, y un sentido en nuestra lengua; él mismo rechaza una palabra en inglés que se le ocurre.

¿Niño extranjero?
Para terminar volvemos a una cuestión planteada en el título. ¿En qué sentido hablamos aquí de "niño extranjero"?
Para intentar una respuesta a esta cuestión, bordearemos las fronteras del psicoanálisis.
En primer lugar: ¿Por qué extranjero?
En una entrevista el padre de N. se refirió a la inclusión de N. en cierto grupo diciendo: "es como si yo estuviera en China, rodeado de chinos...", o sea: un extranjero. Pero: ¿en qué consiste la extranjeridad? Porque N. fue conquistando el léxico, incluso la estructura de sus frases se fueron complejizando.
En "Sintaxis española" de Samuel Gili Gaya encontramos que los cambios sintácticos a través del tiempo se propagan con extremada lentitud, más que la evolución de la pronunciación o del vocabulario.
"Quizás contribuya a esta lentitud la mayor inconsciencia de los fenómenos lingüísticos". Pero hay aún algo "más inconciente" nos dice. Transcribo una larga cita:
"...las transformaciones en la estructura de la frase (con excepción del cultismo literario y de los modismos) no se perciben más que a muy largo plazo. Y sólo se propagan después de un forcejeo de varias generaciones con los esquemas tradicionales. Se producen además una por una, y con aparente independencia unas de otras. Únicamente parece aventajarlas en lentitud, a causa de su carácter más inconsciente todavía, la evolución de las curvas de entonación y el soporte rítmico del idioma."
Si consideramos a N. y a algunos otros chicos con alguna característica parecida a N., como extranjeros, no es por la escasez de su vocabulario ni por la relativa pobreza de sus construcciones sintácticas, sino porque su locución no parece estar marcada por rasgos propios, parece poder tomar cualquier soporte rítmico (muchas veces de voces televisivas) a la manera de las "muñecas perfeccionadas" que evoca Lacan en su Seminario de Las Psicosis.
Otra referencia que quiero hacer es en relación al uso del término "niño", y lo descubrí a raíz de un señalamiento que me hizo alguna vez el escritor Andrés Rivera; me dijo: "¿Por qué escribe 'niño'?, acá decimos 'chico'" Y es cierto, si bien en otros lugares de habla hispana es común hablar de "niños" acá hablamos de "los chicos", o de "los pibes". El término "niño" en nuestra medio parece restringido a un uso de experto: pedagogo o psicólogo.
En varios aspectos N. era un "niño", "especial", "extranjero". Lo que se propuso el análisis desde un primer momento es hacer de este "niño extranjero", un chico como cualquier otro, es decir, que habite la lengua.

1 - Se deberá esperar hasta el final las razones del encomillado de parte de este título.
2 - Al titular así este segmento volvía a recordar una frase de Lacan que demuele cualquier ideal de infatuación:
"Sean entonces más sueltos, más naturales cuando reciban a alguien que viene a pedirles un análisis. No se sientan obligados a darse importancia. Aún como bufones, que estén se justifica. No tienen sino que ver mi televisión. Soy un payaso. Sigan el ejemplo, ¡y no me imiten!" Jacques Lacan "La tercera"

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