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La confianza de estar siendo y sus dos movimientos esenciales.
Por Daniel C. Ripesi

Con la ayuda de Gastón Bachelard y Octavio Paz,
Daniel Ripesi presenta :
Parte I. Dos movimientos: de lo múltiple a lo unánime y de lo unido a lo separado.

A mis padres,
que han dejado de estar tan en silencio.

Partamos de dos ideas aparentemente distantes entre sí, una elaborada por Gastón Bachelard en La poética de la ensoñación (1), la otra de Octavio Paz, desarrollada en su libro Convergencias (2). Del primero leemos: "Fuimos varios durante ese primer ensayo, en nuestra vida primitiva (se refiere a las experiencias vividas durante la primer infancia). Solo hemos conocido nuestra unidad por los cuentos de los demás. Siguiendo el hilo de nuestra historia contada por ellos, terminamos, año tras año, por parecernos. Reunimos nuestro ser en torno a la unidad de nuestro nombre". Octavio Paz parte, para dar fundamento a su reflexión, de un poquito más atrás en la existencia de todo ser humano. Busca el momento anterior al "estado de infancia" -al que Bachelard se refiere-. Parte de la sensación de desamparo inmediatamente posterior al parto (3) y la experiencia del infans de haber sido arrancado de una realidad más vasta -es decir, de cierta comunión con el Todo-. Presume, entonces, un momento inaugural, un momento de desgarradura del ser que se prolongará, luego, como un rasgo esencial durante toda la vida: "Al nacer -nos dice- perdemos el nombre de nuestra verdadera patria. Los nombres que decimos con ansia de posesión y participación -mi patria, mi familia- recubren un hueco sin nombre y que se confunde con nuestro nacimiento. (...) El nombre de origen -oculto, desconocido o inexistente- se transforma en nombre individual: yo soy Pedro, Teresa, Juan, Elvira. Nuestros nombres son la metáfora del nombre perdido al nacer".
El primero llama la atención sobre un movimiento del vivir que va desde lo múltiple y diverso, a lo homogéneo y totalizador. Seguramente, la existencia se siente mucho más real e intensa en esa diversidad inicial que en esa agrupación final que otros designan con nuestro nombre propio. Sin embargo, con el tiempo, el fin de la infancia se impondría como un olvido de aquella riqueza primera. Entonces, nuestros primeros gestos de exploración -ávidos, curiosos y llenos de temor- se hacen, con el paso del tiempo, meros hábitos que buscan -y sólo parten de- lo prudente. En la madurez, en cada acto o pensamiento, se impone un "estudio previo" de cada situación, finalmente -todo acto o pensamiento- culminaría en el ejercicio de una rutina segura.

II. La certeza de uno mismo: la historia que otros cuentan

Siempre son otros, entonces, los que nos nombran y -los que trasmiten en esa apelación- el peso de una historia, la de uno. Cierta docilidad inaudita nos inclinaría a no defraudarlos. Finalmente, como Bachelard lo comenta, terminamos por parecernos... O, como diría Camus: "Vivir, naturalmente, nunca es fácil. Uno sigue haciendo los gestos que ordena la existencia por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre..." (4) Sin embargo, habría atajos, puntos de rebeldía en el decurso de ese destino prefigurado por otros. Del mismo modo que Borges advertía que el destino, siendo sin duda algo inevitable e inexorable, podía -a pesar de todo- no acontecer, pues, según su expresión, Dios acecha en los intervalos, así también Bachelard nos dice que: "Hay ensoñaciones tan profundas, ensoñaciones que nos ayudan a descender tan profundamente en nosotros que nos desembarazan de nuestra historia, nos liberan de nuestro nombre". Ensoñaciones dirigidas por Dios, entonces, donde se verifica que el sentimiento más real de nosotros mismos se logra en estado de intemporalidad: tener un nombre condena a una historia, y una cosa no se concibe sin la otra: de modo que perder el nombre es, en el mismo instante, perder esa historia. Ser varios, ser distintos, como lo fuimos en la infancia, es ser una amenaza de asombros y desconciertos para nosotros mismos -que no podemos ser "nosotros mismos" para ese asombro, sin perder el asombro y la inocencia y la diversidad-. Parece un fatalismo ser diversos, ricos en experiencias pero no poder decirlo (en fin, sin admitir ser ese "uno"que habla según lo que otros escuchan.) No parece haber demasiadas escapatorias a ser el que creemos ser desde la certeza empobrecida de una historia demasiado ajena. Sin duda no hay que buscar aquí (ser uno y poseer una historia o ser varios -y sentirse real- y ya no poseerla), un antagonismo. Una historia, es aquello que nos retiene tanto en lo irremediable de lo sucedido, como en lo que podría haber sucedido (y definitivamente no fue ni será); en fin, la historia es ese tejido de recuerdos inolvidables: suma de arrepentimientos o de asentimientos oportunos, caudal de lo efímero, etc. Y todo esto, en una rememoración que asegure la permanencia sólida e ilusoria de quien recuerda -nosotros mismos-. Pero, hay que decirlo, una historia también reserva, en su ordenamiento temporal, la posibilidad -¿quizás mañana?- de algo distinto de "lo que soy", o sea, la oportunidad de devenir, incluso para nosotros mismos, un desconocido algo familiar. Y, ese futuro, si no se lo afecta de demasiada prevención, se puede presentar incierto. Un futuro sostenido en sueños y en deseos que apremian, una y otra vez, esa unidad que nos devuelven los ojos y las expresiones de los demás.

