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Bachelard, los lacanianos y la "falla del analista" por Daniel Ripesi

En relación a este tema puede leerse la "sobremesa" realizada a Gastón Bachelard.


Imágenes: Clara Biedma

Gastón Bachelard es un importantísimo y polémico epistemólogo francés, muy mimado por los psicoanalistas argentinos de los años '70, sobre todo por aquellos enrolados en la corriente lacaniana. Destacan ellos cómo en su famoso libro: La formación del espíritu científico, Bachelard plantea una atractiva idea: que el progreso del saber sólo puede darse a partir del necesario desprendimiento de ese primer impacto, seductor y engañoso a la vez, que supone el registro imaginario de toda experiencia. Pero…


I. Bachelard y los lacanianos: "el Falo no es el pene"

Bachelard propone, según el lacanismo, una formalización de la experiencia que debe desprenderse radicalmente de todo valor fenomenológico. Sólo así, traspasando los límites del registro imaginario puede surgir el verdadero pensamiento científico.

Aquellos primeros lacanianos, en su encarnizada crítica a un saber basado en las apariencias con que la realidad suele disfrazarse y engañar "a primera vista", en el anhelo entusiasta de dar y aprehender al Ser más allá del valor contingente y fugaz de los detalles, en definitiva, en el rechazo de todo valor positivo de los objetos para despertar y sostener al deseo subjetivo, efectuaron la dilución del valor empírico de los objetos reemplazándolo por su excluyente valor "simbólico". Pero simbólico se hizo rápidamente en ellos sinónimo de "abstracto". "El Falo no es el pene" se dice con precisión y solemnidad.

Seguramente, pero no se trata de que el falo sea lo que queda cuando se lo descontamina o purifica del pene... La frase pretendía indicar el desajuste, el más o el menos, que se genera cuando se lo quiere inscribir en la carne que lo sostiene y limita (para que el falo palpite y funcione) y sin la cual es Falo es nada... 

La polémica con los analistas kleinianos en aquellas épocas pasa, justamente, por el desconocimiento que éstos tienen del valor significante del falo como organizador simbólico de la sexualidad. Ese desconocimiento, en la crítica que el movimiento lacaniano lleva adelante del pensamiento kleiniano, es solidario de la atribución de un valor empíricamente positivo a la vagina como órgano sexual recortado para la niña a partir de experimentar tempranísimas sensaciones orgánicas1.

Sin embargo, al batallar contra el empirismo ingenuo, o el realismo psicologista con que se impregna para ellos la teoría kleiniana, los lacanianos de entonces caen en una suerte de racionalismo abstracto. Interpretan el estructuralismo que proponía Lacan como la aplicación de un racionalismo casi cartesiano. La estructura es el lenguaje matemático y permanente de lo contingente y lo simbólico una desrealización de lo empírico (en una interpretación radicalizada del estatuto que Freud asignaba al objeto para el movimiento pulsional: su contingencia.

No obstante, esa contingencia tiene un límite sin lo cual el valor simbólico de los objetos propondría una metonimia interminable, todo remitiría a algo, todo sería significante. El racionalismo desempirizante del lacanismo2 da unidad a la experiencia analítica bajo esta consigna: "todo es significante", sólo progresivamente se admitirá que no todo lo es. Lo que el falo, justamente, "tiene de pene" escapa a un revestimiento absolutamente simbólico de la carne: se hablará de lo real (en la metapsicología lacaniana). Pero, los primeros lacanianos asumieron que, si lo "imaginario" es la pregnancia engañosa de la realidad empírica, lo "real" pasa a ser algo inefable, algo casi impensable ("lo lógico imposible", se dice) cuya consideración acerca al misticismo... El "R.S.I", el anudamiento inseparable de los tres registros se fue imponiendo de a poco.

