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Gabriela
Sandes nos enciende con la sensualidad de un ritual
para despejar el día, en el "Banho".
Chico Buarque encarna una voz que repite con resignación
y cansancio la experiencia de lo "Cotidiano"
junto a una mujer.
Otra mujer, la que evoca "El pelícano",
de Adelia Prado. Un libro de poesía en el que
las referencias a lo cotidiano, el humor, la sensibilidad,
las personas y las cosas simples, se conjugan con la
lengua coloquial y revelan un territorio donde amar
es la única manera de vivir.
Finalmente, Ana, el personaje de "Amor", un
cuento en el que Clarice Lispector relata maravillosamente
cómo lo absurdo de repente invade lo cotidiano
corroyendo su repetición monótona. Un
simple detalle quiebra un ambiente estable, desnuda
la aparente solidez de ciertas vidas, destabiliza los
lazos de afecto...
Cuatro voces entre el amor y lo cotidiano: un ciego
mascando chicle, una cesta con cebollas y tomates...la
piedad, el goce.
Banho
por Gabriela Sandes Borges de Almeida
Ele chegou exausto do dia de correria, suor, trânsito
paralisado e horas desperdiçadas numa repartição
inóqua. Chegou com os ombros encurvados pelo
peso de mais um dia inútil de vida ou mais um
dia de vida inutilizado. Entrou no apartamento em desordem,
reflexo de tudo o que ele exalava: confusão de
odores, pensamentos, anotações de passado
e presente. Poeira, paredes vazias, livros amontoados:
jogou o casaco e o capacete na poltrona já cheia
e disse que precisava de um banho antes de me beijar.
Precisava remover aquela dura crosta de realidade e
me abraçar limpo.
Começou, então, o seu ritual de purificação
- e me acomodei confortavelmente na cama em frente ao
banheiro, de onde podia vê-lo banhar-se, absorto,
num diálogo intenso com a água quente
que caía do chuveiro.
Através da porta de vidro respingada, eu via
a sua silhueta máscula e morena, os músculos
relaxados, o rosto voltado para cima, entregue ao jato
quente, como quem recebe um abraço de conforto.
Da cama eu admirava, placidamente seduzida, aquele seu
momento íntimo de retorno a si mesmo. E havia
os passos que ele seguia a cada ritual: o ensaboamento
- primeiro o peito, depois as axilas, os braços,
pescoço. Usava um bucha vegetal para passar nas
costas. Depois ia para as pernas: coxas, panturrilha,
pés. Demorava-se no seu membro, ensaboando-o
com carinho e cuidado, observando-o atentamente. Em
seguida, o enxágüe, na mesma ordem. Lavava
o rosto um pouco bruscamente, como se ele merecesse
menos delicadeza que o resto.
Após mais alguns minutos de água quente,
ele desligava a torneira e agachava-se, em silêncio,
como numa oração. Assim permanecia por
um tempo, ainda molhado, ouvindo talvez o suave barulho
da água descendo vertiginosamente pelo ralo,
ou talvez não ouvindo coisa alguma, a não
ser o seu coração batendo exausto.
De longe, eu assistia e esperava, ansiosamente, que
ele não se demorasse muito mais no seu ritual
talassoterapêutico e viesse logo aos meus ardentes
braços (e lábios, seios e coxas), recuperar
a luz daquele dia sombrio e turvo.
