| VII.
Flujos y reflujos del tiempo
Se
nos recomienda: "Hay que tomar al ser como una síntesis
que se apoya a la vez sobre el espacio y el tiempo"
(1). Como ya lo dijimos, cuando nuestros movimientos
recortan una geografía en nuestras proximidades -aunque
ésta sólo fuera ínfima-, al asumir los
avatares de dicha exploración (2),
cuando se conquista un territorio y se reina en él,
es decir, cuando construimos una familiaridad para nuestros
gestos e intenciones, intentamos -al mismo tiempo- atesorar
allí, un énfasis o una atenuación -una
detención a veces-, del devenir: y, precisamente, porque
mal que mal, esas pretensiones se realizan, y anclamos un
tiempo en ciertas zonas (como, por ejemplo, "determinado"
instante en esa foto que se ha amarillentado un poco ya),
inventamos -en ese mismo movimiento- un otro tiempo que sigue
fluyendo en torno de aquel del cual creemos habernos apropiado
-en torno de la foto, justamente, en nuestras propias manos
ya algo vacilantes-. De modo que en el desfazaje entre ese
devenir anónimo y herético -que amarillenta
documentos y envejece objetos- y "nuestro" propio
tiempo, se atestigua una discordancia en nuestro ser, haremos
conjeturas, forjaremos arrepentimientos, elaboraremos justificaciones,
construiremos enseñanzas morales, etc. Pero, sobre
todo, ganaremos futuro. En fin, construiremos una "historia"
(es decir, una narración que nos responsabilice, que
nos personalice en dicha diferencia. Esa diferencia será
nuestro especialísimo punto de vista, nuestra perspectiva
respecto de ese "otro" espacio-tiempo en el que
se apoya y envejece todo el resto del mundo). Recordar sería,
entonces, atesorar un "ritmo" personal en el curso
de un devenir que hasta cierto punto nos resulta ajeno y abstracto.
Y para ello, el tiempo necesita de aquellos lugares que lo
puedan modular. Por ejemplo, el barrio como extensión
en la que se medirá el transcurrir de nuestra vida:
en sus veredas (con lo más sustancial de nuestra infancia),
en sus confines (con las primeras y tímidas audacias
de nuestra adolescencia), un poco más allá de
sus límites (para las experiencias de nuestra juventud
y madurez...), y, finalmente, en el retorno a sus calles,
cuando la vejez intenta, con puntualidad casi biológica,
volver a reencontrarse con la infancia. Disyunción
entre un tiempo anónimo y el que nosotros conquistamos...
Pero, también, el que a veces nos conquista y esclaviza:
"El tiempo que pasa -entonces- no arrastra consigo
los proyectos imposibles, (y permanecemos) abiertos al mismo
futuro imposible -imposible porque ese futuro ya debería
ser pasado- (...) Un presente entre todos los presentes adquiere,
pues, un valor excepcional: desplaza a los demás y
los destituye en su valor de presentes auténticos.
Continuamos siendo aquel que un día entró en
ese amor de adolescente, o aquel que un día vivió
en aquel universo parental."
(3)
VIII.
En los intervalos del Ser: el ejemplo de Pessoa
Esos
ritmos que la memoria atesora y en los que nos reconocemos
¿constituyen realmente una melodía? Es decir,
"sinfonía inconclusa" o "realizada",
monótona o con estridencias, etc., en fin, a partir
de esos diversos ritmos empeñados en dar un argumento
melódico a nuestras vidas ¿se realiza efectivamente
en esa duración una historia o se trata simplemente
de la suma de momentos únicos y puntuales con los que
arbitrariamente elaboramos una? ¿Es el yo una síntesis
artificialmente integrada a partir de emergencias momentáneas?
Fernando Pessoa se preguntaba "¿Quién
es yo? ¿Qué es ese intervalo que hay entre mí
y mí? (4)"
Y en esos intervalos él fue "otros":
su historia no fue tanto el orden que se podía
establecer a partir de sus reencuentros esporádicos
(cuando él volvía a coincidir con él
mismo) tanto como esa diversidad de enorme riqueza creativa
que se daba en esos lapsos en los que él era otros.