Mientras tanto la clínica lacaniana se propone con cada paciente "desmalezar" esa variada configuración sintomática que los trae a sus tratamientos. Porque no hay que dejarse engañar, esos síntomas de los que los pacientes no dejan de quejarse con amargura -pero de los que, de todos modos, se aferran testarudamente-, están sostenidos en el laconismo de una elemental gramática fantasmática, en una sola frase silenciosa y obstinada, suerte de nódulo escueto y monótono que los atenaza subjetivamente a determinada repetición existencial, cierta forma de goce rebelde e insondable. Por debajo de lo variable y cambiante -de lo sintomático- hay que saber leer la permanencia inalterable del fantasma. No faltan los grafos que ilustran esta ambición galileana. (Como quien diría: La naturaleza está escrita en caracteres matemáticos...).

Curiosamente, en este aspecto, los primeros lacanianos quedan muy emparentados con los últimos kleinianos: éstos también "apuntan" en el marco de las curas-y en una catarata de interpretaciones, que alguien llamó "terrorismo interpretativo"3-  al fantasma. Y como este fantasma articula ansiedades vinculadas esencialmente con la pulsión de muerte, dichas interpretaciones no pueden ser más que esquemáticas y monótonas. Toda singularidad queda abolida y homogeneizada, todos los pacientes se parecen demasiado, la cifra del destino los anticipa según las mismas fórmulas4. Hasta no hace mucho tiempo todos los obsesivos se preguntaban por el Ser, todas las histéricas tropezaban con el enigma de qué es ser una Mujer... Y toda psicosis era paranoia y se debía remitir a la "dramática Schreber"; así como el sadismo temprano -en la teoría kleiniana- hunde a todo sujeto en puntuales fantasmas de carácter persecutorio o maníaco.

Al "terrorismo interpretativo" se opuso el "silencio del muerto", tardó mucho el analista en recuperar el riesgo de su palabra, en darle la carne de su voz y la cadencia de su silencio, en fin , en dejar de devaluarla en una verborrea repetitiva o en sobrevalorarla en la ilusión de poder "retenerla", abroquelado en el mutismo. Efectivamente, el analista sólo puede hablar o hacer (verdaderamente) silencio cuando ya no se siente dueño de la palabra. La posición del analista progresaba hacia la desposesión y la vulnerabilidad.

Entonces, Bachelard aparentemente daba cobertura epistemológica a las ambiciones estructuralistas (devenidos con frecuencia racionalismo) de los primeros lacanianos. Toda primer aprehensión, inmediata y empírica de los hechos, debía encontrar la estructuración simbólica que los esclarece y descontamina de todo lastre psicologizante. Bachelard insiste en el valor de "obstáculo" que tiene la experiencia cuando se la estima como concreta y real, natural e inmediata. Invoca un psicoanálisis del "espíritu científico" que lo aligere y dinamice llevándolo de las representaciones de lo real a sus mejores abstracciones (Partiremos pues, casi siempre -dice Bachelard-, de las imágenes, a veces muy pintorescas, de la fenomenología básica: veremos cómo y con que dificultades se sustituyen a esas imágenes las formas geométricas adecuadas5).

Pero el racionalismo de Bachelard es, según él mismo lo afirma, "aplicado". Nos dice: nada de racionalidad en el vacío, nada de empirismo deshilvanado: tales son las obligaciones filosóficas que fundan la estrecha y precisa síntesis de teoría y experiencia...6 Si el pensamiento abandona demasiado sus lazos sensuales con lo real, se torna un pobre -y dogmático- idealismo ingenuo (que resulta ser el otro riesgo del realismo ingenuo del que el racionalismo se pretende alejar).

Bachelard quiere evitar una especulación que caiga en el tejido de un puro racional que explica teóricamente los acontecimientos (pero que termina produciendo discursos que no toman el menor contacto con los hechos concretos.) La teoría debe dialogar con los hechos empíricos, no protegerse de ellos en el bunker de la lógica especulativa y en la autosuficiencia de los juicios apodícticos (que en el dominio de la teoría psicoanalítica y del intercambio entre los psicoanalistas, toma la forma frecuente de una "jerga" vacía de contenido concreto -ver próximo apartado de este mismo trabajo-). El científico debe abandonar la "monarquía del pensamiento solitario".

