A
mis padres,
que han dejado de estar tan en silencio.
Partamos
de dos ideas aparentemente distantes entre sí,
una elaborada por Gastón Bachelard en La poética
de la ensoñación
(1), la otra de Octavio Paz, desarrollada en
su libro Convergencias (2).
Del primero leemos: "Fuimos varios durante
ese primer ensayo, en nuestra vida primitiva (se
refiere a las experiencias vividas durante la primer
infancia). Solo hemos conocido nuestra unidad por
los cuentos de los demás. Siguiendo el hilo
de nuestra historia contada por ellos, terminamos,
año tras año, por parecernos. Reunimos
nuestro ser en torno a la unidad de nuestro
nombre". Octavio Paz parte, para dar fundamento
a su reflexión, de un poquito más atrás
en la existencia de todo ser humano. Busca el momento
anterior al "estado de infancia" -al que
Bachelard se refiere-. Parte de la sensación
de desamparo inmediatamente posterior al parto (3)
y la experiencia del infans de haber sido arrancado
de una realidad más vasta -es decir, de cierta
comunión con el Todo-. Presume, entonces, un
momento inaugural, un momento de desgarradura del
ser que se prolongará, luego, como un rasgo
esencial durante toda la vida: "Al nacer -nos
dice- perdemos el nombre de nuestra verdadera patria.
Los nombres que decimos con ansia de posesión
y participación -mi patria, mi
familia- recubren un hueco sin nombre y que se confunde
con nuestro nacimiento. (...) El nombre de origen
-oculto, desconocido o inexistente- se transforma
en nombre individual: yo soy Pedro, Teresa, Juan,
Elvira. Nuestros nombres son la metáfora del
nombre perdido al nacer".
El primero llama la atención sobre un movimiento
del vivir que va desde lo múltiple y diverso,
a lo homogéneo y totalizador. Seguramente,
la existencia se siente mucho más real e intensa
en esa diversidad inicial que en esa agrupación
final que otros designan con nuestro nombre propio.
Sin embargo, con el tiempo, el fin de la infancia
se impondría como un olvido de aquella riqueza
primera. Entonces, nuestros primeros gestos de exploración
-ávidos, curiosos y llenos de temor- se hacen,
con el paso del tiempo, meros hábitos que buscan
-y sólo parten de- lo prudente. En la madurez,
en cada acto o pensamiento, se impone un "estudio
previo" de cada situación, finalmente
-todo acto o pensamiento- culminaría en el
ejercicio de una rutina segura.
II.
La certeza de uno mismo: la historia que otros cuentan
Siempre
son otros, entonces, los que nos nombran y -los que
trasmiten en esa apelación- el peso de una
historia, la de uno. Cierta docilidad inaudita
nos inclinaría a no defraudarlos. Finalmente,
como Bachelard lo comenta, terminamos por parecernos...
O, como diría Camus: "Vivir, naturalmente,
nunca es fácil. Uno sigue haciendo los gestos
que ordena la existencia por muchas razones, la primera
de las cuales es la costumbre..." (4)
Sin embargo, habría atajos, puntos de
rebeldía en el decurso de ese destino prefigurado
por otros. Del mismo modo que Borges advertía
que el destino, siendo sin duda algo inevitable e
inexorable, podía -a pesar de todo- no acontecer,
pues, según su expresión, Dios acecha
en los intervalos, así también Bachelard
nos dice que: "Hay ensoñaciones tan
profundas, ensoñaciones que nos ayudan a descender
tan profundamente en nosotros que nos desembarazan
de nuestra historia, nos liberan de nuestro nombre".
Ensoñaciones dirigidas por Dios, entonces,
donde se verifica que el sentimiento más real
de nosotros mismos se logra en estado de intemporalidad:
tener un nombre condena a una historia, y una cosa
no se concibe sin la otra: de modo que perder el nombre
es, en el mismo instante, perder esa historia. Ser
varios, ser distintos, como lo fuimos en la infancia,
es ser una amenaza de asombros y desconciertos para
nosotros mismos -que no podemos ser "nosotros
mismos" para ese asombro, sin perder el asombro
y la inocencia y la diversidad-. Parece un fatalismo
ser diversos, ricos en experiencias pero no poder
decirlo (en fin, sin admitir ser ese "uno"que
habla según lo que otros escuchan.) No parece
haber demasiadas escapatorias a ser el que creemos
ser desde la certeza empobrecida de una historia demasiado
ajena. Sin duda no hay que buscar aquí (ser
uno y poseer una historia o ser varios -y sentirse
real- y ya no poseerla), un antagonismo. Una historia,
es aquello que nos retiene tanto en lo irremediable
de lo sucedido, como en lo que podría haber
sucedido (y definitivamente no fue ni será);
en fin, la historia es ese tejido de recuerdos inolvidables:
suma de arrepentimientos o de asentimientos oportunos,
caudal de lo efímero, etc. Y todo esto, en
una rememoración que asegure la permanencia
sólida e ilusoria de quien recuerda -nosotros
mismos-. Pero, hay que decirlo, una historia también
reserva, en su ordenamiento temporal, la posibilidad
-¿quizás mañana?- de algo distinto
de "lo que soy", o sea, la oportunidad de
devenir, incluso para nosotros mismos, un desconocido
algo familiar. Y, ese futuro, si no se lo afecta de
demasiada prevención, se puede presentar incierto.
