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Habitar una madre

por Paula Larotonda.

Tanto Gastón Bachellard como J-B-Pontalis, "vecinos" de Winnicott, nos hablan de la casa natal como aquello que vive en nosotros por siempre, inalterada, como la infancia misma.

Propongo a continuación un diálogo entre dos autores "vecinos de Winnicott": Gastón Bachelard y Jean B. Pontalis. El primero, en su libro "La Poética del Espacio" nos invita a realizar lo que él denomina un "topoanálisis", es decir, a estudiar los lugares de nuestra vida íntima, los espacios de nuestras soledades. El segundo de ellos, en algunos pasajes de su autobiografía, nos transmite su propia experiencia como habitante de tantísimos lugares...
Cómo habitamos un lugar? Lo revestimos con significantes, de ese modo lo hacemos reconocible, familiar...Habitar un lugar significa poder "usarlo" (1), poder "estar"(2) en él, esto implica tomar una posición subjetiva para que dicho lugar viva en nuestra intimidad.
Tanto uno como otro de nuestros autores amigos, nos hablan de la casa natal como aquella primera morada que determinará luego el modo de habitar las moradas sucesivas de nuestra vida. La casa natal vive en nosotros, como la infancia, inalterada. Ella nunca se gasta, nunca se pierde...cómo es posible entonces inscribir su recuerdo?
Bachelard nos dirá que a esa casa no se la recuerda, sino que en todo caso, volvemos allí en ensoñaciones. Pontalis, a su vez, señalará que la casa de la infancia tiene la propiedad de estar potencialmente presente en nosotros: con sólo evocarla, ya es nuestra. Así, la casa onírica habita en nosotros, en nuestro cuerpo.
Habitar una casa, o un lugar en el mundo, es, en definitiva, habitar el regazo tibio de una madre, nos sostiene, nos alberga, nos permite soñar para poder, luego, estar despiertos.

...Hay que decir, pues, cómo habitamos nuestro espacio vital de acuerdo con todas las dialécticas de la vida, cómo nos enraizamos, de día en día, en un "rincón del mundo"(...) la casa es nuestro rincón del mundo (...) todo espacio habitado lleva como esencia la noción de casa (...)
...por los sueños las diversas moradas de nuestra vida se compenetran y guardan los tesoros de los días antiguos. Cuando vuelven, en la nueva casa, los recuerdos de las antiguas moradas, vamos al país de la Infancia Inmovil (...) la casa alberga al ensueño, la casa protege al soñador...la casa es una gran cuna...
La casa natal es una casa habitada. Los valores de intimidad se dispersan en ella, se estabilizan mal, padecen dialécticas. ¡Cuántos relatos de infancia -si los relatos de infancia fueran sinceros- en donde se nos diría que el niño, por no tener cuarto, se va enfurruñado al rincón! (...)
Pero allende los recuerdos, la casa natal está físicamente inscrita en nosotros. Es un grupo de costumbres orgánicas. Con veinte años de intervalo, pese a todas las escaleras anónimas, volveríamos a encontrar los reflejos de la "primera escalera", nos tropezaríamos con tal peldaño un poco más alto. Todo el ser de la casa se desplegaría, fiel a nuestro ser. Empujaríamos con el mismo gasto la puerta que rechina, iríamos sin luz hasta la guardilla lejana. El menor de los picaportes quedó en nuestras manos.
Sin duda las casas sucesivas donde hemos habitado más tarde han trivializado nuestros gestos. Pero nos sorprende mucho, si entramos en la antigua casa, tras décadas de odisea, el ver que los gestos más finos, los gestos primeros son súbitamente vivos, siempre perfectos. En suma, la casa natal ha inscrito en nosotros la jerarquía de las diversas funciones de habitar. Somos el diagrama de las funciones de habitar esa casa y todas las demás casas no son más que variaciones de un tema fundamental. La palabra hábito es una palabra demasiado gastada para expresar ese enlace apasionado de nuestro cuerpo que no olvida la casa inolvidable...
Gastón Bachelard, Ob. Cit. Capítulo 1, La casa, del sótano a la guardilla...

