El término "esquizoanálisis",
con su polisemia, con su modo de decir varias cosas a la
vez, e incluso con un cierto modo de relacionarse con la
enfermedad a la que alude este nombre -la esquizofrenia-,
nos abre a una serie de conceptualizaciones referidas a
la política, la ética y el arte. Postular
un concepto que no es fácilmente definible hace posible
construir una estrategia de pensamiento que conjure los
binarismos. Yo no podría decir que "el psicoanálisis
es el estudio del inconsciente y el esquizoanálisis
es el estudio de la producción de subjetividad social";
tampoco podría decir que "el marxismo intenta
construir un conocimiento sobre cómo funciona la
economía en el capitalismo y el esquizoanálisis
intenta explicar la microfísica del capitalismo".
Todas estas observaciones podrían ser correctas pero
caen en un binarismo que reduce la complejidad de las relaciones
en juego.
En
El antiedipo: esquizofrenia y capitalismo, de
Gilles Deleuze y Félix Guattari, publicado en 1969,
lo que más importa es la segunda parte de su título:
no se trata de construir una teoría contra algo,
sino de poder pensar, junto con la crítica al Edipo,
que no hay por qué optar entre el capitalismo o la
esquizofrenia. Se trata de pensar que hoy el capitalismo
está permanentemente atravesado por la esquizofrenia
social, que hace que, al mismo tiempo que detestamos algo,
lo deseemos, y justamente allí reside su enorme poder.
Aquel libro planteó, entre otras, una cuestión
muy importante para el campo político: ¿cuándo
el socialismo empezó a andar mal? ¿El comunismo
empezó a andar mal con Stalin porque deformó
las ideas originales del comunismo o el comunismo ya empezó
a andar mal con Lenin, en cuanto ya se construyó
el germen de la centralización de un partido capaz
de dar cuenta de todo lo que pasaba? Es decir, se intentó
construir la posibilidad de un conocimiento único
que diera cuenta de toda una diversidad.
Hay una segunda serie de preguntas en el plano de la subjetividad:
¿cómo es posible que el pueblo alemán
haya adorado y exaltado aquello que lo llevó a su
propia destrucción? ¿Cómo se construye
la subjetividad que hace posible que los hombres deseen
su esclavitud? ¿Cómo es que los hombres llegan
a gritar "Viva la muerte"? Se advierte que el
deseo no necesariamente responde a los valores morales coherentes
que la humanidad reclama desde las religiones dominantes.
Y la lucha por la libertad puede transitarse según
modos absolutamente diversos.
Y en ese libro se plantea la pregunta sobre la universalidad
del complejo de Edipo.
No nos reduzcamos a la noción anecdótica que
circula alrededor del Edipo, que lo define como el amor
del hijo por la madre o viceversa. Sostengamos que el Edipo
es una función psicológica por la cual uno
ama una cosa y se identifica con otra, es una función
por la cual uno se identifica con algo que no es lo mismo
que lo que ama. Esto permite al sujeto, a partir de la prohibición
del incesto, acceder a la cultura, y le posibilita la diferenciación
sexual. Lévi-Strauss había demostrado que
la prohibición del incesto rige en cualquier tribu,
en toda cultura, porque organiza no sólo las relaciones
sociales, sino también el lenguaje, a través
de toda la historia. Esta idea del Edipo como estructura
ya estaba planteada en los años '70 en el pensamiento
académico.
Y es entonces cuando Deleuze y Guattari, ante la pregunta
"¿Es el Edipo universal?", contestan que
el Edipo sería sólo un modo de funcionamiento,
y que hay también otros modos de funcionamiento.
El Edipo es una función estructural de un tipo de
Estado y sociedad, pero hay otros modos de organizar las
sociedades. Partir de que el Edipo es universal es negarse
a cuestionar la relación que las sociedades primitivas
tienen con el Estado.
Hubo sociedades sin Estado y tal vez las haya nuevamente
en el futuro. Esto no quiere decir que no haya que estudiar
el Estado, que las relaciones con el Estado no sean muy
significativas, pero también son muy significativos
los momentos que vivimos sin Estado. En Río de Janeiro
hay un grupo deleuziano que realiza un interesantísimo
trabajo comunitario; se denomina a sí mismo "Viralayem".