Cotidiano por Chico Buarque ( Cara Nova
Editora Musical Ltda, São Paulo, 1971)
Todos
los días ella hace todo igual/me sacude a las
6 de la mañana/me sonríe una sonrisa puntual/
y me besa con boca de mentol/Todos los días ella
dice que es para cuidarme/Y esas cosas que dice toda
mujer/dice que está esperándome para cenar/y
me besa con boca de café/ Todos los días
sólo pienso en poder parar/Al mediodía
sólo pienso en decir no/despues pienso en sobrellevar
la vida/ y me callo con boca de feijão
(1) /A las seis de la tarde como era de esperarse/Ella
agarra y me espera en el portón/ dice que está
muy loca para besarme/y me besa con boca de pasión/Todas
las noches me pide que no me aleje/A la medianoche me
jura eterno amor/Y me aprieta casi hasta sofocarme/Y
me muerde con boca de pavor/Todos los días ella
hace todo igual/Me sacude a las 6 de la mañana/Me
sonríe una sonrisa puntual/Y me besa con boca
de mentol
El
pelícano
por Adelia Prado (Ed. Rocco, Río de Janeiro,
1998)
(Traducción Paula Larotonda)
La
primera vez/que tuve la conciencia de una forma,/le
dije a mi mamá:/doña Armanda tiene en
su cocina una cesta/donde pone los tomates y las cebollas;/comenzando
a inquietarme el miedo/de lo lindo que era perder la
forma,/hasta que un día escribí:/"en
este cuarto mi padre murió,/aquí dio cuerda
al reloj/y apoyó sus codos/en lo que pensaba
que era una ventana y eran los bordes de la muerte"./Entendí
que las palabras /de aquel modo agrupadas/dispensaban
las cosas sobre las cuales versaban,/mi propio padre
volvía, indestructible. Como si alguien pintara/la
cesta de doña Armanda/diciéndome enseguida:/ahora
puedes comer las frutas./Había un orden en el
mundo,/de dónde venía?/y por qué
afligía el alma/ Siendo ella misma alegría/y
diversa de la luz del día,/Se bañaba en
otra luz?/Era forzoso garantizar el mundo/de la corrosión
del tiempo, el propio tiempo burlar./Entonces proseguí:
"en este cuarto mi padre murió.../Puedes
cerrarte, oh! Noche,/tu oscuridad no vela este recuerdo"./Fue
el primer poema que escribí. (La Rosa Mística)
Estoy
alegre y el motivo/ bordea secretamente la humillación,/porque
a los 50 años/no puedo mas hacer un curso de
danza/escoger profesión,/aprender a nadar como
se debe./Mientras tanto, no se si es por causa de las
aguas,/de este aire que saca de los agujeros del piso
a las hormigas aladas,/o si es por causa de él
que vuelve/y pone todo arcaico como la materia del alma,/si
vas al pasto,/si miras al cielo,/aquellas frutitas amargas,/aquella
estrellita nueva,/sabe que nada cambió./ Papá
está vivo y tose,/mamá maldice sin rabia
en la cocina./Tan pronto como oscurezca iré con
mi amado./Qué mundo ordenado y bueno!/Amar a
quién?/Mi alma nació desposada/con un
marido invisible./Cuando él habla brota/ cuando
él viene yo sé,/porque las hastas se inclinan./Yo
quedo tan atenta que adormezco/ a cada año mas./Bajo
juramento les digo:/tengo 18 años. Incompletos.
(La bella adormecida).
Los
Frigoríficos son horribles
pero debo poetizarlos
para que nada escape a la redención:
Frigorífico de Jibóia
Carne fresca
Precio joya...
(de: "Dos horas de la tarde en Brasil)
Quiero
ver a Jonathan, /aquí o donde vive/ exilado de
mi./Está medio lluvioso y es domingo,/como un
domingo antiguo,/ cuando Ormírio llegó
con Antonia,/y me dio un cacho de uvas./De la misma
naturaleza es la nostalgia que siento/por aquel domingo
y por Jonathan.(de "La criatura")
Amor
por Clarice Lispector (en Lacos de familia, Ed.
Rocco, Rio de Janeiro, 1998)
Un
poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa
de malla, Ana subió al tranvía. Depositó
la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó
a andar. Entonces se recostó en el banco en busca
de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción.
Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso.
Crecían, se bañaban, exigían, malcriados,
por momentos cada vez más completos. La cocina
era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y
hacía explosiones. El calor era fuerte en el
departamento que estaban pagando de a poco. Pero el
viento golpeando las cortinas que ella misma había
cortado recordaba que si quería podía
enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo
mismo que un labrador. Ella había plantado las
simientes que tenía en la mano, no las otras,
sino esas mismas. Y los árboles crecían.
Crecía su rápida conversación con
el cobrador de la luz, crecía el agua llenando
la pileta, crecían sus hijos, crecía la
mesa con comidas, el marido llegando con los diarios
y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas
del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su
mano pequeña y fuerte, su corriente de vida.
Cierta hora de la tarde era la más peligrosa.
A cierta hora de la tarde los árboles que ella
había plantado se reían de ella. Cuando
ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba.
Sin embargo, se sentía más sólida
que nunca, su cuerpo había engrosado un poco,
y había que ver la forma en que cortaba blusas
para los chicos, con la gran tijera restallando sobre
el género. Todo su deseo vagamente artístico
hacía mucho que se había encaminado a
transformar los días bien realizados y hermosos;
con el tiempo su gusto por lo decorativo se había
desarrollado suplantando su íntimo desorden.
