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Presentamos la segunda parte del artículo de Daniel Ripesi "La confianza de estar siendo" donde el autor analiza -de la mano de O. Paz, F. Pessoa y M. M. Ponty, entre otros pensadores-, los movimientos que implican la integración subjetiva desde una perspectiva winnicottiana.

VII. Flujos y reflujos del tiempo

Se nos recomienda: "Hay que tomar al ser como una síntesis que se apoya a la vez sobre el espacio y el tiempo" (1). Como ya lo dijimos, cuando nuestros movimientos recortan una geografía en nuestras proximidades -aunque ésta sólo fuera ínfima-, al asumir los avatares de dicha exploración (2), cuando se conquista un territorio y se reina en él, es decir, cuando construimos una familiaridad para nuestros gestos e intenciones, intentamos -al mismo tiempo- atesorar allí, un énfasis o una atenuación -una detención a veces-, del devenir: y, precisamente, porque mal que mal, esas pretensiones se realizan, y anclamos un tiempo en ciertas zonas (como, por ejemplo, "determinado" instante en esa foto que se ha amarillentado un poco ya), inventamos -en ese mismo movimiento- un otro tiempo que sigue fluyendo en torno de aquel del cual creemos habernos apropiado -en torno de la foto, justamente, en nuestras propias manos ya algo vacilantes-. De modo que en el desfazaje entre ese devenir anónimo y herético -que amarillenta documentos y envejece objetos- y "nuestro" propio tiempo, se atestigua una discordancia en nuestro ser, haremos conjeturas, forjaremos arrepentimientos, elaboraremos justificaciones, construiremos enseñanzas morales, etc. Pero, sobre todo, ganaremos futuro. En fin, construiremos una "historia" (es decir, una narración que nos responsabilice, que nos personalice en dicha diferencia. Esa diferencia será nuestro especialísimo punto de vista, nuestra perspectiva respecto de ese "otro" espacio-tiempo en el que se apoya y envejece todo el resto del mundo). Recordar sería, entonces, atesorar un "ritmo" personal en el curso de un devenir que hasta cierto punto nos resulta ajeno y abstracto. Y para ello, el tiempo necesita de aquellos lugares que lo puedan modular. Por ejemplo, el barrio como extensión en la que se medirá el transcurrir de nuestra vida: en sus veredas (con lo más sustancial de nuestra infancia), en sus confines (con las primeras y tímidas audacias de nuestra adolescencia), un poco más allá de sus límites (para las experiencias de nuestra juventud y madurez...), y, finalmente, en el retorno a sus calles, cuando la vejez intenta, con puntualidad casi biológica, volver a reencontrarse con la infancia. Disyunción entre un tiempo anónimo y el que nosotros conquistamos... Pero, también, el que a veces nos conquista y esclaviza: "El tiempo que pasa -entonces- no arrastra consigo los proyectos imposibles, (y permanecemos) abiertos al mismo futuro imposible -imposible porque ese futuro ya debería ser pasado- (...) Un presente entre todos los presentes adquiere, pues, un valor excepcional: desplaza a los demás y los destituye en su valor de presentes auténticos. Continuamos siendo aquel que un día entró en ese amor de adolescente, o aquel que un día vivió en aquel universo parental." (3)