Otros, distintos, extraños o familiares a sus simpatías
y antipatías. A menudo escribió sobre esa perplejidad
irrisoria que llamamos destino, pero sólo para darle
cierta coherencia al ser -un imposible en su propia experiencia-.
Lo hizo, pero sin elogios a la insensatez. Pessoa no era extravagante.
En su pluma, y por propia voluntad, escribían otros:
ese destino sólo podía escribirse en la fragmentación
de su yo, no en su aparente continuidad. Admitía que
en prosa era mucho mas difícil otrorizarse que en la
poesía. De allí los famosos Heterónimos...
(Estos, a diferencia de los seudónimos, que encubren
al autor -con la conservación de su nombre e historia-,
favorecen otro autor, con distinto nombre e historia. "Si
me dicen que es absurdo hablar así de quien nunca ha
existido -decía Pessoa de uno de sus heterónimos,
a quien atribuía ciertos artículos que sólo
la apariencia indicaba había escrito él mismo-,
respondo que tampoco tengo pruebas de que Lisboa haya existido
alguna vez, o yo que escribo, o cualquier cosa donde quiera
que sea".(5)
Y sus heterónimos vivieron -o no existieron- con igual
derecho -y desmedro- que él mismo... Uno de sus heterónimos
fue reconocido por Pessoa como su maestro, influyendo en su
propia escritura, otro tuvo discípulos. ¿Locura?,
no lo creo, hace poco, un erudito crítico literario
trataba de determinar en su extensa obra, donde rastrear al
verdadero Pessoa, aquel que expresaba su estilo más
genuino. Qué lastimoso equívoco de cordura...
Pessoa siempre fue otro, aún cuando se tratara de él
mismo.
IX.
¿Continuidad o rupturas de la continuidad existencial?
¿"Historia
de" o, en todo caso, "momentos en" una vida?
¿Permanencia del ser en eso que llamamos "yo"
o sólo la experiencia de su discontinuidad? Aún
cuando apostemos a su discontinuidad habrá que admitir
que esos sobresaltos del Ser, encarnados en diversos desconocidos,
en diversos rostros que solemos forjar en nosotros mismos
-a veces para su dominio-, no dejan de intentar consolidar
una identidad posible, única y reconocible. La experiencia
más inmediata de nosotros mismos... ¿es el de
rupturas o el de una duración continua? ¿Hay,
como lo pretendía Roupnel, una especie de ilusoria
continuidad del coraje (patético y conmovedor) en la
real y verdadera discontinuidad de nuestras tentativas
-por sostener a dicho coraje- (tentativas, probablemente,
no menos conmovedoras y patéticas)? ¿Por qué
tendría que valer menos la constancia de nuestros ideales
que los actos esporádicos -discontinuos- que pretenden
realizarlo?
