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El lugar de un padre
Por Daniel Ripesi
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Para pensar la función paterna, nos detenemos en los gestos
de un padre. Ofrecemos, en consecuencia, una traducción
posible de La tercera margen del río, de Guimaraes
Rosa (1).
La dificultad no está exactamente en ofrecer adecuadamente
en castellano lo que el autor narra en portugués, sino la
de encontrar la voz y el tono más apropiado para quien habla
en el propio cuento: un hijo. Un padre se hace significante
para este hijo al inventar un lugar. En ese ámbito (ni lejos
ni cerca, ni en esta orilla ni en la otra, suspendido en
la mitad del río), se puede tener trato con él, pero caído
de ese territorio, domina para el hijo la indiferencia de
su cercanía o el terror de su abandono.
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Es un hecho bien conocido que el río es un símbolo paradigmático
de lo que cambia de manera permanente(2)
. "No nos bañamos dos veces en el mismo río", nos advierte
la máxima heraclitiana. En mayor o menor medida, hay una
alteración constante en todo cuanto nos rodea y aún en nosotros
mismos. Todo aquello que tome el rigor de una constancia,
o consolide a nuestros ojos el valor de una permanencia,
supone un engaño inaceptable. En ese flujo permanente del
devenir, la menor detención que pretenda ser una figuración
estable y reconocible, la menor definición de un sentido
(ya sea en la forma de un destino a "proyectar" o "cumplir",
el de una identidad que se hace -y nos hace- reconocibles,
o la de un mundo que se nos hace cercano y familiar), es
una mera ilusión. El río refleja el flujo incesante de la
vida. En ese torbellino, en ese movimiento irrefrenable,
Guimaraes Rosa sitúa la presencia de un padre. Y allí, ni
la corriente impetuosa del río lo arrastra, ni -a partir
de su presencia- el curso de las aguas se detiene. Embarcado
en su canoita, suspendido en medio del río, el padre da
fundación -y se sostiene- en la "tercer margen del río".
El hijo, que, como se dijo, es quien nos narra las alternativas
de esta ocurrencia paterna, comenta que su padre se mete
en su canoita, suelta la soga que la mantenía amarrada a
la orilla, y deja que la pequeña embarcación se empiece
a alejar, "proyectando la sombra alargada de un yacaré..."
Y agrega: Nuestro padre no volvió. Pero, en realidad,
no se había ido a ninguna parte. Inventaba la experiencia
de permanecer en aquel espacio del río, justo en su punto
medio, siempre dentro de la canoa, para no salir nuca más
de allí. Lo extraño de aquella verdad nos espantó. Lo que
nunca había sido, sucedía. Un padre, entonces, que se
va pero que no se aleja, que inventa un lugar, ni muy próximo
ni demasiado alejado, un lugar en donde alojar una experiencia
que obliga a pensarlo. Este cuento inspiró una
canción
de Caetano Veloso y Milton Nascimento, una película del
llamado Cinema novo; dos poemas de Zé Estrangeiro, Terceira
margen y O
sonho de Guimaraes
y el cuento de Julieta Motta, La
tercera orilla.
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La tercer margen del río
Joao Guimaraes Rosa
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Nuestro padre era un hombre honrado, pacífico, práctico.
Y así había sido desde muy joven y también de niño. Fue
lo que me dijeron varias personas honestas a quienes pedí
que me contaran. Y desde que yo mismo puedo acordarme, nuestro
padre no parecía ni más raro ni más triste que cualquiera
que los demás conocidos nuestros. Simplemente un hombre
tranquilo. Nuestra madre era la que mandaba y renegaba todo
el día con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo-. Pero
pasó que un día nuestro padre se mandó hacer una canoa.
Era un asunto serio. Encargó una canoa que tenía que ser
especial, de tronco de viña, con una tablita muy pequeña
en la popa, como para que entrara justo el remador. Tuvo
que ser totalmente fabricada, de madera sólida y arqueada
en seco, como para que durara unos 20 o 30 años en el agua.
Nuestra madre maldijo aquella idea ¿justo él, que no era
ducho en esos temas, iba a ponerse a cazar y pescar? Y nuestro
padre nada decía. Por aquella época nuestra casa estaba
más cerca del río, a no más de cuatro leguas, y en ese punto,
el río se extiende amplio, profundo, siempre navegable.
Muy ancho, hasta no poder verse la otra orilla. No puedo
olvidar el día en que la canoa quedó lista.
