El hijo ya tenía nombre, ajuar, juguete y destino
trazado. Sería João, como el padre, y como
lo aconsejaba la devoción y la pobreza. Destino y
juguete de pobres, comprados con la anticipación
que caracteriza no a los que son previsores sino a los soñadores.
Y destino, para no decir profesión, o -mejor aún-
oficio, que era el de albañil, ferviente ambición
de su padre que aún no pasaba los 30 y trabajaba
todavía de auxiliar de obra.
Todo esto ya lo tenía el niño, aunque todavía
no hubiera nacido. Es que ellos nacen antes, en el momento
en que se anuncian, cuando hay realmente deseo de que vengan
al mundo. El parto sólo da forma a una realidad que
ya venía funcionando. Para el João más
grande, el João más chiquito era una realidad
tan patente como la de sus compañeros de trabajo,
y mucho más todavía, porque cuando se separaban
al final de la jornada, los compañeros de trabajo
dejaban, por así decir, de existir, cada uno se perdía
en su insignificancia, mientras que el pequeñín
iba disimulado en aquel tren de Realengo, en largas charlas
entre João y João, y el João pequeño
adquiría aún mayor consistencia cuando llegaban
a casa, cuando la madre que lo traía en el vientre
sin embargo lo esperaba y recibía de los brazos del
padre que, de madrugada, se lo llevaba a la obra.
Estas imaginaciones, así dichas, parecen sutiles;
pero no había ninguna sutileza en João y su
mujer. No era que el matrimonio viera claramente al niño
andar de uno a otro como un ser vivo; simplemente pensaban
en él, mucho, confiados, y de tanto ser pensado João
existía, sonreía, jugaba en la simplicidad
de ambos. Como alguien que en la certeza de llegar a hacer
un gran negocio, va pidiendo dinero a cuenta y gastando
tranquilamente, João y su mujer anticipaban alegrías
futuras. João se sentía fuerte, responsable.
Escogería el sexo y la profesión de su hijo,
su mujer escogería el color, un moreno claro, cabello
lacio, ojos sinceros. No había nada de extraordinario
en el niño, era apenas la suma de dos pasada en limpio,
con antojo.
Esperar tantos meses fue sencillo. El niñito ganaba
mucho espacio en la vida de ellos, y nacer no era más
que una formalidad. Llegó marzo con un tiempo feo
por la noche que amenazaba anegar todo de barro. La mujer
de João despertó asustada, sintiendo dolores.
Por la madrugada corrieron hasta la estación; la
lluvia paró pero el tem de Campo Grande no llegaba
y João no podía dejar de moverse. Los dolores
continuaban, João pudo conseguir después de
un tiempo parar a un camión. En la maternidad no
había ni médico ni enfermera, el mal tiempo
los había retenido lejos. João perdería
el día de trabajo pero resolvió esperar. Finalmente
llevaron a la mujer a una sala donde cinco mujeres más
gemían y hacían fuerza. João no alcanzó
a ver más nada, permaneció aterrorizado en
el corredor. Atardecía ya cuando una puerta se abrió
y la enfermera le dijo que el parto había sido complicado
pero que ahora todo estaba bien, y el bebé en la
incubadora. "¿Lo puedo ver?" "Más
tarde usted podrá verlo, mañana." La
mañana siguiente era día de pago, no podía
faltar a la obra. Volvería el domingo.
Pero al día siguiente, a la hora del almuerzo, telefoneó;
una complicación, no se sabía mucho, no se
oía nada, alguien de la recepción fue a averiguar,
respondió que todo estaba bien, que se quedara tranquilo.
El domingo por la mañana João se preparaba
para salir cuando una ambulancia aulló en su puerta,
buscando apoyo la mujer de João descendió
"¿El bebé?" "Dicen que murió
en la incubadora, João" "¿Y era
tan morenito y gracioso como nosotros lo imaginábamos?"
Ella bajó la cabeza. "No sé João,
no pude verlo. Yo estaba muy mal, ellos no me lo mostraron."
Y el niñito, que había sido durante tanto
tiempo, dejó de repente de ser.
(1) 70
historinhias, de Editora Record, Rio de janeiro, 1998 (trad.
Daniel Ripesi)