...¿Fui feliz en esos veranos que se repitieron casi sin variantes cerca de diez años, hasta la muerte de mi abuela seguida poco después por la venta de la casa? Pregunta sin respuesta porque un niño se preocupa poco por la felicidad, registra, capta, tiene que dedicar mucho tiempo a hacer suyo lo que lo rodea. Pero aún hoy, la imagen que conservo de la casona, la disposición de los cuartos, la distribución de las habitaciones entre sus diferentes ocupantes, los senderos del jardín, los macizos de flores y el huerto, la escalera de madera ya carcomida que bajaba hasta la playa, el lavabo disimulado en la alacena de la entrada, donde debíamos lavarnos las manos antes de la comida, los sillones de junco en la terraza, el pequeño salón japonés, esa imagen rica e inagotable solo para mí pero de la que todos poseen una equivalente, permanece inmodificada. Desde entonces he pasado ocasionalmente por Cabourg; incluso una vez, imprudentemente, visité el lugar con la mujer que entonces amaba. Caminamos por la playa en dirección a la casa. Mi intención era...cuál exactamente? Más que hacerle conocer un lugar de mi recuerdo, asegurarme, merced a la corroboración de un testigo supuestamente favorable, que la insistencia de mi recuerdo, que la intensidad de la ilusión, tenía una razón de ser; que mi alucinación era verdad. Pero cuando estuvimos cerca, cuando entreví por encima del médano el techo de tejas oscuras y la cerca blanca, eché a correr dejando plantada a mi acompañante y olvidando mi prósito inicial de mostrarle la casa, de hacerle tocar la cosa con la mirada. "Por qué corres como un loco", gritó ella. Por qué, lo sabía vagamente. En pos de qué creo que no lo sabré nunca.
No trataba de confirmar que nada había cambiado. Sabía que en el lugar funcionaba ahora una casa de reposo para empleados de la empresa de electridad de Francia que sufrían estados depresivos, como si ellos mismos no tuvieran corriente. No me sorprendió encontrar que la maleza había reemplazado al césped impecable, que a lo lago de las alas de la casa se habían edificado barracas provisorias, es decir miserables, que se había remendado con tejas de máquina el agujero que un obús había abierto en el techo. Imaginaba un refectorio con mesas de fórmica y sillas de metal, tal vez hasta un dormitorio común o una sala de televisión en la habitación de cuatro ventanas que había pertenecido a mi abuela. Nada se pierde, nada se crea, todo se transforma; sabía de memoria la lección de física. Lo que experimenté aquel día no fue decepción. Por el contrario, me habría sentido decepcionado, traicionado, si la casona hubiera permanecido intacta, si los geranios florecieran todavía en los pilones pintado de verde oscuro, si los senderos, ahora borrados, mostraran aún las marcas del rastrillo, si después de pasar a otras manos, la cosa siguiera siendo la misma. Entonces sí me habría sentido despojado. Personas extrañas -advenedizos, como hubieran dicho mis abuelos olvidando su propio ascenso social- se habrían adueñado de nuestros deliciosos veranos, habrían irrumpido indebidamente en mi dominio privado, me habrían quitado desvergonzadamente una parte de mi identidad (...) Ya lo dije, no importaba que se hubiera vuelto irreconocible. Por el contrario, los cambios que había sufrido por efectos de las circunstancias me garantizaban que era inalterable para mí y sólo para mí (...) ...la casona de verano era mía con sólo evocarla, sin que el paso del tiempo pudiera dejar su marca en ella. La tenía toda en la memoria, podía aprehenderla con la imaginación. No nos abandonaría nunca. Además, después de haberla habitado tanto tiempo, era justo que ella habitara en mí.
J.B. Pontalis, Ob. Cit, Cap. 5

