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"Empecemos
a jugar".
La frase que encabeza este apartado es la primera que escuché
de boca de N. .No puedo suponer que me estuviera directamente
dirigida (así como su mirada no se me dirigía),
tampoco puedo afirmar lo contrario; en nuestro primer encuentro
fue quizás lo único que dijo, y lo dijo unas
cuantas veces. "Empecemos a jugar" era la frase
que acompañaba el lanzamiento de los autitos que trajo.
¿Empecemos a jugar? ¿Con quién?
Por entonces N. tenía cinco años, sabía
de memoria y en estricto orden las estaciones del subte, contaba
no sé hasta cuanto, ya sumaba, y alguna que otra brillantez
más que entusiasmaba a su padre. En contrapartida,
recién comenzaba a utilizar el pronombre personal "yo"
para nombrarse, tenía un manejo del lenguaje muy limitado,
limitado en el léxico, y sobre todo en la construcción
de la frase. Sus relatos -si podían llamarse así-
no pasaban de una o dos frases en la que no distinguía
el pasado del presente, tampoco se podía discernir
ninguna idea de futuro.
Jugar entonces: ¿A qué?
En principio a los autitos que él trajo según
una indicación dada a los padres: "Que traiga
el juego que más le guste". Aquí podríamos
volver a preguntar: ¿Qué más le guste
a quién? A alguien que se encargue de decir que a N.
le gusta algo en particular: "autos", "trenes".
Indicación dirigida -ahora lo podemos afirmar así-
a alguien que haga allí algún recorte en la
mar de juguetes que tenía ( juguetes no le faltaban).
Jugar a los autitos era por entonces esto: él revoleaba
uno, y al mismo tiempo yo trataba de lanzar uno en sentido
contrario, cuando acertaba y el choque se producía,
festejaba(mos).
Este juego duró un tiempito que podría haber
durado toda la vida.
El
payaso.
(2)
Podríamos
haber colisionado autitos muchísimo tiempo, al fin
y al cabo mucha gente pasa la vida así. Sin ir más
lejos, N., durante todo su tratamiento anterior no había
hecho otra cosa que estar enfrentado a un chico de "características
similares" a él.
Fracasó cualquier intento de "diálogo",
no prestó ninguna atención a la introducción
de variantes en el juego, tampoco hubo posibilidad para introducir
otros juegos. Entonces probé con canciones infantiles,
mientras seguíamos chocando autos.
No logré nada con las canciones en sí. Sí
dirigió una vez su mirada cuando exageré el
incipiente estornudo del payaso "plin-plin". Volví
una y otra vez a exagerar aquel estornudo. No recuerdo bien
cuando fue, seguramente algún día en el que
pese a los estornudos estridentes siguió como si nada;
ahí no más la culminación del estornudo
se abatió como tormenta sobre él (haciéndole
cosquillas, despeinándolo, etc.).
A poco de la introducción de esta payasada hubo un
efecto importante, ni bien estaba por llegar la parte del
estornudo, él se escondía rápidamente
debajo del diván. Poco después hacía
lo mismo cuando apenas comenzaba "El payaso...".
Esta canción nos ocupó largo tiempo, con variaciones,
con suspensiones de la parte del estornudo, incluso a veces
la escamoteaba un largo rato extendiendo su expectativa.
Habíamos empezado a jugar de otra manera: entre uno
y otro, entre un y otro autito destinado irreversiblemente
al choque, se había introducido un tiempo de espera,
de expectativa, el cálculo acerca de las intenciones
del otro y la posibilidad de sacar el cuerpo en lo que ahora
constituía una escena.
"El
jardín de las delicias"
Claro que titulé este apartado siguiendo la referencia
que Lacan hace a Jerónimo Bosco, especialmente en su
tesis de "La agresividad en psicoanálisis":
"...imágenes de castración, de eviración,
de mutilación, de desmembramiento, de dislocación,
de destripamiento, de devoración, de reventamiento
del cuerpo, en una palabra las imagos que personalmente
he agrupado bajo la rúbrica que bien parece ser estructural
de imagos de cuerpo fragmentado."
