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Quisiera
compartir en este espacio el efecto que provocó en
mí la lectura de una novela de Clarice Lispector (1).
Se trata de "La hora de la estrella" (Ed.
Siruela, Madrid, 2000, 81 pags.). En esta novela, la voz del
narrador es la de un hombre, y este hombre contará
la historia de una mujer... En algún momento de la
novela, cuando ese narrador vea a la mujer mirarse en un espejo,
a él le parecerá que, en lugar del rostro de
ella, el espejo refleja al suyo propio, cansado y barbudo...
Juego de reflejos: el hombre refleja en su relato a una mujer,
la mujer a un hombre en ese espejo, y al hombre una mujer
en su pluma: Clarice Lispector. Entre el hombre
que relata y la mujer del relato hay encuentro y desencuentro:
Una atadura miserable (él a las palabras con las que
debe contar su historia, y ella a la vida) esas ataduras los
torna equivalentes, casi iguales. Sólo un deseo en
ellos podría haber abierto alguna diferencia, pero
el deseo es algo complejo, casi una suntuosidad más
impensable que innecesaria en sus vidas. Ellos no meditan
buscando una verdad, sólo necesitan creer "a secas".
Creer llorando en un destino, pero sin melodramas: él
hablará de una pobre nordestina tan tonta que a veces
sonríe a los demás en la calle. Nadie responde
a su sonrisa porque ni la miran... Una muchacha que sólo
a fuerza de insistir llegó a construir una existencia.
Discreta y sencilla, sin vida secreta, sin intimidad... Sólo
guardaba algunos secretos que no revelaba -ni compartía-
para no generar líos. Sólo una obstinación
de "estar" la sostuvo con cierta presencia en el
mundo de los otros, mundo siempre ajeno. Y ella siempre pidiendo
permiso, siempre en silencio respetuoso y sumiso... Siempre
mirando, pero intentando no ver demasiado, para no desperdiciar
ni pensamiento (que nunca llega a nada) ni mirada (que no
retiene nada). Evitando lo que sabe muy bien que no puede,
conjeturar o apreciar. Y a fuerza de insistir llegó
al final de un camino que no condujo a nada. ¿Morir?
Ni alivio ni nada: sólo dejar de ser una insistencia,
una casi rabia de ser, de estar, sin ambiciones ni sueños,
sin nada que perder.
En fin, para ella pensar era "un acto" y sentir
"un hecho": su único lujo era pintarse de
un rojo escarlata grosero las uñas, pero desconociendo
en eso la posibilidad de una seducción. En suma, para
ella la vida era como un puñetazo en el estómago,
no la posibilidad inminente o postergada de ese puñetazo,
no su impulso meditado o su amenaza sospechada, sino sólo
el dolor, un dolor intenso que no se sabe cómo llegó
ni cuando ni porqué se irá. Ella: dueña
de la experiencia, y él: "dueño de las
palabras", y sin embargo, el narrador nos confesará:
sólo consigo simplicidad con mucho esfuerzo.
Él se sentirá irremediablemente resentido con
sus palabras, inútiles para nombrar tanta riqueza de
rutina y hábito en la insignificancia de ella. Él
piensa (no puede dejar de meditar) tengo que hablar con simpleza
para captar su delicada y vaga existencia. Contará
su historia con evidente fastidio, como quien quiere exorcizar
un dolor de muelas pero siente pudor del alarido: está
condenado a la palabra fruto de la palabra, la palabra que
se parece a la palabra... Cómo hablar de ella, entonces,
en quien existir no es lógico.
Entre palabras que lo desesperan -a él- por ciertas
presuntuosidades, y actos que se abocan a lo innombrable -en
ella-, esta novela pone a jugar dicha tensión: entre
la experiencia plena y las palabras que lo dicen. Nuestro
narrador cuenta con desesperación la historia de alguien
que detesta y envidia secretamente: por eso, anhela escribir
para transformarse, para por fin ser otro... Quizás
transformarse en alguien que ya no tenga palabras o que pueda
prescindir de ellas.
1 - En
su momento, envié el comentario que aquí presento
a Alicia Smolovich, tratando de ofrecer con él otra
perspectiva al bello artículo dedicado a Clarice Lispector
que ella publicó en www. psyche-navegante.com
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