Indiferente, sin prestar demasiada atención, nuestro padre
se calzó el sombrero y se despidió de la gente. No dijo
nada más. No se llevó ni un atado de ropa ni un poco de
comida, no dejó tampoco ninguna indicación. Todo el mundo
pensó que nuestra madre iba a poner el grito en el cielo,
pero ella permaneció impávida, se mordió los labios y gritó:
"Si se va, a donde quiera que vaya, que no vuelva!" Nuestro
padre se contuvo de responder. Me miró como al pasar, sereno,
como invitándome a seguirlo unos pasos. Temí la furia de
nuestra madre, pero le obedecí de inmediato. La situación
me animaba. Finalmente le pregunté: "¿Padre, me lleva con
usted, en su canoa?". Él simplemente se volvió hacia mí,
me dio su bendición y me hizo un gesto para que me fuera.
Hice como que me retiraba, pero me quedé escondido en un
matorral para ver qué hacía. Nuestro padre subió entonces
a la canoa, soltó la soga y comenzó a remar. La canoa empezó
a alejarse proyectando la sombra alargada de un yacaré.
Nuestro padre no volvió. Pero, en realidad, no se había
ido a ninguna parte. Inventaba la experiencia de permanecer
en aquel espacio del río, justo en su punto medio, siempre
dentro de la canoa, para no salir nuca más de allí. Lo extraño
de aquella verdad nos espantó. Lo que nunca había sido,
sucedía. Los parientes, vecinos y conocidos nuestros, se
reunieron para considerar el asunto.
Nuestra madre, avergonzada, mantuvo la cordura. De modo
que todos pensaron lo que nadie quería decir: que mi padre
se había vuelto loco. Unos pocos se inclinaron a pensar
que cumplía una promesa, o bien, que nuestro padre, quién
sabe, quizás por vergüenza de estar con alguna enfermedad,
como si dijéramos, lepra, se abandonaba a otro modo de existir,
cerca y lejos de su familia. Las noticias que nos llegaban
de algunas personas -viajeros, moradores de las costas,
desde los lugares más apartados de la otra orilla-, comentaban
que nuestro padre nunca bajaba a tierra, que se quedaba
siempre sentado en el borde de la canoa, de noche y de día,
cruzando el río libre y solitario. Entonces, nuestra madre
y los parientes, pensaron que el alimento que tuviese en
la canoa se tendría que terminar, de modo que él debería
desembarcar y viajar hacia otras tierras para no volver
nunca más, lo que parecía lo más probable, o bien que se
arrepentiría y volvería para la casa.
Todos se engañaban. Yo mismo me las había ingeniado para
llevarle cada día un poco de comida que robaba para él.
Se me ocurrió esta idea la primer noche, cuando nuestra
gente probó hacer fogatas en la orilla del río para, iluminados
por ellas, clamar y llamar a nuestro padre. En los días
que siguieron le llevé dulces, pan, algunas bananas. Espié
a nuestro padre en esas horas tan arduas para sobrevivir.
Permanecía sólo, lejano, sentado en la punta de la canoa
que se suspendía en la superficie del río. De pronto me
vio pero no remó hacia mí, no hizo la menor señal. Le mostré
la comida, la deposité en el hueco de una piedra en el barranco,
a resguardo de los bichos y de la lluvia y del rocío de
la noche. Nunca dejé de hacerlo. Más tarde me llevé una
sorpresa: me enteré que nuestra propia madre estaba al tanto
de lo que yo hacía, pero se hacía la que no sabía, ella
misma dejaba a mi alcance sobras de comida para que yo las
pudiera conseguir. Nuestra madre no era muy demostrativa.
Mandó venir a un tío nuestro, hermano de ella, para que
la ayude en los asuntos del campo. Hizo traer a un maestro
para nosotros, lo más chicos. Encargó a su propio padre
que fuera a la playa del río para convencer y rogar a nuestro
padre que dejara de insistir con esta idea tan triste. Además,
para meterle miedo, ordenó venir a dos soldados. Nada de
esto sirvió. Nuestro padre cruzaba por el río en su canoa,
dejándose ver o disimulándose, sin dejar que nadie se acercara
o llegara a hablarle. Incluso, cuando no hace tanto vinieron
unas personas del diario -trayendo una lancha, con la idea
de sacarle fotos-, no pudieron vencerlo. Nuestro padre desaparecía
hacia la otra margen, penetraba de noche en el matorral
que conocía como la palma de su mano, y, por entre los juntos,
avanzaba leguas, y desde allí los espiaba.
