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Propongo
a continuación un diálogo entre dos autores
"vecinos de Winnicott": Gastón Bachelard
y Jean B. Pontalis. El primero, en su libro "La Poética
del Espacio" nos invita a realizar lo que él denomina
un "topoanálisis", es decir, a estudiar los
lugares de nuestra vida íntima, los espacios de nuestras
soledades. El segundo de ellos, en algunos pasajes de su autobiografía,
nos transmite su propia experiencia como habitante de tantísimos
lugares...
Cómo habitamos un lugar? Lo revestimos con significantes,
de ese modo lo hacemos reconocible, familiar...Habitar un
lugar significa poder "usarlo"
(1), poder "estar"(2)
en él, esto implica tomar una posición subjetiva
para que dicho lugar viva en nuestra intimidad.
Tanto uno como otro de nuestros autores amigos, nos hablan
de la casa natal como aquella primera morada que determinará
luego el modo de habitar las moradas sucesivas de nuestra
vida. La casa natal vive en nosotros, como la infancia, inalterada.
Ella nunca se gasta, nunca se pierde...cómo es posible
entonces inscribir su recuerdo?
Bachelard nos dirá que a esa casa no se la recuerda,
sino que en todo caso, volvemos allí en ensoñaciones.
Pontalis, a su vez, señalará que la casa de
la infancia tiene la propiedad de estar potencialmente presente
en nosotros: con sólo evocarla, ya es nuestra. Así,
la casa onírica habita en nosotros, en nuestro cuerpo.
Habitar una casa, o un lugar en el mundo, es, en definitiva,
habitar el regazo tibio de una madre, nos sostiene, nos alberga,
nos permite soñar para poder, luego, estar despiertos.
...Hay
que decir, pues, cómo habitamos nuestro espacio vital
de acuerdo con todas las dialécticas de la vida, cómo
nos enraizamos, de día en día, en un "rincón
del mundo"(...) la casa es nuestro rincón del
mundo (...) todo espacio habitado lleva como esencia la noción
de casa (...)
...por los sueños las diversas moradas de nuestra vida
se compenetran y guardan los tesoros de los días antiguos.
Cuando vuelven, en la nueva casa, los recuerdos de las antiguas
moradas, vamos al país de la Infancia Inmovil (...)
la casa alberga al ensueño, la casa protege al soñador...la
casa es una gran cuna...
La casa natal es una casa habitada. Los valores de intimidad
se dispersan en ella, se estabilizan mal, padecen dialécticas.
¡Cuántos relatos de infancia -si los relatos
de infancia fueran sinceros- en donde se nos diría
que el niño, por no tener cuarto, se va enfurruñado
al rincón! (...)
Pero allende los recuerdos, la casa natal está físicamente
inscrita en nosotros. Es un grupo de costumbres orgánicas.
Con veinte años de intervalo, pese a todas las escaleras
anónimas, volveríamos a encontrar los reflejos
de la "primera escalera", nos tropezaríamos
con tal peldaño un poco más alto. Todo el ser
de la casa se desplegaría, fiel a nuestro ser. Empujaríamos
con el mismo gasto la puerta que rechina, iríamos sin
luz hasta la guardilla lejana. El menor de los picaportes
quedó en nuestras manos.
Sin duda las casas sucesivas donde hemos habitado más
tarde han trivializado nuestros gestos. Pero nos sorprende
mucho, si entramos en la antigua casa, tras décadas
de odisea, el ver que los gestos más finos, los gestos
primeros son súbitamente vivos, siempre perfectos.
En suma, la casa natal ha inscrito en nosotros la jerarquía
de las diversas funciones de habitar. Somos el diagrama de
las funciones de habitar esa casa y todas las demás
casas no son más que variaciones de un tema fundamental.
La palabra hábito es una palabra demasiado gastada
para expresar ese enlace apasionado de nuestro cuerpo que
no olvida la casa inolvidable...
Gastón Bachelard, Ob. Cit. Capítulo 1, La
casa, del sótano a la guardilla...