Un futuro sostenido en sueños y en deseos que
apremian, una y otra vez, esa unidad que nos devuelven
los ojos y las expresiones de los demás.
III.
Ser otros, la locura de variar el pasado.
Sí,
quizás "mañana" podemos ser
otros, y no la confirmación reiterada de lo
que somos. Podemos, no tanto desembarazarnos de nuestra
historia, como cambiarla un poco, y, entonces volver
a sentirnos reales. En una vida podemos ser varios
de la mano de nosotros mismos: Dios acecha en los
intervalos, pero, "tampoco juega a los dados
"(5).
Y sumemos esta paradoja, si algún cambio se
produce en nuestras vidas, si admitimos perder un
cierto presente predestinado, también perderemos,
en el mismo acto, nuestro pasado tantas veces evocado
y tan familiar para nosotros mismos. Lo perdemos porque
ya no nos sirve, porque ya no justifica a este destino
impensado y que "nos" ha ocurrido. Nuestro
"antiguo" pasado no nos preparaba para el
que ahora "decidimos" ser. La posibilidad
de "ser otros": vuelvo a citar a Camus (6):
"Suele suceder que las decoraciones se derrumben.
Levantarse, tomar el tranvía, cuatro horas
de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía,
cuatro horas de trabajo, la comida, el sueño
y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes
y sábado con el mismo ritmo es una ruta que
se sigue fácilmente la mayor parte del tiempo.
Sólo que un día se alza el "por
qué?", y todo comienza con esa lasitud
teñida de asombro. "Comienza": esto
es lo importante". Ya volveremos sobre este
tipo de rupturas con las certidumbres que sostienen
la experiencia de verificarnos "nosotros mismos".
Octavio Paz no presenta la tensión existencial
entre lo diverso y lo mismo, entre lo múltiple
y la unidad, sino entre lo unido y lo separado...
Si el nombre propio, en Bachelard, viene a fomentar
un engaño de integración en torno de
cierta impostura que llamamos "hombre adulto",
en Octavio Paz, el nombre propio asume la dignidad
de ser metáfora: la de una patria perdida.
En la infancia se vive, entonces, un exilio y la experiencia
de una melancolía sin objeto (efectivamente,
no se conoce la patria que se ha perdido). El nombre
propio recubre, sin poder abarcar del todo, una distancia.
A
la experiencia innombrable de un desmembramiento se
sigue un nombre que trabaja algún tipo de sutura
posible. Desde la perspectiva de Bachelard, es el
adulto quien se encuentra en exilio desde la niñez.
Con él, la patria perdida también es
innombrable, la evocación del adulto le da
un aire de unidad narrativa que la desmerece. Sin
embargo, ese pasado reconstruido que llamamos niñez
sostiene una ilusión necesaria: la del adulto
que creemos ser. Cada vez que vacila el relato íntimo
que hacemos de nuestra infancia, cuando damos con
esos puntos penumbrosos en que los datos faltan (y
los datos cruciales siempre se nos escapan), vacila
nuestra posición y nuestra confianza en poder
sostener con cierta coherencia nuestras responsabilidades
adultas. Así, el adulto no está enemistado
o distanciado del niño que fue, lo necesita
desesperadamente para nutrirse y para sentirse confiado.
Del mismo modo, el niño que fuimos necesita
de esa recuperación que se hace en el relato
evocativo del adulto que ahora somos, y ese recuerdo
será tal como fuimos de niños, indisciplinados
o dóciles, inquietos o serenos, atentos o distraídos.
