El sueño es ese depredador invisible a la luz, que
sin embargo nos acompaña a cada paso de nuestras
frágiles vidas.
Ilya Prigogine (1),
en un profundo y asombroso libro, Las Leyes del Caos (2),
dice que:
El desarrollo científico desemboca
en una verdadera elección metafísica, trágica
y abstracta: el hombre tiene que elegir entre la tentación,
tranquilizadora pero irracional, de buscar en la naturaleza
la garantía de los valores humanos, la manifestación
de una pertenencia esencial, y la fidelidad a una racionalidad
que lo deja solo en un mundo mudo y estúpido.
En este sentido la elección es a la irracionalidad,
como una nueva forma de pensar y describir el mundo que
nos habita.
Creo en este sentido que la teoría sobre el sueño
que propone el psicoanálisis, si bien permitió
dar un salto al abismo que separaba la superstición
de la ciencia, sigue, aún empantanada en el mismo
lodo en que está la física clásica,
a saber el problema del tiempo.
Tanto en las ciencias naturales como en las psicologías
del siglo XIX y XX, incluido el Psicoanálisis, lo
que se intenta es alcanzar el ideal tradicional de la certidumbre
asociada a una descripción o explicación determinista.
Toda certidumbre explicada de forma determinista elude lo
que Prigogine plantea como flecha del tiempo, concepto
que junto con el de entropía, son medidas o valores
del desorden y el caos.
Esto significa que en todo sistema el tiempo en su transcurso
produce acontecimientos que no pueden ser determinados con
certezas sino en base a probabilidades y que en estos acontecimientos,
productos de combinaciones azarosas e indeterminadas, está
lo creativo.
Para Dios todo está dado. Este es el paradigma que
rige la ciencia clásica, su razón teológica,
el pasado y el futuro están incluidos en el presente.
El problema del tiempo, lo que su devenir crea, destruye
y preserva, es lo que siempre se ha intentado desacreditar
o negar. Parecer ser que muchos saberes místicos
y científicos han negado la realidad de este mundo
inestable, mudable e inseguro, a los fines de asegurar uno
que nos preserve del dolor de la vida y de la inevitabilidad
de la muerte.
Todo el esfuerzo del pensamiento Occidental fue orientado
a encontrar las leyes de lo Inmutable. La física
clásica lo atestigua.
Nuestra posición es hacer del Ser un Devenir, una
mutación constante montada en la irreversibilidad
del tiempo.
Cuando Freud, genialmente, explicó las leyes del
sueño, no pudo escapar del determinismo clásico,
y planificó un sueño donde las imágenes
y los afectos a ellas asociados eran consecuencias deformadas
de imágenes y afectos pretéritos y primitivos
que el deseo moldeaba a los fines de explicarse a la conciencia.
De nuevo el presente estaba preñado de pasado y futuro.
Para Dios todo está dado.
Si bien esto se comprueba por un método llamado asociación
libre, no en todos los casos sucede, es mas, en la mayoría
de los casos no sucede. El método ha subsumido todas
las explicaciones, las que sí dan cuenta y a las
que no, por la misma exigua lógica del método
y por no contar con otras que sean hegemónicos. Como
dice mi amigo, quien tiene una magistral fórmula
para explicar el método psicoanalítico: si
sale cara gano yo, si sale cruz pierde usted.
¿Qué pasaría si las imágenes
oníricas se fueran presentando sin la elección
del soñador, en forma probabilística y azarosas,
dentro de un sistema inestable y caótico como el
inconsciente?.
¿Por qué pensar que cuando uno viaja, por
un lugar que no ha visto nunca, lo que ve delante del parabrisas
es un paisaje que ya conoce? Puede que se parezca a otros
o puede ser que nos deje azorados, descentrados y sin recuerdos,
como la primera vez que se ve el mar.
