I. Bachelard y los lacanianos: "el Falo no es el pene"
Bachelard propone, según el lacanismo,
una formalización de la experiencia que debe desprenderse
radicalmente de todo valor fenomenológico. Sólo
así, traspasando los límites del registro
imaginario puede surgir el verdadero pensamiento científico.
Aquellos primeros lacanianos, en su encarnizada
crítica a un saber basado en las apariencias con
que la realidad suele disfrazarse y engañar "a
primera vista", en el anhelo entusiasta de dar y aprehender
al Ser más allá del valor contingente y fugaz
de los detalles, en definitiva, en el rechazo de todo valor
positivo de los objetos para despertar y sostener al deseo
subjetivo, efectuaron la dilución del valor empírico
de los objetos reemplazándolo por su excluyente valor
"simbólico". Pero simbólico se hizo
rápidamente en ellos sinónimo de "abstracto".
"El Falo no es el pene" se dice con precisión
y solemnidad.
Seguramente, pero no se trata de que el
falo sea lo que queda cuando se lo descontamina o purifica
del pene... La frase pretendía indicar el desajuste,
el más o el menos, que se genera cuando se lo quiere
inscribir en la carne que lo sostiene y limita (para que
el falo palpite y funcione) y sin la cual es Falo es nada...
La polémica con los analistas kleinianos
en aquellas épocas pasa, justamente, por el desconocimiento
que éstos tienen del valor significante del falo
como organizador simbólico de la sexualidad. Ese
desconocimiento, en la crítica que el movimiento
lacaniano lleva adelante del pensamiento kleiniano, es solidario
de la atribución de un valor empíricamente
positivo a la vagina como órgano sexual recortado
para la niña a partir de experimentar tempranísimas
sensaciones orgánicas1.
Sin embargo, al batallar contra el empirismo
ingenuo, o el realismo psicologista con que se impregna
para ellos la teoría kleiniana, los lacanianos de
entonces caen en una suerte de racionalismo abstracto. Interpretan
el estructuralismo que proponía Lacan como la aplicación
de un racionalismo casi cartesiano. La estructura es el
lenguaje matemático y permanente de lo contingente
y lo simbólico una desrealización de lo empírico
(en una interpretación radicalizada del estatuto
que Freud asignaba al objeto para el movimiento pulsional:
su contingencia.
No obstante, esa contingencia tiene un límite
sin lo cual el valor simbólico de los objetos propondría
una metonimia interminable, todo remitiría a algo,
todo sería significante. El racionalismo desempirizante
del lacanismo2
da unidad a la experiencia analítica bajo esta consigna:
"todo es significante", sólo progresivamente
se admitirá que no todo lo es. Lo que el falo, justamente,
"tiene de pene" escapa a un revestimiento absolutamente
simbólico de la carne: se hablará de lo real
(en la metapsicología lacaniana). Pero, los primeros
lacanianos asumieron que, si lo "imaginario" es
la pregnancia engañosa de la realidad empírica,
lo "real" pasa a ser algo inefable, algo casi
impensable ("lo lógico imposible", se dice)
cuya consideración acerca al misticismo... El "R.S.I",
el anudamiento inseparable de los tres registros se fue
imponiendo de a poco.
Mientras tanto la clínica lacaniana
se propone con cada paciente "desmalezar" esa
variada configuración sintomática que los
trae a sus tratamientos. Porque no hay que dejarse engañar,
esos síntomas de los que los pacientes no dejan de
quejarse con amargura -pero de los que, de todos modos,
se aferran testarudamente-, están sostenidos en el
laconismo de una elemental gramática fantasmática,
en una sola frase silenciosa y obstinada, suerte de nódulo
escueto y monótono que los atenaza subjetivamente
a determinada repetición existencial, cierta forma
de goce rebelde e insondable. Por debajo de lo variable
y cambiante -de lo sintomático- hay que saber leer
la permanencia inalterable del fantasma. No faltan los grafos
que ilustran esta ambición galileana. (Como quien
diría: La naturaleza está escrita en caracteres
matemáticos...).