Este nombre refiere a una práctica que existe en
los sectores más populares, en donde la gente construye
sus casas en comunidad: hay un día en que se pone
el techo de las casas, ese día toda la comunidad
va a colaborar, y a eso le llaman Viralayem. Ese grupo hace
un trabajo social en las favelas que están tomadas
por el narcotráfico. Allí trabajan con los
chicos que están en el delito y que les dicen cosas
como "...a mí no me importa nada, yo soy delincuente,
soy criminal, a mí lo que me gusta es estar con un
arma". Y ellos le preguntan: "Pero, ¿vos
sos delincuente todo el día? ¿O hay algún
momento en que no sos delincuente?". A veces, el chico
se queda pensando y responde: "Bueno, cuando estoy
con mi mamá no, cuando estoy con mi enamorada tampoco...".
Desde ahí empezamos el trabajo de desconstrucción:
demostrando que una identidad siempre es parcial, que siempre
es fragmentaria, que uno no es todo el tiempo ni todo el
día lo mismo.
Esto nos lleva a la primera hipótesis del esquizoanálisis:
el inconsciente no es representativo sino productivo. Si
hay algo representativo en el inconsciente, eso es el preconsciente.
En el inconsciente está en potencia todo lo que va
a ser. No sabemos qué va a salir porque todo está
en potencia.
A partir de la idea del Edipo se difundió como propuesta
fundamental, desde los años '70, la fórmula
de que "el inconsciente está estructurado como
un lenguaje". Si el inconsciente está estructurado
como un lenguaje, ¿dónde está su potencia?
¿Dónde está si el inconsciente ya está
estructurado, si su límite es la lengua que poseo?
La crítica debe centrarse en la palabra "estructurado":
si el inconsciente está estructurado, ya es preconsciente.
El inconsciente no está estructurado porque el inconsciente
es en potencia.
Esto parece simple pero nos pone en otro lugar, cuando escuchamos
a un paciente, cuando dramatizamos, cuando nos relacionamos
en la cotidianidad institucional.
En El antiedipo, Deleuze y Gua-ttari hacen una genealogía
de la producción de Edipo. Podemos entonces observar
cómo la prohibición del incesto produce cosas
absolutamente diferentes de acuerdo con el momento de la
historia que uno releva. Por ejemplo, ¿para qué
sirve en la sociedad primitiva la prohibición del
incesto?: para hacer parientes y ocupar la tierra. ¿Qué
es lo más importante de la sociedad primitiva?: la
tierra. Esos hombres tenían que habitar la tierra
y propagarse. Con la prohibición del incesto, permiten
que la mujer circule. ¿Cuál es la función
del Edipo en la época del despotismo asiático?
En el mundo despótico, la herencia era divina, porque
el déspota era divino. El sentido de la prohibición
de incesto era acumular para el déspota. Para él
no había prohibición; la prohibición
tenía el objeto de crear cuerpos culposos que entregaran
toda su fuerza de trabajo y sus posesiones al déspota
divino.
Finalmente, ¿para qué sirve el Edipo en el
capitalismo?: para construir familias, pequeñas unidades
familiares que serán la base de un inmenso y desterritorializado
modo de producción de bienes, de dinero y de subjetividades.
El Edipo en la sociedad primitiva no está restringido
a la mamá, el papá y los hijos, sino a la
tribu. En cambio, ahora, el familiarismo que el Edipo fomenta
y expande ayuda a construir una sociedad altamente desterritorializada,
y hace del capitalismo el modo más sutil de transmisión
de la subjetividad, que llega hasta imponer la servidumbre
voluntaria en masas que actúan, inclusive, en contra
de sus propios deseos e intereses.
Tomemos la discusión que se da actualmente respecto
del celibato eclesiástico: el capitalismo no necesita
más del celibato, porque el celibato es el resto
de una práctica despótica en el interior de
un universo capitalista. El tema del celibato no es una
discusión moral. El celibato, que tiene como objetivo
económico preservar la herencia para la sagrada iglesia,
es en realidad un arcaísmo del modelo despótico.
Y no es casual que esta discusión se una a la de
otras cuestiones sexuales sobre las cuales la Iglesia sostiene
arcaísmos, como la prohibición del uso del
preservativo o su oposición a la despenalización
del aborto.
En la sociedad capitalista sobreviven restos de arcaísmo
que, al no poder expresarse, son origen de perversión
y melancolía en el interior de los sistemas familiaristas.
Jean-Paul Sartre nos advierte sobre la diferencia entre
la culpa y la mala conciencia. En la época del déspota
había una práctica de violencia, que inscribía
la culpa en los propios cuerpos aterrorizados. Lo extraordinario
del capitalismo es que uno nace culposo, ya nace con mala
conciencia; uno no sabe por qué, pero ya pecó.
