A
Paula, porque me ayudó a
apropiarme de lo mío...
Y porque la amo.
Ese
impostor necesario que a menudo somos, ese que "miramos"
dialogar con los otros -y que en los momentos de máxima
necedad, llega incluso hasta darnos algunos consejos
de vida-, ese que construimos con tanto esmero cada
mañana, mejorado o desmejorado según
las circunstancias, ese con quien nos disimulamos
para poder tener una apariencia más o menos
presentable. Ese impostor, alegre, amable y seductor,
nos tiene en la palma de su mano, sin duda dependemos
enteramente de él, sobre todo para encarar
esos días que resultan tan difíciles.
Sabemos que es un farsante pero le hemos tomado cariño
y moriríamos de pena si, de un día para
otro, nos abandonara. Como una visita indeseada pero
inevitable, invade con descaro cada uno de nuestros
espacios, nos roba los amigos y se acuesta con las
mujeres que nosotros deseamos con más ardor.
Sin embargo, de tanto en tanto, nos permite reservar
la palabra más real de la que fuéramos
posible, para dejarla caer en nuestro silencio más
pleno... Nos deja ese mínimo espacio para una
palabra-silencio que sólo diremos a algunos
de nuestros íntimos. Son los momentos en que
verdaderamente nos presentamos. Pero la mayoría
del tiempo, no abandonamos a ese rostro reconocido
por todos nuestros conocidos:
Dejé a alguien en esta sala (1)
Que mucho se distinguía
de otro que nadie era
Cuando yo desaparecía.
A mi se asemejaba,
Pero sólo en la superficie
En lo más profundo, yo, palabra,
No pasaba de pastiche.
Unos
restos, unos tragos, un día,
Mis tíos, mis madres y mis padres
Me llamaron de vuelta adentro
Y desde entonces jamás volví.
Pero allí, justo allí, en ese espacio,
Allá se va, ejemplo de mí,
Algo, alguien, mil pedazos,
Medio inicio, medio medio, sin fin.
Cuándo
se inició el viaje que nos dejó atrás,
que nos depositó en este territorio extraño,
en este cuerpo extranjero, en esta voz y estas manos
ya algo envejecidas? Y sin embargo, quien desecharía
la deliciosa sensación que nos da la conquista
de ese ajeno que somos, conquista que efectuamos en
los otros y, sobre todo, en la mujer que amamos y
nos hace sentir conquistadores.
La vida parece una perpetua partida, avatares de un
viaje. Seguir dejándonos un poco atrás
en cada partida es conservar algo de vida para la
llegada final que nunca alcanzamos del todo.
Viajar
me deja (2)
el alma arrasada,
próximo a todo,
lejos de casa.
En
casa estaba la vida,
Aquella que, en el viaje,
Viajaba, bella
y adormecida.
La
vida viajaba
Pero viajaba sin mí,
Que todo viaje
Está hecho tan sólo de partida.
Y
el viaje, quizás nunca deje del todo atrás
su punto de partida, la infancia:
Recuerdo, de un modo remoto, como si viajara para
adentro, la monotonía, todavía diferente,
de aquella casa provinciana... Allí pasé
la infancia pero no sabría decir, si quisiese
hacerlo, si con más o con menos felicidad con
la que hoy vivo. Era otro del que soy el que vivía
allí: son vidas diferentes, distintas, incomparables.
Las mismas monotonías, que las aproximan por
fuera, eran sin duda diferentes por dentro. No eran
dos monotonías, sino dos vidas. (...) De cualquier
modo me he convertido en la ficción de mí
mismo que cualquier sentimiento natural que tengo,
desde luego, desde que nace, se me transforma en un
sentimiento de la imaginación: la memoria en
sueños, el sueño en olvidarme de él,
el conocerme en no pensar en mí. (3)
(1)
El huésped desapercibido, Paulo Leminski
(2) De viaje, Paulo Leminski
(3) El libro del desasosiego, Fenando Pessoa, E. Seix
Barral, 1999
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