La de Bachelard es una posición filosófica basada en la paradójica síntesis del realismo y del racionalismo, una síntesis -o dialéctica- que recuerda al pensamiento de M. Ponty, el "filósofo la ambigüedad", quien combate con la misma energía al racionalismo y al empirismo como teorías explicativas -de manera reductiva- del conocimiento.

El hábito de la razón -afirma Bachelard- puede convertirse en un trastorno de la razón. (Y continúa) El formalismo puede degenerar, por ejemplo, en un automatismo de lo racional y la razón se vuelve como ausente de su organización7. Lo que este autor desea es que el desarrollo del pensamiento racional permanezca atento y vigilante para no caer en sus hábitos "racionales", para no burocratizar la comodidad de un pensamiento que funciona sin contemplar las contradicciones o los contratiempos lógicos.  ¿Qué sería -para la escucha analítica- un discurso que no tropieza en el lapsus?, pero ¿qué sería un lapsus que no interrumpe un discurso "bien" organizado? Peor aún, ¿Qué sería de la "libre asociación" si fuera, verdaderamente, "libre asociación"? o ¿de qué serviría un lapsus permanente (lo cual lo invalidaría, evidentemente, como "lapsus")?

Cuando Lacan enuncia la existencia de una "palabra plena" y una "palabra vacía" en el discurso de sus pacientes incurre en un idealismo del que después debe reponerse. Efectivamente, queda encerrado en un dilema que él mismo comenta: cuando el analista está frente a la "palabra vacía" es inútil señalar nada al paciente, pues nada en su frivolidad alude a una verdad subjetiva digna de ser puesta de relieve, pero, cuando se enfrenta a la "palabra plena", ¿qué decir?, ya está todo dicho con ella... En tal caso, el silencio del analista es una condena por esta divisoria entre lo "pleno" y lo "vacío"8. Sólo una dialéctica entre ellas ofrece algo a la escucha del analista y del paciente. Pero la "lógica del saber inconsciente" no es el lenguaje en caracteres matemáticos que habita "más allá" de lo que un paciente dice: ni "más allá" ni "más acá", no hay sujeto puro del inconsciente (ni lo contrario)!

Ahora bien, a la larga, el valor de la imagen (sí, de la imagen!), sobre todo de la imagen poética, como aproximación exacta a los problemas y los misterios que plantea la realidad, es para Bachelard un recurso inigualable para aproximarse a ciertas verdades, pero claro, a esas alturas los entusiastas psicoanalistas lacanianos ya no lo "leían", es una pena por que habían madurado lo suficiente como para leer las obras más maduras del propio Bachelard. Este filósofo francés había afinado su método epistemológico de aproximación a la realidad proponiendo una mirada onírica, y se lamentaba "los psicoanalistas "piensan demasiado no sueñan lo suficiente". Bachelard pasa -para desentrañar lo real- del cógito racionalista "aplicado" al cógito "onírico" de una ensoñación lúcida y penetrante.

II. La condición del diálogo:  fallar

En el discurso científico devenido jerga, la palabra no falla... La palabra ha dejado de soñar, está siempre en atenta vigilia. Pero ¿qué es "fallar"? Retomemos el pensamiento de Bachelard. Para este autor, el mejor modo de fallar, sin lo cual el pensamiento no se nutre ni progresa, es el diálogo con los colegas, la socialización del saber, perturbar la pacífica monarquía de nuestro pensamiento solitario... En el intercambio con otros, se impone un esfuerzo dialéctico por salir del propio sistema de pensamiento, encierro en donde reina la "perfección": Sería tan fácil organizar un pensamiento subjetivo acorde con la ilusiones primeras (la de las intuiciones personales que pretenden haber abarcado de modo completo e inequívoco el secreto de un problema) ¿Por qué entonces -se pregunta Bachelard- entre ustedes y yo, asociar nuestras plácidas ensoñaciones e intentar crear comunidades intelectuales? ¡Qué cada cual se quede en su casa, encerrado en su pensamiento subjetivo, entregado al culto de la razón que seguiría siendo personal!9