Curiosamente, en este aspecto, los primeros
lacanianos quedan muy emparentados con los últimos
kleinianos: éstos también "apuntan"
en el marco de las curas-y en una catarata de interpretaciones,
que alguien llamó "terrorismo interpretativo"3-
al fantasma. Y como este fantasma articula ansiedades vinculadas
esencialmente con la pulsión de muerte, dichas interpretaciones
no pueden ser más que esquemáticas y monótonas.
Toda singularidad queda abolida y homogeneizada, todos los
pacientes se parecen demasiado, la cifra del destino los
anticipa según las mismas fórmulas4.
Hasta no hace mucho tiempo todos los obsesivos se preguntaban
por el Ser, todas las histéricas tropezaban
con el enigma de qué es ser una Mujer...
Y toda psicosis era paranoia y se debía remitir a
la "dramática Schreber"; así como
el sadismo temprano -en la teoría kleiniana- hunde
a todo sujeto en puntuales fantasmas de carácter
persecutorio o maníaco.
Al "terrorismo interpretativo"
se opuso el "silencio del muerto", tardó
mucho el analista en recuperar el riesgo de su palabra,
en darle la carne de su voz y la cadencia de su silencio,
en fin , en dejar de devaluarla en una verborrea repetitiva
o en sobrevalorarla en la ilusión de poder "retenerla",
abroquelado en el mutismo. Efectivamente, el analista sólo
puede hablar o hacer (verdaderamente) silencio cuando ya
no se siente dueño de la palabra. La posición
del analista progresaba hacia la desposesión y la
vulnerabilidad.
Entonces, Bachelard aparentemente daba cobertura
epistemológica a las ambiciones estructuralistas
(devenidos con frecuencia racionalismo) de los primeros
lacanianos. Toda primer aprehensión, inmediata y
empírica de los hechos, debía encontrar la
estructuración simbólica que los esclarece
y descontamina de todo lastre psicologizante. Bachelard
insiste en el valor de "obstáculo" que
tiene la experiencia cuando se la estima como concreta y
real, natural e inmediata. Invoca un psicoanálisis
del "espíritu científico" que lo
aligere y dinamice llevándolo de las representaciones
de lo real a sus mejores abstracciones (Partiremos pues,
casi siempre -dice Bachelard-, de las imágenes,
a veces muy pintorescas, de la fenomenología básica:
veremos cómo y con que dificultades se sustituyen
a esas imágenes las formas geométricas adecuadas5).
Pero el racionalismo de Bachelard es, según
él mismo lo afirma, "aplicado". Nos dice:
nada de racionalidad en el vacío, nada de empirismo
deshilvanado: tales son las obligaciones filosóficas
que fundan la estrecha y precisa síntesis de teoría
y experiencia...6
Si el pensamiento abandona demasiado sus lazos sensuales
con lo real, se torna un pobre -y dogmático- idealismo
ingenuo (que resulta ser el otro riesgo del realismo ingenuo
del que el racionalismo se pretende alejar).
Bachelard quiere evitar una especulación
que caiga en el tejido de un puro racional que explica teóricamente
los acontecimientos (pero que termina produciendo discursos
que no toman el menor contacto con los hechos concretos.)
La teoría debe dialogar con los hechos empíricos,
no protegerse de ellos en el bunker de la lógica
especulativa y en la autosuficiencia de los juicios apodícticos
(que en el dominio de la teoría psicoanalítica
y del intercambio entre los psicoanalistas, toma la forma
frecuente de una "jerga" vacía de contenido
concreto -ver próximo apartado de este mismo trabajo-).
El científico debe abandonar la "monarquía
del pensamiento solitario".
La de Bachelard es una posición filosófica
basada en la paradójica síntesis del realismo
y del racionalismo, una síntesis -o dialéctica-
que recuerda al pensamiento de M. Ponty, el "filósofo
la ambigüedad", quien combate con la misma energía
al racionalismo y al empirismo como teorías explicativas
-de manera reductiva- del conocimiento.
El hábito de la razón
-afirma Bachelard- puede convertirse en un trastorno
de la razón. (Y continúa) El formalismo
puede degenerar, por ejemplo, en un automatismo de lo racional
y la razón se vuelve como ausente de su organización7.