Parecía haber descubierto que todo era susceptible
de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría
una apariencia armoniosa; la vida podría ser
hecha por la mano del hombre. En el fondo, Ana siempre
había tenido necesidad de sentir la raíz
firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar,
sorprendentemente. Por caminos torcidos había
venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa
de caber en él como si ella lo hubiera inventado.
El hombre con el que se había casado era un hombre
de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos
de verdad. Su juventud anterior le parecía tan
extraña como una enfermedad de vida. Había
surgido de ella muy pronto para descubrir que también
sin la felicidad se vivía: aboliéndola,
había encontrado una legión de personas,
antes invisibles, que vivían como quien trabaja
con persistencia, continuidad, alegría. Lo que
le había sucedido a Ana antes de tener su hogar
ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una
exaltación perturbada a la que tantas veces había
confundido con una insoportable felicidad. A cambio
de eso, había creado algo al fin comprensible,
una vida de adulto. Así lo había querido
ella y así lo había escogido. Su precaución
se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de
la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar
ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia
distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles
limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto.
Pero en su vida no había lugar para sentir ternura
por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad
que le habían transmitido los trabajos de la
casa. Entonces salía para hacer las compras o
llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de
la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía
ya era el final de la tarde y los niños, de regreso
del colegio, la exigían. Así llegaba la
noche, con su tranquila vibración. De mañana
despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente
encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como
si regresaran arepentidos. En cuanto a ella misma, formaba
oscuramente parte de las raíces negras y suaves
del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida.
Y eso estaba bien. Así lo había querido
y elegido ella. El tranvía vacilaba sobre las
vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba
un viento más húmedo anunciando, mucho
más que el fin de la tarde, el final de la hora
inestable. Ana respiró profundamente y una gran
aceptación dio a su rostro un aire de mujer.
El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía.
Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de
descansar. Fue entonces cuando miró hacia el
hombre detenido en la parada. La diferencia entre él
y los otros es que él estaba realmente detenido.
De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era
un ciego. ¿Qué otra cosa había
hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo
inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió:
el ciego masticaba chicle... Un hombre ciego masticaba
chicle. Ana todavía tuvo tiempo de pensar por
un segundo que los hermanos irían a comer; el
corazón le latía con violencia, espaciadamente.
Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira
lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad.
Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento,
al masticar, lo hacía parecer sonriente y de
pronto dejó de sonreír, sonreír
y dejar de sonreír -como si él la hubiese
insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría
la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba
mirándolo, cada vez más inclinada -el
tranvía arrancó súbitamente, arrojándola
desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de
malla rodó de su regazo y cayó en el suelo.
Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar
antes de saber de qué se trataba; el tranvía
se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz
de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió
pálida. Una expresión desde hacía
tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad,
todavía incierta, incomprensible. El muchacho
de los diarios reía entregándole sus paquetes.
Pero los huevos se habían quebrado en el paquete
de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban
entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido
su tarea de masticar chicle y extendía las manos
inseguras, intentando inútilmente percibir lo
que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue
arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de
los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía
reinició nuevamente la marcha. Pocos instantes
después ya nadie la miraba. El tranvía
se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando
chicle había quedado atrás para siempre.
Pero el mal ya estaba hecho. La bolsa de malla era áspera
entre sus dedos, no íntima como cuando la había
tejido. La bolsa había perdido el sentido, y
estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía
qué hacer con las compras en el regazo. Y como
una extraña música, el mundo recomenzaba
a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?,
¿acaso se había olvidado de que había
ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad.
Aun las cosas que existían antes de lo sucedido
ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil,
perecedero... El mundo nuevamente se había transformado
en un malestar. Varios años se desmoronaban,
las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de
sus propios días, le parecía que las personas
en la calle corrían peligro, que se Un poco cansada,
con las compras deformando la nueva bolsa de malla,
Ana subió al tranvía. Depositó
la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó
a andar. Entonces se recostó en el banco en busca
de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción.
Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso.
Crecían, se bañaban, exigían, malcriados,
por momentos cada vez más completos. La cocina
era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y
hacía explosiones. El calor era fuerte en el
departamento que estaban pagando de a poco. Pero el
viento golpeando las cortinas que ella misma había
cortado recordaba que si quería podía
enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo
mismo que un labrador. Ella había plantado las
simientes que tenía en la mano, no las otras,
sino esas mismas. Y los árboles crecían.
Crecía su rápida conversación con
el cobrador de la luz, crecía el agua llenando
la pileta, crecían sus hijos, crecía la
mesa con comidas, el marido llegando con los diarios
y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas
del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su
mano pequeña y fuerte, su corriente de vida.