Pero, claro está, cuando la comunidad se impone -e impone a todo el mundo- una jerga para decirlo todo y siempre del mismo modo, sin diferencias subjetivas en juego, nadie ha "salido de sí mismo": todos son Uno, y Uno es nadie. Bachelard propone una paradoja del intercambio entre pares: Cuando se acomete la empresa de introducir en el diálogo una idea original, que se cree absolutamente personal, nace una suerte de "razón universal": ¡La ley es dictada por el detalle, la excepción se convierte en regla, el sentido oculto es el sentido claro!  El diálogo impone el dolor de cierta derrota subjetiva: El espíritu nunca se deslumbra tanto como cuando advierte que ha sido engañado. Ese deslumbramiento, ese despertar intelectual es la fuente de una intuición nueva, puramente racional, puramente polémica, que cobra vida en la derrota de lo que fue una certeza primera, en la dulce amargura de una ilusión perdida10.

Y las razones para permanecer aferrado a las propias certezas da paso a las razones para cambiarlas: lo más real es lo más rectificado, lo más alejado de las nociones primeras. Pero este desafío tiene siempre un límite: Yo soy el límite de mis ilusiones perdidas: Mi ser es mi resistencia... Dialogar con otros es estar dispuesto a una renuncia personal. Conocer es un pensamiento personal y pleno de certeza que decrece, es interrumpir un monólogo consigo mismo. Al tomar conciencia de mi error objetivo, tomo conciencia de mi libertad de orientación. Esta orientación liberada y reflexiva es ya el viaje potencial hacia fuera de mí mismo, en busca de un nuevo destino espiritual. Yo me engañaba sobre las cosas. Así, pues, no soy en verdad el que creía ser11.

A partir de la falla se descubre quién es verdaderamente uno. Por supuesto, el científico prefiere a menudo lo que confirma su saber a aquello que lo que lo contradice, las respuestas a las preguntas... Así -para Bachelard lo que constituye un verdadero "obstáculo epistemológico", lo que detiene un saber o lo hace incurrir en confusiones, no es la dificultad del objeto que se aborda sino algo inherente al propio proceso de pensamiento, una resistencia en el propio interior del científico que investiga: Costumbres intelectuales que fueron útiles y sanas pueden, a la larga, trabar la investigación (...) el instinto formativo acaba por ceder frente al instinto conservativo. El anhelo de forjar sistemas de conocimiento homogéneos, integralmente ciertos y conformes a una unidad de criterio traban el progreso de un saber (Ver, en relación a este tema, una perspectiva winnicottiana en: www.espaciopotencial.com.ar/elestudio/lovivo.html )

La verdad no es un descubrimiento repentino o laborioso en el curso de una investigación, sino la declinación de alguna verdad inicial en la que se creía con firmeza. Frente al misterio de lo real el alma no puede, por decreto, tornarse ingenua (...) lo que cree saberse claramente ofusca lo que debiera saberse. Efectivamente, para Bachelard siempre se conoce contra un conocimiento anterior (...) destruyendo conocimientos mal adquiridos o superando aquello que, en el espíritu mismo, obstaculiza la espiritualización (...) Una psicología de la actitud científica es una historia de nuestros errores personales12. Todo científico que en apariencia enfrenta por primera vez un enigma, tiene -en realidad- la edad de sus prejuicios ¿será distinto con el psicoanalista?

Epílogo: Ensoñación y realidad

Toda relación con lo real está marcada por la inadecuación, por un diálogo mal definido, por una distancia difícil de subsanar. Sin embargo, tarde o temprano, el científico cree poder sellar con los objetos la posibilidad de un encuentro seguro. Se celebran las nupcias con la formulación de leyes basadas en datos objetivos. Pero lo que se cree "punto de llegada" es, apenas, un "punto de partida". Son diversas aproximaciones, cada una subsanando la distancia que abre la anterior, estrechando vínculos y abriendo nuevos desacuerdos.  Se todos modos, es necesario fundar la ilusión de ese encuentro inicial para abrirse a los desengaños que escalonan un saber objetivo. Puesto que no hay proceso objetivo sin la consciencia de un error íntimo y básico, debemos comenzar las lecciones de objetividad por una verdadera confesión de nuestras fallas intelectuales.13