...Pero esta región de los recuerdos bien desmenuzados, fácilmente guardados por los nombres de los seres y de las cosas que han vivido en la casa natal, pueden ser estudiados por la psicología normal. Más confusos, más desdibujados son los recuerdos de los sueños que sólo la meditación poética puede ayudarnos a encontrar otra vez. La poesía en su gran función, vuelve a darnos las situaciones del sueño. La casa natal es más que un cuerpo de vivienda, es un cuerpo de sueño. Cada uno de sus reductos fue un albergue de ensueños. Y el albergue ha particularizado con frecuencia la ensoñación. Hemos adquirido en él hábitos peculiares de ensueño. La casa, el cuarto, el granero donde estuvimos solos, proporcionan los marcos de un ensueño interminable, de un ensueño que sólo la poesía, por medio de una obra, podría realizar...existe para cada uno de nosotros una casa onírica, una casa del recuerdo-sueño, perdida en la sombra de un más allá del pasado verdadero. Decía que esa casa onírica es la cripta de la casa natal. Estamos aquí en un eje alrededor del cual giran las interpretaciones recíprocas del sueño por el pensamiento y del pensamiento por el sueño. La palabra interpretación
Endurece demasiado ese movimiento. De hecho, estamos aquí en la unidad de la imagen y del recuerdo, en el mixto funcional de la imaginación y de la memoria. La positividad de la historia y de la geografía psicológica no puede servir de piedra de toque para determinar el ser verdadero de nuestra infancia. La infancia es ciertamente más grande que la realidad. Para comprobar, a través de todos nuestros años, nuestra adhesión a la casa natal, el sueño es más poderoso que los pensamientos. Son las potencias del inconciente quienes fijan los recuerdos más lejanos. Si no hubiera habido un centro compacto de sueños de reposo en la casa natal, las circunstancias, tan distintas, que rodean la verdadera vida, hubieran embrollado los recuerdos. Excepto algunas medallas con la efigie de nuestros antecesores, nuestra memoria infantil no contiene más que monedas gastadas. Es en el plano del ensueño, y no en el plano de los hechos donde la infancia sigue en nosotros viva y poéticamente útil. Por esta infancia permanentemente conservamos la poesía del pasado. Habitar oníricamente la casa natal, es más que habitarla por el recuerdo, es vivir en la casa desaparecida como lo habíamos soñado.
G. Bachelard, Ob. Cit, Cap. Cit.

Habitaciones de antiguos hoteles de provincia, en Andalucía, en Toscana, con los postigos verdes cerrados desde la mañana, a las que Claire y yo llegábamos extenuados por la noche, para deslizarnos en las sábanas frescas después de una ducha. Habitaciones de paso, con espejos, hechas expresamente para lo efímero de los cuerpos. Habitación al fondo del corredor, mal calefaccionada, donde envuelto en ropa de lana yo preparaba exámenes y concursos, soñando con otras cosas. Habitación que daba a un patio oscuro, la de mi madre, a quien tanto le costaba sonreír a la sucesión de días. Habitaciones de niños, pobladas de juegos y figuras pintadas, desierto donde ni una planta brota cuando los moradores no están. Habitación de hospital, a la que acudí pocas semanas atrás a visitar a un viejo amigo que ya no saldrá de ella. Y hoy la habitación donde me recluyo. No, no es así: la ventana está abierta de par en par. En el jardín, entre las briznas de hierba alta veo el pico amarillo del mirlo, las piedras del muro bajo las zarzas; mas allá el prado, más lejos aún velas en el mar y el mar que avanza sobre el jardín, y el mirlo negro en un batir de alas se convierte en gaviota blanca de vuelo más pesado. Sí, la ventana permanece abierta de par en par mientras escribo. Necesito espacio abierto, un cielo que respire a cada instante. Necesito aire para soñar mi memoria.
J. B. Pontalis, Ob. Cit., Cap. 8

1 - Me refiero aquí a la idea de uso de un objeto, desarrollada en la teoría Winnicottiana, la que supone que un objeto se puede usar, en tanto se admite la posibilidad de que se gaste y finalmente se pierda.
2 - Un estar que implique el ser, en una próxima entrega desarrollaré la capacidad de estar, en la teoría winnicottiana.

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