Lo que este autor desea es que el desarrollo del pensamiento
racional permanezca atento y vigilante para no caer en sus
hábitos "racionales", para no burocratizar
la comodidad de un pensamiento que funciona sin contemplar
las contradicciones o los contratiempos lógicos.
¿Qué sería -para la escucha analítica-
un discurso que no tropieza en el lapsus?, pero ¿qué
sería un lapsus que no interrumpe un discurso "bien"
organizado? Peor aún, ¿Qué sería
de la "libre asociación" si fuera, verdaderamente,
"libre asociación"? o ¿de qué
serviría un lapsus permanente (lo cual lo invalidaría,
evidentemente, como "lapsus")?
Cuando Lacan enuncia la existencia de una
"palabra plena" y una "palabra vacía"
en el discurso de sus pacientes incurre en un idealismo
del que después debe reponerse. Efectivamente, queda
encerrado en un dilema que él mismo comenta: cuando
el analista está frente a la "palabra vacía"
es inútil señalar nada al paciente, pues nada
en su frivolidad alude a una verdad subjetiva digna de ser
puesta de relieve, pero, cuando se enfrenta a la "palabra
plena", ¿qué decir?, ya está todo
dicho con ella... En tal caso, el silencio del analista
es una condena por esta divisoria entre lo "pleno"
y lo "vacío"8.
Sólo una dialéctica entre ellas ofrece algo
a la escucha del analista y del paciente. Pero la "lógica
del saber inconsciente" no es el lenguaje en caracteres
matemáticos que habita "más allá"
de lo que un paciente dice: ni "más allá"
ni "más acá", no hay sujeto puro
del inconsciente (ni lo contrario)!
Ahora bien, a la larga, el valor de la imagen
(sí, de la imagen!), sobre todo de la imagen poética,
como aproximación exacta a los problemas y los misterios
que plantea la realidad, es para Bachelard un recurso inigualable
para aproximarse a ciertas verdades, pero claro, a esas
alturas los entusiastas psicoanalistas lacanianos ya no
lo "leían", es una pena por que habían
madurado lo suficiente como para leer las obras más
maduras del propio Bachelard. Este filósofo francés
había afinado su método epistemológico
de aproximación a la realidad proponiendo una mirada
onírica, y se lamentaba "los psicoanalistas
"piensan demasiado no sueñan lo suficiente".
Bachelard pasa -para desentrañar lo real- del cógito
racionalista "aplicado" al cógito "onírico"
de una ensoñación lúcida y penetrante.
II. La condición
del diálogo: fallar
En el discurso científico devenido
jerga, la palabra no falla... La palabra ha dejado de soñar,
está siempre en atenta vigilia. Pero ¿qué
es "fallar"? Retomemos el pensamiento de Bachelard.
Para este autor, el mejor modo de fallar, sin lo cual el
pensamiento no se nutre ni progresa, es el diálogo
con los colegas, la socialización del saber, perturbar
la pacífica monarquía de nuestro pensamiento
solitario... En el intercambio con otros, se impone
un esfuerzo dialéctico por salir del propio sistema
de pensamiento, encierro en donde reina la "perfección":
Sería tan fácil organizar un pensamiento
subjetivo acorde con la ilusiones primeras (la de las
intuiciones personales que pretenden haber abarcado de modo
completo e inequívoco el secreto de un problema)
¿Por qué entonces -se pregunta Bachelard-
entre ustedes y yo, asociar nuestras plácidas
ensoñaciones e intentar crear comunidades intelectuales?
¡Qué cada cual se quede en su casa, encerrado
en su pensamiento subjetivo, entregado al culto de la razón
que seguiría siendo personal!9
Pero, claro está, cuando la comunidad
se impone -e impone a todo el mundo- una jerga para decirlo
todo y siempre del mismo modo, sin diferencias subjetivas
en juego, nadie ha "salido de sí mismo":
todos son Uno, y Uno es nadie. Bachelard propone una paradoja
del intercambio entre pares: Cuando se acomete la empresa
de introducir en el diálogo una idea original, que
se cree absolutamente personal, nace una suerte de "razón
universal": ¡La ley es dictada por el detalle,
la excepción se convierte en regla, el sentido oculto
es el sentido claro! El diálogo impone
el dolor de cierta derrota subjetiva: El espíritu
nunca se deslumbra tanto como cuando advierte que ha sido
engañado. Ese deslumbramiento, ese despertar intelectual
es la fuente de una intuición nueva, puramente racional,
puramente polémica, que cobra vida en la derrota
de lo que fue una certeza primera, en la dulce amargura
de una ilusión perdida10.