VIII. En los intervalos del Ser: el ejemplo de Pessoa

Esos ritmos que la memoria atesora y en los que nos reconocemos ¿constituyen realmente una melodía? Es decir, "sinfonía inconclusa" o "realizada", monótona o con estridencias, etc., en fin, a partir de esos diversos ritmos empeñados en dar un argumento melódico a nuestras vidas ¿se realiza efectivamente en esa duración una historia o se trata simplemente de la suma de momentos únicos y puntuales con los que arbitrariamente elaboramos una? ¿Es el yo una síntesis artificialmente integrada a partir de emergencias momentáneas? Fernando Pessoa se preguntaba "¿Quién es yo? ¿Qué es ese intervalo que hay entre mí y mí? (4)" Y en esos intervalos él fue "otros": su historia no fue tanto el orden que se podía establecer a partir de sus reencuentros esporádicos (cuando él volvía a coincidir con él mismo) tanto como esa diversidad de enorme riqueza creativa que se daba en esos lapsos en los que él era otros. Otros, distintos, extraños o familiares a sus simpatías y antipatías. A menudo escribió sobre esa perplejidad irrisoria que llamamos destino, pero sólo para darle cierta coherencia al ser -un imposible en su propia experiencia-. Lo hizo, pero sin elogios a la insensatez. Pessoa no era extravagante. En su pluma, y por propia voluntad, escribían otros: ese destino sólo podía escribirse en la fragmentación de su yo, no en su aparente continuidad. Admitía que en prosa era mucho mas difícil otrorizarse que en la poesía. De allí los famosos Heterónimos... (Estos, a diferencia de los seudónimos, que encubren al autor -con la conservación de su nombre e historia-, favorecen otro autor, con distinto nombre e historia. "Si me dicen que es absurdo hablar así de quien nunca ha existido -decía Pessoa de uno de sus heterónimos, a quien atribuía ciertos artículos que sólo la apariencia indicaba había escrito él mismo-, respondo que tampoco tengo pruebas de que Lisboa haya existido alguna vez, o yo que escribo, o cualquier cosa donde quiera que sea".(5)
Y sus heterónimos vivieron -o no existieron- con igual derecho -y desmedro- que él mismo... Uno de sus heterónimos fue reconocido por Pessoa como su maestro, influyendo en su propia escritura, otro tuvo discípulos. ¿Locura?, no lo creo, hace poco, un erudito crítico literario trataba de determinar en su extensa obra, donde rastrear al verdadero Pessoa, aquel que expresaba su estilo más genuino. Qué lastimoso equívoco de cordura... Pessoa siempre fue otro, aún cuando se tratara de él mismo.

