Muchos individuos tejen su vida en el encadenamiento, más
o menos mecánico, de pequeños aconteceres. Han
aprendido a recibir cada nuevo día sin demasiadas expectativas
y a despedirse de cada jornada sin mayores nostalgias. Sus
días corren en una sucesión de labores y distracciones
que se viven con la misma indiferencia o resignación.
Encaran charlas anodinas con el portero del edificio donde
viven con el mismo énfasis con el que saludan a sus
seres queridos cada mañana al irse a trabajar, o cada
noche al regresar. Se podría decir que alternan alegrías
y fracasos con el mismo temple y la misma moderación.
Muchos
de ellos encuentran alivio en algún programa de entretenimientos
de la TV. O bien, envidian -ya sea impúdica o secretamente-
la suerte de los demás. Y discuten agriamente con
quienes aún conservan algún tipo de ilusión
y se animan a confesarla. Este último grupo de individuos
no nos interesa. Detengámonos sólo en aquellos
que sobrellevan el tedio de sus días con cierta fatiga.
Es a éstos a quienes una sensibilidad no aún
no está completamente adormecida, les permite advertir
(un día cualquiera, y a partir de algún suceso
casual y nimio), que han perdido el deseo de vivir. Frente
al panorama monocromático de sus días y el
envejecimiento que de pronto han notado -con toda claridad
en la vidriera del negocio frente al cual esperan el colectivo-,
ellos se preguntan: "¿para qué todo esto?".
Es esta penosa alternativa es la que ocupó -desde
diversas expectativas e intereses- el pensamiento de Camus,
Bretón y Winnicott.
Nótese
que, para los sujetos que hemos descrito, la pregunta sobre
el sentido de la vida, no llega después del desmoronamiento
de ciertos ideales frustrados. Con frecuencia se puede tomar
contacto con esos seres a quienes una sensibilidad exarcebada
con altísimos ideales, se decepcionan frente a la
menor contrariedad, llegándose a formular, entonces,
la misma pregunta. Tampoco nos interesan este tipo de individuos.
Reparemos, sencillamente, en aquellos casos en que la pregunta
llega como una visita inesperada. Conmovidos por el movimiento
que genera cierto azar, asumen un fatalismo que ya no pueden
negar: la vida ha perdido, repentinamente, sentido. Pierden,
de un plumazo, su estado de inconsciencia.
Puede
que la única respuesta al "¿para qué
todo esto?" sea el suicidio. Son muchas las causas
del suicidio, y de una manera general -nos advierte Camus
(1)- las más evidentes no son las más
eficaces. Lo que desencadena la crisis es casi siempre incontrolable.
Los diarios hablan con frecuencia de "penas íntimas"
o de "enfermedad incurable". Son explicaciones
valederas. Pero habría que saber si ese mismo día
un amigo del desesperado no le habló con un tono
indiferente. Esa sería la causa, pues tal cosa puede
bastar para precipitar todos los rencores y todos los cansancios
todavía en suspenso.
De
pronto esa rutina cotidiana que nuestro sentido común
protege con todas sus fuerzas, trastabilla por un instante,
y entonces, con la vacilación o el desdén
inesperado con que nos saluda un amigo que cruzamos en la
calle, se desencadena una tragedia inesperada: toda una
vida se desploma en el acto. Entiéndase bien, no
se trata de la indiferencia del amigo en sí misma,
sino que toda una pobre y desesperada existencia estuvo
"esperando" ese desdén para tener la oportunidad
de manifestarse, justo a partir de ese instante. Es ese
instante, probablemente, el momento más riesgoso
y crítico de una existencia, pero también
el de mayor fertilidad, porque es el instante en que se
interrumpen todas las certidumbres anticipadas que regulan
una vida. En ese instante se cierra un mundo y puede abrirse
otro. Entre tanto, ese episodio que trastoca el hilo previsible
de nuestra existencia, nos enfrenta con la más aguda
de las fragilidades, la propia y la ajena, las de los demás
y la del mundo que nos rodea.
Por unos segundos habitamos un interlapso, un interregno,
sobrevolamos un abismo. Nadie asegura que lleguemos a la
otra orilla. Algo quiebra los hábitos en los que
se apoya una existencia y la novedad que ese hecho despierta
se hace insoportable. Se abandona un terror cotidiano, domesticado
e indecible por su propia familiaridad
(2) y se enfrenta de pronto otro terror, un terror
sin nombre por lo insólito de su ocurrencia. Vivir,
naturalmente, nunca es fácil. Uno sigue haciendo
los gestos que ordena la existencia por muchas razones,
la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente
supone que se ha reconocido, aunque sea instintivamente,
el carácter irrisorio de esa costumbre...