III. Ser otros, la locura de variar el pasado.

Sí, quizás "mañana" podemos ser otros, y no la confirmación reiterada de lo que somos. Podemos, no tanto desembarazarnos de nuestra historia, como cambiarla un poco, y, entonces volver a sentirnos reales. En una vida podemos ser varios de la mano de nosotros mismos: Dios acecha en los intervalos, pero, "tampoco juega a los dados "(5). Y sumemos esta paradoja, si algún cambio se produce en nuestras vidas, si admitimos perder un cierto presente predestinado, también perderemos, en el mismo acto, nuestro pasado tantas veces evocado y tan familiar para nosotros mismos. Lo perdemos porque ya no nos sirve, porque ya no justifica a este destino impensado y que "nos" ha ocurrido. Nuestro "antiguo" pasado no nos preparaba para el que ahora "decidimos" ser. La posibilidad de "ser otros": vuelvo a citar a Camus (6): "Suele suceder que las decoraciones se derrumben. Levantarse, tomar el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la comida, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo es una ruta que se sigue fácilmente la mayor parte del tiempo. Sólo que un día se alza el "por qué?", y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro. "Comienza": esto es lo importante". Ya volveremos sobre este tipo de rupturas con las certidumbres que sostienen la experiencia de verificarnos "nosotros mismos".
Octavio Paz no presenta la tensión existencial entre lo diverso y lo mismo, entre lo múltiple y la unidad, sino entre lo unido y lo separado...
Si el nombre propio, en Bachelard, viene a fomentar un engaño de integración en torno de cierta impostura que llamamos "hombre adulto", en Octavio Paz, el nombre propio asume la dignidad de ser metáfora: la de una patria perdida. En la infancia se vive, entonces, un exilio y la experiencia de una melancolía sin objeto (efectivamente, no se conoce la patria que se ha perdido). El nombre propio recubre, sin poder abarcar del todo, una distancia. A
la experiencia innombrable de un desmembramiento se sigue un nombre que trabaja algún tipo de sutura posible. Desde la perspectiva de Bachelard, es el adulto quien se encuentra en exilio desde la niñez. Con él, la patria perdida también es innombrable, la evocación del adulto le da un aire de unidad narrativa que la desmerece. Sin embargo, ese pasado reconstruido que llamamos niñez sostiene una ilusión necesaria: la del adulto que creemos ser. Cada vez que vacila el relato íntimo que hacemos de nuestra infancia, cuando damos con esos puntos penumbrosos en que los datos faltan (y los datos cruciales siempre se nos escapan), vacila nuestra posición y nuestra confianza en poder sostener con cierta coherencia nuestras responsabilidades adultas. Así, el adulto no está enemistado o distanciado del niño que fue, lo necesita desesperadamente para nutrirse y para sentirse confiado. Del mismo modo, el niño que fuimos necesita de esa recuperación que se hace en el relato evocativo del adulto que ahora somos, y ese recuerdo será tal como fuimos de niños, indisciplinados o dóciles, inquietos o serenos, atentos o distraídos. Ese pasado historizado desordenará o consolidará nuestras certezas presentes, abrirán -cada tanto- un campo de exploración en nuestras vidas o, según el niño que hemos sido, balizarán los recorridos más seguros. No se sabe bien cuándo se deja la infancia, pero se lo verifica con frecuencia -tomando en cuenta los desarrollos de Bachelard- en ese sentimiento agazapado que a menudo se evidencia en la forma de un deseado "retorno".