Este apartado lo jalonaremos a su vez en distintas fases:
El cosquillero- Este personaje se puede considerar
un heredero del payaso plin-plin. Se recordará que
cuado el payaso descargaba sus estornudos (¿introducidos
en cualquier momento? Al principio tal vez sí, luego
especialmente en los momentos que N. estaba particularmente
ausente o absorto en sus movimientos de "rocking")
hacía cosquillas. Las cosquillas siguieron acompañando
un tiempo más el tratamiento a cargo del "cosquillero".
Las cosquillas no demasiado frecuentemente se realizaban de
forma efectiva, eran más las veces en que aparecía
la "amenaza", bastaba la mención del cosquillero
para que N. sonriera y tratara de evitar las cosquillas, importaba
más el amague en uno y otro lado del cuerpo.
Explosiones- Alguna vez N. trajo un chupetín
(N. es de alguna manera "adicto" a las golosinas)
que yo no conocía; un chupetín promocionado
en la televisión. N. repetía literalmente la
propaganda cuando lo comía, era algo así:
"lo chupas, lo introduces en el sobre y luego explota
en tu boca".
El sobre contenía un polvo que con el contacto con
la humedad de la boca entraba en efervescencia. Más
allá de repetirme la propaganda, me daba para probar
para que experimentase las explosiones.
A partir de esas explosiones, primero focalizadas en la boca,
fuimos recorriendo el cuerpo haciéndolo "estallar".
Verdaderas explosiones internas que llevaron a revolcarnos
por el piso, o saltar en uno u otro pie afectados por los
estallidos. Graduábamos las explosiones y en la recorrida
por el cuerpo establecíamos diferencias, no era lo
mismo cuando yo decía: "ahora explota la panza",
que cuando explotaba sólo la boca o una gran explosión
en todo el cuerpo.
Paralelamente a esto N. comenzaba a jugar a la pelota en la
plaza y a andar en bicicleta.
Androides- También seguramente por efecto de
la T.V., N. se refirió al "androide n° 4"
(eran androides numerados). Cada androide tenía cierta
pose similar a la de las artes marciales. Aproveché
la ocasión -conjugando su facilidad numérica
y su enorme memoria para inventar androides del tipo "el
androide número 2.333.456" al que le correspondía
alguna pose que entonces él repetía. De una
sesión a otra yo olvidaba las características
del "4908" por ej. y él me pedía que
lo haga, cuando yo hacía cualquier cosa, él
me corregía: "no el 4908 hacía así"
y mostraba lo que habíamos inventado.
A medida que transcurrían las sesiones los androides
adquirieron características cada vez más caricaturescas,
donde entraba en juego la deformación cómica.
Así había alguno que sacaba la lengua, otro
que hacía burlas, también había otros
con caras de malísimos, etc. Generalmente N. volvía
a pedir una y otra vez que hagamos alguno que le causaba gracia,
tenía sus preferidos.
Respecto de lo cómico, era la época en que no
sólo se reía con "El chavo", sino
que durante las propagandas corría a repetir lo que
le había resultado gracioso a la madre o a la empleada
que lo cuidaba.
10.000 - Es un juego de dados que jugamos durante un
tiempo y fue el primero de una larga serie en donde alguien
ganaba y alguien perdía. Y hay que entender que "perder"
para él era en aquel momento algo insoportable: cortarse
el pelo, las uñas, sacarse la ropa, cumplir años.
Un juego de competencia franca convocaba la tensión
agresiva, pero lo hacía a través de ciertas
reglas. Muchas veces habían surgido estallidos de violencia,
en general cuando algo lo contrariaba. El terminar la sesión
cuando él quería seguir jugando por ej., o la
posesión de determinado objeto, o el decirle que no
("no te acerques a la estufa") podían desencadenar
momentos difíciles no sólo, porque me trataba
de pegar (lo hacía), sino sobre todo porque era muy
difícil sacarlo de esa situación; uno de los
modos era terminar allí la sesión, pero aún
la salida del consultorio era algo complicado.
Con el juego del 10.000 estos episodios se hicieron muy frecuentes,
siempre en los momentos en que yo le ganaba, a veces bastaba
que le fuera ganando. Lo interesante es que en el pico de
estos episodios hubo dos hechos correlativos que marcaron
un quiebre en su frecuencia y en su modo de presentación.