Nos tuvimos que acostumbrar a todo esto. Pero, la verdad,
es que nunca nos acostumbramos del todo. Hablo por mí, que
-lo quisiera o no-, no podía sacarme a nuestro padre de
la cabeza. Con lo severo que era no podía entenderse cómo
es que aguantaba. De día y de noche, con sol o aguaceros,
con calor, en las terribles heladas de medio año, desgreñado,
solo, con su sombrero viejo en la cabeza, durante semanas
y meses y años, sin tomar en cuenta que se le iba la vida.
No tocaba nunca ninguna de las dos orillas, ni las islas
y las costas del río, nunca más puso un pie en la tierra.
Si por lo menos, para dormir hubiera afirmado su canoa en
algún extremo de la isla, para descansar escondido. Ni siquiera
armaba un fueguito, o aprovechaba alguno ya encendido, nunca
más volvió a raspar un fósforo. Agarraba apenas un poquito
de la comida que le dejábamos entre las raíces o en el hueco
de la piedra de la barranca, nunca comía lo suficiente.
¿No se enfermaría? Qué pasaría con la constante fuerza que
tenía que hacer con los brazos para mantener la canoa resistiendo
corrientes, cuando el río crece y su correntada hace remolinos
peligrosos con bichos muertos y palos de árboles entrechocándose.
Ya nunca cruzó palabra con nadie. Nosotros tampoco volvimos
a hablar de él. Solamente lo pensábamos. Es que a nuestro
padre no se lo podía olvidar. Y si hacíamos que lo olvidábamos
era solamente para traerlo de golpe a la memoria, como un
sobresalto.
Mi hermana se casó. Nuestra madre no quiso fiesta. Es que
pensábamos en él cuando comíamos algo rico. Como también
cuando, al resguardo de la noche, en el desamparo de esas
noches de mucha lluvia, fría, torrencial, pensábamos a nuestro
padre, en la canoa, sacando con una latita el agua del temporal.
A veces, algún conocido encontraba que yo me iba pareciendo
a nuestro padre. Pero yo sabía que ahora él estaba hecho
un mendigo, barbudo, con las uñas todas crecidas, desarreglado
y escuálido, ennegrecido por el sol y los pelos, con el
aspecto de un bicho, y cubriéndose apenas con la ropa que
le dejábamos, como si llevara taparrabos.
No quería saber de nosotros ¿es que ya no sentía nada? Sin
embargo, por todo lo que yo lo quería y por el respeto que
le tenía, cada vez que alguien elogiaba alguna cosa que
hacía, yo les decía: "Fue mi padre quien me enseñó a hacerlo
así...", algo que no era del todo cierto ni exacto, era
como una mentira piadosa. Pero, si la cosa era que ya no
nos recordaba ni quería ¿por qué, entonces, no remontaba
o descendía río abajo, hacia otras márgenes, lejos, para
perderse para siempre? Sólo él lo sabía. Mi hermana tuvo
un bebito, y quiso mostrar el nieto a su abuelo. Era un
día hermoso y todos fuimos al barranco, mi hermana llevaba
el vestido blanco que había usado en su casamiento. Levantó
al niño en sus brazos, mientras su marido los protegía con
una sobrilla del sol. Todos llamamos y esperamos. Entonces
nuestro padre apareció. Mi hermana lloró. Todos lloramos
abrazados.
Mi hermana se mudo con su marido muy lejos. Mi hermano lo
pensó y decidió irse a la ciudad. Los tiempos cambiaban
en el devenir rápido de los tiempos. Nuestra madre terminó
yéndose también a vivir con mi hermana, había envejecido.
Yo fui el único de todos que quedó. Nunca se me ocurrió
casarme. Cargué con lo que la vida me imponía. Nuestro padre
me necesitaba, yo lo sabía, navegando en la soledad del
río, sin dar explicaciones. Cuando realmente quise saber
por qué actuaba así, y pregunté sin vueltas, me comentaron
que se decía que nuestro padre había revelado sus razones
al hombre que le había construido la canoa, pero ese hombre
ahora ya había muerto y no había hablado de esto con nadie.
También corrían rumores sin sentido, como por ejemplo que,
como en el comienzo de todo esto caían interminables lluvias,
y el río crecía, todos creyeron que se venía el fin del
mundo y pensaron que Noé se lo había anticipado a nuestro
padre. Padre, no puedo condenarte. Ya me salían algunas
canas.
