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Bretón, Camus y Winnicott.
El self que desborda al yo


Por Daniel C. Ripesi



¿Cuándo llegará, señores lógicos,
la hora de los filósofos
durmientes?

André Breton


Muchos individuos tejen su vida en el encadenamiento, más o menos mecánico, de pequeños aconteceres. Han aprendido a recibir cada nuevo día sin demasiadas expectativas y a despedirse de cada jornada sin mayores nostalgias. Sus días corren en una sucesión de labores y distracciones que se viven con la misma indiferencia o resignación. Encaran charlas anodinas con el portero del edificio donde viven con el mismo énfasis con el que saludan a sus seres queridos cada mañana al irse a trabajar, o cada noche al regresar. Se podría decir que alternan alegrías y fracasos con el mismo temple y la misma moderación.

Muchos de ellos encuentran alivio en algún programa de entretenimientos de la TV. O bien, envidian -ya sea impúdica o secretamente- la suerte de los demás. Y discuten agriamente con quienes aún conservan algún tipo de ilusión y se animan a confesarla. Este último grupo de individuos no nos interesa. Detengámonos sólo en aquellos que sobrellevan el tedio de sus días con cierta fatiga. Es a éstos a quienes una sensibilidad no aún no está completamente adormecida, les permite advertir (un día cualquiera, y a partir de algún suceso casual y nimio), que han perdido el deseo de vivir. Frente al panorama monocromático de sus días y el envejecimiento que de pronto han notado -con toda claridad en la vidriera del negocio frente al cual esperan el colectivo-, ellos se preguntan: "¿para qué todo esto?". Es esta penosa alternativa es la que ocupó -desde diversas expectativas e intereses- el pensamiento de Camus, Bretón y Winnicott.

Nótese que, para los sujetos que hemos descrito, la pregunta sobre el sentido de la vida, no llega después del desmoronamiento de ciertos ideales frustrados. Con frecuencia se puede tomar contacto con esos seres a quienes una sensibilidad exarcebada con altísimos ideales, se decepcionan frente a la menor contrariedad, llegándose a formular, entonces, la misma pregunta. Tampoco nos interesan este tipo de individuos. Reparemos, sencillamente, en aquellos casos en que la pregunta llega como una visita inesperada. Conmovidos por el movimiento que genera cierto azar, asumen un fatalismo que ya no pueden negar: la vida ha perdido, repentinamente, sentido. Pierden, de un plumazo, su estado de inconsciencia.

Puede que la única respuesta al "¿para qué todo esto?" sea el suicidio. Son muchas las causas del suicidio, y de una manera general -nos advierte Camus (1)- las más evidentes no son las más eficaces. Lo que desencadena la crisis es casi siempre incontrolable. Los diarios hablan con frecuencia de "penas íntimas" o de "enfermedad incurable". Son explicaciones valederas. Pero habría que saber si ese mismo día un amigo del desesperado no le habló con un tono indiferente. Esa sería la causa, pues tal cosa puede bastar para precipitar todos los rencores y todos los cansancios todavía en suspenso.

De pronto esa rutina cotidiana que nuestro sentido común protege con todas sus fuerzas, trastabilla por un instante, y entonces, con la vacilación o el desdén inesperado con que nos saluda un amigo que cruzamos en la calle, se desencadena una tragedia inesperada: toda una vida se desploma en el acto. Entiéndase bien, no se trata de la indiferencia del amigo en sí misma, sino que toda una pobre y desesperada existencia estuvo "esperando" ese desdén para tener la oportunidad de manifestarse, justo a partir de ese instante. Es ese instante, probablemente, el momento más riesgoso y crítico de una existencia, pero también el de mayor fertilidad, porque es el instante en que se interrumpen todas las certidumbres anticipadas que regulan una vida. En ese instante se cierra un mundo y puede abrirse otro. Entre tanto, ese episodio que trastoca el hilo previsible de nuestra existencia, nos enfrenta con la más aguda de las fragilidades, la propia y la ajena, las de los demás y la del mundo que nos rodea.