...¿Fui
feliz en esos veranos que se repitieron casi sin variantes
cerca de diez años, hasta la muerte de mi abuela seguida
poco después por la venta de la casa? Pregunta sin
respuesta porque un niño se preocupa poco por la felicidad,
registra, capta, tiene que dedicar mucho tiempo a hacer suyo
lo que lo rodea. Pero aún hoy, la imagen que conservo
de la casona, la disposición de los cuartos, la distribución
de las habitaciones entre sus diferentes ocupantes, los senderos
del jardín, los macizos de flores y el huerto, la escalera
de madera ya carcomida que bajaba hasta la playa, el lavabo
disimulado en la alacena de la entrada, donde debíamos
lavarnos las manos antes de la comida, los sillones de junco
en la terraza, el pequeño salón japonés,
esa imagen rica e inagotable solo para mí pero de la
que todos poseen una equivalente, permanece inmodificada.
Desde entonces he pasado ocasionalmente por Cabourg; incluso
una vez, imprudentemente, visité el lugar con la mujer
que entonces amaba. Caminamos por la playa en dirección
a la casa. Mi intención era...cuál exactamente?
Más que hacerle conocer un lugar de mi recuerdo, asegurarme,
merced a la corroboración de un testigo supuestamente
favorable, que la insistencia de mi recuerdo, que la intensidad
de la ilusión, tenía una razón de ser;
que mi alucinación era verdad. Pero cuando estuvimos
cerca, cuando entreví por encima del médano
el techo de tejas oscuras y la cerca blanca, eché a
correr dejando plantada a mi acompañante y olvidando
mi prósito inicial de mostrarle la casa, de hacerle
tocar la cosa con la mirada. "Por qué corres como
un loco", gritó ella. Por qué, lo sabía
vagamente. En pos de qué creo que no lo sabré
nunca.
No trataba de confirmar que nada había cambiado. Sabía
que en el lugar funcionaba ahora una casa de reposo para empleados
de la empresa de electridad de Francia que sufrían
estados depresivos, como si ellos mismos no tuvieran corriente.
No me sorprendió encontrar que la maleza había
reemplazado al césped impecable, que a lo lago de las
alas de la casa se habían edificado barracas provisorias,
es decir miserables, que se había remendado con tejas
de máquina el agujero que un obús había
abierto en el techo. Imaginaba un refectorio con mesas de
fórmica y sillas de metal, tal vez hasta un dormitorio
común o una sala de televisión en la habitación
de cuatro ventanas que había pertenecido a mi abuela.
Nada se pierde, nada se crea, todo se transforma; sabía
de memoria la lección de física. Lo que experimenté
aquel día no fue decepción. Por el contrario,
me habría sentido decepcionado, traicionado, si la
casona hubiera permanecido intacta, si los geranios florecieran
todavía en los pilones pintado de verde oscuro, si
los senderos, ahora borrados, mostraran aún las marcas
del rastrillo, si después de pasar a otras manos, la
cosa siguiera siendo la misma. Entonces sí me habría
sentido despojado. Personas extrañas -advenedizos,
como hubieran dicho mis abuelos olvidando su propio ascenso
social- se habrían adueñado de nuestros deliciosos
veranos, habrían irrumpido indebidamente en mi dominio
privado, me habrían quitado desvergonzadamente una
parte de mi identidad (...) Ya lo dije, no importaba que se
hubiera vuelto irreconocible. Por el contrario, los cambios
que había sufrido por efectos de las circunstancias
me garantizaban que era inalterable para mí y sólo
para mí (...) ...la casona de verano era mía
con sólo evocarla, sin que el paso del tiempo pudiera
dejar su marca en ella. La tenía toda en la memoria,
podía aprehenderla con la imaginación. No nos
abandonaría nunca. Además, después de
haberla habitado tanto tiempo, era justo que ella habitara
en mí.
J.B. Pontalis, Ob. Cit, Cap. 5
...Pero
esta región de los recuerdos bien desmenuzados, fácilmente
guardados por los nombres de los seres y de las cosas que
han vivido en la casa natal, pueden ser estudiados por la
psicología normal. Más confusos, más
desdibujados son los recuerdos de los sueños que sólo
la meditación poética puede ayudarnos a encontrar
otra vez. La poesía en su gran función, vuelve
a darnos las situaciones del sueño. La casa natal es
más que un cuerpo de vivienda, es un cuerpo de sueño.