Y las razones para permanecer aferrado a
las propias certezas da paso a las razones para cambiarlas:
lo más real es lo más rectificado, lo
más alejado de las nociones primeras. Pero este
desafío tiene siempre un límite: Yo
soy el límite de mis ilusiones perdidas: Mi ser
es mi resistencia... Dialogar con otros es estar dispuesto
a una renuncia personal. Conocer es un pensamiento personal
y pleno de certeza que decrece, es interrumpir un monólogo
consigo mismo. Al tomar conciencia de mi error objetivo,
tomo conciencia de mi libertad de orientación. Esta
orientación liberada y reflexiva es ya el viaje potencial
hacia fuera de mí mismo, en busca de un nuevo destino
espiritual. Yo me engañaba sobre las cosas. Así,
pues, no soy en verdad el que creía ser11.
A partir de la falla se descubre quién
es verdaderamente uno. Por supuesto, el científico
prefiere a menudo lo que confirma su saber a aquello que
lo que lo contradice, las respuestas a las preguntas...
Así -para Bachelard lo que constituye un verdadero
"obstáculo epistemológico", lo que
detiene un saber o lo hace incurrir en confusiones, no es
la dificultad del objeto que se aborda sino algo inherente
al propio proceso de pensamiento, una resistencia en el
propio interior del científico que investiga: Costumbres
intelectuales que fueron útiles y sanas pueden, a
la larga, trabar la investigación (...) el instinto
formativo acaba por ceder frente al instinto conservativo.
El anhelo de forjar sistemas de conocimiento homogéneos,
integralmente ciertos y conformes a una unidad de criterio
traban el progreso de un saber (Ver, en relación
a este tema, una perspectiva winnicottiana en: www.espaciopotencial.com.ar/elestudio/lovivo.html
)
La verdad no es un descubrimiento repentino o laborioso
en el curso de una investigación, sino la declinación
de alguna verdad inicial en la que se creía con firmeza.
Frente al misterio de lo real el alma no puede, por
decreto, tornarse ingenua (...) lo que cree saberse claramente
ofusca lo que debiera saberse. Efectivamente, para
Bachelard siempre se conoce contra un conocimiento anterior
(...) destruyendo conocimientos mal adquiridos o superando
aquello que, en el espíritu mismo, obstaculiza la
espiritualización (...) Una psicología de
la actitud científica es una historia de nuestros
errores personales12.
Todo científico que en apariencia enfrenta
por primera vez un enigma, tiene -en realidad- la edad de
sus prejuicios ¿será distinto con el psicoanalista?
Epílogo: Ensoñación
y realidad
Toda relación con lo real está
marcada por la inadecuación, por un diálogo
mal definido, por una distancia difícil de subsanar.
Sin embargo, tarde o temprano, el científico cree
poder sellar con los objetos la posibilidad de un encuentro
seguro. Se celebran las nupcias con la formulación
de leyes basadas en datos objetivos. Pero lo que se cree
"punto de llegada" es, apenas, un "punto
de partida". Son diversas aproximaciones, cada una
subsanando la distancia que abre la anterior, estrechando
vínculos y abriendo nuevos desacuerdos. Se
todos modos, es necesario fundar la ilusión de ese
encuentro inicial para abrirse a los desengaños que
escalonan un saber objetivo. Puesto que no hay proceso
objetivo sin la consciencia de un error íntimo y
básico, debemos comenzar las lecciones de objetividad
por una verdadera confesión de nuestras fallas intelectuales.13
Cuando se cree haber desarrollado la teoría
de un saber absoluto y pleno sobre el objeto, se ha desarrollado
la función más importante y esencial de un
sujeto: engañarse (dicho esto sin la menor
ironía, engañarse no es sencillo...). Entonces
se inicia el movimiento de desengaño, el verdadero
proceso de objetivación que es rectificar un equívoco.
