Milla Jung provoca, con su cámara fotográfica,
imágenes. Decimos "provoca" porque no estamos
demasiado seguros de que antes de que su cámara las
captara existieran realmente. Ella registra un fragmento
del espacio -y sus ocasionales transeúntes-, pero
en el resultado algo se ha alterado. Hay un mundo que no
existía antes de su mirada, pero que ya la esperaba
"delante" del foco de su cámara fotográfica.
Por ejemplo, Milla fotografía plazas, y recorta en
ellas las diversas maneras en que sus habitantes las transitan
y las ocupan: descubre, entonces, a partir de las diferentes
modalidades del "estar" en ellas, diferentes tipos
de estructuras familiares -según el país en
que se hayan sacado las fotografías-.
Por otra parte, la cátedra de tipografía de
Longinotti, de la Facultad de diseño gráfico
de la U.B.A. -según nos cuenta Paula Ripesi-, entrama
-en otro tipo de espacio público- gestos gráficos.
En la amplia protección de una obra en construcción
[1], sobre el muro que separa de las obras, los estudiantes
trabajan diversas inscripciones. No se trata de un "mural":
si con Milla las imágenes de sus fotografías
alteran lo visible (para que se lo vea), aquí los
gestos gráficos subrayan un blanco (para que se lo
lea). Un atrevimiento (mirada y escritura en el espacio)
construyen un lugar posible, no previsto antes pero existente
desde siempre. Creación -y no "recreación"-de
lo que ya estaba.
Entonces, se interviene en un espacio público con
un acto creativo que pone frente a los ojos lo de todos
los días (pero destacado como algo que a su vez nos
mira). La cámara fotográfica y el gesto gráfico
se apropian de un espacio y, en ese espacio público,
un segmento se torna sector privado. Nos presentan
un algo extraño en nuestro camino habitual: una foto
que refleja nuestros hábitos menos concientes, un
graffiti que evidencia algo raro en la insignificancia de
un paredón de obra. La foto, el grafo, son una intimidad
en lo público, incomodan al hábito y nos obliga
a repasar el recorrido mecánico de nuestros pasos
-y nuestros ojos-. Milla abre un espacio a nuestros ojos:
el de la mirada. Sacar una foto, dejar una marca en un paredón,
se hacen una trasgresión en lo cotidiano (violencia
de hacernos ver "en" lo que siempre estuvo) Al
primer trazo de los estudiantes se suma otro trazo (alguien
se atreve): se construye un diálogo de garabatos,
arañazos y desgarraduras en un paredón (por
eso no es un mural) Se da lugar así a una empresa
hostil: la intervención. En la suma de trazos,
o de imágenes provocadas, una violencia se va diluyendo:
nosotros mismos, nuevamente invisibles, nuevamente perdiendo
la mirada.
Quizás lo que llamamos "intervenciones psicoanalíticas"
sólo sean esto: un acto. Una palabra o un suspiro,
que escribimos -o fotografiamos- en el devenir de un diálogo
-con frecuencia liviano y sin pretensiones- con nuestros
pacientes, produciendo en ellos -y en nosotros mismos- una
molestia que, a la larga, se diluye y nos diluye, pero que
-por unos instantes- nos revela y provoca un poco de vida
.