Ese pasado historizado desordenará o consolidará
nuestras certezas presentes, abrirán -cada
tanto- un campo de exploración en nuestras
vidas o, según el niño que hemos sido,
balizarán los recorridos más seguros.
No se sabe bien cuándo se deja la infancia,
pero se lo verifica con frecuencia -tomando en cuenta
los desarrollos de Bachelard- en ese sentimiento agazapado
que a menudo se evidencia en la forma de un deseado
"retorno".
IV.
¿Variar el destino recuperando la infancia?
Con
Octavio Paz, los recuerdos de infancia, ya no se imponen
en un vago sentimiento de desear "volver",
sino en el de una perpetua, y nunca consumada, partida...
De la infancia heredamos, en todo caso, un movimiento
casi circular: la sensación de un destierro
inevitable, el anhelo de un regreso imposible. Por
otra parte, el deseado retorno, la recuperación
de cierto estado de infancia, siempre es detenido
"a tiempo": necesitamos enmascararnos en
nuestros rituales de adultos, porque fuera de ellos:
"Nos encontramos por entero en la superficie
de nosotros mismos. (aunque, por cierto, en ese
estado): ... damos a cada ser, a cada objeto, su
valor de milagro"
(7). Porque, los objetos que nos rodean, también
ellos, son el nombre que los convoca y algo ligeramente
distinto. Les imputamos una historia para sostenerlos
con vida ("recuerdo de..."), y esa historia
le otorga sentido a la nuestra: los objetos nos nombran,
es decir, nos reflejan, tanto en debilidades como
en secretos heroísmos. Y les damos diversos
lugares en nuestra morada, de modo que los lugares
se hacen "espacios íntimos" y sitúan
nuestros sentimientos. Algunos tienen su espacio de
privilegio y otros un valor secundario: la historia
ofrece un sentido y necesita un espacio. Y el espacio
conferido confiesa la historia probable de esos objetos,
su jerarquía, su valor de testimonio. Toda
historia necesita la carne de algunos objetos, en
el extremo, nosotros mismos, nuestro cuerpo, para
la inscripción de nuestra historia, para la
inscripción incluso de nuestros espacios: en
la penumbra de una habitación, despertándonos
de golpe en la madrugada, interrogamos -aún
con los ojos cerrados- a la semiflexión de
nuestras piernas, al torso que se apoya en la cama,
a la cabeza inclinada en la almohada, interrogamos,
decía, si esas texturas, esos olores, esas
densidades, etc. son las familiares, o, si por el
contrario, estamos de visita en algún lugar
extraño. Pero los objetos no agotan una historia
(así como un rostro que presenta ya algunas
arrugas no garantiza experiencia o madurez en quien
la porta). Tampoco una historia necesita de demasiados
objetos para justificarse (a veces, demasiados objetos
conspiran contra ese objetivo, nada se podrá
conjeturar ya en ese caso, se podrá hacer una
crónica -sin duda-, pero eso no es historia
ni despertará el menor interés). Una
historia necesita puntos de apoyo para el recuerdo,
no puntos de confirmación para la memoria.
Tiempo y espacio se necesitan, hay un punto-momento
en el que el tiempo se hace espacio y viceversa.
V.
Tiempo y espacio: La historia necesita sus lugares
Tiempo
y espacio... Borges recordaba aquel emperador chino
llamado Shih Huang Ti a quien se le imputan dos acontecimientos
desmesurados: la construcción de la Gran muralla
China y el incendio de todos los libros anteriores
a él: especulaba Borges en esa narración
(8) las misteriosas y probables razones
por las cuales podía existir, en la mente de
aquel hombre, una necesidad íntima entre abolir
la historia y de preservar un espacio... Pero, descontando
empresas ya impracticables como la del emperador,
hay que admitir que, sea como sea, "todo instante
necesita de un lugar para no desvanecerse del todo"
(9)
. Un nombre propio que nos convence demasiado de la
identidad que nos aporta seguramente nos termine atando
a la repetición de actos que no la cuestione;
así, la historia que ese nombre nos confiere
cerrará un espacio pleno que inmovilizará
no sólo nuestro espíritu sino incluso
nuestro propio cuerpo; pero, también es cierto
que necesitamos de un linaje que le confiera cierta
perspectiva histórica a nuestras rebeldías,
repeticiones u originalidades. Hay, sin duda, una
tentación permanente en pedirle a los nombres
(y las palabras en general anhelan eso: nombrar),
una exigencia de simplicidad, de unificación,
de reducción a lo unívoco. Ya el nombre
no es metáfora, entonces -como lo quiere O.