Pero pronto se descubre que esto implica cambiar el método
de aproximación al objeto. Paradoja o fatalismo:
al variar al método de aproximación, cambia
al objeto mismo que se investiga. Al cambiar la perspectiva
cambia el universo (atenuemos, un poco sigue siendo el mismo,
un poco se revela como nuevo y distinto). La realidad parecer
ser, entonces, más la realización (y el desengaño)
de una suposición íntima que la constatación
de un dato preexistente y "objetivo".
Cuando el analista recibe a su paciente
y lo escucha, empieza a construir una intuición de
la "posición subjetiva" que lo afirma en
cierta forma de goce o en cierto tipo de relación
de objeto (hay más posibilidades, según el
marco teórico del analista que "escucha").
Se establece así (y si las cosas van bien) un engaño.
El analista, aún cuando no lo desee, empieza
a estabilizar sus intervenciones en función de ese
engaño (que él supone una lectura formal del
movimento transferencial en juego -puesta en acto del inconsciente
de su paciente, de lo real de la sexualidad, o de cierta
manifestación analítica que cada analista
llamará como mejor desee). Elabora, entonces, una
estrategia para la "dirección de la
cura". Como dice Bachelard: Costumbres intelectuales
que fueron útiles y sanas pueden, a la larga, trabar
la investigación (...) el instinto formativo acaba
por ceder frente al instinto conservativo. De
modo que, cada tanto, sería oportuno cambiar de perspectiva.
Pero dicho cambio tiene su precio, es un proceso doloroso
para el analista: su compromiso con las primeras hipótesis
que orientaron su trabajo, son también las que más
le convenía conservar.
¿Qué podría hacerle
cambiar de perspectiva al analista? ¿Reconocer que
estaba equivocado en su abordaje? Este reconocimiento no
es demasiado pesado para los analistas, tampoco -reconocer
un equívoco- supone, en sí mismo, "cambiar
de perspectiva, a menudo es "tratar de mirar mejor
pero sin moverse del mismo lugar en que uno se encuentra.
Lo que mueve el tablero de la relación analítica,
lo que renueva el sentimiento de inadecuación y que
recuerda que el diálogo está lleno de interferencias,
es el efecto de una falla. Winnicott habla de la
"falla del analista", pero ella no se equipara
a un "error"; tampoco se relanza un tratamiento
intentando una "rectificación" de dicha
falla. La falla no es un error del analista. Los pacientes,
en especial los más graves, toleran más o
menos bien que un analista se equivoque, lo que es casi
imposible de soportar para ellos es que el analista les
falle...
La falla del analista es a pesar de cualquier
esfuerzo que él se proponga hacer para "acertar",
es -en todo caso- algo que ocurre por efecto y en el mismo
momento en que fallan las hipótesis que el propio
paciente forjó respecto de su analista. Un movimiento
impensado del analista (éste llega un algo tarde
para atenderlo, un resfrío que lo obliga a sonarse
mucho la nariz, comete una distracción cualquiera,
etc.) ilumina para el paciente un margen de realidad en
él que lo hace escapar a las fantasías de
control y dominio del paciente. Es una falla compartida,
el analista escapa a la aprehensión subjetiva que
el paciente hace de él, y el analista se cae del
lugar transferencial desde el cual sus primeras maniobras
podían tener algún efecto.
La falla produce una grieta en la ilusión
(tanto del paciente como del analista) de que, en el curso
de los años y de la sucesión de las sesiones,
se haya desarrollado y establecido, en esa relación,
una historia compartida. De un día
para otro vuelven a ser dos desconocidos que deben volver
a reconocerse, a construir una confianza, a escribir una
nueva historia. Cada tanto, la ocurrencia inesperada de
ciertos instantes (la falla), descompone la linealidad de
una historia. ¿Dónde son más reales
nuestros pacientes, en ese relato historizado que nos permite
anticiparlos (¿prejuzgarlos?), allí donde
"pensarlos" es relativamente sencillo, o en ese
fogonazo que los ilumina por un instante y se diluye con
cierta rapidez?. Seguramente los atrapamos mejor
en el primer caso.
