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Conducta antisocial e instituciones.(1)

(Reflexiones a partir del libro "La relación de acompañamiento en instituciones especializadas para niños" de Paul Fustier (2)).

La problemática derivada de la contención de niños con conducta antisocial.


Por Jean Cartry
(3)


Hay tradicionalmente un modo de tomar en cuenta la publicación de un libro: consagrarle un breve comentario en la sección "novedades literarias" de alguna revista especializada, para pasar luego a cualquier otro tema. Ciertamente no será ese mi propósito con su último libro. Tampoco es, estrictamente, al lector de Lien social a quien quisiera hablar, sino a usted mismo, como si se tratara de un asunto personal, un asunto entre nosotros dos. Tomaría a los lectores, en todo caso, como testigos de lo que voy a decirle. Seguramente será oportuno, tomando en cuenta su estilo winnicottiano -(Winnicott está enteramente presente en su obra)- comenzar proponiendo una paradoja: "Su libro me encantó, me encuentro totalmente de acuerdo con él y me resultó placentero leerlo, ahora bien, necesito entender el impacto que me produjo".
De movida el subtítulo del texto: "La relación de acompañamiento en los establecimientos especializados para niños" me proponía una distancia cómoda para su lectura: tomando en cuenta que mi trabajo es -desde hace ya 17 años- en una "Familia terapéutica", no me sentía directamente implicado con lo que sucede en una institución especializada. Pero, siguiendo con la lectura, se advierte que en ningún momento se trata de establecimientos sino de instituciones, una palabra repetida una y otra vez en el curso del texto. Ahora bien, considerando que la "Familia" es la matriz de toda institución, ya no pude sostener en la lectura esa cómoda distancia crítica inicial, sus enunciados comprometían, entonces, con fuerza nuestra práctica cotidiana. ¡Nosotros habíamos eludido las instituciones durante 17 años y de pronto su análisis institucional nos incluía! Por otra parte su libro hace referencia constante a los niños deprivados emocionalmente, tal como los describe Winnicott (o Lemay) y que son para nosotros tan familiares! Y, para rematarla, yo mismo escribí un libro cuya tesis (también relacionada con los niños deprivados) parece totalmente contraria a la suya ("Los padres simbólicos", Fleurus, 1988), y todo esto cuando (¿paradoja winnicottiana?) me siento tan de acuerdo con la suya!. Su propuesta es: "una tentativa de elaboración de una teoría del acompañamiento de la vida ordinaria en una institución" Tal tentativa se organiza con relación a las deprivaciones vinculares de niños con "tendencia antisocial". Este es el tema de su obra, compuesta en el estilo del mejor Bach, con sus variaciones y fuga final. Me refiero al rigor con que está construido. La vida ordinaria que usted refiere transcurre en un modelo de institución de menores que condensa la mayoría de las viñetas clínicas que usted extrae de institutos médico-pedagógicos u hogares para adolescentes. Una institución semejante se le presenta como colmada de "devoción materna", como lo diría Winnicott, quien también hablaba de "preocupación materna primaria". Una institución que es "el modelo de una plenitud que puede colmar un vacío", contrariamente de lo que sucede en una cura analítica donde se ofrece una suerte de "cruz", en la que el analista propone al analizante una presencia-ausencia intencionalmente frustrante, lo cual convoca la transferencia. En este punto usted comenta: "En ese contexto, recibir al sufrimiento y la falla, no implica un colmamiento sino una abstención". Del lado del análisis, la "cruz", del lado de la institución de acogida y convivencia, lo pleno. La beatitud hacia el niño deprivado es horror al vacío. Se hace necesario colmar, nutrir. El niño deprivado demanda patéticamente una transfusión de amor. De modo que, el proyecto pedagógico-institucional se sostiene en un "organizador psíquico" inconsciente (concepto de Kaes) en la que se manifiesta una identificación proyectiva con el niño deprivado, tal como opera la identificación de la madre suficientemente buena (Winnicott) con su bebé. Nos dice en su libro que no hay transferencia en la relación educativa dada en una institución, sino "una relación de objeto por apuntalamiento". Es decir que la relación que vivimos con el niño está apoyada, construida, fundada en los tipos de elección objeto primordiales que el niño y nosotros mismos realizamos. Citando a Freud, nos dice: "Se ama según el tipo de elección de objeto por apuntalamiento: la madre nutricia, el padre protector, y las series sustitutivas que se despliegan a partir de ellos". La institución, continúa desarrollando, comporta "zonas institucionales de apuntalamiento", se trata de espacios-tiempos (comidas, lavarse, acostarse, cuidados corporales) que el dispositivo institucional pone en acción para actividades que pueden ser pensadas como maternales.