Paz-, de la distancia que se abre entre él
y las cosas, sino su relleno obstinado... Camus, quizás
pensando en lo que citamos al comienzo de este escrito,
de O. Paz, escribe: "Hay una nostalgia de
unidad, este apetito de absoluto ilustra un movimiento
esencial del drama humano. Pero que esa nostalgia
sea un hecho no implica que deba ser satisfecha inmediatamente"
Y, más adelante, agrega: Entre la certidumbre
que tengo de mi existencia y el contenido que trato
de dar a esta seguridad hay un foso que nunca se llenará.
Seré siempre extraño a mí mismo"
(10)
¿Cómo dar con la palabra que no engañe
a base de certidumbres anticipadas y extranjeras?
¿cómo encontrar nuestro propio nombre
y conservar, al mismo tiempo, la infancia? ¿cómo
dejar que nos visite la palabra que asombre, que nos
nombre sin condenar, que muestre casi sin decir? ¿cómo
"Desandar el camino y de expresión
figurada en expresión figurada para llegar
hasta la raíz, la palabra original, primordial,
de la cual todas las demás son metáforas.."
? (11).
Porque admitamos que un nombre se nos concede con
una historia que intenta someternos, pero esa historia
está escrita en caracteres que debemos descifrar,
no pertenece a quien la imputa (y un engaño
frecuente es pedirle a terceros mayor claridad para
saber cómo atarnos mejor a ella). La historia
que se nos transfiere con nuestro nombre propio es,
después de todo, como diría Borges "la
diversa entonación" de otras metáforas...
VI.
Lo innombrable: la infancia. Para poseer un nombre
propio sin perder lo más real de uno mismo.
¿Se
puede recuperar la palabra primera, la que reinó
en nuestra infancia?
Para Gastón Bachelard sólo basta con
tener la capacidad de soñar la palabra (o,
en fin, dejar soñar a las palabras...): hay
una virtud de origen en las palabras que no exigen
un reconocimiento de los objetos sino que se contentan,
simplemente, con encontrarlos... Palabras que operan
"en ruptura con un ser antecedente, sólo
entonces se asiste a una- conquista positiva de
la palabra". Es la palabra poética,
confirmación instantánea del mundo y
lo real. El lenguaje despliega su saber sin necesidad
de memoria, no tienen amnesia, tienen una locura que
construye futuro. Marleau Ponty, tenía la misma
fe, la del encuentro con una palabra "plena":
el engaño que favorece la palabra que unifica
un sentido, que nos integra en una impostura que ha
perdido lo más espontáneo de nuestro
ser, que carece ya de su economía más
real -de nuestro gesto inicial, de nosotros mismos-,
es que, con el tiempo, esas palabras -de tanto pronunciarlas,
de tanto referirlas-, se acostumbran a un sentido
empobrecido: pierden lo esencial por el uso que le
damos... Esto, que posibilita entendernos con los
otros también empobrece el diálogo.
Sin embargo, "Las significaciones disponibles
se entrelazan a menudo según una ley desconocida
y de una vez por todas comienza a existir un nuevo
ser cultural ". (12)
Es
a partir de estas consideraciones que avanzaremos
la próxima vez, a la espera de mejores palabras....
(1)
En el capítulo "Ensoñaciones e
infancia" (Editorial Fondo de Cultura Económica,
Colombia, 1993)
(2) En el capítulo "Arte e identidad"
(Editorial Seix Barral, España, 1191)
(3)Agudamente sentido por el infans, seguramente,
pero ¿qué decir de la madre?
(4)"El mito de Sísifo" (Editorial
Losada, Buenos Aires, 1997)
(5) Se le adjudica esta frase encomillada a Einstein
en el marco de una polémica con Heisemberg,
quien amenazaba hacer imprevisible todo fenómeno
microfísico según su ley de incertidumbre.
Einstein reservó a Dios la garantía
de cierta continuidad no caótica en dichos
fenómenos.
(6) Ob. Cit.
(7) "El derecho y el revés", Albert
Camus (Ed. Losada, Buenos Aires, 1958)
(8) "La muralla y los libros", en el libro
Otras inquisiciones, Editorial Emecé, Buenos
Aires, 1960
(9) La frase es de J-B-Pontalis.
(10) "El mito de Sísifo", Editorial
Losada, Buenos Aires, 1997
(11) "El monogramático", O. Paz,
Editorial Seix Barral, Barcelona, 1974
(12) "Fenomenología de la percepción",
M. Marleau Ponty, Editorial Planeta Agostini.
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