IX. ¿Continuidad o rupturas de la continuidad existencial?

¿"Historia de" o, en todo caso, "momentos en" una vida? ¿Permanencia del ser en eso que llamamos "yo" o sólo la experiencia de su discontinuidad? Aún cuando apostemos a su discontinuidad habrá que admitir que esos sobresaltos del Ser, encarnados en diversos desconocidos, en diversos rostros que solemos forjar en nosotros mismos -a veces para su dominio-, no dejan de intentar consolidar una identidad posible, única y reconocible. La experiencia más inmediata de nosotros mismos... ¿es el de rupturas o el de una duración continua? ¿Hay, como lo pretendía Roupnel, una especie de ilusoria continuidad del coraje (patético y conmovedor) en la real y verdadera discontinuidad de nuestras tentativas -por sostener a dicho coraje- (tentativas, probablemente, no menos conmovedoras y patéticas)? ¿Por qué tendría que valer menos la constancia de nuestros ideales que los actos esporádicos -discontinuos- que pretenden realizarlo?
Como sea, el punto de partida que encontramos en Bachelard (dejemos a O. Paz para más adelante), es categórico, e iría en esta línea: "...no se debe hablar ni de la unidad ni de la identidad del yo fuera de la síntesis realizada por el instante (...) la unidad del ser parece siempre afectada por la contingencia. En el fondo, el individuo no es ya más que una suma de accidentes; pero, además, esta suma es en sí misma accidental" (6) Más tarde, como lo dijimos, Bachelard comenta que es un hábito de nosotros mismos lo que nos convence de ser quienes somos. Nos damos, en definitiva, una unidad en torno de un nombre propio y una historia que otros nos conceden, que no nos pertenece. Ahora bien, como hijos del instante, producidos por la contingencia, como ruptura de una continuidad existencial, nuestro ser parece inatrapable en un discurso que lo exprese de algún modo, que lo sitúe en un relato, que lo vista con alguna representación -para registro de nosotros mismos y de los demás- ¿Se trata entonces de reivindicar, como su forma más real y verdadera, a esta forma astillada del ser (desechando, en consecuencia, al protagonista imaginario que encuentra su integración, por mínima que fuera, en el relato de su historia)? El lenguaje nos enreda en cierta paradoja al decir que el Ser podría asumirse en la experiencia de una "forma" astillada, es decir, fragmentada, desencajada de toda forma posible. Pero el estallido de una forma, puede seguir siendo, después de todo, una forma, claro está, para quien no se ata a las formas cerradas, demasiado estabilizadas y esperables. No es que zozobren las palabras para dar cuenta de este Ser de tan breve existencia, en lapsos tan efímeros y discontinuos en los que realmente somos. Sucede, sin embargo, que hay que variar un poquito la gramática que las regula... No es que en lo efímero del instante la vida no pueda escribir una historia posible, y refutarla en el instante posterior, y variarla radicalmente en otro instante más tardío... Sucede que, quizás, incluso en una dilatada existencia, no lleguemos a vivir más que unos pocos instantes. Habrá que aprovechar, entonces, esos momento, el resto es una ficción necesaria, la construcción de ciertos nexos entre ellos. Cada acontecimiento aislado, en los que somos del modo más real y verdadero, posee una historia breve y una lógica inatacable en sí mismo. En el instante siguiente, si es que le damos una oportunidad de ocurrencia, no nos contradecimos, simplemente, nos reinventamos. Sin embargo, ese nuevo acontecimiento de nosotros mismos, por más desconocido que nos parezca, empieza a tejer -para que el propio sujeto no enloquezca del todo-, puentes con "el que era". Pero, aún cuando pueda alegrarse o entristecerse con el resultado-, su balance será absolutamente inútil e ineficaz: ni los antecedentes lo habían preparado demasiado para el cambio establecido -éste era impensado- ni las consecuencias le aportarán demasiados indicios para sopesar lo perdido -nada es "consecuencia", todo es novedad-. Como decía O. Paz -según lo referido en el comienzo de este ensayo- hubo desgarradura del Ser, de instante a instante, no hay puente alguno, sólo la sensación obstinada, de un exilio. El intervalo entre "mí y mí", del que hablaba Pessoa sería la oportunidad de ser distinto, de ya no volver a encontrarme conmigo mismo, por lo menos ya no en el mismo lugar que antes.

X. El cambio de lenguas.

Por un lado, entonces, posiciones como la Bachelard, aislan al sujeto en el ardiente fogonazo del instante. Allí, el Ser realiza lo más propio. Sin embargo, cada instante parece dejar al sujeto casi aislado: la experiencia vivida es incomunicable, salvo en esa metafísica espontánea reservada a los poetas... El sujeto derrotaría al destino pero perdería a su pasado, se hace gloriosamente ingenuo, pero su intimidad queda algo desamparada. De todos modos, el propio Bachelard rubricaría este matiz tomado del pensamiento de M. Ponty: "(En cada sujeto) -La- Temporalidad supera la dispersión del instante (...) (Aunque el riesgo sea el siguiente) ...pueden imponer una especie de hábito, o una presunción fija para cada acontecimiento" (7). Ni novedad perpetua ni repetición perpetua, creación de formas estables y sus periódicas rupturas. Bachelard también sabe que todo sujeto vive una especie de vivir abstracto del que, cada tanto, el deseo puede apartar. Y es que, "cada cosa puede y debe sufrir, para llegar a ser, una metamorfósis"; siguiendo a Butler (8) afirma que la Naturaleza tiene horror tanto de toda desviación demasiado acentuada de lo rutinario como la ausencia de toda desviación. Pero la tensión entre lo novedoso y lo habitual, o entre lo nuevo y lo viejo, en Bachelard o Ponty, quizás no guarden una relación tan optimista como la que supone O. Paz, quien nos dice que: "entre tradición y modernidad hay un puente. Aisladas, las tradiciones se petrifican y las modernidades se volatilizan; en conjunción, una anima la otra y la otra le responde dándole peso y gravedad" (9) . El ser es radicalmente en su ruptura, en ese aislamiento que le da plena conciencia al sujeto de su soledad... Son instantes netamente separados, reveladores de la intimidad. El instante... ¿Cómo hablarnos y como referirnos a otros desde el instante? La respuesta no se hace esperar: Con la metafísica espontánea de la poesía: "Ella -la poesía- es entonces el principio de una simultaneidad esencial en donde el ser más disperso, el más desunido conquista unidad. (...) El instante poético es necesariamente complejo: conmueve, demuestra -invita, consuela-, es sorprendente y familiar" -(10) (11). Salir de nuestra inercia, atraparnos en el valor permanente del instante, es salir de la palabra instituida y encontrar la que nombra y nos nombra por primera vez. Bachelard busca la objetividad fugitiva que anida en toda palabra poética, confía en su virtud de origen, la que -en su novedad- abre un futuro en el lenguaje a menudo condenado a ser mero instrumento expresivo de ideas y pensamientos remanidos y obvios. Igual que Ponty, quien pide a la palabra la apertura a un sentido nuevo, como si fuera un "gesto de iniciación", dar con una "potencia abierta e indefinida de significar", sacudiéndonos por una vez, la palabra consabida, la que se espera y rubrica nuestras certidumbres.