Cierta hora de la tarde era la más peligrosa.
A cierta hora de la tarde los árboles que ella
había plantado se reían de ella. Cuando
ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba.
Sin embargo, se sentía más sólida
que nunca, su cuerpo había engrosado un poco,
y había que ver la forma en que cortaba blusas
para los chicos, con la gran tijera restallando sobre
el género. Todo su deseo vagamente artístico
hacía mucho que se había encaminado a
transformar los días bien realizados y hermosos;
con el tiempo su gusto por lo decorativo se había
desarrollado suplantando su íntimo desorden.
Parecía haber descubierto que todo era susceptible
de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría
una apariencia armoniosa; la vida podría ser
hecha por la mano del hombre. En el fondo, Ana siempre
había tenido necesidad de sentir la raíz
firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar,
sorprendentemente. Por caminos torcidos había
venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa
de caber en él como si ella lo hubiera inventado.
El hombre con el que se había casado era un hombre
de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos
de verdad. Su juventud anterior le parecía tan
extraña como una enfermedad de vida. Había
surgido de ella muy pronto para descubrir que también
sin la felicidad se vivía: aboliéndola,
había encontrado una legión de personas,
antes invisibles, que vivían como quien trabaja
con persistencia, continuidad, alegría. Lo que
le había sucedido a Ana antes de tener su hogar
ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una
exaltación perturbada a la que tantas veces había
confundido con una insoportable felicidad. A cambio
de eso, había creado algo al fin comprensible,
una vida de adulto. Así lo había querido
ella y así lo había escogido. Su precaución
se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de
la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar
ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia
distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles
limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto.
Pero en su vida no había lugar para sentir ternura
por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad
que le habían transmitido los trabajos de la
casa. Entonces salía para hacer las compras o
llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de
la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía
ya era el final de la tarde y los niños, de regreso
del colegio, la exigían. Así llegaba la
noche, con su tranquila vibración. De mañana
despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente
encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como
si regresaran arepentidos. En cuanto a ella misma, formaba
oscuramente parte de las raíces negras y suaves
del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida.
Y eso estaba bien. Así lo había querido
y elegido ella. El tranvía vacilaba sobre las
vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba
un viento más húmedo anunciando, mucho
más que el fin de la tarde, el final de la hora
inestable. Ana respiró profundamente y una gran
aceptación dio a su rostro un aire de mujer.
El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía.
Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de
descansar. Fue entonces cuando miró hacia el
hombre detenido en la parada. La diferencia entre él
y los otros es que él estaba realmente detenido.
De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era
un ciego. ¿Qué otra cosa había
hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo
inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió:
el ciego masticaba chicle... Un hombre ciego masticaba
chicle. Ana todavía tuvo tiempo de pensar por
un segundo que los hermanos irían a comer; el
corazón le latía con violencia, espaciadamente.
Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira
lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad.
Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento,
al masticar, lo hacía parecer sonriente y de
pronto dejó de sonreír, sonreír
y dejar de sonreír -como si él la hubiese
insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría
la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba
mirándolo, cada vez más inclinada -el
tranvía arrancó súbitamente, arrojándola
desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de
malla rodó de su regazo y cayó en el suelo.
Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar
antes de saber de qué se trataba; el tranvía
se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz
de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió
pálida. Una expresión desde hacía
tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad,
todavía incierta, incomprensible. El muchacho
de los diarios reía entregándole sus paquetes.
Pero los huevos se habían quebrado en el paquete
de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban
entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido
su tarea de masticar chicle y extendía las manos
inseguras, intentando inútilmente percibir lo
que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue
arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de
los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía
reinició nuevamente la marcha. Pocos instantes
después ya nadie la miraba. El tranvía
se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando
chicle había quedado atrás para siempre.
Pero el mal ya estaba hecho. La bolsa de malla era áspera
entre sus dedos, no íntima como cuando la había
tejido. La bolsa había perdido el sentido, y
estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía
qué hacer con las compras en el regazo. Y como
una extraña música, el mundo recomenzaba
a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?,
¿acaso se había olvidado de que había
ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad.
Aun las cosas que existían antes de lo sucedido
ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil,
perecedero... El mundo nuevamente se había transformado
en un malestar. Varios años se desmoronaban,
las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de
sus propios días, le parecía que las personas
en la calle corrían peligro, que se mantenían
por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad;
y por un momento la falta de sentido las dejaba tan
libres que ellas no sabían hacia dónde
ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito
que Ana se agarró al asiento de enfrente, como
si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas
pudieran ser revertidas con la misma calma con que no
lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había
venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso
con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada.