Cuando se cree haber desarrollado la teoría de un saber absoluto y pleno sobre el objeto, se ha desarrollado la función más importante y esencial de un sujeto: engañarse (dicho esto sin la menor ironía, engañarse no es sencillo...). Entonces se inicia el movimiento de desengaño, el verdadero proceso de objetivación que es rectificar un equívoco. Pero pronto se descubre que esto implica cambiar el método de aproximación al objeto. Paradoja o fatalismo: al variar al método de aproximación, cambia al objeto mismo que se investiga. Al cambiar la perspectiva cambia el universo (atenuemos, un poco sigue siendo el mismo, un poco se revela como nuevo y distinto). La realidad parecer ser, entonces, más la realización (y el desengaño) de una suposición íntima que la constatación de un dato preexistente y "objetivo".

Cuando el analista recibe a su paciente y lo escucha, empieza a construir una intuición de la "posición subjetiva" que lo afirma en cierta forma de goce o en cierto tipo de relación de objeto (hay más posibilidades, según el marco teórico del analista que "escucha"). Se establece así (y si las cosas van bien) un engaño.  El analista, aún cuando no lo desee, empieza a estabilizar sus intervenciones en función de ese engaño (que él supone una lectura formal del movimento transferencial en juego -puesta en acto del inconsciente de su paciente, de lo real de la sexualidad, o de cierta manifestación analítica que cada analista llamará como mejor desee). Elabora, entonces, una estrategia para la "dirección de la cura". Como dice Bachelard: Costumbres intelectuales que fueron útiles y sanas pueden, a la larga, trabar la investigación (...) el instinto formativo acaba por ceder frente al instinto conservativo.  De modo que, cada tanto, sería oportuno cambiar de perspectiva. Pero dicho cambio tiene su precio, es un proceso doloroso para el analista: su compromiso con las primeras hipótesis que orientaron su trabajo, son también las que más le convenía conservar.

 ¿Qué podría hacerle cambiar de perspectiva al analista? ¿Reconocer que estaba equivocado en su abordaje? Este reconocimiento no es demasiado pesado para los analistas, tampoco -reconocer un equívoco- supone, en sí mismo, "cambiar de perspectiva, a menudo es "tratar de mirar mejor pero sin moverse del mismo lugar en que uno se encuentra. Lo que mueve el tablero de la relación analítica, lo que renueva el sentimiento de inadecuación y que recuerda que el diálogo está lleno de interferencias, es el efecto de una falla. Winnicott habla de la "falla del analista", pero ella no se equipara a un "error"; tampoco se relanza un tratamiento intentando una "rectificación" de dicha falla. La falla no es un error del analista. Los pacientes, en especial los más graves, toleran más o menos bien que un analista se equivoque, lo que es casi imposible de soportar para ellos es que el analista les falle...

La falla del analista es a pesar de cualquier esfuerzo que él se proponga hacer para "acertar", es -en todo caso- algo que ocurre por efecto y en el mismo momento en que fallan las hipótesis que el propio paciente forjó respecto de su analista. Un movimiento impensado del analista (éste llega un algo tarde para atenderlo, un resfrío que lo obliga a sonarse mucho la nariz, comete una distracción cualquiera, etc.) ilumina para el paciente un margen de realidad en él que lo hace escapar a las fantasías de control y dominio del paciente. Es una falla compartida, el analista escapa a la aprehensión subjetiva que el paciente hace de él, y el analista se cae del lugar transferencial desde el cual sus primeras maniobras podían tener algún efecto.

La falla produce una grieta en la ilusión (tanto del paciente como del analista) de que, en el curso de los años y de la sucesión de las sesiones, se haya desarrollado y establecido, en esa relación, una historia compartida.   De un día para otro vuelven a ser dos desconocidos que deben volver a reconocerse, a construir una confianza, a escribir una nueva historia. Cada tanto, la ocurrencia inesperada de ciertos instantes (la falla), descompone la linealidad de una historia. ¿Dónde son más reales nuestros pacientes, en ese relato historizado que nos permite anticiparlos (¿prejuzgarlos?), allí donde "pensarlos" es relativamente sencillo, o en ese fogonazo que los ilumina por un instante y se diluye con cierta rapidez?. Seguramente los atrapamos mejor en el primer caso.