En esas instancias nos toma la ilusión (Winnicott), una ilusión omnipotente de curar al niño deprivado con un maternaje no tanto total como... totalitario. La omnipotencia nos tienta, y quien nos tienta es el pequeño demonio del narcisismo primario, el pequeño megalómano que fuimos en los tiempos de la omnipotencia infantil. El dispositivo institucional nos incita a ser "sabios a los que nada se resiste" Se trata, entonces, de situar en qué "reclamo infantil" (Joubrel) se provoca el resurgimiento del narcisismo de los orígenes.
Paradójicamente, es la respuesta del niño deprivado, negativa, con frecuencia, cruel, la que opera la desilusión: el amor no resulta suficiente, y demasiado amor suscita fusión y confusión, la imposibilidad para el niño de poder mentalizar la falla (véase el concepto de ruptura de Lemay). La relación educativa debe preservar, de un modo u otro, cierto espacio de respiración para lo simbólico. La madre suficientemente buena también debe ser suficientemente mala en el sentido de retirarse del bebé regularmente para permitirle alucinar y mentalizar. De algún modo, el educador y la educadora son llamados, paradójicamente, a ser "insuficientes", "malos", a realizar el duelo de la ilusión: la de ser una madre ideal en una institución omnipotente. A menudo usted nos habla de un "fracaso necesario" en el padrinazgo total. Paradójicamente, habla de un éxito en este fracaso. Es necesario hacer un duelo respecto de la madre ideal y devota, trabajo necesario para introducir el orden simbólico. Y luego comenta: "no instamos a una transformación radical del dispositivo de realidad que construye la institución, insistimos en una modificación del espíritu del trabajo, en su significación, y ¡puede que se encuentre eficacia allí donde no se lo esperaba!"
Es decir que, en la relación educativa, cuando ofrecemos a un niño un "don", una ofrenda, no es necesariamente de eso de lo que él saca un beneficio. A pesar nuestro, se toma de nosotros "otra cosa", algo que es indecible y que constituye de la producción de una circulación entre el interior del niño y lo exterior que nosotros representamos. En consecuencia, es claramente de un espacio transicional de lo que se trata: la institución de acogida, la relación educativa, la persona del educador son lo "encontrado" en lo que el niño deprivado producirá lo "creado". Se trata también de un movimiento pendular entre el juego y la realidad, una interacción entre la realidad interior y la realidad exterior. Pero también es un trabajo de desilusión. Aquí, usted conduce al lector al corazón del pensamiento de Winnicott en cuanto a que la ilusión es inherente a la condición humana (la ilusión del seno formando parte del niño). Se trata para el niño que nos es confiado de aceptar la realidad a partir de la construcción de un área intermedia de experiencia, de una membrana, un medium (refiriéndolo a la figura del educador) y, comenta citando a Winnicott que "la aceptación de la realidad es una tarea interminable y que ningún ser humano llega a liberarse de la tensión que supone relacionar la realidad interna y externa, suponemos que esta tensión es aliviada por la existencia de un área intermedia de experiencia (arte, religión, etc.) Esta área está en continuidad directa con el área de juego del niño pequeño "perdido en su juego" (Realidad y juego).
Si se comprende bien que el área intermedia no es... comprensible, que escapa a todo instrumento racional y que no es producto del pensamiento sino de la experiencia pura, se podrá aceptar, quizás, que el educador sea básicamente ambiguo: debe defenderse de la demanda antropofágica (Lemay) del niño deprivado confirmando así su profesionalidad, y hacer creer al niño (ilusión) que se encuentra con él en una realidad de tipo maternal. En consecuencia es indispensable, nos dice, que el educador mantenga la ambigüedad que supone su posición "para hacer trabajar al sentido", para ayudar al niño a realizar el duelo por la ilusión. Decepcionando sus expectativas mágicas, el niño deprivado puede odiar al educador, pero sin llegar, de todos modos, a destruirlo. No es que el educador no sea un sujeto sensible, sino, por el contrario, necesita estar muy atento, conmovido sí, pero sin perder su integridad. En sus términos, como "medium maleable".