Por unos segundos habitamos un interlapso, un interregno, sobrevolamos un abismo. Nadie asegura que lleguemos a la otra orilla. Algo quiebra los hábitos en los que se apoya una existencia y la novedad que ese hecho despierta se hace insoportable. Se abandona un terror cotidiano, domesticado e indecible por su propia familiaridad (2) y se enfrenta de pronto otro terror, un terror sin nombre por lo insólito de su ocurrencia. Vivir, naturalmente, nunca es fácil. Uno sigue haciendo los gestos que ordena la existencia por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone que se ha reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter irrisorio de esa costumbre... (3) Se rompe una complicidad basada en la costumbre y se enfrenta algo irrisorio: la observación repentina, en esa inercia monótona que somos nosotros mismos. De golpe nos damos risa... y pena. (4)

Pero esa observación implica ya un cierto abandono de la situación observada, y una cierta distancia respecto de nosotros mismos. Ahora bien, en ese desdoblamiento ¿dónde somos verdaderamente? A poco que creamos ser ese nuevo personaje que "se" observa re-editamos un engaño. Ese repentino sentido crítico que de pronto nos dispensamos, nos tienta con hacernos creer que, en ese nuevo punto de vista conquistado, somos... Se habrá reconstruido, así, lo que se creyó abandonar, una ficción rutinaria que nos construye, seduce y aplasta: nuestro propio yo. Pessoa se preguntaba "¿quién soy entre yo y yo?" Se podría adelantar que, entre "yo y yo", habita un extraño: el propio ser en movimiento, no coagulado aún en certezas duraderas y aplastantes.

Un aspecto importante de la revolución epistemológica que produjo el psicoanálisis, acompañado por diversos movimientos culturales y filosóficos de inicios del S. XX, fue dejar de confundir al "ser" de un sujeto con su "yo". Otro tema es cómo cada pensador -dentro de ese movimiento cultural, en el que se incluye el psicoanálisis-, tematizó ese exceso subjetivo que desborda al dominio pleno del yo. Y es, en la naturaleza del Ser, donde habrá diferencias de criterio, porque, en cuanto a la naturaleza del yo, no habrá mayores disidencias entre los distintos pensadores. A todos anima la superación de un tal Descartes. Así, Camus nos habla de esa compulsión del espíritu que busca comprender a toda costa al universo entero. No importa el costo: simplificación absoluta de lo múltiple y diverso, forzamiento a la unidad y búsqueda frenética de la coherencia necesaria en el mundo y uno mismo. Cada individuo se impone una exigencia constante de claridad, de familiaridad, basada -según los propios términos de Camus- en una nostalgia de unidad, que se evidencia en ese "apetito de absoluto (que) ilustra un movimiento esencial del drama humano". Se adivina en esta obstinación por lo absoluto, lo simple, lo coherente, gran parte de los intereses del Yo.

Para A. Bretón, el yo -por razones similares a las recién esgrimidas- es la condena subjetiva de los seres humanos a las leyes del utilitarismo convencional "protegidas por el sentido común" (5). En su caso, se trata de esa "insoportable manía de equiparar lo desconocido a lo conocido, a lo clasificable -que- domina a los cerebros..." En ambos casos -y podríamos sumar a Winnicott, quien, en este sentido, prefiere hablar más de "falso self" que de "Yo"-, el destino del individuo es un creciente e insoportable sentimiento de futilidad, un profundo empobrecimiento psíquico, y la pérdida de toda razón para vivir...

El movimiento surrealista anheló, entonces, la destrucción sistemática del "yo", porque "entre yo y yo", habitaba -para este movimiento- tanto el terror de lo inédito, como lo maravilloso -también- de lo inédito. En la disolución del yo se creía ver la emergencia del Ser en su estado indócil, natural, espontáneo. Un ser aún sin forma, sin condena, sin pasado. Winnicott ve en esto al verdadero self por oposición al falso self, como ese instante de lucidez que -según Camus- verifica lo absurdo de la vida.

Para Camus no hace falta "disparar", como si fuera un ejercicio de la voluntad, al Yo. Esto implica un contrasentido. La voluntad está, en todo caso, del lado del yo. Por el contrario: "La sensación de lo absurdo está -nos dice Camus-, a la vuelta de cualquier esquina -y- puede sentirla cualquier hombre". Por imperio de pequeñeces, que son ajenas a todo domino posible del Yo, éste se puede tornar un extraño para uno mismo. El mundo mismo puede tornarse extraño, mostrar de golpe su espesura, de modo que, por ejemplo, los "...árboles pierden al cabo de un minuto el sentido ilusorio con que los revestíamos (...) La hostilidad primitiva del mundo llega hasta nosotros (...) Esas apariencias disfrazadas por la costumbre vuelven a ser lo que son. Se alejan de nosotros" Hay, entonces, en todo cuanto nos rodea -y en nosotros mismos- un fondo inhumano que por momentos se nos revela cuando se altera el "aspecto mecánico" de nuestros gestos, y advertimos, en esa "pantomima carente de sentido", la inmensa estupidez de cuanto nos rodea.