IV. ¿Variar el destino recuperando la infancia?

Con Octavio Paz, los recuerdos de infancia, ya no se imponen en un vago sentimiento de desear "volver", sino en el de una perpetua, y nunca consumada, partida... De la infancia heredamos, en todo caso, un movimiento casi circular: la sensación de un destierro inevitable, el anhelo de un regreso imposible. Por otra parte, el deseado retorno, la recuperación de cierto estado de infancia, siempre es detenido "a tiempo": necesitamos enmascararnos en nuestros rituales de adultos, porque fuera de ellos: "Nos encontramos por entero en la superficie de nosotros mismos. (aunque, por cierto, en ese estado): ... damos a cada ser, a cada objeto, su valor de milagro" (7). Porque, los objetos que nos rodean, también ellos, son el nombre que los convoca y algo ligeramente distinto. Les imputamos una historia para sostenerlos con vida ("recuerdo de..."), y esa historia le otorga sentido a la nuestra: los objetos nos nombran, es decir, nos reflejan, tanto en debilidades como en secretos heroísmos. Y les damos diversos lugares en nuestra morada, de modo que los lugares se hacen "espacios íntimos" y sitúan nuestros sentimientos. Algunos tienen su espacio de privilegio y otros un valor secundario: la historia ofrece un sentido y necesita un espacio. Y el espacio conferido confiesa la historia probable de esos objetos, su jerarquía, su valor de testimonio. Toda historia necesita la carne de algunos objetos, en el extremo, nosotros mismos, nuestro cuerpo, para la inscripción de nuestra historia, para la inscripción incluso de nuestros espacios: en la penumbra de una habitación, despertándonos de golpe en la madrugada, interrogamos -aún con los ojos cerrados- a la semiflexión de nuestras piernas, al torso que se apoya en la cama, a la cabeza inclinada en la almohada, interrogamos, decía, si esas texturas, esos olores, esas densidades, etc. son las familiares, o, si por el contrario, estamos de visita en algún lugar extraño. Pero los objetos no agotan una historia (así como un rostro que presenta ya algunas arrugas no garantiza experiencia o madurez en quien la porta). Tampoco una historia necesita de demasiados objetos para justificarse (a veces, demasiados objetos conspiran contra ese objetivo, nada se podrá conjeturar ya en ese caso, se podrá hacer una crónica -sin duda-, pero eso no es historia ni despertará el menor interés). Una historia necesita puntos de apoyo para el recuerdo, no puntos de confirmación para la memoria. Tiempo y espacio se necesitan, hay un punto-momento en el que el tiempo se hace espacio y viceversa.