(3) Se rompe una complicidad basada en la costumbre
y se enfrenta algo irrisorio: la observación repentina,
en esa inercia monótona que somos nosotros mismos.
De golpe nos damos risa... y pena.
(4)
Pero
esa observación implica ya un cierto abandono de
la situación observada, y una cierta distancia respecto
de nosotros mismos. Ahora bien, en ese desdoblamiento ¿dónde
somos verdaderamente? A poco que creamos ser ese nuevo personaje
que "se" observa re-editamos un engaño.
Ese repentino sentido crítico que de pronto nos dispensamos,
nos tienta con hacernos creer que, en ese nuevo punto de
vista conquistado, somos... Se habrá reconstruido,
así, lo que se creyó abandonar, una ficción
rutinaria que nos construye, seduce y aplasta: nuestro propio
yo. Pessoa se preguntaba "¿quién soy
entre yo y yo?" Se podría adelantar que, entre
"yo y yo", habita un extraño: el propio
ser en movimiento, no coagulado aún en certezas duraderas
y aplastantes.
Un
aspecto importante de la revolución epistemológica
que produjo el psicoanálisis, acompañado por
diversos movimientos culturales y filosóficos de
inicios del S. XX, fue dejar de confundir al "ser"
de un sujeto con su "yo". Otro tema es cómo
cada pensador -dentro de ese movimiento cultural, en el
que se incluye el psicoanálisis-, tematizó
ese exceso subjetivo que desborda al dominio pleno del yo.
Y es, en la naturaleza del Ser, donde habrá diferencias
de criterio, porque, en cuanto a la naturaleza del yo, no
habrá mayores disidencias entre los distintos pensadores.
A todos anima la superación de un tal Descartes.
Así, Camus nos habla de esa compulsión del
espíritu que busca comprender a toda costa al universo
entero. No importa el costo: simplificación absoluta
de lo múltiple y diverso, forzamiento a la unidad
y búsqueda frenética de la coherencia necesaria
en el mundo y uno mismo. Cada individuo se impone una exigencia
constante de claridad, de familiaridad, basada -según
los propios términos de Camus- en una nostalgia de
unidad, que se evidencia en ese "apetito de absoluto
(que) ilustra un movimiento esencial del drama humano".
Se adivina en esta obstinación por lo absoluto,
lo simple, lo coherente, gran parte de los intereses del
Yo.
Para
A. Bretón, el yo -por razones similares a las recién
esgrimidas- es la condena subjetiva de los seres humanos
a las leyes del utilitarismo convencional "protegidas
por el sentido común"
(5). En su caso, se trata de esa "insoportable
manía de equiparar lo desconocido a lo conocido,
a lo clasificable -que- domina a los cerebros..." En
ambos casos -y podríamos sumar a Winnicott, quien,
en este sentido, prefiere hablar más de "falso
self" que de "Yo"-, el destino del individuo
es un creciente e insoportable sentimiento de futilidad,
un profundo empobrecimiento psíquico, y la pérdida
de toda razón para vivir...
El
movimiento surrealista anheló, entonces, la destrucción
sistemática del "yo", porque "entre
yo y yo", habitaba -para este movimiento- tanto el
terror de lo inédito, como lo maravilloso -también-
de lo inédito. En la disolución del yo se
creía ver la emergencia del Ser en su estado indócil,
natural, espontáneo. Un ser aún sin forma,
sin condena, sin pasado. Winnicott ve en esto al verdadero
self por oposición al falso self, como ese instante
de lucidez que -según Camus- verifica lo absurdo
de la vida.
Para Camus no hace falta "disparar", como si fuera
un ejercicio de la voluntad, al Yo. Esto implica un contrasentido.
La voluntad está, en todo caso, del lado del yo.
Por el contrario: "La sensación de lo absurdo
está -nos dice Camus-, a la vuelta de cualquier
esquina -y- puede sentirla cualquier hombre". Por imperio
de pequeñeces, que son ajenas a todo domino posible
del Yo, éste se puede tornar un extraño para
uno mismo. El mundo mismo puede tornarse extraño,
mostrar de golpe su espesura, de modo que, por ejemplo,
los "...árboles pierden al cabo de un minuto
el sentido ilusorio con que los revestíamos (...)
La hostilidad primitiva del mundo llega hasta nosotros (...)