El calor se había vuelto menos sofocante, todo
había ganado una fuerza y unas voces más
altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía
que estaba pronta a estallar una revolución.
Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado
de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido
al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte
estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas
la asustaban con el vigor que poseían. Junto
a ella había una señora de azul, ¡con
un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En
la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos
novios entrelazaban los dedos sonriendo... ¿Y
el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad
extremadamente dolorosa. Ella había calmado tan
bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara.
Mantenía todo en serena comprensión, separaba
una persona de las otras, las ropas estaban claramente
hechas para ser usadas y se podía elegir por
el diario la película de la noche, todo hecho
de tal modo que un día sucediera al otro. Y un
ciego masticando chicle lo había destrozado todo.
A través de la piedad a Ana se le aparecía
una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.
Solamente entonces percibió que hacía
mucho que había pasado la parada para descender.
En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con
un susto; descendió del tranvía con piernas
débiles, miró a su alrededor, asegurando
la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no
consiguió orientarse. Le parecía haber
descendido en medio de la noche. Era una calle larga,
con altos muros amarillos. Su corazón latía
con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer
los alrededores, mientras la vida que había descubierto
continuaba latiendo y un viento más tibio y más
misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada
mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un
poco más a lo largo de la tapia, cruzó
los portones del Jardín Botánico. Caminaba
pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros.
No había nadie en el Jardín. Dejó
los paquetes en el suelo, se sentó en un banco
de un atajo y allí se quedó por algún
tiempo. La vastedad parecía calmarla, el silencio
regulaba su respiración. Ella se adormecía
dentro de sí. De lejos se veía la hilera
de árboles donde la tarde era clara y redonda.
Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.
A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a
árboles, pequeñas sorpresas entre los
"cipós". Todo el Jardín era
triturado por los instantes ya más apresurados
de la tarde. ¿De dónde venía el
medio sueño por el cual estaba rodeada? Como
por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño,
demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve
e íntimo la sobresaltó: se volvió
rápida. Nada parecía haberse movido. Pero
en la alameda central estaba inmóvil un poderoso
gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa,
desapareció. Inquieta, miró en torno.
Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre
el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra.
Y de repente, con malestar, le pareció haber
caído en una emboscada. En el Jardín se
hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba
a apercibirse. En los árboles las frutas eran
negras, dulces como la miel. En el suelo había
carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros
podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas.
Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco
del árbol se pegaban las lujosas patas de una
araña. La crudeza del mundo era tranquila. El
asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que
pensábamos. Al mismo tiempo que imaginario, era
un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes
dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por
parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado.
Como el rechazo que precedía a una entrega, era
fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez
era fascinada. Los árboles estaban cargados,
el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana
pensó que había niños y hombres
grandes con hambre, la náusea le subió
a la garganta, como si ella estuviera grávida
y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora
que el ciego la había guiado hasta él,
se estremecía en los primeros pasos de un mundo
brillante, sombrío, donde las victorias-regias
flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas
sobre el césped no le parecían amarillas
o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas.
La descomposición era profunda, perfumada...
Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con
la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados
por la vida más delicada del mundo. La brisa
se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba
que sentía su olor dulzón... El Jardín
era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno. Ahora
era casi noche y todo parecía lleno, pesado,
un esquilo* pareció volar con la sombra. Bajo
los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con
delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada.
Pero cuando recordó a los niños, frente
a los cuales se había vuelto culpable, se irguió
con una exclamación de dolor. Tomó el
paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó
la alameda. Casi corría, y veía el Jardín
en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió
los portones cerrados, los sacudía apretando
la madera áspera. El cuidador apareció
asustado por no haberla visto. Hasta que no llegó
a la puerta del edificio, había parecido estar
al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta
el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué
sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta,
como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo,
sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la
casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban
limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara
brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa?
Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara
le pareció una manera moralmente loca de vivir.
El niño que se acercó corriendo era un
ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría
y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto.
Se protegía trémula. Porque la vida era
peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había
sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en
que siempre había sido fascinada por las ostras,
con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad
de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó
al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera
de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín
Botánico?- se prendía a él, a quien
quería por encima de todo. Había sido
alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible,
dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría
en caso de seguir el llamado del ciego? Iría
sola... Había lugares pobres y ricos que necesitaban
de ella. Ella precisaba de ellos... -Tengo miedo -dijo.