Pues bien, Bachelard comenta:  Más allá de esos elementos constantes de toda estructura psíquica, propongo la toma de conciencia de ciertos fenómenos que poseen una suerte de objetividad fugitiva; todo sujeto puede otorgar un precio subjetivo durable a lo efímero, como sucede en la experiencia poética: a partir de una simple imagen los poetas dan con una suerte de origen absoluto. En las horas de los grandes hallazgos una imagen poética puede ser el germen de un mundo, el germen de un universo...14
La falla es una ruptura en la continuidad de la relación transferencial que impone el esfuerzo -al analista- de ya no ser quien se creía ser (Yo me engañaba sobre las cosas. Así, pues, no soy en verdad el que creía ser). El desengaño produce un crecimiento del analista, una desposesión de sus certezas iniciales, un abandono de sus ataduras narcisistas, un saludable estado de no saber.  El cógito de la ensoñación propone un nuevo método para el mismo resultado: el abandono de las certezas, de los hábitos intelectuales que fijan de una vez y para siempre a la misma perspectiva como límite a la novedad. De una ensoñación a otra, el objeto ya no es el mismo, se renueva, y esa renovación es una renovación del soñador...15

La ensoñación como método de abordaje de lo real, como esfuerzo de un contacto con uno mismo, los demás y el mundo, impone hacerse muy sensible y vulnerable a los efectos falla, a la conmoción que provoca un nuevo origen, al hallazgo que se hace germen del mundo. El modelo que plantea Bachelard es el de la imagen poética. La imaginación intenta un futuro. En primer lugar un factor de imprudencia que nos aleja de las pesadas estabilidades16. Desde muy chicos se nos instruye en las virtudes de la prudencia, "Caperucita roja" puede dar fe de ello (Ver, sin embargo, las versiones de Chico Buarque y Guimaraes Rosa). 

La poesía es uno de los destinos de la palabra. Al tratar de afinar la toma de conciencia del lenguaje en el plano de los poemas, tenemos la impresión de tocar al hombre de la palabra nueva (en ruptura con todo ser antecedente), de una palabra que no se limita a expresar ideas sino que intentan tener futuro. Se diría que la imagen poética, en su novedad, abre un futuro al lenguaje17. La ensoñación produce un enlace soñador-mundo sin las exigencias de una "función de lo real", que obliga a cierta adaptación a la realidad. La ensoñación promueve una valiosa "función de lo irreal", función que no es necesariamente antagónica a la anterior. La función de lo irreal preserva al sujeto de las brutalidades de lo no-yo, permite una apropiación de eso ajeno, distante y extraño, ayuda a habitar al mundo: inaugura un "mundo intermediario" ...donde se mezclan ensoñación y realidad, se realiza la plasticidad del hombre y de su mundo sin que sea necesario saber dónde radica el principio de esta doble maleabilidad.18

¿Es el hombre quien se adapta plásticamente a las exigencias del mundo? O ¿es el mundo quien admite deformarse según las necesidades y deseos del hombre? Determinar esto no interesa... Querer contestarla es que ya no se puede soñar y que se ha hecho necesario pensar (para no errar ni fallar).

1Se pierde el valor simbólico que emerge de la dialéctica "falico-castrado" y se supone un valor positivo del pene y de la vagina equilibrados en el mismo valor simbólico en tanto objetos parciales,  "bueno" o "malo"
2 Es a propósito que no se dice "de Lacan", él no tiene nada que ver con esto.
3 J-B. Pontalis
4 Las de la posición esquizo-paranoide y depresiva.
5 El racionalismo aplicado, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1978
6 Obra citada
7 Obra citada
8 Qué cerca está Fairbairn de semejante divisoria de la subjetividad!
9 Ob. Cit.
10 La formación del espíritu científico
11 Ob. Cit.
12 Ob. Cit.
13 Ob. Cit.
14 La poética de la ensoñación
15 Ob. Cit.
16 Ob. Cit.
17 Ob. Cit.
18 Ob. Cit.
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