El juego consiste en sumar puntos hasta llegar a 10.000. En
cierto momento cuando él se acercaba a 10.000 y estaba
por ganar, venía, me abrazaba, me decía que
me quería mucho, que era el amigo, etc., luego volvía
a jugar; ya me podía ganar más tranquilo. Era
claro que al ganarme me dañaba, y trataba de atemperarlo.
El otro hecho significativo sucedió un día en
el que le gané, revoleó los dados enfurecido
y yo le dije, -como habitualmente lo hacía- que así
no podíamos seguir jugando, que se iba a tener que
ir. En vez de seguir revoleando cosas, o tratar de pegarme,
permaneció sentado gritando: "me voy a quedar
acá todo el día para pegarte", y otras
cosas de ese tenor. Siguió un buen rato así
-lo dejé- pero no me pegó.
A partir de allí , los desbordes, -que aunque con menor
frecuencia prosiguieron- generalmente iban seguidos por un
llanto desconsolado, diciendo: "no quería pegarte".
Fútbol...¿pasión de multitudes?
El locutor de un viejo programa deportivo vociferaba que el
fútbol era una pasión de multitudes. Con N.
también jugamos al fútbol. Pero aquí
la multitud quedaba reducida a dos, por lo tanto, de alguna
manera seguíamos chocando autitos, aunque -como en
el caso del 10.000- con una serie de reglas que mediatizaban
y complejizaban el "choque". Y aún más:
había otro tipo de "mediaciones" que hacían
que aún cuando jugáramos dos, la multitud estaba
presente.
El consultorio se transformaba en una cancha, dos sillas hacían
de arcos y fabricábamos pelotas de papel. Éramos
dos equipos: él elegía uno de un campeonato
de fútbol infantil que pasaban por T.V. , yo inventaba
el mío.
Entonces no éramos sólo dos, éramos muchos:
varios jugadores por equipo, "campeonatos" en cada
sesión: dos partidos en que surgían los finalistas,
y el ganador del tercer partido era el campeón. Estaban
las hinchadas con sus cánticos (cuando al comienzo
yo demoraba una acción para dar mayor expresión
a la hinchada, él me apuraba porque quería seguir
el partido; luego de un tiempo él también hizo
su hinchada: a mis cánticos seguían los suyos
a manera de respuesta) y estaban también los periodistas,
regularmente en medio del partido detenía la acción
para hacerle un reportaje: cómo veía el partido,
si le parecía que el equipo estaba jugando bien, etc.,
también acá él contestaba rápido
y quería seguir jugando; sin embargo luego de un tiempo,
también él accedió a hacer "periodismo".
La inclusión de toda esta multitud era lo que nos alejaba
de aquel choque de autitos, aún cuando el fútbol
-el querer ganar sobre todo- daba ocasión a algún
choque violento.
La
escuela y los otros.
En este apartado voy a plantear algunas cuestiones trabajadas
con los padres de N.. Hablo de cuestiones "trabajadas"
porque las indicaciones y sugerencias que hice fueron más
el producto de esas entrevistas que derivados de concepciones
previas.
Ya señalé que una de las primeras cosas que
indiqué fue que traiga el juguete "que más
le gusta", o sea que alguien indique, recorte, algún
objeto privilegiado por sobre otros. Otra indicación
posterior, correlativa a aquella, fue decir que los juguetes
que N. traía, debían venir "completos",
porque muchas veces faltaban piezas o venían sin instrucciones,
-o sea: venían fragmentados-. Alguien se tenía
que ocupar de echar una mirada a esos juguetes y mandarlos
enteros.
Respecto de la cuestión escolar también se convocaba
a una mirada. Desde el comienzo del tratamiento su inserción
en las instituciones educativas era una preocupación
de los padres. En el momento en que lo empecé a atender,
N. cursaba el preescolar.
En una entrevista del primer tiempo del tratamiento, lancé
la idea de que tal vez en algún momento N. pudiera
concurrir a una "escuela común". No recuerdo
demasiado las circunstancias en que esto fue dicho, pero sí
la idea misma, que un tiempo después me pareció
temeraria (cuando arreciaban sus problemas en una institución
"especial": se dedicó a arrojar silla en
un acto y a partir de allí se le redujo el horario
y no se le renovó la matrícula).