Cada uno de sus reductos fue un albergue de ensueños.
Y el albergue ha particularizado con frecuencia la ensoñación.
Hemos adquirido en él hábitos peculiares de
ensueño. La casa, el cuarto, el granero donde estuvimos
solos, proporcionan los marcos de un ensueño interminable,
de un ensueño que sólo la poesía, por
medio de una obra, podría realizar...existe para cada
uno de nosotros una casa onírica, una casa del recuerdo-sueño,
perdida en la sombra de un más allá del pasado
verdadero. Decía que esa casa onírica es la
cripta de la casa natal. Estamos aquí en un eje alrededor
del cual giran las interpretaciones recíprocas del
sueño por el pensamiento y del pensamiento por el sueño.
La palabra interpretación
Endurece demasiado ese movimiento. De hecho, estamos aquí
en la unidad de la imagen y del recuerdo, en el mixto funcional
de la imaginación y de la memoria. La positividad de
la historia y de la geografía psicológica no
puede servir de piedra de toque para determinar el ser
verdadero de nuestra infancia. La infancia es ciertamente
más grande que la realidad. Para comprobar, a través
de todos nuestros años, nuestra adhesión a la
casa natal, el sueño es más poderoso que los
pensamientos. Son las potencias del inconciente quienes fijan
los recuerdos más lejanos. Si no hubiera habido un
centro compacto de sueños de reposo en la casa natal,
las circunstancias, tan distintas, que rodean la verdadera
vida, hubieran embrollado los recuerdos. Excepto algunas medallas
con la efigie de nuestros antecesores, nuestra memoria infantil
no contiene más que monedas gastadas. Es en el plano
del ensueño, y no en el plano de los hechos donde la
infancia sigue en nosotros viva y poéticamente útil.
Por esta infancia permanentemente conservamos la poesía
del pasado. Habitar oníricamente la casa natal, es
más que habitarla por el recuerdo, es vivir en la casa
desaparecida como lo habíamos soñado.
G. Bachelard, Ob. Cit, Cap. Cit.
Habitaciones
de antiguos hoteles de provincia, en Andalucía, en
Toscana, con los postigos verdes cerrados desde la mañana,
a las que Claire y yo llegábamos extenuados por la
noche, para deslizarnos en las sábanas frescas después
de una ducha. Habitaciones de paso, con espejos, hechas expresamente
para lo efímero de los cuerpos. Habitación al
fondo del corredor, mal calefaccionada, donde envuelto en
ropa de lana yo preparaba exámenes y concursos, soñando
con otras cosas. Habitación que daba a un patio oscuro,
la de mi madre, a quien tanto le costaba sonreír a
la sucesión de días. Habitaciones de niños,
pobladas de juegos y figuras pintadas, desierto donde ni una
planta brota cuando los moradores no están. Habitación
de hospital, a la que acudí pocas semanas atrás
a visitar a un viejo amigo que ya no saldrá de ella.
Y hoy la habitación donde me recluyo. No, no es así:
la ventana está abierta de par en par. En el jardín,
entre las briznas de hierba alta veo el pico amarillo del
mirlo, las piedras del muro bajo las zarzas; mas allá
el prado, más lejos aún velas en el mar y el
mar que avanza sobre el jardín, y el mirlo negro en
un batir de alas se convierte en gaviota blanca de vuelo más
pesado. Sí, la ventana permanece abierta de par en
par mientras escribo. Necesito espacio abierto, un cielo que
respire a cada instante. Necesito aire para soñar mi
memoria.
J. B. Pontalis, Ob. Cit., Cap. 8
1
- Me refiero aquí a la idea de uso de un objeto, desarrollada
en la teoría Winnicottiana, la que supone que un objeto
se puede usar, en tanto se admite la posibilidad de que se
gaste y finalmente se pierda.
2 - Un estar que implique el ser, en una próxima entrega
desarrollaré la capacidad de estar, en la teoría
winnicottiana.
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