Ese momento único, en el que lo absurdo se apodera de una existencia, donde -según Camus- "la cadena de los gestos cotidianos se interrumpe", nos confrontamos con un vacío de sentido que puede ser, también, el comienzo más verdadero y más real de la existencia. Fogonazo de la conciencia que ilumina, con una luz cruda y directa, lo que ya no se podrá negar, el absurdo de la existencia. El ser prepara, entonces, una respuesta. Se recupera la pasión, a partir de una fe en el vivir que nace de la desesperación: "Se trata de morir irreconciliado y no de buena gana". Y el goce absurdo por excelencia es el arte, y la expresión comienza donde termina el régimen del pensamiento lógico que ordena y juzga. El arte no busca explicar nada, ni consumar un sentido, ni aportar una nueva lógica. El arte respeta al misterio, y le rinde homenaje.

Pero a diferencia de A. Bretón -que enseguida comentaremos-, para Camus el arte no intenta subvertir esa realidad a la que todos dan por sentado -y a la que todos se adaptan con tanta docilidad-, propone sí un rechazo, pero admitiendo que, en ese rechazo, habrá siempre algo de aceptación de lo ya establecido. Es éste un desgarramiento subjetivo permanente en el artista: "No se trata, pues de saber si el arte debe huir de lo real o someterse a lo real, sino tan sólo de saber qué dosis exacta de lo real debe conservar la obra para no desaparecer en las nubes o, por otra parte, arrastrarse con plantillas de plomo".

Atrapar la realidad tampoco es sencillo, porque nunca está enteramente realizada. Camus ironiza sobre la posibilidad de filmar completamente la vida de un sujeto para retenerla en cada uno de sus detalles; circunstancia que, nos advierte Camús, permite "atraparla" si uno ha decidido a perder la propia vida para poder ver ese documento fílmico... "...la realidad de la vida de un hombre no se encuentra tan sólo en el lugar que ese hombre está. Se halla en otras vidas que dan forma a la suya, vida de seres amados, en primer término, que habría a su vez que filmar, pero también vidas de hombres desconocidos.." (6)

También Winnicott, cuando desarrolla las nociones de "verdadero-falso self", propone una permanente tensión -y nunca resuelta del todo-, en la intimidad de todo sujeto, entre esa dimensión potencial del ser, constituida por una serie de referencias identificatorias que se tienden a ignorar, y esa figuración de uno mismo, plena de tics y reflejos imaginarios, que el individuo cree que lo caracterizan del modo más genuino, y que hacen a su particularísima personalidad. Evidentemente, toda esa suma de referencias identificatorias, improntan con gustos y aversiones, temores y deseos ajenos, operando en silencio, alimentando lo que el sujeto cree ser "sin deberle nada a nadie".

El momento que Camus tematiza como de ruptura de cierta inercia existencial basada en el hábito y la costumbre, momento de lucidez, al mismo tiempo, doloroso y prometedor, es pescarse en esa enajenación de la propia personalidad. "Uno es otro", a partir de ese descubrimiento sólo queda trabajar para apropiárselo... pero del modo más personal posible. "Hacer del otro uno mismo", trabajar una apropiación que construya ese ser en rebeldía. Pero resulta que uno "ya es el otro" -he ahí el descubrimiento angustiante que uno puede hacer "a la vuelta de cualquier esquina"-, de modo que el trabajo de apropiación que se emprende es el de "ese" otro que ya somos, para construir un destino personal. Camus y Winnicott son vecinos muy próximos.