Pues bien, Bachelard comenta: Más
allá de esos elementos constantes de toda estructura
psíquica, propongo la toma de conciencia de ciertos
fenómenos que poseen una suerte de objetividad fugitiva;
todo sujeto puede otorgar un precio subjetivo durable a
lo efímero, como sucede en la experiencia poética:
a partir de una simple imagen los poetas dan con una suerte
de origen absoluto. En las horas de los grandes hallazgos
una imagen poética puede ser el germen de un mundo,
el germen de un universo...14
La falla es una ruptura en la continuidad de la relación
transferencial que impone el esfuerzo -al analista- de ya
no ser quien se creía ser (Yo me engañaba
sobre las cosas. Así, pues, no soy en verdad el que
creía ser). El desengaño produce
un crecimiento del analista, una desposesión de sus
certezas iniciales, un abandono de sus ataduras narcisistas,
un saludable estado de no saber. El cógito
de la ensoñación propone un nuevo método
para el mismo resultado: el abandono de las certezas, de
los hábitos intelectuales que fijan de una vez y
para siempre a la misma perspectiva como límite a
la novedad. De una ensoñación a otra,
el objeto ya no es el mismo, se renueva, y esa renovación
es una renovación del soñador...15
La ensoñación como método
de abordaje de lo real, como esfuerzo de un contacto con
uno mismo, los demás y el mundo, impone hacerse muy
sensible y vulnerable a los efectos falla, a la conmoción
que provoca un nuevo origen, al hallazgo que se hace germen
del mundo. El modelo que plantea Bachelard es el de la imagen
poética. La imaginación intenta un futuro.
En primer lugar un factor de imprudencia que nos aleja de
las pesadas estabilidades16.
Desde muy chicos se nos instruye en las virtudes
de la prudencia, "Caperucita roja" puede dar fe
de ello (Ver,
sin embargo, las versiones de Chico Buarque y Guimaraes
Rosa).
La poesía es uno de los destinos
de la palabra. Al tratar de afinar la toma de conciencia
del lenguaje en el plano de los poemas, tenemos la impresión
de tocar al hombre de la palabra nueva (en ruptura con todo
ser antecedente), de una palabra que no se limita a expresar
ideas sino que intentan tener futuro. Se diría que
la imagen poética, en su novedad, abre un futuro
al lenguaje17.
La ensoñación produce un enlace soñador-mundo
sin las exigencias de una "función de lo real",
que obliga a cierta adaptación a la realidad. La
ensoñación promueve una valiosa "función
de lo irreal", función que no es necesariamente
antagónica a la anterior. La función de lo
irreal preserva al sujeto de las brutalidades de lo no-yo,
permite una apropiación de eso ajeno, distante
y extraño, ayuda a habitar al mundo: inaugura un
"mundo intermediario" ...donde se mezclan
ensoñación y realidad, se realiza la plasticidad
del hombre y de su mundo sin que sea necesario saber dónde
radica el principio de esta doble maleabilidad.18
¿Es el hombre quien se adapta plásticamente
a las exigencias del mundo? O ¿es el mundo quien
admite deformarse según las necesidades y deseos
del hombre? Determinar esto no interesa... Querer contestarla
es que ya no se puede soñar y que se ha hecho necesario
pensar (para no errar ni fallar).
1Se
pierde el valor simbólico que emerge de la dialéctica
"falico-castrado" y se supone un valor positivo
del pene y de la vagina equilibrados en el mismo valor
simbólico en tanto objetos parciales, "bueno"
o "malo"
2
Es a propósito que no se dice "de Lacan",
él no tiene nada que ver con esto.
4
Las de la posición esquizo-paranoide y depresiva.
5
El racionalismo aplicado, Ed. Paidós, Buenos Aires,
1978
8
Qué cerca está Fairbairn de semejante divisoria
de la subjetividad!
10
La formación del espíritu científico
14
La poética de la ensoñación