Pero aquella idea tenía sus razones, en principio se
contraponía a la de su "excepcionalidad",
uno de esos "autistas genios"; posibilidad barajada
por el padre. Así su atipicidad lo aislaba respecto
de cualquier vínculo con otros chicos.
Desde el comienzo toda una serie de sugerencias apuntaron
a que N. se integre a actividades "con chicos, en lo
posible, de lo más normales". Como evidentemente
no se podía por entonces intentar con una escuela común,
insistí constantemente para que N. pudiera estar con
chicos de su edad sin ninguna característica especial.
Primero su padre se encargó de llevarlo a la plaza
con una pelota (una pelota es una especie de imán para
cualquier chico suelto, enseguida se arrimaba alguno a "patear"),
luego lo llevó a una escuela de fútbol y en
verano a la colonia de vacaciones, o sea, lugares en que podía
compartir las actividades de un grupo y a su vez tuviera que
ajustarse a ciertas normas como cualquier otro chico (pero
también lugares en que las normas no resultaran tan
rígidas como en una escuela).
El incidente que culminó con la separación de
N, de aquella escuela privada "especial" a la que
concurría -incidente que coincidió con el nacimiento
de su segunda media hermana- tuvo una consecuencia favorable:
N. cursa actualmente cuarto grado "común"en
una escuela pública.
Las
letras
Se habrá notado que el recorrido del análisis
de N. está jalonado por una serie de juegos. Creo que
en gran parte de los análisis de los chicos se producen
ciertas "series" de juegos que a su vez, es donde
se pueden leer los movimientos transferenciales en dichos
análisis. Un chico no juega a cualquier cosa con el
otro, en cualquier momento, y a la inversa, por más
que una fase del análisis se haya mantenido largo tiempo
en torno a un juego, una vez que se ha producido cierto viraje,
ese juego que tanto concentraba la actividad del chico rara
vez se mantiene, o si lo hace, cambia tanto su modalidad que
es otro juego, se juega a otra cosa.
Llegamos a una etapa de juegos más tranquilos. Trajo
un tiempo un ajedrez y alternativamente un Scrabel.
Decía antes que se van estableciendo "fases"
del análisis dominadas por un juego, y una vez que
un juego toma ese lugar dominante tiende a tomar toda la escena
analítica. Estábamos ante el ajedrez o el Scrabel.
N. ya me había dicho que el abuelo le estaba enseñando
el ajedrez: luego me entero que en la familia de la madre
el ajedrez ocupaba un lugar importante, y que N. jugaba con
el abuelo y el tío (que era un fuerte aficionado al
juego). Decidí entonces dar un paso al costado, no
dejar que ese juego tome el análisis para que no empañe
aquellos lazos que N. se procuraba, si quería jugar
al ajedrez que se remita al tío, al abuelo. Lo que
sí hago cada tanto es preguntarle si sigue jugando
con el abuelo, si gana, si pierde; resulta que ahora empezó
a jugar al ajedrez también por Internet.
Nos dedicamos a las letras. Todos conocerán el Scrabel,
es para la gran mayoría de la gente, un juego de palabras
cruzadas. Ahora bien, podría afirmar que para N. no
es un juego de palabras cruzadas, sino un juego de letras,
con distintos valores numéricos y un tablero que tiene
lugares que pueden hacer que esos valores se dupliquen o tripliquen.
Para N. entonces el Scrabel en un gran juego de letras con
grandes posibilidades combinatorias para poder obtener mayor
puntaje.
N. procede así: primero la letra y su valor, el sentido
viene a posteriori. La escritura se arma con la posibilidad
combinatoria de las letras y el sentido es un precipitado
de ese procedimiento. Muchos chicos "neuróticos"
a la hora de tener que escribir una de estas "palabras
cruzadas" se inhiben. Es porque el sentido está
por delante: "no se me ocurre qué poner",
no es el caso de N., él siempre tiene algo para poner,
lo que busca es tratar de sacar mayor puntaje.