Usted propone que sería deseable que el "cliente" no se instale en la institución como si ésta fuera un vientre materno. Introduce la idea de una "trasposición institucional de la interdicción edípica". En el plan propiamente pedagógico, y para aproximarnos al terreno propiamente cotidiano de la relación educativa, pienso en esos educadores que no logran acercarse a los niños si no es flanqueados por un psicólogo o un analista, y que, además, viven obsesionados por la interpretación. Usted observa con toda claridad que a menudo, la interpretación tiene un efecto intrusivo y lo pone en relación a un "acompañamiento insoportable". Es decir que, el lugar del educador no es el de las entrevistas en el consultorio sino el que supone el "fragor de la lucha" de los corredores de lo cotidiano.
Es esta la temática de su libro. Fluido, brillante, variado. La primera parte sobre la paradoja, con una referencia a la "formación paradojal" de Palo Alto. Yendo al plan del dispositivo institucional, destaca la estructura resistencial y responsabilidad intervinientes, la familia institucional idealizada con su "organizador psíquico" de buena madre total, las ilusiones de los educadores en función de sus omnipotencias (o tentación omnipotente, como lo formula Winnicott), más las expectativas e ilusiones del niño deprivado.
La vida institucional de todos los días, en su banalidad, oscila constantemente entre estos términos de una paradoja. Tal paradoja es sostenida, mantenida, preservada en tanto el niño pueda constituir a la institución como espacio transicional: el niño controla el encuentro y lo pone al servicio de su realidad interna, y, aquí, usted designa a la institución como una "familia/no-familia", apoyándose en Winnicott afirma: "pido que la paradoja sea aceptada, tolerada y que se la admita sin tener que resolverla".
En este punto, su libro golpea con mayor fuerza a nuestra practica personal de "Familia terapéutica" y al trabajo vinculado con ésta. Su paradoja puede ser extendida a este emplazamiento familiar. Se me ocurre una pregunta: ¿el emplazamiento familiar instituye a la "familia de acogimiento" como "madre devota" absoluta -con las ilusiones que se asocian a esto-, o puede ser capaz de hacer vivir cotidianamente al niño recibido en una "familia/no-familia?" Dicho de otro modo: ¿el emplazamiento familiar puede ser creador de un espacio transicional?
Personalmente pienso que sí, pero no es este el espacio donde intentar su demostración. En todo caso, pienso que mantener en la familia la paradoja familia/no-familia es mucho más difícil que en una institución tradicional porque en aquella los adultos son expresamente convocados como figuras parentales. Afortunadamente la vida cotidiana de la familia de acogimiento es todavía más "ordinaria", más naturalmente banal que la más abierta de las instituciones. No hay incluso necesidad de "corredores" para ventilar las emociones demasiado parentalizadas!.
Y todavía queda en pie el hecho de que, en la familia de acogimiento las ocasiones de aplastar la paradoja y de anular el espacio transicional son numerosas. Usted nos explica acertadamente que si la paradoja deja su lugar a una contradicción, todo el sistema se enloquece y aparece un sufrimiento generalizado. Tenemos la costumbre de decir que en la familia de acogimiento siempre estamos en evidencia en una posición parental pero sin estar en el lugar de padres, pues este lugar está en suspenso (por la paradoja). Hace unos días, recibimos a un niño pequeño -como lo hacemos desde hace 17 años-, este niño acababa de tener un hermanito, Tom. En el auto, le dijo a mi mujer: "Me gustaría que el bebé Tom viniera con nosotros en lugar tuyo"
Observación muy winnicottiana, pues este niño, por un lado, percibía con toda claridad la totalidad de Tom como individuo indiviso, y -por otra-, enunciaba claramente una tentativa de aplastar la paradoja, de producir una contradicción, una confusión, una rivalidad, en resumen, una cruda irrupción de lo real en una situación necesariamente ambigua y paradójica, con una canalización de lo simbólico. Releamos, una vez más a Winnicott: "pido que la paradoja sea aceptada..."
En el Cap. IV, una segunda variación nos muestra como una persona recibida puede investir a la institución de manera arcaica, con una potente y (perturbadora) demanda de devoción maternal y, al mismo tiempo, investirla como espacio transicional. De aquí la actitud alerta de los educadores por controlar en el dispositivo institucional aquello que disimula sus tentaciones e ilusiones maternas.