Sentía las costillas delicadas de la criatura
entre los brazos, escuchó su llanto asustado.
-Mamá -exclamó el niño. Lo alejó
de sí, miró aquel rostro, su corazón
se crispó. -No dejes que mamá te olvide
-le dijo. El niño, apenas sintió que el
abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta
la puerta de la habitación, de donde la miró
más seguro. Era la peor mirada que jamás
había recibido. La sangre le subió al
rostro, afiebrándolo. Se dejó caer en
una silla, con los dedos todavía presos en la
bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?
No había cómo huir. Los días que
ella había forjado se habían roto en la
costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra.
Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué
tenía vergüenza? Porque ya no se trataba
de piedad, no era solamente piedad: su corazón
se había llenado con el peor deseo de vivir.
Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego
o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había
distanciado, y torturada, ella parecía haber
pasado para el lado de los que le habían herido
los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo
y alto, la revelaba. Con horror descubría que
ella pertenecía a la parte fuerte del mundo -¿y
qué nombre se debería dar a su misericordia
violenta? Sería obligada a besar al leproso,
pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego
me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó
asustada. Sentíase expulsada porque ningún
pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah¡,
¡era más fácil ser un santo que
una persona! Por Dios, ¿no había sido
verdadera la piedad que sondeara en su corazón
las aguas más profundas? Pero era una piedad
de león. Humillada, sabía que el ciego
preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose,
también sabía por qué. La vida
del Jardín Botánico la llamaba como el
lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba
al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin
embargo, no era con ese sentimiento con el que se va
a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala.
Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la
sirvienta a preparar la cena. Pero la vida la estremecía,
como un frío. Oía la campana de la escuela,
lejana y constante. El pequeño horror del polvo
ligando en hilos la parte inferior del fogón,
donde descubrió la pequeña araña.
Llevando el florero para cambiar el agua -estaba el
horror de la flor entregándose lánguida
y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se
hacía allí en la cocina. Cerca de la lata
de basura, aplastó con el pie a una hormiga.
El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño
cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el
agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano.
El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror.
Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando
los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza,
en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una
noche cálida. Una noche en que la piedad era
tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría
el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía
en sus ojos. Después vino el marido, vinieron
los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los
hermanos. Comieron con las ventanas todas abiertas,
en el noveno piso. Un avión estremecía,
amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado
pocos huevos, la comida estaba buena. También
sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra
con los otros. Era verano, sería inútil
obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida
y reía suavemente con los otros. Finalmente,
después de la comida, la primera brisa más
fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban
la mesa, ellos, la familia. Cansados del día,
felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos.
Se reían de todo, con el corazón bondadoso
y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor
de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el
instante entre los dedos antes que desapareciera para
siempre. Después, cuando todos se fueron y los
chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte
que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida
y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado,
¿cabría en sus días? ¿Cuántos
años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier
movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos.
Pero con una maldad de amante, parecía aceptar
que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias
flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía
entre los frutos del Jardín Botánico.
¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el
fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó
corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido
frente al café derramado. -¿Qué
fue? -gritó vibrando toda. Él se asustó
por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:
-No fue nada -dijo-, soy un descuidado -parecía
cansado, con ojeras. Pero ante el extraño rostro
de Ana, la observó con mayor atención.
Después la atrajo hacia sí, en rápida
caricia. -¡No quiero que te suceda nada, nunca!
-dijo ella. -Deja que por lo menos me suceda que el
fogón explote -respondió él sonriendo.
Ella continuó sin fuerzas en sus brazos. Ese
día, en la tarde, algo tranquilo había
estallado, y en toda la casa había un clima humorístico,
triste. -Es hora de dormir -dijo él-, es tarde.
En un gesto que no era de él, pero que le pareció
natural, tomó la mano de la mujer, llevándola
consigo sin mirar para atrás, alejándola
del peligro de vivir. Había terminado el vértigo
de la bondad. Había atravesado el amor y su infierno;
ahora peinábase delante del espejo, por un momento
sin ningún mundo en el corazón. Antes
de acostarse, como si apagara una vela, sopló
la pequeña llama del día. * Pequeño
mamífero roedor (N. de la T.)
Lic.
Paula Larotonda
paularot@datamarkets.com.ar
(1)
Comida típica popular brasilera
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