Como sea, el punto de partida que encontramos en Bachelard
(dejemos a O. Paz para más adelante), es categórico,
e iría en esta línea: "...no se debe
hablar ni de la unidad ni de la identidad del yo fuera de
la síntesis realizada por el instante (...) la unidad
del ser parece siempre afectada por la contingencia. En el
fondo, el individuo no es ya más que una suma de accidentes;
pero, además, esta suma es en sí misma accidental"
(6) Más tarde, como lo dijimos, Bachelard comenta
que es un hábito de nosotros mismos lo que nos convence
de ser quienes somos. Nos damos, en definitiva, una unidad
en torno de un nombre propio y una historia que otros nos
conceden, que no nos pertenece. Ahora bien, como hijos del
instante, producidos por la contingencia, como ruptura de
una continuidad existencial, nuestro ser parece inatrapable
en un discurso que lo exprese de algún modo, que lo
sitúe en un relato, que lo vista con alguna representación
-para registro de nosotros mismos y de los demás- ¿Se
trata entonces de reivindicar, como su forma más real
y verdadera, a esta forma astillada del ser (desechando, en
consecuencia, al protagonista imaginario que encuentra su
integración, por mínima que fuera, en el relato
de su historia)? El lenguaje nos enreda en cierta paradoja
al decir que el Ser podría asumirse en la experiencia
de una "forma" astillada, es decir, fragmentada,
desencajada de toda forma posible. Pero el estallido de una
forma, puede seguir siendo, después de todo, una forma,
claro está, para quien no se ata a las formas cerradas,
demasiado estabilizadas y esperables. No es que zozobren las
palabras para dar cuenta de este Ser de tan breve existencia,
en lapsos tan efímeros y discontinuos en los que realmente
somos. Sucede, sin embargo, que hay que variar un poquito
la gramática que las regula... No es que en lo efímero
del instante la vida no pueda escribir una historia posible,
y refutarla en el instante posterior, y variarla radicalmente
en otro instante más tardío... Sucede que, quizás,
incluso en una dilatada existencia, no lleguemos a vivir más
que unos pocos instantes. Habrá que aprovechar, entonces,
esos momento, el resto es una ficción necesaria, la
construcción de ciertos nexos entre ellos. Cada acontecimiento
aislado, en los que somos del modo más real y verdadero,
posee una historia breve y una lógica inatacable en
sí mismo. En el instante siguiente, si es que le damos
una oportunidad de ocurrencia, no nos contradecimos, simplemente,
nos reinventamos. Sin embargo, ese nuevo acontecimiento de
nosotros mismos, por más desconocido que nos parezca,
empieza a tejer -para que el propio sujeto no enloquezca del
todo-, puentes con "el que era". Pero, aún
cuando pueda alegrarse o entristecerse con el resultado-,
su balance será absolutamente inútil e ineficaz:
ni los antecedentes lo habían preparado demasiado para
el cambio establecido -éste era impensado- ni las consecuencias
le aportarán demasiados indicios para sopesar lo perdido
-nada es "consecuencia", todo es novedad-.
Como decía O. Paz -según lo referido en el comienzo
de este ensayo- hubo desgarradura del Ser, de instante a instante,
no hay puente alguno, sólo la sensación obstinada,
de un exilio. El intervalo entre "mí y mí",
del que hablaba Pessoa sería la oportunidad de ser
distinto, de ya no volver a encontrarme conmigo mismo, por
lo menos ya no en el mismo lugar que antes.
X.
El cambio de lenguas.
Por
un lado, entonces, posiciones como la Bachelard, aislan al
sujeto en el ardiente fogonazo del instante. Allí,
el Ser realiza lo más propio. Sin embargo, cada instante
parece dejar al sujeto casi aislado: la experiencia vivida
es incomunicable, salvo en esa metafísica espontánea
reservada a los poetas... El sujeto derrotaría al destino
pero perdería a su pasado, se hace gloriosamente ingenuo,
pero su intimidad queda algo desamparada. De todos modos,
el propio Bachelard rubricaría este matiz tomado del
pensamiento de M. Ponty: "(En cada sujeto) -La- Temporalidad
supera la dispersión del instante (...) (Aunque el
riesgo sea el siguiente) ...pueden imponer una especie de
hábito, o una presunción fija para cada acontecimiento"
(7). Ni novedad perpetua ni repetición perpetua,
creación de formas estables y sus periódicas
rupturas. Bachelard también sabe que todo sujeto vive
una especie de vivir abstracto del que, cada tanto, el deseo
puede apartar. Y es que, "cada cosa puede y debe sufrir,
para llegar a ser, una metamorfósis"; siguiendo
a Butler (8)
afirma que la Naturaleza tiene horror tanto de toda desviación
demasiado acentuada de lo rutinario como la ausencia de toda
desviación. Pero la tensión entre lo novedoso
y lo habitual, o entre lo nuevo y lo viejo, en Bachelard o
Ponty, quizás no guarden una relación tan optimista
como la que supone O. Paz, quien nos dice que: "entre
tradición y modernidad hay un puente. Aisladas, las
tradiciones se petrifican y las modernidades se volatilizan;
en conjunción, una anima la otra y la otra le responde
dándole peso y gravedad" (9)
. El ser es radicalmente en su ruptura, en ese aislamiento
que le da plena conciencia al sujeto de su soledad... Son
instantes netamente separados, reveladores de la intimidad.