Su tercera variación está consagrada al concepto de encuadre, a la función del encuadre en la institución, en el que usted propone tres características de naturaleza constante: el encuadre debe ser pre-existente a la llegada de la persona recibida. Esta persona no tendrá el poder de modificar dicho encuadre. La institución no puede ejercer su función de encuadre si se pone al servicio de un cliente-Rey que lo modifica a su antojo. Por mi parte, entiendo que se trata aquí de un dispositivo simbólico. En alguna medida, se trata de la Ley. Es decir que, el niño deprivado, no puede mentalizar sus afectos y sus pulsiones "fuera de un encuadre", a no ser pasando al acto. En mi criterio el encuadre se presenta como un "molde psíquico" para el niño deprivado. Esta metáfora nos remite a la función de continente que ha fallado en el adolescente con evolución psicopatológica, tanto como en los niños "casos límite" tan bien descriptos por Mises Y Flavigny. En ningún caso, o casi ninguno, el niño podría ejercer su omnipotencia megalómana si el encuadre funcionara según su capricho. El encuadre es una realidad necesariamente limitada, algo que el niño "encuentra" y que es coherente y estable. Es en esas condiciones que el niño podrá "jugar" al juego de "crear" (lo que no está demasiado lejos -quizás- del juego del fort-da de freudiano)
Hace jugar en este punto una interesante variación sobre el "don", apoyado teóricamente en el texto inaugural de Marcel Mauss "Ensayo sobre el don". Ilustra este punto con el caso de un educador que invita a un adolescente a comer a un restaurante, con dinero del Hogar (y el acuerdo del equipo psicoterapéutico). Interroga aquí la naturaleza, la ambigüedad de este "don" ¿impostura institucional o paradoja algo forzada? Finalmente, nuestro colega paga el café de su bolsillo porque se siente algo incómodo ¿da esto para "dar de verdad", a qué juega él?
Otro ejemplo: en un hogar, los educadores y educadoras, preparan con gran dedicación la fiesta de Papá Noel, habrá regalos y comida. Finalmente todo termina en un desastre, los chicos lo destruyen todo. La insoportable devoción maternal había hecho nacer en ellos la esperanza de una reparación total. Esta esperanza se enfrenta con la inexorable realidad de las fallas y las pérdidas del niño deprivado. Es entonces que usted afirma: "es necesario que un don sea incompleto, insatisfactorio, lacunario". En efecto, es en la insatisfacción que nace lo simbólico, donde se juega el "crear lo dado". Usted afirma -y con razón- que responder "en el plano de la realidad" a la demandas del niño deprivado, como si uno fuera una figura maternal capaz de "darlo todo", es una empresa que está destinada al fracaso. El niño se ofrecerá entonces, como si fuera una bebito dependiente, operando un "contra-don" absoluto. O bien, intentará hacerse adoptar. ¡Y, nosotros, lo hemos hecho!
Verificamos, incluso en el marco de este último don, que también debe ser lacunario, que no debe ser un "darlo todo", que el don es necesariamente limitado, para -como usted lo expresa-: "preservar la simbolización de lo que se presenta". Toca así, la profunda identidad del educador, cuando dice que ocupa una posición inexorablemente enigmática, y para que se lo entienda mejor, introduce la cuestión del otro. Para el niño deprivado, ¿el otro es un perseguidor? ¿un deseo realizado?: "¿cómo puede ser deseable el otro, en tanto alteridad, sin dejar de remitir esto siempre a otra cosa: la ruptura del lazo? Esta "otra cosa" es justamente lo que nos ocupa a los educadores, lo indecible que es lo que el niño crea... El resto es pura retórica.
Se continúan en el texto dos singulares variaciones referidas a conflictos de jerarquías y sobre el lugar que ocupa el psicólogo en la institución. El lector disfrutará encontrando órdenes de la dirección tan paradójicas como éstas: "¡Sea espontáneo!" o bien, ¡Sea responsable!", no faltan las lamentaciones de los viejos camaradas de armas "los educadores ya no son lo que eran, sólo contabilizan las horas de presencia", etc. Es decir que la posición maternal de la institución continúa pesando sobre sus conciencias, culpabilizándolos, suscitando clivajes internos y conflictos devoradores de energía. Lo que está operando en estos casos es una contradicción entre posición profesional y devoción maternal, mientras que en la vida ordinaria no puede vivirse con serenidad en una suerte de oscilación de estos términos de ambigüedad, de actitudes educativas "enigmáticas" y de dones lacunarios -tal como se describieron más arriba.
