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Esa ensoñación que prosigue -apenas por unos brevísimos
instantes- a la lectura de un texto... Aún con la mano
apoyada en su contratapa, se nos ofrece una perspectiva
de la novela de Clarice Lispector: "La hora de la estrella"
(Ed. Siruela, Madrid, 2000, 81 págs.).




Clarice Lispector y un juego de reflejos

por Daniel Ripesi.

Quisiera compartir en este espacio el efecto que provocó en mí la lectura de una novela de Clarice Lispector (1). Se trata de "La hora de la estrella" (Ed. Siruela, Madrid, 2000, 81 pags.). En esta novela, la voz del narrador es la de un hombre, y este hombre contará la historia de una mujer... En algún momento de la novela, cuando ese narrador vea a la mujer mirarse en un espejo, a él le parecerá que, en lugar del rostro de ella, el espejo refleja al suyo propio, cansado y barbudo... Juego de reflejos: el hombre refleja en su relato a una mujer, la mujer a un hombre en ese espejo, y al hombre una mujer en su pluma: Clarice Lispector. Entre el hombre que relata y la mujer del relato hay encuentro y desencuentro: Una atadura miserable (él a las palabras con las que debe contar su historia, y ella a la vida) esas ataduras los torna equivalentes, casi iguales. Sólo un deseo en ellos podría haber abierto alguna diferencia, pero el deseo es algo complejo, casi una suntuosidad más impensable que innecesaria en sus vidas. Ellos no meditan buscando una verdad, sólo necesitan creer "a secas". Creer llorando en un destino, pero sin melodramas: él hablará de una pobre nordestina tan tonta que a veces sonríe a los demás en la calle. Nadie responde a su sonrisa porque ni la miran... Una muchacha que sólo a fuerza de insistir llegó a construir una existencia. Discreta y sencilla, sin vida secreta, sin intimidad... Sólo guardaba algunos secretos que no revelaba -ni compartía- para no generar líos. Sólo una obstinación de "estar" la sostuvo con cierta presencia en el mundo de los otros, mundo siempre ajeno. Y ella siempre pidiendo permiso, siempre en silencio respetuoso y sumiso... Siempre mirando, pero intentando no ver demasiado, para no desperdiciar ni pensamiento (que nunca llega a nada) ni mirada (que no retiene nada). Evitando lo que sabe muy bien que no puede, conjeturar o apreciar. Y a fuerza de insistir llegó al final de un camino que no condujo a nada. ¿Morir? Ni alivio ni nada: sólo dejar de ser una insistencia, una casi rabia de ser, de estar, sin ambiciones ni sueños, sin nada que perder.
En fin, para ella pensar era "un acto" y sentir "un hecho": su único lujo era pintarse de un rojo escarlata grosero las uñas, pero desconociendo en eso la posibilidad de una seducción. En suma, para ella la vida era como un puñetazo en el estómago, no la posibilidad inminente o postergada de ese puñetazo, no su impulso meditado o su amenaza sospechada, sino sólo el dolor, un dolor intenso que no se sabe cómo llegó ni cuando ni porqué se irá. Ella: dueña de la experiencia, y él: "dueño de las palabras", y sin embargo, el narrador nos confesará: sólo consigo simplicidad con mucho esfuerzo. Él se sentirá irremediablemente resentido con sus palabras, inútiles para nombrar tanta riqueza de rutina y hábito en la insignificancia de ella. Él piensa (no puede dejar de meditar) tengo que hablar con simpleza para captar su delicada y vaga existencia. Contará su historia con evidente fastidio, como quien quiere exorcizar un dolor de muelas pero siente pudor del alarido: está condenado a la palabra fruto de la palabra, la palabra que se parece a la palabra... Cómo hablar de ella, entonces, en quien existir no es lógico.
Entre palabras que lo desesperan -a él- por ciertas presuntuosidades, y actos que se abocan a lo innombrable -en ella-, esta novela pone a jugar dicha tensión: entre la experiencia plena y las palabras que lo dicen. Nuestro narrador cuenta con desesperación la historia de alguien que detesta y envidia secretamente: por eso, anhela escribir para transformarse, para por fin ser otro... Quizás transformarse en alguien que ya no tenga palabras o que pueda prescindir de ellas.

1 - En su momento, envié el comentario que aquí presento a Alicia Smolovich, tratando de ofrecer con él otra perspectiva al bello artículo dedicado a Clarice Lispector que ella publicó en www. psyche-navegante.com

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