El instante... ¿Cómo hablarnos y como referirnos
a otros desde el instante? La respuesta no se hace esperar:
Con la metafísica espontánea de la poesía:
"Ella -la poesía- es entonces el principio
de una simultaneidad esencial en donde el ser más disperso,
el más desunido conquista unidad. (...) El instante
poético es necesariamente complejo: conmueve, demuestra
-invita, consuela-, es sorprendente y familiar" -(10)
(11). Salir de nuestra inercia, atraparnos en el valor
permanente del instante, es salir de la palabra instituida
y encontrar la que nombra y nos nombra por primera vez. Bachelard
busca la objetividad fugitiva que anida en toda palabra poética,
confía en su virtud de origen, la que -en su novedad-
abre un futuro en el lenguaje a menudo condenado a ser mero
instrumento expresivo de ideas y pensamientos remanidos y
obvios. Igual que Ponty, quien pide a la palabra la apertura
a un sentido nuevo, como si fuera un "gesto de iniciación",
dar con una "potencia abierta e indefinida de significar",
sacudiéndonos por una vez, la palabra consabida, la
que se espera y rubrica nuestras certidumbres.
XI.
Tópica subjetiva del sufrimiento
De
algún modo, cada vez que nos confrontamos con el sufrimiento
de un paciente, nos vemos obligados a ponderar algunas de
las cuestiones que estamos desarrollando en este ensayo. Que
no demos de entrada con su aprehensión metapsicológica
no debería intimidarnos. Tras la bruja metapsicología
hay siempre una tópica subjetiva, un ser que se expresa,
que se ha hecho presente para dirigirnos la palabra. Los problemas
planteados en el presente artículo podrían sumariarse
del siguiente modo:
- Dos
formas de integración en el ser humano: de lo diverso
e informe, a la unidad y la forma. Y de lo unido a lo separado.
(Lo que nos llevará a preguntarnos ¿qué
relación puede establecerse entre el concepto, tradicional
en psicoanálisis, de "identificación"
y el de "integración" -tal como lo usa
Winnicott en su obra-?)
- Formas
reales de experiencia y construcción del sentido.
Nombres y pérdidas. (Sobre la simbolización
de lo real, su sentido de realidad, y los duelos comprometidos
en esa experiencia)
- Repetición
y variación en la red de significaciones de un individuo.
(Condena del -al- sentido y nuevas posibilidades significantes
para habitar al mundo. De cuando la palabra pierde sus certezas,
puntos de locura subjetiva, la "palabra plena"
y su virtud de origen.)
- Tiempo
y espacio: la historia y sus objetos, los lugares y su economía.
El cuerpo.
- Yo,
narcisismo y self.
Lic. Daniel Ripesi
danielripesi@hotmail.com
(1) "La
intuición del instante", G. Bachelard, Editorial
Siglo veinte, Buenos Aires.
(2) Uno de los cuales, y no el menor, es que en la experiencia
de ganar un cierto espacio en torno nuestro, se recorta en
el propio ser un territorio, se destacan en nuestro cuerpo
ciertas zonas, se desechan otras.
(3) "Fenomenología de la percepción",
M. Ponty, Editorial Planeta-Agostini, (entre rayitas mío).
(4) "El libro del desasiego", Fernando Pessoa, Editorial
Seix Barral, España, 1999
(5) Ob.Citada
(6) Ob.Citada.
Aún cuando estas palabras de Bachelard pretenden interpretar
el pensamiento de Roupnel -en su confrontación con
Bergson que pregonaba la conciencia inmediata de la propia
duración -, sabemos que ilustran su propio pensamiento
al respecto.
(7)
M. Ponty, Obra citada.
(8) Ver "La intuición del instante", pag.
88.
(9) Ob. Citada
(10) "La intuición del instante", Gastón
Bachelard.
(12) También O. Paz afirmaba que la poesía esta
enamorada del instante...
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