XI. Tópica subjetiva del sufrimiento

De algún modo, cada vez que nos confrontamos con el sufrimiento de un paciente, nos vemos obligados a ponderar algunas de las cuestiones que estamos desarrollando en este ensayo. Que no demos de entrada con su aprehensión metapsicológica no debería intimidarnos. Tras la bruja metapsicología hay siempre una tópica subjetiva, un ser que se expresa, que se ha hecho presente para dirigirnos la palabra. Los problemas planteados en el presente artículo podrían sumariarse del siguiente modo:

  • Dos formas de integración en el ser humano: de lo diverso e informe, a la unidad y la forma. Y de lo unido a lo separado. (Lo que nos llevará a preguntarnos ¿qué relación puede establecerse entre el concepto, tradicional en psicoanálisis, de "identificación" y el de "integración" -tal como lo usa Winnicott en su obra-?)
  • Formas reales de experiencia y construcción del sentido. Nombres y pérdidas. (Sobre la simbolización de lo real, su sentido de realidad, y los duelos comprometidos en esa experiencia)
  • Repetición y variación en la red de significaciones de un individuo. (Condena del -al- sentido y nuevas posibilidades significantes para habitar al mundo. De cuando la palabra pierde sus certezas, puntos de locura subjetiva, la "palabra plena" y su virtud de origen.)
  • Tiempo y espacio: la historia y sus objetos, los lugares y su economía. El cuerpo.
  • Yo, narcisismo y self.


Lic. Daniel Ripesi
danielripesi@hotmail.com

(1) "La intuición del instante", G. Bachelard, Editorial Siglo veinte, Buenos Aires.
(2) Uno de los cuales, y no el menor, es que en la experiencia de ganar un cierto espacio en torno nuestro, se recorta en el propio ser un territorio, se destacan en nuestro cuerpo ciertas zonas, se desechan otras.
(3) "Fenomenología de la percepción", M. Ponty, Editorial Planeta-Agostini, (entre rayitas mío).
(4) "El libro del desasiego", Fernando Pessoa, Editorial Seix Barral, España, 1999
(5) Ob.Citada

(6) Ob.Citada. Aún cuando estas palabras de Bachelard pretenden interpretar el pensamiento de Roupnel -en su confrontación con Bergson que pregonaba la conciencia inmediata de la propia duración -, sabemos que ilustran su propio pensamiento al respecto.
(7) M. Ponty, Obra citada.
(8) Ver "La intuición del instante", pag. 88.
(9) Ob. Citada
(10) "La intuición del instante", Gastón Bachelard.
(12) También O. Paz afirmaba que la poesía esta enamorada del instante...

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