El procedimiento de escritura que N. realiza le es fructífero
en tanto termina siendo un modo de apropiación de la
lengua: precedido por la posibilidad combinatorias de la letra,
el sentido viene luego y resulta necesario, es necesario,
en primer lugar porque para que sea válida la palabra
tiene que tener un significado. Procede así: ¿Ajoto
qué es? ¿Minda que es? En ocasiones esto puede
llevar a cuestiones como ésta: puede querer enganchar
una palabra de otra para aprovechar un triplica por ej..,
y dice: ¿Cidade qué es? "Ciudad" le
contesto, y cuando está a punto de ponerla digo: "pero
en portugués". Se decepciona.
Entonces es claro que la libre disposición de letras
tiene que arribar a una construcción que tenga sentido,
y un sentido en nuestra lengua; él mismo rechaza una
palabra en inglés que se le ocurre.
¿Niño
extranjero?
Para terminar volvemos a una cuestión planteada en
el título. ¿En qué sentido hablamos aquí
de "niño extranjero"?
Para intentar una respuesta a esta cuestión, bordearemos
las fronteras del psicoanálisis.
En primer lugar: ¿Por qué extranjero?
En una entrevista el padre de N. se refirió a la inclusión
de N. en cierto grupo diciendo: "es como si yo estuviera
en China, rodeado de chinos...", o sea: un extranjero.
Pero: ¿en qué consiste la extranjeridad? Porque
N. fue conquistando el léxico, incluso la estructura
de sus frases se fueron complejizando.
En "Sintaxis española" de Samuel Gili Gaya
encontramos que los cambios sintácticos a través
del tiempo se propagan con extremada lentitud, más
que la evolución de la pronunciación o del vocabulario.
"Quizás contribuya a esta lentitud la mayor inconsciencia
de los fenómenos lingüísticos". Pero
hay aún algo "más inconciente" nos
dice. Transcribo una larga cita:
"...las transformaciones en la estructura de la frase
(con excepción del cultismo literario y de los modismos)
no se perciben más que a muy largo plazo. Y sólo
se propagan después de un forcejeo de varias generaciones
con los esquemas tradicionales. Se producen además
una por una, y con aparente independencia unas de otras. Únicamente
parece aventajarlas en lentitud, a causa de su carácter
más inconsciente todavía, la evolución
de las curvas de entonación y el soporte rítmico
del idioma."
Si consideramos a N. y a algunos otros chicos con alguna característica
parecida a N., como extranjeros, no es por la escasez de su
vocabulario ni por la relativa pobreza de sus construcciones
sintácticas, sino porque su locución no parece
estar marcada por rasgos propios, parece poder tomar cualquier
soporte rítmico (muchas veces de voces televisivas)
a la manera de las "muñecas perfeccionadas"
que evoca Lacan en su Seminario de Las Psicosis.
Otra referencia que quiero hacer es en relación al
uso del término "niño", y lo descubrí
a raíz de un señalamiento que me hizo alguna
vez el escritor Andrés Rivera; me dijo: "¿Por
qué escribe 'niño'?, acá decimos 'chico'"
Y es cierto, si bien en otros lugares de habla hispana es
común hablar de "niños" acá
hablamos de "los chicos", o de "los pibes".
El término "niño" en nuestra medio
parece restringido a un uso de experto: pedagogo o psicólogo.
En varios aspectos N. era un "niño", "especial",
"extranjero". Lo que se propuso el análisis
desde un primer momento es hacer de este "niño
extranjero", un chico como cualquier otro, es decir,
que habite la lengua.
1 - Se
deberá esperar hasta el final las razones del encomillado
de parte de este título.
2 - Al titular así este segmento volvía a recordar
una frase de Lacan que demuele cualquier ideal de infatuación:
"Sean entonces más sueltos, más naturales
cuando reciban a alguien que viene a pedirles un análisis.
No se sientan obligados a darse importancia. Aún como
bufones, que estén se justifica. No tienen sino que
ver mi televisión. Soy un payaso. Sigan el ejemplo,
¡y no me imiten!" Jacques Lacan "La tercera"
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