¿Dónde aparece la posibilidad de contraefectuar,
de resistir a esa mala conciencia? Fundamentalmente en la
libertad, en el entendimiento, como proponía Baruj
Spinoza al formular: "La relación con Dios es
una relación de libertad".
Esta propuesta no la iban a tolerar ni la iglesia católica
ni la iglesia judía, jamás. Ellos sabían
que esa relación tenía que estar guiada por
la mala conciencia; no podía estar guiada por el
entendimiento, ni siquiera por un libre encuentro, tiene
que estar guiada por una moral que la fundamentara.
Las moles
Al esquizoanálisis, en el inconsciente, en la política
y en el arte, lo que le interesa es predominantemente lo
molecular, y no lo molar. Lo molar se refiere a la identidad,
la totalidad, lo que está dado en la imagen. Pero
más allá de la organización molar existen
moléculas. Supongamos, las mujeres, o ciertas mujeres,
o los animales, los niños, las minorías, tienen
modos particulares de emitir partículas.
Nosotros tendemos a vincularnos en situaciones molares,
como totalidades, pero, como decíamos, no somos lo
mismo las veinticuatro horas del día. El inconsciente
es una estructura predominantemente molecular, porque lo
molar ya implica un cierto nivel de organización,
ya implica una figura preformada. Por ejemplo, la virtud
femenina es una molaridad, porque está definida desde
lo mayoritario, desde el hombre, que es quien establece
cómo deben ser las formas de lo masculino y de lo
femenino.
La práctica piquetera, por ejemplo, puede ser una
práctica molecular, pero también puede ser
una práctica molar. Depende del momento en que se
desarrolle, y esto se vincula con si altera o no la subjetividad
de quienes están en esa situación. De todos
modos, no existe una molaridad pura o una molecularidad
pura.
Ahora estamos en condición de volver a aquella pregunta
del principio: ¿cuándo empezó a andar
mal el socialismo? Al confundir molaridad con molecularidad,
no pudo producir una subjetividad que desease otra cosa
que lo mismo que decía atacar. Cuando en Rusia salen
corriendo, patéticamente, a consumir la hamburguesa
de McDonald's, se muestra que no se pudo construir otra
subjetividad; las cuestiones se plantearon en el nivel de
las formas más globales, más totalizadoras
de los intercambios, pero no en la invención de otras
cuestiones.
El análisis de las esquizias es el que pone en evidencia
las situaciones moleculares; las resistencias a las formas
hegemónicas que posibilitan lo que se llama un devenir
minoritario.
La emergencia de las multiplicidades, la predominancia de
las diferencias, la sociedad contra el Estado, la ecología
contra la hegemonía de la tecnología; mejor
que "contra" seria decir: al lado, paralelo, en
otro sentido, Un devenir siempre tiene que ser minoritario:
no se trata de devenir hombre, sino de devenir niño,
o negro, mujer. Devenir quiere decir poder habitar también
estas situaciones diferentes que no hacen a nuestras formas
más consolidadas, a veces a través de las
brechas que el sistema nos ofrece. El devenir niño
alude a la potencia, a la flexibilidad en el niño.
Un devenir judío alude a lo extranjero, a lo extraño
en nosotros mismos, a la diáspora y al nomadismo
para la creación. Un devenir negro, a poder pensar
las relaciones insólitas con los lenguajes, el jazz,
la improvisación, la lucha.
Las molecularidades también conllevan sus peligros.
En ciertas ocasiones la identidad marcha hacia un proceso
de desidentificación y de creación de nuevas
situaciones y en otras hacia la locura, hacia la esquizofrenia.
Estamos siempre en un margen muy delicado. Por el terror
que nos inspira la locura tendemos a optar por una forma
acabada, molar. El esquizoanálisis, en la clínica,
trabaja con las líneas duras y con las flexibles,
con las líneas molares y moleculares. Pero tampoco
hay que hacer una apología de la fragilidad, de la
molecularidad, de la línea flexible. Por ejemplo,
Deleuze dice: "No me gustan los drogadictos",
porque esa cierta ideología que el drogadicto comporta,
esa ideología de, todo el tiempo, fragilizar, lo
hace ser un objeto fácil para la moralidad, es la
figura más patética para la dominación.
* Extractado de "El esquizoanálisis y sus
preguntas", incluido en Diagramas de psicodrama y
grupos (comp. Ana María del Cueto), Ediciones Madres
de Plaza de Mayo.