Pero más allá de toda referencia identificatoria, todavía hay -para Winnicott- un ser incognoscible, secreto, indecible, núcleo insondable de todo ser humano. Un ser recóndito que desborda toda impronta de deseo venida desde los otros, y que no se somete a la propia voluntad de dominio del propio sujeto. Aspecto central del self que no se organiza alrededor de ninguna pauta coagulada de "personalidad", pero que impulsa al sujeto a vivir. Lo empuja a ser lo que todavía no es, ni imagina ser. Esa dimensión del ser es la que A. Breton quiere recuperar atacando al Yo. Hay que deconstruir a ese Yo que somete y asimila al sujeto a las leyes del "utilitarismo convencional". Búsqueda, entonces, de un ser único, nuevo, sin condenas ni ataduras. Breton imagina un "verdadero self" liberado de su "falso self", algo que Winnicott jamás hubiera autorizado.

¿Dónde encontrarlo? Los locos y los niños dan testimonio, para bretón, de ese ser que hace sin saber, que tiene trato habitual con lo insólito, la gloria inaudita de hacer sin saber qué se hace! Gracias al surrealismo -dice bretón- parece que las oportunidades de la infancia reviven en nosotros. Es como si uno volviera a correr en pos de su salvación o de su perdición definitiva. Se revive, en las sombras, un terror preciso (...) El espíritu que se sumerge en el surrealismo revive exaltadamente la mejor parte de su infancia. Es preciso liberarse de las ataduras del Yo, volver a recuperar el gesto espontáneo, al acto puro sin explicaciones (El adorno del comentario ningún beneficio produce al acto). En este sentido, la cita con lo maravilloso se evidencia en el encuentro de imágenes que contienen el más alto contenido de arbitrariedad, las que más tiempo tardan en traducirse al lenguaje práctico, las que contienen en máximo porcentaje de contradicción.

El gesto espontáneo del que habla Winnicott, y cuya fuente es el núcleo del self, se aproxima mucho a este acto espontáneo que anhela recuperar Bretón. Ese acto inédito que puede prescindir de la palabra, que -por el contrario- encuentra en las razones del discurso un estorbo para la verdadera creación, es el verdadero self. Bretón, como M. Ponty -desde otro lugar del pensamiento-, busca un ser antepredicativo, un individuo no acosado por las exigencias de no-contradicción y del sentido crítico. En las discontinuidades de esa ficción de unidad que supone el Yo, en cada una de sus fracturas, el surrealismo intenta encontrar esa otra emergencia fugaz que regula -para Ponty- cierta ley misteriosa y desconocida, y -para Bretón- un estado de inocencia que encuentra lo maravilloso "...creo en la pura alegría surrealista del hombre que, consciente del fracaso de todos los demás, no se da por vencido, parte de donde quiere y, a lo largo de cualquier camino que no sea razonable, llega donde puede."

Bretón ofrecía un método para lograr el encuentro con lo inédito, con ese insólito que amplia el campo del deseo: la escritura automática. Similar al método psicoanalítico de la "libre asociación", Bretón pide dar libre curso al "Dictado del pensamiento no dirigido, emancipado de las interdicciones de la moral, la razón o el gusto artístico (...) es el método más seguro para devolver a la palabra su inocencia y su poder creador originales". Qué próximos están en esto Bretón y su contemporáneo Ponty; para este último, no se piensa antes de hablar, hay identidad -en ambos- entre pensamiento y palabra. Lo que uno cree está "detrás de la palabra", ordenándola, dándole su recorrido más adecuado, preparando su expresión menos equívoca, es ya la condena del propio sujeto que no dirá nada "nuevo". Se repetirá hasta el hartazgo. La palabra nueva (la palabra plena, decía Ponty) emerge en estado de inadvertencia del propio sujeto, está en el borde del acto automático -de A. Bretón-, del lapsus -para el psicoanálisis-, de lo absurdo -para Camus-, del gesto espontáneo -para Winnicott. Resume Bretón: "siempre hay una extraña intrusión, una dichosa o nefasta "casualidad" que vuelve irrisorias todas nuestras previsiones del sentido común".

daniel@espaciopotencial.com.ar

(1) Albert Camus, "El mito de Sísifo", Ed. Losada, Buenos Aires, 1997
(2) Invito a escuchar la canción "Construcción" de Chico Buarque, que ilustra maravillosamente este estado de cosas.
(3) Ob. Cit.
(4) Es éste el procedimiento habitual que cultivó en cinematografía, el llamado "neorrealismo italiano"
(5) Primer manifiesto del surrealismo de 1924
(6) Conferencia del 14 de diciembre de 1957, en "El revés y el derecho", Ed. Losada, Buenos Aires, 1958

 

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