Esas apariencias disfrazadas por la costumbre vuelven a
ser lo que son. Se alejan de nosotros" Hay, entonces,
en todo cuanto nos rodea -y en nosotros mismos- un fondo
inhumano que por momentos se nos revela cuando se altera
el "aspecto mecánico" de nuestros gestos,
y advertimos, en esa "pantomima carente de sentido",
la inmensa estupidez de cuanto nos rodea.
Ese
momento único, en el que lo absurdo se apodera de
una existencia, donde -según Camus- "la cadena
de los gestos cotidianos se interrumpe", nos confrontamos
con un vacío de sentido que puede ser, también,
el comienzo más verdadero y más real
de la existencia. Fogonazo de la conciencia que ilumina,
con una luz cruda y directa, lo que ya no se podrá
negar, el absurdo de la existencia. El ser prepara,
entonces, una respuesta. Se recupera la pasión, a
partir de una fe en el vivir que nace de la desesperación:
"Se trata de morir irreconciliado y no de buena
gana". Y el goce absurdo por excelencia es el arte,
y la expresión comienza donde termina el régimen
del pensamiento lógico que ordena y juzga. El arte
no busca explicar nada, ni consumar un sentido, ni aportar
una nueva lógica. El arte respeta al misterio, y
le rinde homenaje.
Pero
a diferencia de A. Bretón -que enseguida comentaremos-,
para Camus el arte no intenta subvertir esa realidad a la
que todos dan por sentado -y a la que todos se adaptan con
tanta docilidad-, propone sí un rechazo, pero admitiendo
que, en ese rechazo, habrá siempre algo de aceptación
de lo ya establecido. Es éste un desgarramiento subjetivo
permanente en el artista: "No se trata, pues de
saber si el arte debe huir de lo real o someterse a lo real,
sino tan sólo de saber qué dosis exacta de
lo real debe conservar la obra para no desaparecer en las
nubes o, por otra parte, arrastrarse con plantillas de plomo".
Atrapar
la realidad tampoco es sencillo, porque nunca está
enteramente realizada. Camus ironiza sobre la posibilidad
de filmar completamente la vida de un sujeto para retenerla
en cada uno de sus detalles; circunstancia que, nos advierte
Camús, permite "atraparla" si uno ha decidido
a perder la propia vida para poder ver ese documento fílmico...
"...la realidad de la vida de un hombre no se encuentra
tan sólo en el lugar que ese hombre está.
Se halla en otras vidas que dan forma a la suya, vida de
seres amados, en primer término, que habría
a su vez que filmar, pero también vidas de hombres
desconocidos.." (6)
También
Winnicott, cuando desarrolla las nociones de "verdadero-falso
self", propone una permanente tensión -y nunca
resuelta del todo-, en la intimidad de todo sujeto, entre
esa dimensión potencial del ser, constituida por
una serie de referencias identificatorias que se tienden
a ignorar, y esa figuración de uno mismo, plena de
tics y reflejos imaginarios, que el individuo cree que lo
caracterizan del modo más genuino, y que hacen a
su particularísima personalidad. Evidentemente, toda
esa suma de referencias identificatorias, improntan con
gustos y aversiones, temores y deseos ajenos, operando en
silencio, alimentando lo que el sujeto cree ser "sin
deberle nada a nadie".
El
momento que Camus tematiza como de ruptura de cierta inercia
existencial basada en el hábito y la costumbre, momento
de lucidez, al mismo tiempo, doloroso y prometedor, es pescarse
en esa enajenación de la propia personalidad. "Uno
es otro", a partir de ese descubrimiento sólo
queda trabajar para apropiárselo... pero del modo
más personal posible. "Hacer del otro uno mismo",
trabajar una apropiación que construya ese ser en
rebeldía. Pero resulta que uno "ya es el otro"
-he ahí el descubrimiento angustiante que uno puede
hacer "a la vuelta de cualquier esquina"-, de
modo que el trabajo de apropiación que se emprende
es el de "ese" otro que ya somos, para construir
un destino personal. Camus y Winnicott son vecinos muy próximos.