V. Tiempo y espacio: La historia necesita sus lugares

Tiempo y espacio... Borges recordaba aquel emperador chino llamado Shih Huang Ti a quien se le imputan dos acontecimientos desmesurados: la construcción de la Gran muralla China y el incendio de todos los libros anteriores a él: especulaba Borges en esa narración (8) las misteriosas y probables razones por las cuales podía existir, en la mente de aquel hombre, una necesidad íntima entre abolir la historia y de preservar un espacio... Pero, descontando empresas ya impracticables como la del emperador, hay que admitir que, sea como sea, "todo instante necesita de un lugar para no desvanecerse del todo" (9) . Un nombre propio que nos convence demasiado de la identidad que nos aporta seguramente nos termine atando a la repetición de actos que no la cuestione; así, la historia que ese nombre nos confiere cerrará un espacio pleno que inmovilizará no sólo nuestro espíritu sino incluso nuestro propio cuerpo; pero, también es cierto que necesitamos de un linaje que le confiera cierta perspectiva histórica a nuestras rebeldías, repeticiones u originalidades. Hay, sin duda, una tentación permanente en pedirle a los nombres (y las palabras en general anhelan eso: nombrar), una exigencia de simplicidad, de unificación, de reducción a lo unívoco. Ya el nombre no es metáfora, entonces -como lo quiere O. Paz-, de la distancia que se abre entre él y las cosas, sino su relleno obstinado... Camus, quizás pensando en lo que citamos al comienzo de este escrito, de O. Paz, escribe: "Hay una nostalgia de unidad, este apetito de absoluto ilustra un movimiento esencial del drama humano. Pero que esa nostalgia sea un hecho no implica que deba ser satisfecha inmediatamente" Y, más adelante, agrega: Entre la certidumbre que tengo de mi existencia y el contenido que trato de dar a esta seguridad hay un foso que nunca se llenará. Seré siempre extraño a mí mismo" (10) ¿Cómo dar con la palabra que no engañe a base de certidumbres anticipadas y extranjeras? ¿cómo encontrar nuestro propio nombre y conservar, al mismo tiempo, la infancia? ¿cómo dejar que nos visite la palabra que asombre, que nos nombre sin condenar, que muestre casi sin decir? ¿cómo "Desandar el camino y de expresión figurada en expresión figurada para llegar hasta la raíz, la palabra original, primordial, de la cual todas las demás son metáforas.." ? (11). Porque admitamos que un nombre se nos concede con una historia que intenta someternos, pero esa historia está escrita en caracteres que debemos descifrar, no pertenece a quien la imputa (y un engaño frecuente es pedirle a terceros mayor claridad para saber cómo atarnos mejor a ella). La historia que se nos transfiere con nuestro nombre propio es, después de todo, como diría Borges "la diversa entonación" de otras metáforas...

VI. Lo innombrable: la infancia. Para poseer un nombre propio sin perder lo más real de uno mismo.

¿Se puede recuperar la palabra primera, la que reinó en nuestra infancia?
Para Gastón Bachelard sólo basta con tener la capacidad de soñar la palabra (o, en fin, dejar soñar a las palabras...): hay una virtud de origen en las palabras que no exigen un reconocimiento de los objetos sino que se contentan, simplemente, con encontrarlos... Palabras que operan "en ruptura con un ser antecedente, sólo entonces se asiste a una- conquista positiva de la palabra". Es la palabra poética, confirmación instantánea del mundo y lo real. El lenguaje despliega su saber sin necesidad de memoria, no tienen amnesia, tienen una locura que construye futuro. Marleau Ponty, tenía la misma fe, la del encuentro con una palabra "plena": el engaño que favorece la palabra que unifica un sentido, que nos integra en una impostura que ha perdido lo más espontáneo de nuestro ser, que carece ya de su economía más real -de nuestro gesto inicial, de nosotros mismos-, es que, con el tiempo, esas palabras -de tanto pronunciarlas, de tanto referirlas-, se acostumbran a un sentido empobrecido: pierden lo esencial por el uso que le damos... Esto, que posibilita entendernos con los otros también empobrece el diálogo. Sin embargo, "Las significaciones disponibles se entrelazan a menudo según una ley desconocida y de una vez por todas comienza a existir un nuevo ser cultural ". (12)

Es a partir de estas consideraciones que avanzaremos la próxima vez, a la espera de mejores palabras....

(1) En el capítulo "Ensoñaciones e infancia" (Editorial Fondo de Cultura Económica, Colombia, 1993)
(2) En el capítulo "Arte e identidad" (Editorial Seix Barral, España, 1191)
(3)Agudamente sentido por el infans, seguramente, pero ¿qué decir de la madre?
(4)"El mito de Sísifo" (Editorial Losada, Buenos Aires, 1997)
(5) Se le adjudica esta frase encomillada a Einstein en el marco de una polémica con Heisemberg, quien amenazaba hacer imprevisible todo fenómeno microfísico según su ley de incertidumbre. Einstein reservó a Dios la garantía de cierta continuidad no caótica en dichos fenómenos.
(6) Ob. Cit.
(7) "El derecho y el revés", Albert Camus (Ed. Losada, Buenos Aires, 1958)
(8) "La muralla y los libros", en el libro Otras inquisiciones, Editorial Emecé, Buenos Aires, 1960
(9) La frase es de J-B-Pontalis.
(10) "El mito de Sísifo", Editorial Losada, Buenos Aires, 1997
(11) "El monogramático", O. Paz, Editorial Seix Barral, Barcelona, 1974
(12) "Fenomenología de la percepción", M. Marleau Ponty, Editorial Planeta Agostini.

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