Soy hombre de palabras tristes. ¿De qué tenía tanta, pero
tanta culpa? Mi padre siempre haciendo ausencia y río-río-río,
el río siempre presente. Ya sufría el comienzo de mi vejez,
esta vida sólo era su demora. Ya tenía achaques, temores,
reumatismo. ¿Y él? Seguramente tenía que estar sufriendo
más todavía. Al estar haciéndose viejo ¿no perdería, días
más, días menos, su vigor, hasta dejar que la canoa se volcara
o vagara a la deriva, llevada por el río para despeñarse,
con agitación y muerte, por alguno de los saltos terribles
de su cascada. De pensarlo se me encogía el corazón. Él
estaba allá, sin mi tranquilidad. Soy el culpable de un
dolor en mi alma que no conozco. Sabría si las cosas fueran
distintas. De a poco me fui haciendo una idea..
¿Estoy loco? No. En nuestra casa la palabra loco no se decía,
nunca más -en todos estos años- se la volvió a pronunciar.
A nadie se acusaba de loco. Ninguno está loco. O, todos
lo están. Entonces me fui para allá, con un pañuelo para
hacerle señas. Estaba convencido. Esperé. Por fin apareció
su figura por aquí y por allá. Iba sentado en la popa de
la canoa. Cuando estuvo a una distancia en que podía escucharme,
lo llamé varias veces. Le grité entonces lo que pensaba
y quería expresarle, porque ya no podía aguantarme, tuve
que alzar todavía más alto la voz: "Padre, usted ya está
viejo, ya hizo su parte... Ya hizo suficiente, ahora venga...
Padre vuelva que yo mismo, en este momento, tomaré su lugar..."
Y, al decirle esto, mi corazón latió con fuerza.
Me escuchó. Se puso de pié. Manejó el remo del agua asintiendo,
y enderezó hacia donde yo estaba. Yo me estremecí de golpe,
porque antes él levantó un brazo para saludarme, el primer
gesto después de tantos años!. Y yo no pude... Espantado,
con los pelos de punta corrí, huí, me aparté como un loco
del lugar. Fue como si hubiera visto un fantasma. Y no puedo
dejar de pedir, pedir y pedir un perdón.
Sufrí el frío del miedo que cala hondo, me enfermé. Sé que
nadie supo más de él. ¿Soy hombre después de esta traición?
Soy el que no fue, el que permanecerá callado. Sé que ya
es tarde y me da miedo perder la vida por los caminos de
este mundo. Pero entonces, que por lo menos, cuando me llegue
la hora de la muerte, me pongan también en una canoita de
nada, en esa agua que no para, de orillas anchas: y, yo,
río abajo, río afuera, río adentro. Río.
(1)
Los relatos de João Guimarães Rosa (1908-1967) evocan las
tierras desoladas y casi incomunicadas del estado de Minas
Gerais. El gran autor brasileño recorrió en su juventud,
a caballo, y debido a su profesión de médico, aquellos vastos
y remotos espacios que más tarde registraría magistralmente
en sus libros. Así se familiarizó con los dialectos locales,
las anécdotas y las supersticiones, pero sobre todo conoció
profundamente al hombre de aquella región para luego caracterizarlo
en personajes que, vivaces o contradictorios, oscuros o
enternecedores, resultan siempre fascinantes. Guimarães
Rosa obtuvo el reconocimiento internacional con la novela
'Gran sertón: veredas', que por su complejidad, su variedad
de experimentos lingüísticos y técnicas narrativas, de palabras
inventadas, de monólogos ininterrumpidos, fue comparada
con el 'Ulises' de James Joyce. Los relatos y las novelas
cortas de Guimarães Rosa no desmerecen al lado de su obra
monumental. Fue un escritor extraordinario, deslumbrante
y vigoroso que renovó el portugués sirviéndose de los hábitos
narrativos de la tradición oral. La obra de Guimarães Rosa
es fundamental en el panorama de la literatura brasileña.
Se asocian en esta línea, las expresiones "cambio" y "permanencia",
un contrasentido o contradicción para caracterizar el curso
de un río, que el padre parece encarnar en el cuento de
Guimaraes.
(2) Se asocian en esta línea, las expresiones "cambio" y
"permanencia", un contrasentido o contradicción para caracterizar
el curso de un río, que el padre parece encarnar en el cuento
de Guimaraes.
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