Pero
más allá de toda referencia identificatoria,
todavía hay -para Winnicott- un ser incognoscible,
secreto, indecible, núcleo insondable de todo ser
humano. Un ser recóndito que desborda toda impronta
de deseo venida desde los otros, y que no se somete a la
propia voluntad de dominio del propio sujeto. Aspecto central
del self que no se organiza alrededor de ninguna pauta coagulada
de "personalidad", pero que impulsa al sujeto
a vivir. Lo empuja a ser lo que todavía no es, ni
imagina ser. Esa dimensión del ser es la que A. Breton
quiere recuperar atacando al Yo. Hay que deconstruir a ese
Yo que somete y asimila al sujeto a las leyes del "utilitarismo
convencional". Búsqueda, entonces, de un ser
único, nuevo, sin condenas ni ataduras. Breton imagina
un "verdadero self" liberado de su "falso
self", algo que Winnicott jamás hubiera autorizado.
¿Dónde
encontrarlo? Los locos y los niños dan testimonio,
para bretón, de ese ser que hace sin saber, que tiene
trato habitual con lo insólito, la gloria inaudita
de hacer sin saber qué se hace! Gracias al surrealismo
-dice bretón- parece que las oportunidades de la
infancia reviven en nosotros. Es como si uno volviera a
correr en pos de su salvación o de su perdición
definitiva. Se revive, en las sombras, un terror preciso
(...) El espíritu que se sumerge en el surrealismo
revive exaltadamente la mejor parte de su infancia.
Es preciso liberarse de las ataduras del Yo, volver a recuperar
el gesto espontáneo, al acto puro sin explicaciones
(El adorno del comentario ningún beneficio produce
al acto). En este sentido, la cita con lo maravilloso
se evidencia en el encuentro de imágenes que contienen
el más alto contenido de arbitrariedad, las que más
tiempo tardan en traducirse al lenguaje práctico,
las que contienen en máximo porcentaje de contradicción.
El
gesto espontáneo del que habla Winnicott, y cuya
fuente es el núcleo del self, se aproxima mucho a
este acto espontáneo que anhela recuperar Bretón.
Ese acto inédito que puede prescindir de la palabra,
que -por el contrario- encuentra en las razones del discurso
un estorbo para la verdadera creación, es el verdadero
self. Bretón, como M. Ponty -desde otro lugar
del pensamiento-, busca un ser antepredicativo, un individuo
no acosado por las exigencias de no-contradicción
y del sentido crítico. En las discontinuidades de
esa ficción de unidad que supone el Yo, en cada una
de sus fracturas, el surrealismo intenta encontrar esa otra
emergencia fugaz que regula -para Ponty- cierta ley misteriosa
y desconocida, y -para Bretón- un estado de inocencia
que encuentra lo maravilloso "...creo en la pura
alegría surrealista del hombre que, consciente del
fracaso de todos los demás, no se da por vencido,
parte de donde quiere y, a lo largo de cualquier camino
que no sea razonable, llega donde puede."
Bretón
ofrecía un método para lograr el encuentro
con lo inédito, con ese insólito que amplia
el campo del deseo: la escritura automática.
Similar al método psicoanalítico de la "libre
asociación", Bretón pide dar libre curso
al "Dictado del pensamiento no dirigido, emancipado
de las interdicciones de la moral, la razón o el
gusto artístico (...) es el método más
seguro para devolver a la palabra su inocencia y su poder
creador originales". Qué próximos
están en esto Bretón y su contemporáneo
Ponty; para este último, no se piensa antes de hablar,
hay identidad -en ambos- entre pensamiento y palabra. Lo
que uno cree está "detrás de la palabra",
ordenándola, dándole su recorrido más
adecuado, preparando su expresión menos equívoca,
es ya la condena del propio sujeto que no dirá nada
"nuevo". Se repetirá hasta el hartazgo.
La palabra nueva (la palabra plena, decía Ponty)
emerge en estado de inadvertencia del propio sujeto, está
en el borde del acto automático -de A. Bretón-,
del lapsus -para el psicoanálisis-, de lo absurdo
-para Camus-, del gesto espontáneo -para Winnicott.
Resume Bretón: "siempre hay una extraña
intrusión, una dichosa o nefasta "casualidad"
que vuelve irrisorias todas nuestras previsiones del sentido
común".
daniel@espaciopotencial.com.ar
(1)
Albert Camus, "El mito de Sísifo", Ed.
Losada, Buenos Aires, 1997
(2)
Invito a escuchar la canción "Construcción"
de Chico Buarque, que ilustra maravillosamente este estado
de cosas.
(3) Ob. Cit.
(4) Es éste el procedimiento habitual que cultivó
en cinematografía, el llamado "neorrealismo
italiano"
(5) Primer manifiesto del surrealismo de 1924
(6) Conferencia del 14 de diciembre de 1957, en "El
revés y el derecho", Ed. Losada, Buenos Aires,
1958