¿Por qué pensar solamente, que lo que se sueña
son metáforas infantiles y reprimidas? Y si fueran
otra cosa? ¿Si el sueño fuera un viaje, donde
a partir de nuestra cualidad esencial como humanos, es decir,
la cualidad perceptora, las imágenes fueran el producto
del recorrido, la presencia azarosa de imágenes a
través del movimiento rizomático de nuestro
deseo. Un deseo que va contagiando por resonancias discontinuas
e indiscriminadas?
¿Y si fueran las dos cosas: determinismo y caos?
Escena
escuchada en una cocina, una noche al final del verano:
Alguien contaba que su novia, la noche anterior y en víspera
de un viaje, como todos, definitivo, le hablaba por teléfono
sobre los numerosos y laberínticos preparativos.
Era tarde, el día había sido largo y el cuerpo
de él entraba en el campo suave del adormecimiento.
Ella le dice no sé que cosa sobre la ropa de abrigo
que no entra en la valija y el le contesta: - Lleva la bicicleta,
llevala
, ella azorada por la respuesta : - Qué
decís?!, él se despierta y nunca mas recuerda
lo de la bicicleta.
Por qué pensar solamente, que la bicicleta no se
recuerda por causa de la represión? Por qué
la bicicleta debe ser un elemento de la historia familiar?
Y si el recuerdo no se produce, no por la represión,
sino por una rotura o discontinuidad precisamente en la
historia y en lo familiar? Y si la bicicleta fuera una imagen
tomada por un deseo que transita lo inestable y caótico
del inconsciente en forma azarosa. Todo viaje es definitivo
e irreversible.
No todo lo que brilla es oro ni lo que no se conoce inexistente.
Escena
escuchada una mañana entrando a los deslindes del
otoño, el día después a uno de esos
viajes en que las personas queridas se embarcan y nos dejan
llenos de una triste alegría.
Ella me cuenta que soñó con la ciudad donde
su querida persona se fue. Vio los muelles, la calle aledaña,
los depósitos del puerto y mas allá los altos
edificios. Ella se levantó con el pecho agitado por
el sueño tan extraño. Extraño por saber
que nunca había estado antes en esa ciudad, ni conocerla
ni por fotos o algún otro medio, extraño y
pavoroso por sospechar la posibilidad de que el sueño
haya sido un viaje.
Maravillado por la pavorosa semejanza entre la descripción
onírica y lo que veían sus ojos, la querida
persona le escribe diciendo, desde tan lejos: -gracias
por la visita.
La sospecha crece como las sombras del atardecer, la sospecha
del viaje es ineludible y agobiante, como todas las ideas
novedosas, esas que alborotan el cuerpo e inquietan el alma.
¿Se
puede reducir a leyes estáticas e inmutables la gigantesca
potencia del deseo, su tumultuoso poder de creación,
su caótico e impecable accionar?
Esta perspectiva sólo es posible si consideramos
que en todos los fenómenos que percibimos a nuestro
alrededor, ya sea en la física macroscópica,
en la química, en la biología o en las ciencias
humanas, el pasado y el futuro tienen distintos papeles.
Una
tarde, la Gorda le dice a Carlos Castaneda
(3):
- Podemos ensoñar juntos, mi cuerpo me dice que
lo hemos hecho antes. Ya hemos entrado en el ensueño
como par. Vas a ver que será facilísimo como
fue ver juntos.
- Pero no sabemos cuál es el procedimiento para ensoñar
juntos- dije.
- Pues tampoco sabíamos cómo ver juntos y
sin embargo vimos- dijo - Estoy segura de que si lo intentamos,
podremos hacerlo, porque no hay pasos específicos
para todo lo que hace un guerrero. Solo hay poder personal.
Y en este momento lo tenemos.
Spinoza
se preguntaba ¿cuánto puede un cuerpo? Las
respuestas no las encontraremos seguramente en los estrechos
ríos de la razón sino sumergiéndonos
en el océano infinito del misterio.
joseluisag@ciudad.com.ar
(1)
(1917-2003) Premio Nobel de Química en 1977.
(2) I. Prigogine, Las leyes del Caos, Edit Critica, Barcelona
1997.
(3) Carlos Castaneda. El Don del Aguila. Emece. Bs. As.
1981. pag. 129/30.