Muy interesante es también el lugar que el psicólogo que resulta investido por los educadores de un conocimiento omnipotente en función de una ilusión depositada en su persona y en su rol, ilusión sustancialmente arcaica, capaz de generar malentendidos de lo más cómicos y de los más graves. Me permito sugerir, con esto, la lectura de mi reciente artículo sobre los educadores y terapeutas.
En fin, una última variación sobre el tema inicial de su libro está escrito en contrapunto con un seminario en el que educadores y educadoras intentan reflexionar sobre la co-educación. Está claro que tratan allí de algo de orden sexual. Se trata de un tema que ellos pueden abordar con mayor facilidad cuando no están en juego comportamientos sexuales más o menos aberrantes o patológicos en los niños. En determinado momento de la discusión, la diferencia generacional niño-adulto está bien establecida. Surge, entonces, el testimonio de una colega que descubre en un adolescente el uso demasiado erotizado de su osito de peluche. Risas, incomodidad, silencio... El objeto transicional por excelencia ha cobrado otro estatuto, ¡el topo Gigio visita Playboy! Un asomo de sexualidad "adulta" hace irrupción en el cielo sereno de la discusión, el clivaje generacional, entonces, bascula y la sexualidad de los adultos es sacudida por esta que ya no es la del niño sino la de un "partenaire potencial". Usted advierte que en la diferencia adulto-niño, lo inter-generacional hace sentido. Es, en consecuencia, estructurante y deja advenir lo simbólico. Cuando ese eje referencial bascula, el sentido bascula con él. Nos desplazamos a un espacio de significación brutal. Estamos así, por un instante, en el punto en que la relación educativa corre el riesgo de vascular, de hacer un "flash". "Contener en el tiempo dos modalidades que se excluyen mutuamente es la tarea que se le pide al educador".
Probablemente sea esta la mayor dificultad pues pone en tensión la capacidad de "observar nuestra observación", según la expresión de Edgard Morin. Esta situación es, probablemente, el punto en que se juegan con mayor fuerza nuestras resistencias, remitiéndonos teóricamente al "fantasma originario de seducción": el niño deviene partenaire ¿seducido o seductor? Tal es la cuestión. Y usted desarrolla este tema extensamente, pasando particularmente por el diagnóstico de perversión en el niño y sus avatares. No evita tampoco el tema, a la vez recurrente y tabú, de la "pedofilia" del educador. Su reflexión remite al célebre texto de Freud "Pegan a un niño". Me hubiese gustado igualmente si hubiera evocado también al texto de Serge Leclaire "Matan a un niño". Que no es otro que el niño maravilloso del narcisismo primario, que es (quizás) el "organizador psíquico" de numerosos educadores y educadoras. De este "niño maravilloso, Serge Leclaire dice: "Es una representación inconsciente primordial donde se anudan más estrechamente que en cualquier otro lugar nuestros deseos, nostalgias y esperanzas. En la trasparente realidad del niño se ofrece casi sin veladuras lo real de todos nuestros deseos. Ella nos fascina sin poder abandonarla ni poseerla".
Y bien amigo, como educador especializado que soy he leído y releído su texto. Probablemente no haya podido hacer el uso que usted hubiese deseado se hiciera del mismo. Pero he tomado lo que pude. Su libro es... un don, y yo construido en él.. mi creación, quizás para librarme de su don! Le agradezco la excelente lectura que usted me posibilitó, lectura que sugiero a los lectores de Lien social. Y espero volver a encontrarlo, porque, como usted dice: "El don no es más que el primer término de un intercambio, y no se puede esquivar el bulto cuando se ha ofrendado".

(1) Gentileza de http://www.lien-social.com
(2) Paul Fustier es profesor de psicología en la universidad Lumière-Lyon 2. Sus investigaciones se refieren a las diferentes modalidades de "prises en charge" y sobre la emergencia de lo irracional en las instituciones, esto lo llevó a intervenir en instituciones de atención psiquiátrica http://www.lien-social.com, de reeducación y de formación.
(3) Jean Cartry es autor de dos libros: "Los padres simbólicos" y "Tony la carencia". Es educador especializado y trabaja en "familia terapéutica". Recibió con su mujer -también educadora especializada- siete niños confiados por los servicios sociales. Jean y Janine Cartry son padres de nueve niños, tres de los cuales son adoptivos.


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